martes, 29 de enero de 2013

Lana Wachowski: La mujer que se hizo a sí misma*

La mitad del combo "los hermanos Wachowski", la persona que pensó Matrix y Could Atlas. Entiende todo y ese es uno de los motivos por los que ahora es nuestra nueva chica favorita del mundo mundial. 

* Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en enero de 2013



"Los hermanos Wachowski” así, como un ente indivisible y también invisible, son desde la creación de la trilogía Matrix que arrancó en 1999 dos de los directores, guionistas y productores de cine más famosos del mundo. También se convirtieron en los más reservados, porque decidieron que el anonimato era un bien demasiado preciado para perder a cambio de la fama. Pasaron los últimos diez años a las sombras de los reflectores y todo lo que tenían para decir lo hicieron a través de sus películas. Les fue bien y mal. Está su obra como testimonio de lo positivo y la curiosidad y el morbo general que casi llegó a distorsionar su mensaje como signo de lo negativo. Pero todo se acaba de balancear para el lado correcto, el del final feliz, que es un comienzo.
¿Cuántas personas realmente se ponen en los zapatos de otros? ¿Se piensa de verdad qué pasa o cómo resuena en el receptor cada emisión de nuestros discursos? ¿Cuánto de lo que hacemos y decimos está centrado en intereses personales que mayormente vienen de juicios preadquiridos? Alrededor de esas temáticas gira la obra de los Wachowski, incluso antes de ser famosos y supuestamente de exclusiva propiedad de los nerds o fanáticos de la ciencia ficción, los efectos especiales revolucionarios y la acción metafísica que hoy es su firma.
Lana, antes Larry y la mitad de la efectiva dupla Wachowski, es una mujer transgénero que no se avergüenza de su cambio, sino que siempre lo consideró una evolución. Cuando en 1996 los hermanos debutaron en el cine lo hicieron con Bound, una película paradójicamente sin género, que podría ubicarse entre el thriller y el neo-noir con elementos de comedia en el estilo de Billy Wilder y mucha acción. Cuenta una historia lésbico-bisexual dirigida a todo el público, no sólo al colectivo GLTB, y ganó varios premios y felicitaciones.
Mucho efecto especial-existencial después, recientemente el dúo hizo un enorme y radical cambio. Sumaron un director, aparecieron ante el público y decidieron dejar atrás su preciada invisibilidad. Cuando en septiembre de 2012 fue el estreno mundial de Cloud Atlas (en el país está en las salas con el título de La red invisible) en el Festival de Cine de Toronto, caminaron por la alfombra roja los tres directores: Tom Tykwerm junto a los hermanos Wachowski, Andy y Lana.  Andy, el mismo hombre silencioso de siempre pero ahora calvo, y Lana, que solía ser el delgado y tímido Larry, pero que hace un tiempo asumió, con felicidad, su identidad trans.
Lana es una bella mujer de 48 años bien llevados y pelo rosa como el de un anime que sonríe con toda la cara cuando habla de cualquier tema. Es inteligente, divertida, está muy informada de todo lo que pasa a su alrededor y, como la gran artista que es, es consecuente con su obra. O sea que hace lo que dice. Se hizo visible a cambio de su vida tranquila para acompañar una película que teje la idea de que todos somos uno, de que cada acto tiene una consecuencia y de que, como dice uno de los personajes principales de Cloud Atlas fundiéndose en una con su creadora, “si permanezco invisible, la verdad permanecería oculta y no podría permitirlo”.
Esto lo contó Lana durante su discurso en la gala anual del Comité de Derechos Humanos en San Francisco, el 20 de octubre de 2012, cuando le entregaron el premio a la visibilidad. Más divertida que enojada explicó que su identidad trans no fue nunca el motivo por el cual con su hermano decidieron mantenerse anónimos, sino que fue por un aprecio a la libertad de poder ir y venir a su gusto.
“Con Andy y Tom Tykwer hicimos Cloud Atlas sobre la responsabilidad que nosotros como seres humanos tenemos unos con otros, porque nuestra vida no nos pertenece plenamente”, dijo con una sonrisa algo tímida y aprovechó la situación para mencionar a Gwen Araujo, el joven transgénero asesinado en California en 2002: “La invisibilidad es indivisible de la visibilidad, porque para las personas trans no es simplemente un enigma filosófico; puede ser la diferencia entre la vida y la muerte”.
Cómo se sentirá ser una chica que nació en el cuerpo de un hombre. Cuánto complicaría aún más las cosas si esa chica, en cuerpo de varón, gusta de otras chicas. Cuán difícil puede ser para el afuera entender todas esas cosas y, peor aún, de qué tamaño puede llegar a ser el dolor del que las vive en primera persona. Sobre eso también habló Lana Wachowski y en su discurso usó la inteligencia de sus guiones, su enorme simpatía y mostró cómo su fragilidad la hizo invencible. Así, como un superhéroe que podría haber creado junto su hermano.
Cuando alguien hace la diferencia es como un poco de sombra protectora en un desierto. Así que todos aplauden, dicen que bueno y de pronto el “raro” pasa a ser “normal”: entonces todo es políticamente correcto y ya nadie discrimina. Esas comillas son inamovibles porque implican que lo raro y lo normal son citas, referencias siempre realizadas por otros. En situaciones que tienen que ver con lo que la mayoría no entiende suele haber dolor. El que se queda solo y sin defensa tiene que ser un héroe para sobrevivir. Y no importa la minoría en particular a la que pertenezca, puede incluso ser simplemente pelirrojo en una sociedad castaña. Por eso, cualquier acto realizado o no, una palabra dicha o silenciada, todo es una toma de postura y eso implica a todos. Lana salió al mundo a aclarar los tantos porque entiende todas estas cosas. Ella hace.
“Cuando yo era joven quería desesperadamente ser escritora y directora de cine, pero no pude encontrar a nadie como yo en el mundo y sentía como si mis sueños se anularan simplemente porque mi género era menos típico que otros. Si yo puedo ser esa persona para otra persona, entonces el sacrificio de mi vida cívica privada puede tener valor. Sé que estoy acá por la fuerza, el coraje y el amor que tengo la bendición de recibir de mi esposa, mi familia y mis amigos. Y así espero ofrecer mi amor en la forma de mi materialidad a un proyecto como éste, iniciado por el Comité de Derechos Humanos, para que este mundo que imaginamos en esta habitación pueda ser utilizado para obtener acceso a otras habitaciones, a otros mundos antes inimaginables”, declaró.
“Ningún hombre es una isla que vive por sus propias fuerzas, ningún ego es un continente, ni un planeta autosuficiente. Acaso es un pedazo de miedo rodeado de nada, un jirón de vida colgado de un traje viejo, un guijarro lavado por las desmemoriadas aguas del tiempo. La ciencia es poca cosa, es un promontorio resbaladizo donde las manos se aferran. Tu cuerpo es una envoltura vana, un pájaro descoyuntado con el pico roto aventado a los basureros de la muerte. Habitante de la Tierra, la muerte de toda criatura te disminuye. Por eso, cuando alguien muere, no preguntes por quién doblan las campanas de la extinción, doblan por vos”.
Empatía. A grandes rasgos todos deberían saber el significado de esta palabra que podría hacer girar mejor nuestros mundos. Al menos tener idea de una definición cercana y tratar de aplicarla. Eso hace Lana Wachowski. El poeta metafísico inglés John Donne tenía 52 años en 1623 cuando escribió su obra más trascendente, Meditaciones en tiempos de crisis. La Número XVII, citada en el párrafo anterior, tiende una red invisible a través de los tiempos y demuestra, empírica y hermosamente, su certeza.
En 1940, Ernest Hemingway publicó un libro que tituló en homenaje a la reflexión de Donne. Por quién doblan las campanas es una novela que habla de la Guerra Civil Española en primer término, pero en realidad cuenta la historia de un hombre que entiende que es mucho más que él mismo tratando de destruir un puente y se comprende como parte de la humanidad. El gran y viril autor hablaba, en esa magnífica obra, no sólo de empatía, sacrificio personal y amor, sino también de la multiplicidad del ser. Como hace Lana en sus guiones, películas, entrevistas y discursos.
En la trama de esta amalgama empática están enredados también desde Joan Baez, que interpretaba en los 70 una versión de esta meditación de Donne, hasta Jon Bon Jovi, que en su tema de 1990, Santa Fe canta: “Dicen que ningún hombre es una isla” para reflexionar después, entre solos de guitarra, que le echa la culpa a este mundo por hacer malvado a un hombre bueno.
Lana, junto a Andy, propone una reflexión, la misma que meditó en la Edad Media el genial Donne y que ahora los Wachowski elevan hasta la máxima potencia. En cada una de sus películas, pero sobre todo en Cloud Atlas, Lana y Andy ponen en duda el concepto de lo que se considera real. Se preguntan y le cuestionan a la platea la peligrosa subjetividad de los puntos de vista parcializados y ofrecen, pochoclera y entretenidamente, la posibilidad de entender la importancia de la amplitud de miradas. Desde acá: ¡bravo!

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miércoles, 23 de enero de 2013

Tinta Roja: Un crimen de novela*

En 2000, el cadáver de un publicista apareció en un río polaco. Tres años después, la policía descubrió que el asesino, Kristian Bala, había contado su obra en un libro. Ego, escritura y menjunje psicópata.

* Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en enero de 2013

Krystian Bala publicó su primera novela en 2003 y ahora cumple una condena de 25 años en prisión por el asesinato que cometió en el libro. El homicidio que llevó adelante en la vida real lo había dejado libre. La realidad y la ficción se retroalimentan y el juego macabro de la posmodernidad es borronear cada vez más la línea que las divide. La vida, el arte, la vidriera globalizada, la primera persona exaltada y la supremacía del yo. Éxito, ego y un menjunje psicópata que se corona con el caso de este joven escritor polaco que sigue proclamando su inocencia a pesar de haber arruinado su “crimen perfecto” por sus irrefrenables ganas de narrarlo.
El 10 de diciembre de 2000 apareció un cadáver flotando en el río Óder, junto a la ciudad polaca de Wroclaw. La soga que lo estrangulaba, además mantenía sus muñecas y pies atados a la espalda. Tenía la cabeza llena de cicatrices y sólo vestía una camiseta y calzoncillos. Fue identificado como Dariusz Janiszewski, un empresario dueño de una agencia de publicidad que había desaparecido hacía cuatro semanas. En la autopsia se confirmó que lo habían torturado brutalmente durante varios días, pero la investigación policial no encontró ni una pista que le indicara quién podía ser el culpable. La víctima llevaba una vida tranquila y no tenía enemigos aparentes. A los seis meses se archivó el caso.

Como en una novela negra, un policía obstinado no podía quedarse tranquilo con ese cierre inconcluso y se obsesionó. Es un detective de la vida real, se llama Jacek Wroblewski y se puso a investigar. Ya habían pasado tres años. Los casos sin resolver suelen tener algún dato que se pasó por alto, así que volvió a leer los viejos expedientes en busca de una pista perdida y, ni que fuera un capítulo de La ley y el orden, ¡Bingo!: encontró algo.
El detective Wroblewski notó que el día de la desaparición, la víctima había recibido una serie de llamadas. Algunas fueron realizadas desde una cabina telefónica en la misma calle de su oficina y otras desde un celular que nunca habían encontrado. Como un sabueso, el policía olió que ahí había un cabo suelto digno de seguir y rastreó, cual perro de presa, su ruta.

Lo encontró. El celular en cuestión había sido subastado en internet cuatro días después de la desaparición de Janiszewski. El vendedor era un treintatreintañero intelectual llamado Krystian Bala que había publicado recientemente una espeluznante y sádica novela en donde describía, en primera persona, un crimen igual al que el detective estaba investigando.


Un joven secuestra y tortura al amante de su mujer. Finalmente lo arroja al río Óder, junto a la ciudad polaca de Wroclaw. Antes, para asegurarse de su horrible muerte, le ata una soga que lo estrangula y mantiene sus muñecas y pies sujetos a la espalda. Escapa, nadie nunca lo relaciona con el asesinato. Ha
cometido el crimen perfecto. Se jacta sobre su siniestro final feliz. Esa es la novela. Se llama Amok, una palabra que en algunas lenguas centroeuropeas se usa para referirse a una furia homicida ciega.

El sabueso que sabía leer

Wroblewski leyó el libro. El asesinato era el mismo, igual. El protagonista y asesino se llama Chris, la versión sajona del nombre de Bala y, como un Columbo cualquiera, el detective se basó en la novela para investigar a su nuevo sospechoso así como quién no quiere la cosa. Las similitudes entre la ficción y la realidad son más que inquietantes y pronto todo lleva a una sóla, única conclusión.
Bala se ganaba la vida como escritor de turismo y también hacía fotos de fondos marinos. Le gustaba presentarse como filósofo y se interesaba en pensadores posmodernos como Jacques Derrida, Georges Bataille y Michel Foucault. Se divertía construyendo mitos sobre sí mismo para que sus amigos dudaran,
les costara cada vez más distinguir los inventos de la verdad. Un día escribió un libro que fue el punto cúlmine de su juego de confusiones. Recluido ya desde 2007, el escritor sigue asegurando que es inocente y que se basó en los artículos que leyó en el diario.

Bala se casó con su novia de la escuela secundaria, Stasia, en 1995 a los 21 años y tuvieron un hijo. Para mantener a la familia tuvo que dejar la universidad y puso una empresa de limpieza, pero quebró. Su matrimonio también se derrumbó. Era el año 2000 y se fue de viaje. En 2003 publicó su primera
novela, pero no se vendió bien. El libro habría quedado en el olvido de no ser por el obstinado detective que la usó de guía para llegar a la verdad. Esa que a Bala le gustaba borronear.
En 2003, Kristian Bala fue arrestado como posible culpable del asesinato de Janiszewski. Dijo que era inocente y tomó una prueba de polígrafo. Los resultados no fueron concluyentes. No había ninguna
evidencia concreta en su contra más que la inquietante casualidad y finalmente fue liberado.  Pero el detective ya tenía la verdad entre sus dientes y no la iba a dejar escapar. Siguió investigando. El acusado afirmó que fue golpeado violentamente durante el interrogatorio y Wroblewski lo niega.
El detective siguió su pista y logró comprobar que los llamados a Janiszewski el día de su desaparición se habían realizado desde una línea de teléfono de Bala, porque desde el mismo número ese día el escritor también se había comunicado con sus padres. Y un moño para tanto esfuerzo: la ex esposa, Stasia, era amiga de Janiszewski. Una noche el escritor los había enfrentado por celos.
Bala fue detenido de nuevo. Cada vez más pruebas salían a la luz. Bala había estado en Indonesia y China en la misma época en que desde esos destinos se enviaron mails a un programa de la televisión polaca con reflexiones filosóficas sobre “el crimen perfecto” en referencia al caso Janiszewski.
El abogado defensor aseguró que todas las pruebas eran circunstanciales y el acusado insistió en una conspiración policial en venganza por haber quedado en ridículo con la primera detención. El proceso judicial comenzó en 2006, terminó en 2007 y concluyó que Kristian Bala era culpable. El escritor fue condenado a veinticinco años de cárcel y, tras las rejas, sigue clamando por su inocencia mientras escribe su segunda novela, que se llama De Liryk.
Las consecuencias que puede acarrear la ficción sobre la realidad, el juego macabro que se volvió contra su creador, la maquinaria sádica versus la paranoica y la duda, la angustiante duda, de no poder diferenciar recuerdos de fantasías. Con todos esos elementos alguien como Roman Polanski podría hacer una maravillosa película. Su nombre tentativo quizás sea True Crime, como el del brillante artículo de David
Grann en The New Yorker sobre el que se basó el director polaco para escribir un thriller que quizás llegaría a realizar en 2015. Así, como para agregar por gusto una vuelta de tuerca más a tan intrincada historia
verdadera.

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viernes, 18 de enero de 2013

Eterno resplandor de un escritor luminoso*


Acaba de llegar a las librerías Caza de conejos, un extraño y exquisito libro ilustrado de Mario Levrero, mientras que la editorial Mondadori este año publica sus obras completas. El uruguayo inclasificable que no deja de seguir sorprendiendo.



A pesar de su vasta obra, Mario Levrero solía ser un secreto que algunos buscaban con esfuerzo en librerías de todo tipo. Si al ajedrez se lo considera un deporte, también podría decirse que lo es haber recorrido puestos de libros a la caza de viejas ediciones perdidas de este desconocido tan famoso de la literatura rioplatense. La destreza es la misma: pasión, inteligencia, estrategia, precisión y un poco de suerte.
Uruguayo con mucha vida porteña, Levrero desarrolló su carrera de ambos lados del Río de la Plata. Ser un autor de culto no da dinero, así que fue librero, fotógrafo, humorista, editor de una revista de ingenio, crucigramista y autor de un manual de parapsicología. Además, dio talleres y hacía cuentas estrafalarias para sobrevivir. Era como un linyera de clase media. El prestigio, las alabanzas y toda la pantomima a su alrededor nunca fueron escenarios que haya anhelado. Él sólo quería salir a hacer sus breves paseos por Montevideo, comprar novelas policiales baratas, disfrutar de la compañía de chicas lindas a las que les pedía que le llevaran tupperwares con milanesas y encontrar el orden perfecto que encajara en su desorden.
Mario Levrero se parece al amor porque es calmo pero emocionante, siempre está ahí aunque no se lo alcanza con facilidad, habla de todo lo que uno quiere escuchar de un modo bonito, sorprende en el momento en que uno piensa que se va a aburrir y se afianza, empatiza, acompaña. Cuando murió, en 2004, muchos sintieron que despedían a su mejor amigo y otros recién comenzaron a enterarse de quién era ese hombre.
Los artículos en los diarios uruguayos fueron sobrios, informativos: “Su nombre era Jorge Mario Varlota Levrero y ha usado otros como Alvar Tot y Lavalleja Bartleby. Su obra no se puede encontrar toda junta. La Ciudad (1970), su novela más conocida, fue editada por Plaza Janés. Tiene, además, infinidad de cuentos publicados, la mayoría en Buenos Aires”.
Qué tragedia saber que un día la obra se acaba y ya no hay más para leer de Levrero. Los fanáticos de siempre lloraron desconsolados y los nuevos comenzaron la alegría propia y luminosa de descubrirlo para llegar pronto a la nostalgia de saber que se iba a acabar. Pero él siempre, como el buen amor, sorprende cuando uno piensa que ya nada va a cambiar.

Muchos muchachos
Levrero, autor de culto en vida, nunca supo ni podría haberse imaginado todo lo que iba a pasar con él y su obra después de su muerte. El adorable viejo loco no organizó sus escritos para que sus herederos lo siguieran editando o sacaran cada tanto alguna joya escondida en su cajón. Él no ordenó sus apuntes, sólo dejó una carta, después de haber sufrido un problema cardiovascular, en la que pedía que la próxima vez no le hicieran ningún tratamiento. Y ese fue todo su plan.
Su último trabajo, lo que escribió como final de obra, fue lo primero que conocieron muchos: La novela luminosa, que publicó Alfaguara Uruguay un año después de su muerte y casi inmediatamente después la editorial Mondadori en Argentina. Es un libro en el que cuenta su imposibilidad, un proyecto que confiesa haber empezado 20 años atrás y en el que había fracasado incontables veces. Esa es la obra para la que solicitó la beca a la John Simon Guggenheim Foundation y en la que narra a lo largo de un prólogo de 450 páginas, el “Diario de la beca”, cómo se va gastando el dinero sin escribir una línea. Pero en realidad lo hace, la no novela es el corazón de su novela y esa es su hermosa y desesperante obra: lo que ve por la ventana, el devenir de unas palomas, lo que sufre por su insomnio, lo que hace en su computadora y las cosas que sueña mientras espera poder escribir.
Entonces todos cayeron rendidos a sus pies. Con apenas un segundo en las librerías y el autor muerto, este libro se convirtió no sólo en uno de los más perfectos artilugios levrerianos, sino también en una de las novelas más importantes de la literatura latinoamericana de los últimos años. Y comenzó el aluvión, la fiebre por conseguir más y más de él. La paradoja de los nuevos fanáticos, que lo leen desde el final hacia el inicio, no hace al caos porque su trabajo, ajeno a cualquier moda, es heterodoxo, inclasificable y cualquier pieza queda bien en el sitio que caiga.
Durante los últimos años, poco a poco, Mondadori fue dando a las librerías locales algunos títulos definitivos, como Dejen todo en mis manos (2007), la Trilogía involuntaria y Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo (2009), La banda del ciempiés y El Discurso vacío(2010) y El alma de Gardel y Fauna/ Desplazamientos (2012). Algunos mejores que otros, pero todos esperados. Igual, siempre se busca algo más. Así que la editorial decidió dejar el cuentagotas y anuncia que a lo largo de 2013 va a editar las obras completas de Mario Levrero.
Oh, la expectativa. Todas las novelas, cuentos y relatos como un chorro, que aún no tiene fecha de llegada, pero que puede incluso dar más sed sólo por el hecho de saber que viene. Así que mientras, y porque siempre se encuentra algo nuevo de Levrero, este mes llegó a las librerías Caza de conejos, de la editorial española El Zorro Rojo y distribuido en Argentina por Del Nuevo Extremo. Si cada libro del autor uruguayo es una rareza en sí misma, este tiene un plus de extrañamiento. El autor se mete en el género del micrrorelato a través de una surrealista caza de conejos como hilo conector de un montón de hermosas y poéticas experimentaciones narrativas que tienen su característico humor filoso, una forma lateral de erotismo, fantasía casi mística y su ensayo tradicional de realidades dentro de realidades. Como una inception rioplatense irrepetible. Dirigido a un público juvenil, pero apto para viejos descreídos también, la obra viene con ilustraciones de la catalana Sonia Pulido.

Corazón de jogging
Anteojos de marco negro, cuadrados y con vidrios de aumento amarillento coronados por un par de cejas peludas, despeinadas y una mirada que podría parecer cansada, descreída, pero en realidad era asombrada. Los últimos años el cuadro se completaba con una melena enredada y canosa que nunca se iba a cortar y una barba larga como de un Papá Noel que sólo puede dar regalos intangibles.
Levrero nació en Montevideo en 1940 y siempre fue, de algún modo, como un científico loco. Su aspecto desprolijo, un poco sucio quizás, y enteramente adorable era apenas un reflejo de su enorme mundo interior. Así fue construyendo su obra, a fuerza de experimentos narrativos y recuerdos reciclados. Como un ropavejero que recolectaba lo mejor del policial, la ciencia ficción, la contemplación zen y más para ir probando, casi sin errar, cualquier género. En su cumbre logró la unión de todos. Inclasificable casi hasta el chiste, se dio a conocer en la colección "Literatura diferente" de la editorial uruguaya Tierra Nueva.
Los encasilladores querrían poder decir que se parece a Felisberto Hernández y es cierto, pero también esa definición le queda corta. Los cuentos de La máquina de pensar en Gladys y la novela La ciudad, de 1970, lo podrían situar en una suerte de ciencia ficción kafkiana, mientras que París (1979) y El lugar (1982) hoy son parte de su Trilogía involuntaria. Nick Carter… es parodia y policial negro y El discurso vacío tanto como La novela luminosa son él mismo. que es un poco de todo lo anterior con una pizca de excentricidad y simpleza.
“La gente incluso suele decirme: ‘Ahí tiene un argumento para una de sus novelas’, como si yo anduviera a la pesca de argumentos para novelas y no a la pesca de mí mismo. Si escribo es para recordar, para despertar el alma dormida, avivar el seso y descubrir sus caminos secretos; mis narraciones son en su mayoría trozos de la memoria del alma, y no invenciones.” Eso dice en El discurso vacío.
Le interesaba mucho la autohipnosis y creía no sólo en los fenómenos telepáticos sino también en los fantasmas, a veces. Leía sobre zen, era adicto a las computadoras y odiaba que lo trataran de usted. Era un apasionado de las novelas policiales y sólo soportaba oír tango o música clásica. Ese ser místico, casi iluminado, también era un viejo loco en camiseta. Neurótico hasta el autoencierro y egoísta como un hijo único, logró empatizar con casi cualquiera que agarra un libro suyo y se deja llevar por su irrepetible realismo introspectivo. Así que si hay más, bienvenido sea. Como el amor.

Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en enero de 2013


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martes, 9 de octubre de 2012

Para los que extrañamos al Flaco: Homenaje en la Biblioteca Nacional

Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en octubre de 2012

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A Luis Alberto Spinetta le gustaba tocar gratis, al aire libre, y lo hacía bastante seguido. Era un regalo especial para su inmenso jardín de gente. En el Rosedal, en la Facultad de Ciencias Exactas, en Parque Chacabuco, en la Plaza Moreno de La Plata y en donde hubiera un cielo dispuesto a albergar a su público. Ahí fue el Flaco con su guitarra, su música, su filosofía y esa voz angulosa repleta de melodía. De Exactas queda registro en el disco en vivo de 1990 y de la experiencia mística de Parque Chacabuco, en 1996, está el recuerdo en más de 50 mil almas que fueron a ver ese tren. Hacía un tiempo que Spinetta no aparecía y la gente tenía un mono tremendo. “Esta noche toca el flaco”, se comentaban unos a otros y el boca a boca desesperado atravesó Buenos Aires con más rapidez que una nave espacial.
Ahí estuvo el bello marciano que hacía tanto no le regalaba su presencia a la Humanidad. Con su pelo rubio, tan moderno como un walkman, rockeó toda la noche junto a Los Socios del Desierto. Así fue que descendió a la Tierra un furioso y poético ser galáctico con su guitarra roja que apuntó al cielo para empezar el trance hipnótico con “Como el viento voy a ver”, ese viejo y poderoso blues de Pescado Rabioso.
¿Cómo se hace para no querer siempre un poco más de eso? Spinetta fue mucho más que un cantante, guitarrista, poeta y compositor argentino de rock. Era un artista, un amigo, un familiar. Cuando murió este verano, el miércoles 8 de febrero, todos nos quedamos un poco huérfanos. “Spinetta toca gratis esta noche” era un mantra, una fiesta que siempre, cada tanto, iba a pasar. Era un amor de primavera, un clásico urbano. ¿Y ahora? Ya es tiempo, los árboles están expidiendo sus frutos, el clima es propicio y la ciudad tiene marcado en su ADN la necesidad de un encuentro con el Flaco.
No es lo mismo, por supuesto, pero es lo que hay y como nada puede detener el abismo de su ausencia, esta opción es la que al público le va a alcanzar. La Biblioteca Nacional anfitriona y es el marco de la muestra y homenaje curada por el íntimo amigo del músico, el fotógrafo Eduardo “Dylan” Martí, en donde desde el miércoles 10 y hasta el 12 de diciembre los que lo extrañan podrán sumergirse en el universo spinettiano una vez más, porque anda dando vueltas.
“Los libros de la buena memoria” es el título de uno de los temas del disco El jardín de los presentes (1976), el tercer álbum de Invisible. Ahora también es el nombre de la muestra que incluye todo tipo de memorabilia, conciertos, charlas y proyecciones. Material inédito, clásicos de clásicos y la intención de homenajear el universo creativo del Flaco.
Podría ser un modo de volverlo a encontrar. “Recorrer la vida y obra de este ser humano único representa un reconocimiento póstumo a quien tanto ha aportado al imaginario popular”, dijo Martí y explicó que prefiere no adelantar mucho para que la exhibición hable por sí misma. A través de un meticuloso trabajo de investigación y con la participación de la familia, amigos y allegados de Spinetta, el curador asegura que lo que van a mostrar es una obra colectiva llevada adelante con el fin de recordar con alegría a este artista irrepetible.
Juan Carlos “Mono” Fontana fue parte de Spinetta Jade y también un socio del desierto. El tecladista Claudio Cardone acompañó al Flaco en casi todas sus formaciones desde 1990. En los tres conciertos que darán en la Biblioteca Nacional van a hacer temas de su amigo, pero sólo de modo instrumental. Es como guardar el lugar en la mesa familiar para el que se fue, dicen que es una forma de manifestar su ausencia.
Durante dos meses de cromo los visitantes podrán sumergirse una y otra vez en el mundo del Flaco. Según Martí, la muestra refleja el espíritu poético de Spinetta y abarca las distintas etapas de su vida y obra: “Su infancia, las primeras aproximaciones al mundo de la música y todo lo que desarrolló posteriormente”. El público va a poder ver los objetos que lo acompañaban, sus adorados libros y amados discos, esos que no sólo leía y escuchaba sino que recomendaba, instigaba a consumir.
Luisito, de corazón generoso y noble, alguien que hacía su arte para los árboles y amasaba sus discos como pan, fue una gran influencia para más de una generación. Gracias a él muchos leyeron a Artaud y otros tantos abrieron su mente a la poesía y el público en general aprendió a esperar algo más de la música. Padres, hijos, hermanos, sobrinos y hasta nietos entienden hoy que una canción puede ser un viaje sideral.
Parte de la historia del rock nacional y parte del aire, van a estar expuestos viejos volantes, manuscritos de poemas y canciones y habrá música constante. Las huellas, los retazos que quedan como testimonio de su paso luminoso por la vida de todos los que no paniquean por su ausencia, sino que simplemente lo extrañan.
Como si lo hubiera sabido, Luis el prolijo y prolífico se despidió en 2009 del público del modo más monumental posible. Nadie nunca podría haber soñado algo así, porque la idea de un recital de cinco horas y media en donde toquen todas las bandas de Spinetta podría parecer uno de esos deseos imposibles que se piden por capricho. Pero el Flaco comandaba una nave de sueños hermosos y siempre la llevaba a buen puerto. Era verano, terminaba 2009 y 40 mil personas fueron al estadio de Vélez Sarsfield a festejar los 40 años de trayectoria del Flaco. Spinetta y las Bandas Eternas fue declarado el recital de la década y el título le queda corto. Estaban todos, y lo más maravilloso es que estaban contentos. Cada persona congregada ahí sonreía. El anfitrión, por supuesto. El público, definitivamente. Y también cada invitado.
Con su magia intacta, esa noche interminable el Flaco comandó una fiesta junto a una legión de músicos amigos. ¿Quién hubiera creído que era posible ver a Almendra en el siglo XXI? Y sin embargo, ahí estaban los muchachos ojos de papel. Pescado Rabioso, Invisible, Spinetta Jade, Los Socios del Desierto y todas las míticas formaciones que lideró a lo largo de su historia, que es también la del rock nacional.
Sin egos, todos congregados para celebrar, pasaron por los escenarios David Lebón, Pomo, Machi Rufino, Rodolfo García, Emilio del Güercio, Edelmiro Molinari, Mono Fontana, Javier Malosetti, Bocón Frascino, Black Amaya y Marcelo Torres. Además, compañeros de ruta como Charly García, Fito Páez, Juanse, Gustavo Cerati y Ricardo Mollo. Nadie, ninguno dudó un segundo en formar parte y ser los gloriosos segundos de este grande.
Dos años después, también en diciembre pero de 2011, Spinetta les pidió a todos que “no paniqueen”. En su página todavía figura aquel último mensaje, en el que explicaba lo inexplicable con su amorosa paciencia y luminosidad. Fue la prensa bastarda la que lo amarilleó en unas fotos ingratas y se corrió el rumor de su enfermedad. Así que él calmó a los que se preocupaban.
Dijo: “Mi nombre es Luis Alberto Spinetta. Tengo 61 años y soy músico. Desde el mes de julio sé que tengo cáncer de pulmón. (…) Ante el aluvión de información inexacta, quiero aclarar públicamente las condiciones de mi estado de salud. Me encuentro muy bien, en pleno tratamiento hacia una curación definitiva. Quiero agradecer a todos por la buena onda que he recibido, y pedirles que no paniqueen, y no tomen en cuenta las noticias que han generado los buitres de turno. No tengo ninguna red social, ni Twitter, ni Facebook, etc, por lo tanto todo lo que lean al respecto es falso. Pertenezco a Conduciendo a Conciencia, y les recuerdo que ahora en las fiestas, si van a conducir no deben beber. Gracias. Los quiero mucho. Felices Fiestas. Luis”.

La muestra Spinetta. Los libros de la buena memoria y todas las actividades son de entrada libre y gratuita en la Biblioteca Nacional, que queda en Agüero 2502. Más información en www.bn.gov.ar

Actividades
–Miércoles 10 de octubre a las 19 en el Auditorio Jorge Luis Borges: Apertura de la exposición a cargo de Eduardo Martí y Horacio González. .Concierto de Claudio Cardone y Juan Carlos “Mono” Fontana.
–Viernes 12 de octubre a las 18 en el Auditorio David Viñas del Museo del libro y de la lengua: Proyección del documental Spinetta, el video de Pablo Perel y la proyección de videos inéditos. La actividad se repite los viernes 2 y 30 de noviembre a las 18.
–Martes 16 de octubre a las 19 en el Auditorio Jorge Luis Borges: Proyección del cortometraje Balada para un kaiser carabela, de Fernando Spiner, del making of de la película, realizado por Daniel Roiz, y de los videoclips dirigidos por Eduardo Martí. Una charla a cargo de los tres directores.
–Miércoles 17 de octubre a las 14 en el Auditorio Jorge Luis Borges: Proyección del recital Spinetta y las Bandas Eternas. La actividad se repite los viernes 26 de octubre, 9 y 23 de noviembre a las 11.
–Viernes 19 de octubre a las 18 en el Auditorio David Viñas del Museo del libro y de la lengua: Proyección del documental Pescado rabioso, una utopía incurable de Lidia Milani y videos inéditos. La actividad se repite los viernes 9 y 23 de noviembre a las 18.
–Viernes 26 de octubre a las 18 en el Auditorio David Viñas del Museo del libro y de la lengua: Proyección de videos inéditos. La actividad se repite el viernes 16 de noviembre a las 18.
–Sábado 10 de noviembre a las 17 en el Auditorio Jorge Luis Borges: Charla entre Rodolfo García, baterista de Almendra, y el periodista Juan Carlos Diez, autor del libro Martropía, conversaciones con Spinetta. Después, un concierto de Claudio Cardone y Juan Carlos “Mono” Fontana.
–Martes 13 de noviembre a las 19 en el Auditorio Jorge Luis Borges: Charla entre varios guitarristas de las distintas bandas y etapas solistas de Spinetta coordinada por Ricardo Mollo.
–Miércoles 12 de diciembre a las 19 en el Auditorio Jorge Luis Borges: Cierre de la exposición y un concierto de Claudio Cardone y Juan Carlos “Mono” Fontana.

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Los versos de un libro que es objeto de culto 
Guitarra Negra es el libro de poemas de Luis Alberto Spinetta, editado en principio en 1978 por Ediciones Tres Tiempos. En 1984 la editorial cerró y el libro no se consiguió más hasta 1995, cuando fue reeditado, y en estos días va por su quinta edición.
Hoy, como ayer, el poemario tiene una tapa negra con letras rojas y una foto de Spinetta de cabeza. Son 71 poemas divididos en siete partes con un apartado final titulado “escorias diferenciales del alma de la letra de la poética”. Además, hay numerosas versiones online que circulan libres por la web.
El Flaco comenzó su libro con una advertencia: “Como nadie tiene conciencia del ‘control’ de los manuscritos y, aun de existir dicha conciencia, ésta no intervendría en mi obra, sino como referencia simbólica a la licitud de la temática, propongo que se olvide cada palabra a medida que ella se lea”.
Acá unos versos, entonces, para dejar perder en la memoria:


IV

Los puentes de mi conciencia
están desplegados de sus extremos
y flotan en el aire tibio
como cosas dispersas.
Unas tremendas manos vacías
sobresaltan mi soledad
haciéndola aún más inexistente
pronunciando a tientas
las sucesivas muertes de mi alma,
mi alma de jarrón.
Hoy veo sólo la espuma
sobre la que retozan
los enternecidos desechos de mi esqueleto.



¡Vivan las antípodas! El documental que recorre el mundo a través de opuestos

Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en octubre de 2012

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"Parece una metáfora, pero es así, nomás”, le dice Abel Pérez a su hermano Orlando mientras miran con relajada impotencia la inundación. Todo a su alrededor es agua y apenas queda afuera su choza, que está enclavada en un pequeño montículo de tierra en el solitario lugar en el mundo que ocupan: Villaguay, Entre Ríos, Argentina, antípoda terrestre de la enorme y ajetreada ciudad de Shangai, en China. Exactamente del otro lado, literal, del mundo.
Las antípodas, geográficamente hablando, son los dos sitios más alejados del planeta. Si se trazara una línea imaginaria para unir ambos puntos, sería recta y atravesaría el centro de la Tierra. Las antípodas, también, pueden ser dos situaciones con estas características. Por ejemplo lo enorme y lo pequeño, lo solitario y lo superpoblado. En el caso de Villaguay y Shangai, se puede decir que son antípodas por los dos motivos. A su vez, pasa algo interesante con estos opuestos y es que en su enorme diferencia encuentran puntos de igualdad.
Los hermanos Pérez pescan en un río y del otro lado del mundo, justo de cabeza a eso, un hombre vende pescado en una feria. Entre sí, los paisanos se llaman “chinos”. Es como el hielo, tan frío que quema. En esta paradoja puntual puso el ojo el ruso Victor Kossakovsky para llevar adelante su documental ¡Vivan las antípodas! Las vitorea, sí. A través de su mirada eso encuentra sentido.
“Son pocas las antípodas que tocan tierra en ambos puntos porque el planeta es mayormente agua. Así que no fue tan difícil elegir el resto de los lugares”, cuenta la productora argentina del proyecto, Gema Juárez Allen. Fue hace casi 10 años cuando hablaron por primera vez de esta idea, durante un paseo por la calle Florida, cuando el realizador estaba acá de visita por una retrospectiva que hacían de su obra en el San Martín, en el marco del DocBsAs.
Mucho tiempo, viajes y cambios tanto personales como mundiales después, la película estaba terminada. El recorrido son las antípodas de Villaguay con Shangai, el lago Baikal en Rusia con la cordillera de los Andes en la Patagonia chilena, Big Island en Hawaii con Botswana en el sur de África y Castle Point en Nueva Zelanda con el pueblo español de Miraflores. El film, que abrió la última edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, se estrenó en septiembre. Ahora se puede ver, durante todo octubre, en el San Martín.
“Estábamos charlando mientras paseábamos por el centro, relajadamente. Paramos en una librería. Su hijo había viajado a China y en un libro vimos que era antípoda de Argentina. Ahí nomas me dijo: ‘voy a hacer esta película y quiero que vos seas mi productora’. Me mandó eso, fue pura intuición, creo. Me agarró una alegría tremenda, pero también terror. En ese momento, 2003, yo no soñaba con ser productora y menos que menos me imaginaba que iba a terminar teniendo esta realidad”, explica Juárez Allen.
Ese fue el inicio no sólo de ¡Vivan las antípodas! sino también de Gema Films, la compañía de producción audiovisual con la que actualmente Juárez Allen lleva realizadas tres películas más y con la que tiene en marcha al menos cuatro nuevos proyectos. Así, como en las antípodas que narran, director y productora son, a su vez, opuestos complementarios.
El multipremiado director Victor Kossakovsky con la novel productora Gema Juárez Allen. Una de las antípodas de la Argentina es Rusia. Y así como los opuestos se hacen similares en la película, eso pasó con este enorme bebedor de vodka y la tímida antropóloga que soñaba con trabajar en cine. Juntos, lograron contar una travesía única alrededor del planeta con imágenes deslumbrantes y un montaje extraordinario.
¡Vivan las antípodas! recorre ocho países y es una coproducción entre Alemania, Argentina, Holanda y Chile, pero contó con un equipo de rodaje de apenas cuatro personas. Del frío extremo al calor brutal, de Norte a Sur, de desolado a superpoblado, por todo eso paseó el pequeño equipo, escueto, con más de 800 kilos de equipos. Siempre en los opuestos.
Los hermanos Pérez son los solitarios centinelas de la Balsa de San Justo, una de las últimas que quedan a tracción humana. Son la tercera generación de encargados de mantener este cruce del río Gualeguay. Cobran 25 centavos de peaje y todos los días le pelean a la naturaleza. Cada mañana reconstruyen el camino de arena que el agua devora por la noche para mantener libre el viejo puente de madera.
Ahí están estos dos personajes solitarios y arrojan sus reflexiones aisladas entre mate y mate. “Pensar que ese perro va a ver más mundo que nosotros”, dice uno cuando un viajero se lleva un cachorro que estaba dando vueltas. Poco a poco, la cámara va girando y entonces se puede ver el vértigo de las calles de Shangai, de cabeza, los autos a toda velocidad, la gente agolpada en el puerto.
Otra historia es la de la soledad en medio de la Patagonia chilena de un hombre y la de una mujer en la estepa siberiana. Ella corta leña y recibe una visita que la deja melancólica, él hornea mucho pan para nadie rodeado de una docena de gatos. En Big Island un hombre busca a su perro y el suelo fogoso de lava volcánica es igual, tiene la misma textura que el primerísimo primer plano de la piel del elefante que hace lío en la puerta de la casa de una familia en Botswana. En la playa de Nueva Zelanda un grupo de hombres intenta salvar a una ballena encallada, pero terminan siendo sus sepultureros, a metros del mar. Esa muerte parece replicarse a la inversa en Miraflores, España, donde en una roca con forma de ballena se puede ver el camino de una oruga hacia su primer vuelo como mariposa. Con toda la grandilocuencia posible, se narra la más pequeña y sutil de las historias: la de la delicadeza del mundo.

Info: Durante octubre en el Centro Cultural General San Martín, Sarmiento 1551. Viernes 5 a las 15 hs, sábados 6 y 13 a las 21 hs, jueves 11 a las 14 hs, y sábados 20 y 17 a las 17 hs.



viernes, 14 de septiembre de 2012

China Zorrilla: “Tengo una mentalidad de 15 años, soy un peligro”

El año pasado tuve la suerte de pasar una tarde con la bella, genial y asombrosa China. El resultado fue esta nota. El encuentro fue a propósito de una obra de teatro leído que estaba haciendo, pero en realidad con ella todo es sobre la risa y los buenos momentos.

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*Una versión de esta nota fue publicada en la revista El Guardián en mayo de 2011

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Flor, la yorkshire que la acompaña desde hace 20 años, le gruñe a cualquiera que se le acerque y ella, como haciéndole un contrapunto de dúo cómico, recibe a sus invitados con una sonrisa, la mirada amable, chistes al paso, anécdotas de todo tipo, disparates y, si hay suerte, hasta una serenata al piano. La pequeña perra tose y la dueña le dice con un tono afectuoso y guarramente paquete: “No te mandés la parte, prostituta”.
China Zorrilla está preocupada porque no sabe qué decirle a Mirtha Legrand sobre “el tema” de la infidelidad de Juana Viale a Gonzalo Valenzuela con Martín Lousteau. “¿Qué le digo si la llamo?”, pregunta en ese tono tan suyo, la voz grave al inicio de la frase que termina en un agudo histriónico y comprador que deja la duda. ¿Habla en serio? No, es un chiste. Bueno, un poco de las dos cosas.
En presencia de China todo parece un poco más maravilloso de lo que en realidad podría ser porque ella contagia su mirada divertida de las cosas. Por ejemplo, de pronto es realmente necesario saber el nombre de ese “galán tan buen mozo” que aparece en la novela de la tarde y cada tanto roba la atención de la actriz, que tiene de fondo la tele prendida en Canal 9.
“Hay que averiguar quién es, nena, no lo dejes escapar. Vos que sos joven, aprovechá. Mirá, yo tengo 89 años y hace tiempo que no veo un tipo que me impresione tanto. ¡Es más que un carilindo! ¡Es varonil! No, oíme: hacé algo”, dice, reclama, suma cómplices.

–¿Seguís esta novela, China?
–No, no sé ni lo que es, la verdad. Pero averiguá inmediatamente quién es ese hombre. Es buen mozo en serio, no es que estoy gagá, ¿no? Decime, decime.
–Es buen mozo, sí.
–¡Pero es inesperado que aparezca en una telenovela un hombre así! ¿O no? Decime.
–Es muy varonil…
–Estoy enamorada de ese actor. Parece un tipo de gran apellido, ¿no? Mirá, te digo una cosa: yo tengo una mentalidad de 15 años, soy un peligro. Si me llego a prender de una telenovela, suspendo todo y me quedo acá clavada para ver con quién se queda el galán. Dejo Las d’enfrente y todo.

China amenaza con lo imposible, porque es absurdo imaginarla privándose de ir al teatro a hacer lo que más le gusta: actuar, pisar las tablas, ser parte de un elenco. Esta aventura puntual que China calificará de “aburrida”, pero después dirá que es “divertida”, comenzó en 2010 cuando el director Santiago Doria le propuso hacer una versión semimontada de la comedia costumbrista del autor Federico Mertens. “El otro día hicimos dos funciones y en total metimos 1.600 personas: 800 y 800. Impresionante”, se entusiasma y habla del bordereau, del público que ríe a carcajadas y le brillan los ojos.

–Es raro tanto público en teatro semimontado, ¿no?
–Mirá, cuando me ofrecieron hacer Las d’enfrente me dijeron “teatro leído” y de sólo escucharlo ya me aburrió. Un amigo me contó que ya lo había hecho. Yo: “¿Cómo es?”. Él: “Y, salen todos con el libro en la mano, China”. Yo: “¡Pero qué aburrido!”. Cuánto más me explicaban, más me aburría.
–Y al final no era nada aburrido.
–No, la obra es muy divertida.
–Y la gente…
–…y la gente aúlla de risa. El relato es sobre una familia en 1900 que envidia a las vecinas de enfrente porque son más ricas y las copian hasta el absurdo. Yo estaba sin trabajar cuando me lo ofrecieron. “Teatro semimontado”. Dije: “Bueno, me aburre pero vamos a hacerlo igual”.
–¿Por qué?
–Porque quedarme en casa sin hacer nada… no sé lo que es eso.
–¿Cuándo te dejó de parecer aburrido?
–Al instante. Para la segunda función ya esperaba salir a escena como si estuviera haciendo Romeo y Julieta de tanto que me divertía.
–Es tu primera vez en el teatro leído…
–Sí, nunca había hecho algo así. Pero te juro que aunque suena muy aburrido, es todo lo contrario. Y al final hay una carcajada del público que es impresionante. Es todo tan distinto a lo que me imaginaba… De pensar que era un sopor, ahora estamos todos contentos.
–¿Se te fue un prejuicio?
–¡Pero no! ¿¡Qué prejuicio!? ¡Es aburrido de verdad! Si se dice “teatro semimontado” nadie piensa en algo divertido.
–¿Pero entonces por qué aceptaste hacerlo?
–Es trabajo. Y somos un grupo de actores que quería hacer algo juntos. Hay gente que me ha dicho, después de la función, que pensaban que no les interesaba el teatro leído porque, bueno, ya te dije, es aburrido. Pero me explicaban que habían ido porque estaba yo, y fulano de tal, y de tal. Me cuentan sorprendidos que la pasaron muy bien, me dicen que se rieron mucho. ¿Te das cuenta? Lo único que importa es lo que está pasando. Y que lo cuentes con gracia. Cuando tenés, como yo, más de 50 años de hacer teatro y los días que no hay función extrañás, es porque está pasando algo bueno. Voy porque me divierte.
–Eso te pasa en general con el teatro, ¿no?
–Yo he tenido compañías mías. Y he estado en el elenco oficial de Montevideo, donde había que hacer lo que te daban. No podías protestar, si no te gustaba: mala suerte. Así que yo, en teatro, hago todo. Lo que hay, lo hago. ¡Y me divierto tanto! Y llego a casa a la noche y cuento lo que hemos descubierto ese día y me sigo divirtiendo. Y el aplauso final es... Las carcajadas de la gente son…
–¿Te gusta sentir al público?
–¿Oíste alguna vez reír a un público desde el escenario? Hacer reír a alguien, aunque sea nada más a uno, un poquito, es muy difícil. Y Las d’enfrente, en particular, es genial porque te lo da servido. El texto y nada más ya te da risa. Che, ¿no querés una Coca-Cola o algo un poco más excitante?
–Bueno, gracias. Un vasito.
–Ay, yo soy tan fiel a la Coca-Cola... Mi primer y único vicio, mirá qué aburrido. Che, me impresiona el silencio que tiene esta casa. No oís ni un ruido.
–¿Pero no vivís acá hace mucho?
–Sí, 25 años.
–¿Y todavía te asombra el silencio?
–Me asombra, sí, porque en cualquier otro lugar al que voy hay puertas que suenan, canillas que suenan, teléfonos que suenan.
–¿Y acá no?
–No.
–¿El teléfono tampoco, China?
–Sí, suena, pero cuando yo estoy no suena.
–¿Te aburrís un poco a veces?
–No, yo nunca me aburro.
–¿Y qué hacés para entretenerte?
–Siempre me entretengo de alguna manera, a mí me divierte estar viva. Bueno, ahora que tengo 89 años me divierte menos porque ya está muy cerca aquello que te dije, ¿no? El que te cuente que no le tiene miedo a la muerte, te miente. Todo se disfruta: el amor, la vida, los hijos. ¿Pero a qué se le tiene miedo? A la muerte. ¿Y qué hago para entretenerme, querías saber? No sé, escribo algo en algún lado, por ejemplo. Y siempre encuentro la forma de no estar triste, mirá que horrible.
–¿Cómo horrible? ¡Eso está bueno!
–Es horrible porque no es normal. Mamá decía: “China sería macanuda si no fuera tan anormal”. Jajajajá. Nosotras éramos cinco hermanas y todos decían que la primera que se iba a casar y llenarse de hijos iba a ser yo. Única soltera al final.
–¿Te apena un poco eso?
–Mirá, yo creo que me faltó algo en la vida que es muy importante. He sabido lo que es estar enamorada y todo eso, pero tener un hijo, que de aquí dentro salga una cosa llorando y viva, eso me ha faltado. Un hijo. Pero te decía que para entretenerme escribo. Yo escribo todo el tiempo. Pero un día me di cuenta de que es sólo para mí, no para que lean los demás.
–Pero serían interesantes tus memorias…
–Yo querría que aparecieran en alguna película algunos momentos de mi niñez. Vivíamos en Montevideo en una casa enorme de dos pisos y siempre pasaban cosas divertidas, interesantes. Éramos como 30 personas en total: mi abuelo, mi abuela, un tío con la mujer y sus seis hijos varones, papá, mamá, nosotras cinco y más gente. Cuando nos marchamos, hubo que empacar toda la casa y nos dejaron ir a la parte de más arriba, donde había muebles y ropa de antes, antigua.
–¿Por qué se mudaron?
–Mi abuelo había tenido plata y de golpe se fundió. Con mis hermanas y los primos, a la noche, oíamos que había lío, pero no sabíamos bien qué pasaba. Y un día, no me olvidaré más porque esas cosas sólo pasan en las novelas, vinieron las mucamas, sus hijos, los maridos, todos “los pobres”, así les decíamos nosotros, Eulogia, Jesusa, el galleguito que era el hijo de la cocinera y fue mi amigo de la juventud, todos: vinieron a ver a mi abuelo. Y había que avisarles que nos mudábamos, que muchos se iban a quedar sin trabajo, pero antes de que él pudiera hablar, ¿sabés qué le dijeron? Que ya sabían que no tenía un mango, pero que él les había pagado muy buenos sueldos durante muchos años y que por eso habían podido ahorrar, porque además vivían y comían en la casa, y que estaban dispuestos a prestarle plata.

Como si fuera una película producida por Lita Stantic, todas las imágenes de ese pasado patricio que se vino abajo se funden en la China actual, que va hasta el piano y muestra las fotos que tiene apoyadas arriba. Ahí están las cinco hermanas Zorrilla con vestidos iguales, en fila y sonrientes, tipo los niños Von Trapp de La novicia rebelde. La actriz con su perra Flor, con su amigo Carlos Perciavale, con su admirado Alfredo Alcón y en el medio de todo, con
Néstor Kirchner.
China toma la foto con un cuidado casi ceremonial, de atrás del marco saca un sobre como si fuera el mapa de un tesoro y lee: “En un día tan especial no quería estar ausente para hacerle llegar mi más sincero reconocimiento y admiración por una trayectoria dedicada a reafirmar los valores de nuestra cultura rioplatense. Mi querida China, por su calidad artística, pero sobre todo por su calidad humana, usted es un ejemplo de vida para seguir trabajando por un mundo mejor con más solidaridad y más justicia. Feliz cumpleaños, un abrazo pingüino, Néstor”.
China, que no deja que la tristeza le gane ni un centímetro de terreno a su desfachatez, pregunta con la voz quebrada “¿Sabés el tesoro que es esto para mí?” y al segundo vuelve a brillar para decir: “Pero pará, mirá qué cómica la carta de ella, que no pierde tiempo y va a lo concreto: ‘Querida China, te quiero mucho y Néstor también. Cristina’. ¡Me encanta su forma de ser! Y quedé íntima de la pingüina. No paro de llamarla. Nos vemos bastante, eh”.
Entonces China saca una partitura de Chopin y mientras asegura que es “muy mala, pésima” se pone a tocar el piano con pericia. De pronto, frena para decir, con el asombro de una nena de cinco años: “Leer música es como saber otro idioma, pero más raro. Ves estos simbolitos y no
podés creer que haya algo escrito, pero está ahí”. Acaricia las teclas y comenta: “Este piano vino con la casa, que la alquilo, y nunca pregunté de quién era. Un día va a llamar alguien para buscarlo y yo me pego un tiro”.
Se ríe, sigue tocando, ahora habla fuerte. Con una sonrisa pícara dibujada en sus labios prolijamente maquillados de rojo, grita sobre la música: “Siempre me ha preocupado un poco eso de tener gente viviendo abajo y jorobarlos con el piano. O no, no me importa mucho. ¡Qué venga la gente que quiera a quejarse! ¡No voy a dejar de tocar!”




miércoles, 5 de septiembre de 2012

Yo fui burrera*

Entre Victoria Ocampo y Charles Bukowski. Como lectora ecléctica que terminé siendo, tuve mi momento de amor por cada uno de ellos. Fueron distintos los motivos y sucedió en períodos muy lejanos de mi vida. Hasta ahora no había encontrado nada que la aristocrática dama de las letras local pudiera tener en común con el adorable borracho que descontroló los barrios bajos de Los Ángeles.
Sin embargo hoy, un miércoles cualquiera de este verano caluroso en la ciudad, me vinieron los dos a la mente. Juntos. Llegaron a la vez como el angelito y el diablito que podrían acompañar a mi versión en cartoon. Ocampo y Bukowski pasearon conmigo toda la tarde. Resulta que me escapé a buscar un poco de oxígeno al Hipódromo de
San Isidro y me resultó imposible deshacerme de sus fantasmas. Incluso después, vinieron dos más.
“Fijate la belleza de este parque, vamos a pasear por los magníficos bulevares”, dice una a la derecha mientras que desde la izquierda me llega el susurro del otro: “Encará ya mismo para adentro, tengo un plan de juego, sacá la billetera y apostemos ya”. No sé a quién hacerle caso, así que me voy a la tribuna con el Programa Oficial y pospongo la decisión. Podría estudiar las carreras, pero también sentarme sólo a escuchar el viento que sopla entre los árboles.
Hago las dos cosas. La primera de hoy es a las cuatro de la tarde y todavía falta media hora. Tengo tiempo y lo disfruto. Desde lo alto de la tribuna, con todo el cielo despejado sobre mi cabeza y la pista aún vacía por delante, pienso que este lugar es ideal para pasar unas vacaciones.

-Una heladerita con cervezas, tabaco, un cuaderno, birome, algo de plata para apostar y olvídate del mundo–me dice Bukowski.
-Deberíamos pasarnos a la Tribuna Oficial, que tiene una confitería hermosa y una vista estupenda –me avisa Victoria del otro lado.

No sé qué hacer así que me quedo en “la perrera”, como le dicen los tangueros a la popular y se suman a mi corte imaginaria el señor Irineo Leguisamo y don Carlos Gardel. Ahora sí, esto es turf rioplatense de verdad. Tengo al borracho, a la dama, al Zorzal y al jockey uruguayo más importante de la hípica sudamericana del siglo XX. Me siento bien rodeada. Ya puedo empezar.

Por una cabeza de un noble potrillo
Los empleados del Hipódromo de San Isidro parecen salidos de cuentos. Me detengo especialmente en la señora que vende las revistas, una dama que transita la delgada línea que divide la elegancia del retro trash y le compro la Puros de carrera a seis pesos. “Apostar es fácil”, avisa un cartel ahí en el hall y otro advierte: “No se acerque a la ventanilla para evitar enfermedades”.
Le pregunto qué hacer a Bukowski, me pide “decime Hank” y se distrae con unas piernas que pasan llevando a una mujer. Busco a Victoria, pero no la encuentro. Gardel y Leguisamo se emperran con Lunático y no hay forma de hacerles entender que aquel caballo del cantor que montaba el Pulpo ya no está, así que me aventuro sola. Con el alma repleta de decadencia y glamour, le pido a un caballero de evidente peluquín que está detrás de la ventanilla:

-Honouring a ganador para la primera.
Lo que quiere decir que elegí el caballo porque me pareció divertido el nombre del stud, que es Chamuyo. Hice la apuesta mínima, una triple de canje-enganche y placé por dos pesos. Después, aferrada a mi esperanza, me fui a sentar a unas mesitas con sombrilla que hay en el césped, cerca de la pista, sin mucha idea de lo que había hecho, lo que estoy haciendo, pero extrañamente contenta.
Voy a la redonda principal a ver a los caballos participantes. Los jockeys los montan y dan la vuelta. Esos animales son tan hermosos como peligrosos, pasan a centímetros de mi cara y me doy cuenta de que hice una estupidez. Este es el momento de elegir al ganador, pero yo ya aposté por ansiosa, así que sólo miro el espectáculo sintiéndome bastante tonta. Ahora hay 15 minutos para que todos hagan lo que yo ya hice y las ventanillas antes vacías están repletas. Cuando se abran los partidores empieza la carrera y eso es ya.
Largan. Corren. Transpiramos todos. Los caballos, los apostadores, los jockeys, el relator. En el aire se puede oler la adrenalina. Es una energía que te levanta dos centímetros sobre el suelo casi literalmente. Hay gritos. La gente está gritando. Yo también grito. Las voces a tu alrededor te sacuden, todo el momento es como un shock eléctrico demencial que te deja temblando, con el corazón bombeando a mil latidos por segundo, y la respiración agitada. Aunque no estés en la arena, sos el caballo. A pesar de estar sentado en la platea, corrés como si te siguiera la muerte.
Honouring llega en tercer puesto. No gané nada pero no estuve tan mal para ser una novata. La tensión alrededor se calma. La vida acaba de pasar y duró menos de un minuto. Todo eso sucedió en apenas 55 segundos. Lo chequeo con el reloj una y otra vez porque me parece increíble. Es muchísimo lo que se pone en cada carrera, y no me refiero sólo a la plata, para que después se juegue tan rápido.
“Seamos más exactos”, me dice el Pulpo Leguisamo y aclara: “La de mil metros se corre en 55 segundos máximo, la de mil doscientos puede llegar hasta un minuto y diez segundos. Son más o menos doce segundos cada 200 metros”. Pienso que si la carrera fuera de verdad tan larga como la sentís habría más cantidad de infartos por día. Se podría llevar la estadística en un Excel lúdico- macabro. La energía de los caballos cuando pasan frente a vos te empapa como una lluvia torrencial. Se te puede ir tranquilamente la vida en ese instante.
Ganó Natural Killer, pero tengo otra oportunidad en la segunda, y faltan 25 minutos. “Apostemos”, me dice Bukowski al oído. “Dale, purreta”, lo avala Gardel, Leguisamo asiente con la cabeza y Victoria parece que se fue a pasear por los bucólicos bosques porque sigo sin encontrarla. Quedé a merced de estos burreros fantasmas que me llevan de las narices.
Esta vez me voy a tomar mi tiempo para analizar bien a los caballos en el paseo preliminar y leer con seriedad el Programa. Le voy a sacar jugo a las estadísticas que tengo a mano, voy a pensar en los entrenadores y los jockeys. Les prometo a Carlos, Hank y el Pulpo que lo de elegir por el nombre gracioso ya fue, que esta vez le voy a poner seriedad al asunto. Me sonríen con orgullo.
Entre carrera y carrera el hipódromo entra como en pausa. Hace un rato cuando nuestros caballos peinaban la pista todo era energía y ahora no pasa nada. O sí: hay familias con varios hijos que vinieron a pasar el día, están los habitués que dejan hasta la salud, los que se escapan del trabajo un rato, los que tienen mucha plata, los que no tienen casi nada, los que pierden, los que ganan, los que tienen un golpe de suerte, los que se salvan, los que se hunden. Todos.
Esta es la vida de muchos. Es muy importante, realmente es significativo el sonido de la campana de largada porque te pone el alma alerta y es cuando el movimiento remplaza a esa quietud parecida a la calma que precede las tormentas. Ya sé cuál va a ser mi apuesta, la hago sin dudar, y de pronto la extraño a Victoria, así que encaro para la platea más hermosa, a la que entrás si sos de la realeza hípica, y paso las vallas de seguridad como si tuviera anteojos exóticos y una capelina hermosa. La dueña de todo San Isidro soy.
Me trepo con gracia a las gradas impolutas y empieza la segunda. La magia es cada vez más fuerte. El señor que relata la carrera por los altorpalantes tiene más acento porteño que cualquier porteño y su trabajo me parece un arte comparable a la poesía, la música, la actuación. Es como un rap hípico. Cuando los caballos pasan frente a la platea sube el volumen, acompaña la emoción de los presentes y cuando anuncia “Ha ganado Chupino” lo hace con delicadeza y respira sobre el micrófono para terminar.
Ahora están colocando los números de los primeros seis puestos en el marcador. El ganador bien arriba, los demás en orden descendente, y hasta figuran las distancias que hubo entre ellos. Perdí otra vez. No gané nada, pero igual voy a chequear.
Todavía tengo varias carreras por delante. El hipódromo de San Isidro está abierto hasta las diez de la noche y me quedan doce oportunidades. La tercera se corre a las 16.50, faltan quince minutos y ya es obvio que vamos a apostar. Victoria, Hank, Carlitos, el Pulpo y yo queremos un premio. Estudiamos, esta vez juntos y más sesudamente, las oportunidades y los tipos de juego. Esto se parece a aprender matemática avanzada. Estadísticas, números, posibilidades. Es difícil. Tiene exactitud y azar por igual. Pasan las carreras, pasan las horas, todo dura menos de un minuto.
Una vez que entras al hipódromo ya no te querés ir. No te tenés ganas, para nada, de sacar tu humanidad de este lugar. Sólo te interesa que la tarde transcurra con esta brisa amable, que los caballos estén siempre con todo por prometer y que vos puedas gritar, quebrarte la garganta alentando a tu elegido y volver a sentir esa energía otra vez, “una vuelta más y ya está” te decís pero sabés que vas a seguir.
Lo que querés ahora que ya son las siete es quedarte viendo el cielo sin nubes y parar los relojes en este momento relajado repleto de acción. Lo que harías, si pudieras, sería derretir el tiempo. Ahora, en el Hipódromo de San Isidro, este miércoles cualquiera de un verano caluroso en la ciudad, todas las cosas están pasando todo el tiempo. Desde esta grada verde no hay motivos aparentes ni razones de peso suficientes como para querer salir de acá. De verdad, una carrerita más y ya está.

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*Una versión de esta nota fue publicada en la revista El Guardián en febrero de 2012.




jueves, 30 de agosto de 2012

Arte de contradicciones. Pop, realismos y política. Brasil–Argentina. Todo arte pop es político*

Sala 1
Una buena revolución actual, modesta pero justa, podría ser la de reclamar la soberanía porteña sobre el barrio de La Boca, cada vez más for export. Que vuelva a ser arrabalero, que sus calles y recovecos vibren accesiblemente otra vez con la efervescencia de la cultura local y que caminar por la rivera siga siendo nuestra idiosincrasia.
Al terminar de recorrer Caminito, ahí frente al río, está la paquetísima Fundación PROA y la muestra que inauguró el sábado 14 de julioconfirma el sentimiento de necesidad de recuperar el sur porteño que puede embargar al que pasea por la zona. Arte de contradicciones. Pop, realismos y política. Brasil–Argentina, curada por Paulo Herkenhoff y Rodrigo Alonso, revela el modo en que estos dos países, desde el sur del mundo, encontraron su propia forma de expresar este movimiento que en lo genérico se podría asociar con Estados Unidos, la frivolidad, los íconos del cine en pósters y la publicidad de las grandes marcas entrelazada con el arte.
“Es evidente que el sentido de lo popular implicado en la abreviación ‘pop’ resuena de diferentes maneras en el norte y el sur del planeta. Si en Inglaterra y los Estados Unidos se identifica casi sin conflicto con la imaginería de la pujante industria cultural de masas, en América del Sur el desfase entre la exaltación mediática del consumo y las realidades políticas y socioeconómicas de sus pobladores da lugar a fenómenos de dislocamiento que promueven desde desvíos paródicos a verdaderas resistencias críticas”, explica Alonso, licenciado en Artes y especializado en Arte contemporáneo y nuevos medios.
Pop podría ser una botella de Coca-Cola intervenida y lo es de un modo sudamericano cuando las tres botellas alineadas pasan a ser la imagen de la resistencia que propone Cildo Meireles al imprimirles en el vidrio nuestro arraigado “Go Home”, y también lo es el poema de Décio Pignatari que deforma al imperio en un cartel que va desde “Beba Coca Cola” hasta “Cloaca”, pasando por los estados de “Baba” y “Caco”. Estas dos obras, Inserções em Circuitos Ideológicos. Projeto Coca-Cola (1970) y Beba Coca-Cola (1957), situadas al principio del recorrido, dejan claro desde el inicio el espíritu que tiene la exhibición.
La sala uno es pequeña, toda blanca y las obras que se ven ahí resumen a modo de prólogo contundente lo que se va a ver en los otros tres sectores de la muestra. Un guerrillero no muere para que se lo cuelgue en la pared reclama desde el piso una serigrafía del Che de Roberto Jacoby (1968) y a pocos metros está colgado, en la pared, el Che Guevara (1968) de Claudio Tozzi, un cuadro de simétricos 175 x 175 centímetros realizado con los icónicos trazos esquemáticos, colores saturados y pintura plana que el público general puede reconocer de las marilyns perpetuadas por Andy Warhol.
Alberto Greco mira y muestra en tres actos, con técnica mixta y collage sobre papel, el Asesinato de J. F. Kennedy y ahí están los recortes de diarios reales de 1964 como si el artista hubiera sabido la resignificación que le daría a su obra el tiempo. Al fondo del salón, las cuatro letras que forman la palabra LUTE (“luche”, en portugués) son rojas, inmensas y se juntan como un reclamo o invitación realizada por Rubens Gerchman en 1967 en una escultura limpia, moderna y verdaderamente inquietante.
Sobrevolando todo esto está colgada del techo la famosa escultura La civilización occidental y cristiana de León Ferrari, que el gran artista realizó en 1965 durante la guerra de Vietnam y muestra a Jesús crucificado sobre un avión de combate estadounidense. Con esta magnífica introducción queda claro el espíritu de lo que se va a ver a continuación y cierta emoción expectante empuja a seguir urgente hacia la sala dos.

Sala 2
De pronto, con efervescencia, la muestra estalla en el esperable color y el compilado de texturas; ahí están los acrílicos, la basura reformulada, el flúo, lo cotidiano hecho arte. Hay un hombre desarmado en un grito, cuerpos seccionados a modo de historieta, un carro de compras del supermercado con restos de piernas enyesadas y así, artistas como el consagrado brasileño Antonio Dias y la diosa pop porteña Dalila Puzzovio dan inicio a la segunda sala.
Esto podría ser un atentado, algo explotado que desparrama color. Como la Página policial (1966) del iconoclasta Jorge de la Vega, un collage sobre tela de una perturbadora y deforme armonía. En estas paredes hay corazones expuestos, literal y simbólicamente. Las 21 Petites Sculptures en Cheveux (1974-1976) de Artur Barrio, una obra realizada con mechones reales de pelo en mota, cuerda y fotocopia adherida sobre cartón, llama la atención desde su pequeña inquietante sobriedad.
El árbol embarazador fue terminado, según la firma en pluma de León Ferrari, en “Castelar, 15/12/64”. Este collage y tinta china sobre papel pertenece a la serie Manuscritos del artista. Es un texto en forma de ojo que rodea una foto de los genitales del David de Miguel Ángel. En la obra el escultor redacta, usando una prolija y prolífica letra cursiva de antaño, un fragmento bíblico apócrifo: el “siniestro Noé” fue mandado al Infierno junto a su descendencia para que se acaben “los serviles” en esta “Tierra corrompida”. Casi sobre el final del papel se lee que fueron salvadas “las mil sabias pecadoras, las revolucionarias, las que no creyeron en Dios, las maravillosas ateas, las que supieron gobernar su cuerpo con libre albedrío”. Y con el pulso firme, Ferrari asegura hace casi 50 años como podría hacerlo hoy que finalmente “nada pudo hacer Dios contra la vida”.
En esta segunda sala además está Onganiato (1967), de Carlos Gorriarena, y un Objeto-ambientación en madera con colchones policromados a puro color que hizo Marta Minujín en 1964. Se llama Revuélquese y viva. Hay una obra sin título de 1963 que se desgarra en su tela literalmente rota. Es una mujer desnuda y su cuerpo perfecto está sin terminar de la cintura para abajo. Mira su boca podrida en un espejo que la refleja perfecta, hermosa. Este óleo atrapa desde su pared al que pasa y es algo que siempre logró con su obra el gran pintor y escultor tempranamente fallecido en 2006 Pablo Suárez, uno de los artistas más filosos y poderosos de la Argentina.
Los Enamorados en un taxi (1966), de Miguel De Lorenzi, retrata cierta formalidad de los 60 en la provincia de Córdoba y la subjetiva desde el punto de vista del conductor de Interior de colectivo (1965) de Nicolás García Uriburu muestra el amontonamiento de Buenos Aires ya en aquella época. Hay un Corazón destrozado (1964) de Delia Cancela con perturbadores y hermosos trozos colgando fuera de la tela y un mimo visual de Antonio Seguí con su óleo de 1966 El nubarrón. ¿Vamos al Pan de Azúcar?. Además, la brasileña María do Carmo Secco iconiza en una serie a blanco y negro a Roberto Carlos.
La serie Juanito Laguna de Antonio Berni es parte de la historia local y en una muestra que en su título lleva el concepto “realismos y política” no puede faltar y acá está Juanito pescando entre latas (1972), un collage impactante donde la basura es verdadera y se opone a ese cielo naranja, irreal, que lo acompaña siempre. Otro imprescindible que por supuesto forma parte es Luis Felipe Noé con su Introducción a la esperanza (1963) y entonces llega el fin del color.

Sala 3
La sala tres es negra y se puede ver el film de 16 mm (transferido a DVD) Marabunta, que realizaron en 1967 Marie Louise Alemann, Narcisa Hirsch y Walther Mejía. Se recorre todo con el audio de fondo de este documental y acá está la muerte sin muchos eufemismos, a través de Invasión (1963) de Kenneth Kemble, La balsa de cadáveres (1963) de Charlie Squirru, una secuencia sin título que muestra gelatina de plata, un matadero de vacas de Sameer Makarius, un trozo de pared de azulejos blanca con una mancha de Ivens Machado, la documentación fotográfica de Meireles Tiradentes Totem Monumento ao Preso Político (1970) y otras desgarradoras obras, instalaciones y miradas diversas de Minujín, Carlos Alonso y Claudia Andujar, entre otros.
Todo cierra, a modo de círculo perfecto, con otro pedido de Lute (1967-98), esta vez de Carlos Zilio, en una pequeña serigrafía sobre film, resina plástica y marmita de aluminio. Luche, pide la muestra. Dan ganas.

Recuadro: Sala 4-La moda que incomoda

En el primer piso de PRoA, detrás de la librería, hay un anexo de la exhibición. Ahí está la sala cuatro, que desafía el prejuicio sobre la frivolidad de la moda desde una propuesta que muestra el uso del cuerpo y cómo se fue mancillando de diversas y alegres formas. Se abre el sector con los 16 zapatos imposibles que las mujeres sin embargo usaron y siguen usando que Dalila Puzzovio exhibe con luces de colores en una estructura de acrílico y metal en Dalila doble plataforma (1967).
Y hay un registro de la performance divisor (1968) donde Lygia Pape muestra de qué modos la alegría y la pobreza son brasileñas. En una pared descansa la enorme Boca (1967) de acrílico sobre aglomerado que realizó Pablo Menicucci como parte de la instalación Hola Sophia! que perturba desde su perfección imperfecta, y en dos acrílicos sobre tela de 1968 Wanda Pimentel muestra cierta realidad femenina desde la subjetividad de una mujer que se maquilla y otra que se dispone a coser.
En el fondo de todo, ahora sí como rutilante final de este viaje, hay un apartado en el que se puede ver una serie de documentales y uno se va a su casa embebido, repleto de aquello que fue el Instituto Di Tella y sus artistas, con un video del famoso happening de Minujín La Meresunda en las retinas y un testimonio ferozmente informativo sobre la gestación y creación de Tucumán arde, la revolución artística que escandalizó la dictadura de Onganía.

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*Una versión de esta nota fue publicada en la revista El Guardián en julio de 2012














martes, 21 de agosto de 2012

Robin Wood: Nippur de Lagash al cine y el regreso de Dago*.

A mediados del siglo XXIV a.C.Nippur era un joven con el destino marcado, iba a ser el rey de la ciudad sumeria de Lagash y con sólo 11 años ya dirigía un ejército. Su bravura pronto fue tragedia y, traición mediante, terminó exiliado y sin nada. Así, con la promesa de volver a recuperar lo que es suyo, comenzó una vida de perseguido juntoa su amigo el gigante Ur-El de Elam. En los caminos, protagonizan las más increíbles aventuras mientras beben los mejores vinos y enamoran a las mujeres más bellas. Acción, historia, fantasía y humor heroico para todos los gustos.
Durante la primera mitad del siglo XVI, el noble veneciano César Renzi pierde todo en una trama de intrigas políticas.Masacran a su familia, es dado por muerto y lanzado al mar con una daga clavada en su espalda. Pero sobrevive y lo recoge un barco turco donde es tomado como esclavo. De este modo se convierte en Dago el cautivo y mientras sirve a distintos amos su sed de revancha lo mantiene vivo. Un príncipe vengador que demuestra su elegante fortaleza y se mete con todos, incluidas la monarquía europea y la institución de la Iglesia.
Esos son los argumentos de las dos historietas más famosas de Robin Wood, creador de alrededor de 100 personajes que pueblan unas 10 mil historias diferentes como las de Gilgamesh, Savarese y Pepe Sánchez, entre otras. El padre de las fantasías aventureras más intensas fue el compañero de infancia de varias generaciones argentinas desde la mítica editorial Columba a partir de 1967 hasta su cierre, en 1990. Aunque desde entonces no publica en el país, sino sólo en Europa, planea modos de regresar para alegría de su enorme público fiel.
Durante una extensa charla en el bar del hotel porteño en el que se hospedó unos días cuando vino de visita para participar como invitado de honor en la Feria del Libro Infantil y Juvenil el pasado mes de julio, habló de su enorme deseo de volver con sus tiras a Latinoamérica y, dato de datos, dijo que es probable que Nippur de Lagash llegue al cine. Aunque aún el proyecto está en una etapa muy inicial, parece que Enrique Piñeyro logró convencer a Robin Wood para que incluya entre sus mil actividades la noble tarea de guionar a su más famoso héroe para la pantalla grande.
Robin Wood no es un personaje inventado ni un seudónimo. Este hombre, igual que su nombre, es tangible. Tan palpable como la palmada en la cola que le da a esta cronista al paso, a modo de saludo final. “Si nos volvemos a ver te regalo un póster firmado de Nippur de Lagash o de la historieta que más te guste”, ofrece con una desubicada galantería.
Es como un permiso de ídolo que se regala a sí mismo, porque Robin Wood está realmente más allá del bien y del mal. Le encanta la polémica en todas sus formas y pone a prueba a sus interlocutores en cada charla. Dice cosas que sabe son políticamente incorrectas y cuando formula sus frases agudas, maliciosas y fuera de guión, mira al otro con los ojos brillantes de expectativa. Es como un filtro que lo sitúa para saber si habla con gente acartonada a la que hay que molestar o con almas afines con las que se puede reír del resto.
“Una vez una periodista francesa vino predispuesta a ofenderse por algo, se le notaba. Me preguntó si tenía novia y le dije que no. Entonces quiso saber si tenía una amante y le dije que sí, que tenía muchas, así no me aburría de desayunar siempre con la misma persona. Uh, sacó una nota sobre mí que era tremenda. Me acusó de misógino”, recuerda entre risas.
Despatarrado en un sillón, cuenta que antes de cada conferencia de prensa acostumbra aclarar que su nombre real es Robin Wood y que no tiene idea de dónde le viene la inspiración para sus historias. Lo comenta ahora con ánimos de complicidad porque, explica, así termina rápido con lo aburrido y pasa a las preguntas más interesantes. Es que al legendario guionista le gusta charlar y adora la autorreferencia. Se le permite con la misma alegría que una palmada en
la cola porque habla sin parar, con felicidad, mientras galantea un poco por deporte y
también trata de cazar al vuelo una mosca que hace círculos irrespetuosos demasiado
cerca de su cabeza.
Robin Wood cuenta la historia de su vida, que ya es parte de su mito, y repite como si fuera la primera vez lo que ya dijo millones de veces en cada entrevista que le hicieron en los últimos 40 años. Pero vuelve a asombrar porque sabe contar historias. Va mezclando en su parlamento un poco de castellano con otro de inglés, una pizca de italiano y hasta gaélico y danés. La mosca lo sigue toreando y en un breve aparte de cada anécdota aplaude el aire y después anuncia,
triunfal, “la atrapé”. La mosca siempre vuelve a aparecer, pero eso es una aventura más, algo que él podría narrar de un modo épico y genial.
“Desde que nací me llamaban el seannachie, que quiere decir en gaélico el que cuenta los relatos. Y yo le contaba historias a los otros chicos cuando yo era chico. Las iba inventando mientras las contaba. Yo era la televisión de los demás”, manotea a la mosca inalcanzable y dice: “ahora sí, la atrapé”, pero no, sigue volando. Robin Wood es paraguayo. Y a la vez no.
Nació el 25 de enero de 1944 en una colonia socialista que fundó un grupo de irlandeses y escoceses que venían de Australia. En ese lugar pseudoutópico pasó gran parte de su infancia sin electricidad ni agua corriente, entre leyendas galesas. Nunca conoció a su padre y le gusta provocar también con ese dato: “Una vez, a uno que se me presentó así con muchos títulos, ‘soy fulanito de tal, director de no sé qué, agregado cultural de no sé dónde’, yo le dije ‘encantado, y yo soy el hijo de mi madre con un señor que pasó cerca esa noche y no vimos nunca más’”.
Su infancia tiene que haber sido difícil, pero él la cuenta como una aventura: “Mi madre era también un poco como una gitana y se la pasaba yendo de acá para allá. Estuve con ella en la colonia hasta los cinco años, después viví con otras familias. Cuando tenía 8 o 9 vinimos a Buenos Aires, viví tres años en un orfanato porque ella no me podía cuidar y volví al Paraguay más o menos a los 12”.

¿Nunca pensaste en hacer un guión basado en tus propias aventuras?
–No, nunca. Y tampoco el libro autobiográfico que siempre me piden. Por un lado, es imposible para mí recordar qué pensaba antes. La vida era una lucha, pero yo no lo veía así. Era muy pobre y tuve trabajos muy duros, algunos realmente eran una pesadilla, pero ya no me acuerdo cómo era, lo que pasaba por mi cabeza. Además, tampoco puedo escribir sobre mí porque sería… una mentira. Yo soy como el resto de las personas, muchas versiones de mí mismo. Así que hay miles de robinwoods.

Uno de ellos es el que empezó a trabajar a los 11 años y recorrió todo Paraguay a través de la Ruta Transchaco. Otro es el que volvió a Buenos Aires con la intención de hacer una vida más normal a los 14 porque su madre se había casado. Después de un rápido divorcio maternal, el hijo volvió a encontrarse sin hogar y entonces tomó un micro de regreso a su país. Pasó varios años en la zona del Alto Paraná donde fue camionero en las selvas, lavacopas, camarero, descargador en el puerto y obrero.
Sobre todas las cosas, leía. Pero también quería dibujar las ideas que se aparecían en su mente como imágenes, así que finalmente volvió a Buenos Aires para ir a la Escuela de Bellas Artes. “Un día me decidí a hacer algo bueno por el arte y dejé de intentar dibujar”, dice y arroja entre risas: “Soy un sorete dibujando, la verdad”. Trabajaba en una fábrica, pasaba hambre y se dio cuenta de que no era bueno en lo que quería hacer, así que se terminó asociando con el
dibujante que podría poner en imágenes lo que él tenía en la mente. Con Lucho Olivera le dio vida a Nippur de Lagash y le redobló la apuesta a las aventuras imaginadas.
La historieta le permitió a Robin Wood ganarse la vida siendo lo que siempre en
realidad fue: el seannachie, el que cuenta los relatos. Así que publicó en la Argentina
para la Editorial Columba. Generaba tanto material que le pidieron que se inventara un
seudónimo y después otro y luego otro más para no copar los índices de las revistas. En
ese entonces entregaba, sin esfuerzo, entre 15 y 20 guiones semanales.

¿Cuántos seudónimos usaste?
–Muchísimos. Creo que usé como 12. Primero fui Mateo Fussari, que lo saqué de la sección de avisos fúnebres, pobre. Y después también fui Robert O’Neill, Noel Mc Leod, Roberto Monti, Joe Trigger, Rubén Amézaga, Cristina Rudlinger… Cada uno tenía su estilo, además, no te creas.

Casi todos suenan más verosímiles que tu nombre real…
–Sí, pero mi dulce venganza fue que, cuando los empecé a usar, comenzaron a bajar
las ventas porque la gente quería historias de Robin Wood, así que les terminé copando los índices de prepo.

¿Escribís algo más aparte de guiones?
–A mí nadie me enseñó a escribir historietas, aprendí solo. Es una virtud o un defecto que traigo de nacimiento, una falla anatómica mía. Cuando quiero descansar, escribo. Y cuando estoy aburrido, me junto con la humanidad. Me gusta la gente, lo que pasa es que no puedo vivir con ella. Además, he escrito muchos artículos cuando fui corresponsal en mi juventud del
diario El Territorio y escribo ensayos sobre cine, historia, análisis histórico... Pero sobre todo leo. Yo leo libros de todo tipo. Y si no tengo, leo la biblia. Y si no, leo la guía de teléfonos.

¿En qué idioma escribís?
–Yo hablo y escribo en muchos idiomas. Ahora que estoy publicando en Italia, escribo en italiano, pero puedo hacerlo en español, en danés, en inglés, francés…


Lo que escribe ahora es nada más ni nada menos que el regreso de Dago. Llamaron a Wood del teatro Regio di Parma, en Italia, para festejar las tres décadas de su héroe esclavo y le pidieron que hiciera una saga en la que también incluyera a Giuseppe Verdi. Los 500 años
que hay entre el personaje inventado por Wood y el compositor real no hicieron más que estimular al contador de cuentos. La historia va por la mitad de su trama y ya está publicada hasta la entrega 52: “Es la obra más hermosa que hice en mi vida. No simplemente porque esté
bien escrita, sino que es hermosa, toda bella.

Alberto Salinas, que ilustraba Dago, falleció en 2004. ¿Ahora quién lo dibuja?
–Ah, el dibujante de este proyecto es un demente, se llama Carlos Gómez. Es una cosa maravillosa lo que él hace. Sería injusto decir que es el más grande dibujante que he tenido, pero es un genio y trabajar con él es un placer.

¿Qué lo distingue de los otros?
–Yo no hago sólo el texto de mis historias, también me encargo de toda la guía de dibujo. Cuando ilustra Carlos Gómez me pasa algo extraordinario: el resultado es exacto a como estaba en mi mente. Él es el dibujante que yo hubiera querido ser.

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*Una versión de esta nota fue publicada en la revista El Guardián en agosto de 2012