lunes, 25 de noviembre de 2013

La otra historia de los gauchos judíos*

En Los crímenes de Moisés Ville, Javier Sinay bucea en su propia historia familiar para reconstruir un pasado colectivo. ¿El disparador? Una serie de crímenes cometidos entre 1889 y 1906 en un pueblo de colonos, de los que había dado cuenta su propio bisabuelo.

*Esta nota fue publicada en la Revista Brando, número de noviembre 2013.

Hubo veintidós homicidios entre 1889 y 1906 en la primera colonia agrícola judía de la Argentina. Las víctimas fueron inmigrantes que cruzaron el mar para escapar de los pogromos del imperio zarista. Dejaron Rusia, Rumania y otros países de Europa oriental para mirar hacia su nueva Tierra Prometida. Subieron a barcos y se trasladaron desde el frío helado hasta la vasta llanura. Asentarse fue más hostil de lo que creían y también de lo que después eligieron recordar. Nadie fue preso por estos crímenes y todas estas muertes hacía tiempo que habían sido olvidadas. O peor: tergiversadas, enmarañadas.
La pampa gringa es parte del ADN argentino y la figura pintoresca del gaucho judío se narró con romanticismo. Fue necesario relegar ese inicio de sangre en los campos de lino con facones empuñados por gauchos, un comisario y ladrones anónimos. Se hizo preciso desdibujar en la memoria el cómo y el porqué de la muerte de aquellos colonos que fueron esforzados trabajadores de una tierra no tan fértil. Inocentes bellas muchachas, adolescentes, madres, niños: todos masacrados. Hay tumbas que albergan familias enteras.
Esa fue la génesis de Los crímenes de Moisés Ville, de Javier Sinay, quien desde hace una década viene construyendo una carrera periodística sin fisuras y también publicó El que a hierro mata (sigueleyendo.es, 2011, nouvelle), 100 crímenes resonantes que conmovieron a la sociedad argentina (Planeta, 2010, en coautoría con Norberto Chab) y Sangre joven. Matar y morir antes de la adultez (Tusquets, 2009, Premio Rodolfo Walsh en la XXIII Semana Negra de Gijón). Se preguntó: ¿qué pasa si indago sobre una serie de asesinatos cometidos hace 120 años? El resultado es una investigación histórica que también es una crónica, a la vez que un apasionante relato policial y la documentación de la gesta de parte de la idiosincrasia local. Y más.
Es el buceo en la historia íntima y personal del autor, que funciona como caso testigo para hablar de todas las familias judeoargentinas. Es una búsqueda por la geografía de una identidad a través de la abuela Mañe, indignada porque el nieto periodista le revuelve la biblioteca, los cajones y la memoria. Es un trabajo casi arqueológico de desenterrar textos y documentos que conservaba su tío Sergio en una caja que había pasado de mano en mano desde el tatarabuelo. Es una pesquisa tenaz de expedientes judiciales traspapelados, de documentos perdidos en la explosión de la AMIA, de búsquedas obsesivas en los estantes del Instituto IWO y en los archivos históricos de la provincia de Santa Fe.
"Las primeras víctimas judías en Moisés Ville" es un artículo que escribió el bisabuelo de Javier Sinay en 1947. Mijl Hacohen Sinay, periodista y fundador de Der Viderkol (El Eco), el primer periódico en idish de la Argentina, hablaba de una serie de veintidós asesinatos cometidos en el recambio de los siglos XIX y XX en la zona. Gauchos criollos contra colonos. Una historia hilada mediante su recuerdo y los de sus viejos vecinos. Después, todo volvió a perderse en los laberintos del tiempo.
En junio de 2009, Sinay el joven encontró en internet la reproducción del artículo de Sinay el viejo y comenzó a reconstruir la historia. Primero fue casi un juego, después una obsesión y, finalmente, el descubrimiento de un retazo de pasado poco conocido de la brutal relación inicial entre gauchos y judíos. Y más.
"También me habría interesado en esta búsqueda de raíces aunque no hubiera planeado escribir un libro, pero supongo que sin tanto afán. Hacerla a través de un trabajo periodístico -y, especialmente, dentro del género policial- significó la sinergia de mi vocación con mi pasión investigativa: de repente, entró en un círculo virtuoso en el que cada parte potenciaba al todo", explica Javier, que llegó a contratar a un detective de libros para que lo ayudara a rastrear algún ejemplar del esquivo Der Viderkol.
La cantidad de textos en idish que encontró en el camino lo obligaron, primero, a conseguir una traductora y, después, se convirtieron en el motivo por el cual Sinay el joven, de 33 años, terminó estudiando una lengua entrañable y casi olvidada que corre peligro de irse con los últimos viejos paisanos. "El pasado se cuela en todos lados; y para descubrirlo hay que buscarlo sin prejuicios e insistir con las pesquisas", anticipa en el prólogo. Los crímenes de Moisés Ville fue su modo de examinar lo antiguo, remoto y pretérito para iluminar el presente.

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viernes, 15 de noviembre de 2013

Horacio Fiebelkorn, poeta DT Neil Young boxeador

Horacio es poeta, pero no cualquier poeta. Es un poeta iracundo que supo capitalizar su enojo, es un Director Técnico de la poesía, al menos de la nuestra, la de los que tenemos la suerte de que nos lea, y es, más que nada, un artista de la conversación que enhebra este talento de decir cosas a lo largo de mates y cigarrillos, mesas de bares regadas de sangría, rincones maliciosamente divertidos en eventos sociales y, sobre todo, en su obra.
El libro de Horacio Fiebelkorn del que voy a hablar, y que presentó el miércoles 13, es El sueño de las antenas. Ya en el primer poema, el que está suelto antes de las primeras Sintonías y se llama Oración, Horacio confirma que él es antena y es ese tipo de antena capaz de expandir la potencia radiada. Recibe, procesa, trasmite y si el ancho de banda no alcanza, se abre camino igual. A lo bestia y con pericia.  
Acá, Horacio habla con una voz aún más alta que la de sus primeros libros. Caballo en la Catedral y Zona muerta podrían ser una parte de la charla bien agresiva, o agreta, demoledora. En Tolosa y Elegías, en cambio, como buena antena que es, transformó los voltajes en ondas electromagnéticas. Y si tragedia más tiempo es comedia, en el caso de Horacio podríamos pensar que furia más tiempo es potencia. Ese es el color y la música de El sueño de las antenas: la marcha constante sin agotamiento. Sustancia y fibra sin hojarasca. El punto justo en el que la voz y la escritura se van dejando lugar, una a la otra, con elegancia pugilista.
Además, porque Horacio es, como todo buen conversador, generoso con el receptor, El sueño de las antenas está lleno de humor. Humor malicioso, pero adorable, descarnado y sobre cosas que sólo pueden ser dichas apretando los dientes. Para reírse como Patán, con risa asmática y el corazón boxeando el esternón.
Con El sueño de las antenas Horacio nos hace mierda mientras nos entretiene porque se desarma para armar el libro y se divierte en el proceso. Eso se respira en cada verso. Habla de insomnios, de muertos, de amigos, de ciudades, de luz (buena y mala), de electricidad, de fumar tabaco y del verano. Habla de las cosas y las cosas son el paso del tiempo. Este libro es un recorrido que inicia con un autor que se declara joven ante la muerte de su padre y termina viejo frente a sus hijos adultos.
Así que a mi humilde entender El sueño de las antenas es un libro de amor, un amor llevado adelante como lo haría el punk, ese tipo de amor que te estalla en la cara, o que rueda y se detiene justo frente a los labios como la cereza que fue flor y Horacio hace palabra en su poema Invitación.
Ninguno de los libros de Horacio que tengo está impoluto, todos quedan mancillados, con estigmas, porque en su charla continua él dice cosas que hay que subrayar, que obligan a señalar la página, que invitan a hacer notas al costado.

Estas son algunas de mis marcas en El sueño de las antenas:

1. Que hijo de puta.
2. Juá.
3. =).
4. Subrayado a: “simulacros de acantilado que son balcones”.
5.   
6. De esto también quisiera poder hablar yo.
7. Subrayado a: “un mosquito que recita alejandrinos”.
8. Ay.
9. Subrayado a: “La brisa pasea por la ausencia de ideas/ y el mundo es menos estúpido que brutal”.
10. XXX.
11. Subrayado a: “Que el silencio haga lo suyo, no calles por él”.
12. !!!.
13. Juá.
14. Qué hijo de puta.  

Y hay una última anotación que hice sólo en mi mente, y no en el libro, pero que quiero aprovechar para hacerle a Horacio en público, con testigos. Te discuto a muerte, Horas, el verso de “nadie va a escuchar si digo algo” que hilvanás en Blues de la canilla que gotea porque mientras sigas charlando, te vamos a seguir escuchando.


Compren el libro. El sueño de las antenas, Ediciones Vox. 


domingo, 3 de noviembre de 2013

Un lugar

Con Beto Jet-O hicimos un cómic que se llama El Bosque al que le sucedieron todas estas cosas:

1. Ganó un premio de la Biblioteca Nacional.
2. Lo publicaron en un libro junto a los trabajos de los otros ganadores.
3. Se multiplicó como un gremlin mojado cuando Jono Sandilands sumó su mano armadora.
4. Es un libro artesanal hermoso, a todo color, que vive en Escocia y pronto va a llegar para estos pagos.

-Medalla y beso-

-IV Concurso Nacional de Historietas Juan Arancio-
-Con Studio Oh! No!-













































Mire usted un asombroso video. 
Hecho a mano, tracción a sangre. 
Uno por uno, trim + fold + blind. 

Ilustraciones Beto Beto Jet-o, texto Danixa. 
Printed and finished completely by hand by Jono Sandilands / Studio Oh! No!


miércoles, 30 de octubre de 2013

Me hicieron unas preguntas para Horas robadas a la noche, el escritor y su oficio. Acá. 

miércoles, 2 de octubre de 2013

Se hace real*

Cuando pienso en mis vidas posibles, una es la de crecer en la playa, ser de piel salada y tener un perro amigo con el pelo hecho rastas. El agua da sensación de bienestar y los que pasan sus días cerca del mar suelen saber encontrar la calma, aunque alrededor suceda algo grave y territorial que inunda todo con violencia.
De Israel tengo una foto mental adolescente, con kibutz, campos de naranjas y playas. Este pequeño país nuevo y viejo, fanático y a la vez soñado, está bendecido con tres mares: el Mediterráneo, el Muerto y el Rojo. Sin embargo es, por su trágica historia, un lugar sin mística previa. No es cool que la gente se mate en una franja y aunque quede lejos y sea raro, no resulta exótico lo indigno y lo resbaladizo.
Creo que los destinos son como paredes empapeladas. Si levantás la capa decadente que lo cubre todo aparece lo que hay abajo. Primera vista de asesinatos, muertes absurdas, prejuicios, injusticias y te va a costar rascar todo eso con las uñas. Quizás hasta te sangren los dedos.
Un pibe dijo que vio a una chica en bikini con una escopeta cruzada en la espalda siendo hermosa y peligrosa en un parador, otros aseguraron hace poco que cayó un objeto volador no identificado cerca del mar y en los diarios publicaron que sobre las blancas arenas de las playas de Tel Aviv se encontraron tres pequeños barriles bomba con entre 15 y 20 kilos de explosivos cada uno. Es todo igual de inverosímil, pero salvo lo de los extraterrestres, el resto es verdad. Lo peor te rodea todo el tiempo.  
Yo levanto el tapizado de guerra porque abajo está el sol de Israel, una tierra dulce y prometida de miel hecha de gente y no de gobiernos. Además busco debajo porque sé decir mariposas en hebreo, parparim (פרפרים), y siempre pensé que esa palabra simula un parpadeo de alas. Es una vida posible, yo en Tel Aviv, la ciudad playera con misiles teledirigidos como barriletes en el horizonte mientras abajo hay personas reales. Podría haber crecido allá, en lo incierto, sobre un suelo que se hace cielo porque ahí cerca está el mar. 

*Esta nota fue publicada en la revista Brando. Agosto 2012. Es un texto inspirado en una selección de fotos de las playas de Tel Aviv. 

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No tengo Link porque no está online y tampoco tengo PDF o JPG, porque me colgué en conseguirlo. Pero por ahí anda la versión publicada, en bares coquetos y peluquerías fashions. 

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domingo, 15 de septiembre de 2013

Planos*

Un plano es mucho más que un dibujo. También es palabras, inicios, historias potenciales. Los planos, en general, tienen la misma utilidad que las listas: ordenan la mente y la dejan funcionando como una pista de patinaje sobre hielo. Limpia, lisa. Por eso creo que los planos son nobles. A veces sirven para orientarse y otras para buscar cosas, pero hay que saber esto: los planos son potencialidades y nunca garantizan éxito. Parece malo, pero es bueno.
Un plano confía en la inteligencia del que lo mira. Eso es franco. Y justo. El plano que indica cómo armar una silla puede llevar a una silla terminada o a una frustración con un montón de partes imposibles de unir. Hay muchos tipos de planos y la palabra, polifónica, expresa diversos significados. Igual, todos los planos tienen algo en común: marcan el inicio de algo. Eso es estimulante.
Si es cartográfico, representa una pequeña región de superficie terrestre y ayuda a llegar a determinados lugares. Señala, indica o marca la ubicación de una ciudad. O de una casa. O de una casa en una ciudad. Es el principio de un recorrido. Sirve para la búsqueda y es una promesa de acción. Una anécdota con un plano cartográfico. Estuvimos mil horas en un rincón del delta para lograr darnos cuenta para qué lado había que poner el plano. Finalmente pudimos comenzar a perdernos por no entender lo que indicaba el plano. Íbamos en canoa y elegimos mal todos los rumbos. Llegamos a otros lugares. Ese plano fue aventura.
Son lindos los planos cuando mapean algo y a muchos les gusta encuadrarlos para colgarlos en las paredes de sus hábitats. Este es el plano de mi barrio, de mi sección de río, de mi isla, de mi casa, de mi jardín con huerto y lo considero una expresión de las bellas artes. Un viejo poeta inglés que conozco vive en la zona más arrabalera de Barracas y tiene un cuadro de la red de subtes de Londres en su living. Underground al lado de un Molina Campos.
Si representan vistas de objetos, los planos se dividen en varios tipos porque dejan al que los mira parado en distintas posiciones. Los de planta son hermosos, muestran todo desde arriba, son para soñar altura. De planta vería las cosas un gigante si cortara una casa a un metro del nivel del piso. Una anécdota con un plano de planta. Para hacer una reforma en mi patio hice el plano en mi mente y quedó muy bien. Cuando intenté traspasarlo a la realidad, modificar las cosas como las había planeado, nada era de la medida correcta. Un arquitecto me develó el problema: "Sos una idiota matemática", declaró.
Lejos de enojarme, lo miré tranquila. Me enfoqué en un primer plano de su cara para destruir todo efecto de realidad. Como hacía Bergman. En blanco y negro me acerqué al corazón del propósito y con un primerísimo primer plano busqué mostrar lo que se escondía en esa escena. Le dije, contenta: "Los planos siempre funcionan en la mente". Se lo dije contenta porque creo en eso.

*Esta nota fue publicada en Acido Surtido #25/ Plano. Diciembre 2012.

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 Link a Acido Surtido

viernes, 13 de septiembre de 2013

Composición Tema RÍOS*

El Luján es la obviedad que todos transitan con la heladera de telgopor portátil. En el momento de la duda, cuando hay que elegir por dónde bifurcarse, a mí me gusta hacerle ole al Carapachay. Navego el Sarmiento hasta el final y llego hasta donde comienza el Capitán. Ahí se cruza el San Antonio y ese lugar es un rincón natural de tres ríos con un solo horizonte. El delta del Tigre es igual a una pregunta que se está formulando en continuo movimiento. La isla es una sola aunque todos crean que son muchas. El continente empieza a ser una idea extraña; se lo deja atrás.  
Si sube o baja el agua, si viene o no la sudestada, si el pez con bigotes tipo Dalí es un bagre, si los murciélagos arrullan o aterran a los durmientes, si los muelles sirven para algo más que colgar las piernas, si ese pato sabe a dónde va.
¿Qué más podés querer si el único peligro es el acoso de la gatapeluda? Te metés al agua y se te limpia la cabeza por dentro y afuera hay barro, guerra de pelotas de barro, después prendés un fuego, mirás la luna y unos árboles que crecen en riveras enfrentadas se hacen amigos por arriba, se tocan las copas y cuando pasás con la canoa por ese túnel ¿qué más podés querer?
Avanzamos descalzos por pequeñas selvas para llegar a ningún lado y ayer nos persiguió una jauría de perros empáticos que no dejaban de hacerse amigos nuestros. Nos rodearon custodiándonos todo el camino a casa y se tiraron al agua para salvarnos de algo aunque no nos estábamos ahogando. Quisimos comernos las olas y se nos deshicieron entre los dientes.

Canta un pájaro en disonancia, muchas hojas mueven a sus troncos, la crecida trae ramas y un pedazo de rosal. El agua lame los muelles mientras nosotros mordemos los yuyos. Lejos de la tierra firme todo es tangible. Se va el día y se avecinan los insectos. Pasa una lancha, no nos subimos. Respiro. Me quedo en el río. 

*Esta nota fue publicada en la revista La Mujer de mi vida en junio de 2013.

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viernes, 6 de septiembre de 2013

Auto crírtica. Road rage: Ira al volante*

La más dulce de las almas calmas de pronto se transforma en un troglodita iracundo, un asesino en potencia, apenas enciende el motor. ¿Qué es lo que pasa al entrar a un auto que puede convertir a un conductor en la versión más aterradora de su Mister Hyde? He aquí algunas explicaciones.
*Esta nota fue publicada en la revista Móvil en agosto de 2013.
Es un juego de la PlayStation, un episodio de Los Simpson, pero también una patología que se llama Road Rage, “rabia del camino” en su traducción literal, y más conocida por estas pampas como furia al volante. ¿Qué es lo que pasa al entrar a un auto que puede convertir a un conductor en la versión más aterradora de su Mr. Hyde? La más dulce de las almas calmas de pronto se transforma en un troglodita iracundo, un asesino en potencia, mientras calienta el motor. ¿Por qué?
La versión online del videojuego Road Rage se presenta de la siguiente manera: “Conducción extrema. Maneja entre el tráfico a toda pastilla por la gran ciudad y sus alrededores. Causa mucho daño con tu coche. Chócate o utiliza el Potenciador Detonador para tener un final explosivo”. Sin eufemismos ni mucha vuelta. La propuesta es simple y directa. Y es un hit. Sin daños físicos aparentes.
El capítulo 15 de la décima temporada de Los Simpson, “Marge Simpson in Screaming Yellow Honkers” (en castellano se llama “El submarino amarillo”), es un clásico. Igual, vale la pena una pequeña reseña recordatoria: en busca de virilidad motorizada, Homero se compra un todoterreno, pero descubre que es un modelo-F, diseñado para mujeres, así que le saca su auto a Marge, que no tiene más alternativa que usar la 4×4.
Al principio, ella maneja con cuidado, casi con temor. Pero un día queda atorada en un embotellamiento, el helado que compró se derrite y, azuzada por Bart, toma un atajo a campo traviesa por fuera de la ruta. Entonces algo le hace clic. Se gatilla y descubre que con ese auto tiene poder. Puede ir por donde quiera. Nadie le dice nada, nada la detiene. Es como una droga. Quiere más. Marge empieza a perder la paciencia cuando los demás se meten en su camino y se transforma en una fiera, la madre amorosa es pura furia al volante.
¿Les suena? A todo el mundo le pasó, al menos una vez. Ese coche de adelante que va pisando huevos y nos tapa la posibilidad de deslizarnos hacia nuestro destino: las ganas de hacerlo desaparecer. Ese “dominguero” que nos arruina el ritmo y la posibilidad de chocarlo por la retaguardia. La sensación de saber que podríamos destrozarlos a todos y el clic a punto de gatillar.
Algunos se habrán aguantado, otros quizá comentaron en voz alta con su copiloto la ira que tienen. Están los que tocaron bocina y los que además se asomaron por la ventanilla para gritar. La mayoría aguanta, con la procesión por dentro, y la minoría se descontrola, puede llegar a matar. Pero todos sentimos esa furia.
Es como si el hipotálamo, amo y señor del dominio de la emoción, hubiera perdido el rumbo. El sistema límbico del cerebro es el de un cavernícola y el Neanderthal detrás del volante está listo para arrastrar de los pelos al oponente. Darle garrotazos. Comer carne cruda. Los que se autocontrolan son los que logran decirse a sí mismos algo así como “frená, bajá un cambio”. Los otros no, simplemente aceleran y chau: furia al volante, patología.

La garganta ardiente de gritos.
Todos tenemos dos personalidades en juego. Se puede ser una persona tranquila hasta que algo hace que veamos rojo, como un toro, y no haya control. Cuando la máquina de matar se activa, es muy difícil desandar el camino. Detrás del volante hay tantos potenciales monstruos como conductores. Cualquiera que haya puesto primera para después arrancar a andar por una gran ciudad lo sabe. Y, aunque usted no lo crea, el arma de destrucción masiva que lo podría arrollar con bestial virilidad es, según estadísticas, una dama.
De hecho, cuenta la trivia, la idea del episodio protagonizado por la iracunda y poderosa Marge sobre ruedas surgió a partir de un estudio sobre el tema, que arrojaba como resultado ese dato sorprendente. Matt Groening y equipo lo procesaron con su mirada Simpson de la vida y estrenaron el capítulo el 21 de febrero de 1999. Aunque ya pasaron 14 años, que las mujeres seamos las más rabiosas al volante sigue resultando novedoso.
¿Pero por qué sería novedoso? En realidad, es casi obvio que tengamos más ganas de matar que los hombres en cuanto nos motorizamos. ¿Acaso no soportamos todo tipo de prejuicios que rezan que no sabemos manejar? El “andá a lavar los platos” que aún se oye en calles y avenidas ¿no debería tener como respuesta un buen golpe de guardabarros? ¿A dónde es que nos mandan? ¿A lavar? ¿Platos? ¿Realmente alguien cree que ese es el rol femenino hoy? Es más, ¿no merece al menos un insulto, desde atrás del volante, alguien que piensa eso de nosotras? ¡Furia! ¡Rabia del camino! Aquella tendencia del siglo pasado por supuesto que siguió creciendo y somos cada vez más las que tenemos ira al volante. La revista Psychology Today, recientemente, publicó un artículo que cuenta que mientras sube el índice femenino de road rage baja el masculino. Y entre las explicaciones que encuentra, textual, dice: “Ahora las mujeres están logrando muchas cosas en altos niveles laborales y eso las hace menos tolerantes al resto de la gente. Van por el mundo pensando ‘¿qué? ¿No se dan cuenta de que estoy ocupada?’”
Pisemos un momento el freno. ¿Esa es la explicación psicológica? Parece más una versión políticamente correcta de decir “ahora están sobrecargadas de trabajo y quieren demostrar que no lavan más los platos”. ¿Quién hizo ese análisis? Sería maravilloso encontrarnos al autor parado en alguna vereda por la que justo pasemos con nuestro auto y… ¡cólera sobre ruedas!
Igual, más fríamente, cabe recordar otras estadísticas. En un estudio lanzado hace poco por Quality Planning, una compañía de análisis de Estados Unidos, se convalida la información de las pólizas de autos para las empresas aseguradoras: las damas aparecen como conductoras más precavidas que los caballeros. Se analizaron diversas infracciones de tránsito para comparar cuántas veces fueron multados hombres y mujeres, y la conclusión fue rotunda: ellos infringen mayor cantidad de leyes y manejan de una forma más peligrosa que nosotras.

Con las carretas no pasaba.
Para encontrar un poco de objetividad a todo este maniqueísmo, se podría hacer un mix de ambos estudios y concluir que todos, sin distinción de género, podemos volvernos locos al volante. Y entonces, en ese escenario, sí es posible encontrar la explicación psicológica: la vida moderna es estresante y a eso se suma pasar largas horas en el auto, porque el tránsito es fatal, cada vez hay más vehículos y todo el mundo está apurado, siempre. Y quien no se haya puesto furioso jamás que arroje la primera piedra. O toque bocina. 
Es la vida en la ciudad, y no otra cosa, lo que genera la furia de los caminos. ¿Acaso un baqueano en su tractor le grita a las ovejas, enloquecido, para que se corran cuando quiere pasar? No. ¿Había muchos casos de road rage cuando andábamos en carretas? Cero. El estrés provoca que nos salgamos de nuestras casillas y nos comportemos como fieras. Muchas veces eso sucede al manejar. 
En una entrevista, Guillermo Martínez, uno de los escritores nacionales más traducidos en el mundo, reflexionaba: “Estar al volante es administrar un pequeño poder, que pone a prueba la autolimitación. Y por la forma en que se maneja, es obvio que eso no ocurre”. Se podría decir al respecto, también, que por cómo conducimos nuestros autos es posible, entonces, definir el tipo de persona que somos. ¿Nos controlamos o no? ¿Somos el Dr. Jekyll o nos gana nuestro Mr. Hyde? 
La bestia que vive dentro de nosotros podría soltarse en un embotellamiento, también con un ciclista que nos demora o a propósito de un peatón que cruza mal la calle. Y, por qué no, la furia podría salir cuando otro auto intenta pasarnos en la ruta, como en la primera película de Steven Spielberg, Duelo (1971), basada en un relato corto y efectivo del genial Richard Matheson.
La historia, aterradoramente posible, narra la persecución de un camión a un Plymouth Valiant que lo rebasó en una carretera de doble vía en medio del desierto. Mann, el viajante de comercio y pobre diablo clasemediero tras el volante del auto, fue el gatillo en la mente de su misterioso atacante y ahora está metido en un angustiante combate a muerte. En un momento, entiende que, para sobrevivir, tiene que transformarse.
Entonces, la víctima pasa de manejar su coche con modesta naturalidad estándar a hacerlo como un iracundo más. Enardecido, estresado, enajenado y poderoso. La trama del relato es tan delirante como realista y ahí se enclava su pavorosa excelencia. Porque todos podemos ser ese automovilista y, también, el camionero asesino.

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domingo, 4 de agosto de 2013

Una historia de amor de hoy con estilo victoriano*

La trama nupcial, de Jeffrey Eugenides, apareció en 2011, pero acaba de ser traducida al castellano. Un amor de hoy con características de otra época. Y también un diálogo con el lector y con la crítica.

*Esta nota fue publicada en el Suplemento de Cultura del diario Tiempo Argentino el 4 de agosto de 2013.

Cada paso en la carrera de Jeffrey Eugenides es contundente. Las vírgenes suicidas fue un debut impecable (1993) que Sofía Coppola llevó al cine (1999), con Middlesex (2002) ganó el Pulitzer y ahora vuelve con La trama nupcial (2011), recién publicada en castellano por Anagrama. Si primero exploró la decadencia humana a través de la fragilidad de las hermanas Lisbon y después recorrió 80 años de una saga familiar para contar su Gran Novela Americana en la voz de un hermafrodita, con su tercera novela da un salto evolutivo inesperado, y a la vez evidente. 
La trama nupcial es una historia de amor al estilo victoriano en la actualidad. Eugenides logra un traspaso en el tiempo perfecto, como si hubiera dejado que Jane Austen le lleve la pluma para hablar del conflicto sentimental, pero del modo en el que viene sucediendo desde fines del siglo XX. 
Madeleine Hanna, una enamorada de la idea del amor, reparte su corazón entre el maníaco depresivo Leonard Bankhead (muy parecido a David Foster Wallace) y el místico Mitchell Grammaticus (similar al autor). La protagonista trata de elegir al esposo adecuado como una Elizabeth Bennet, pero en escenarios ochentosos con Tainted Love como soundtrack, chicos que usan anteojos alla Elvis Costelo y muchachas de pelo rosa. 
Así es como Eugenides aborda su propio dilema al trabajar, deliberadamente, una trama de novela romántica clásica en una actualidad que ya no lo es. A lo largo de la historia, el autor dialoga con la crítica y cuestiona el rol del lector, al que sumerge en debates metafísicos y literarios tan atrapantes como las anécdotas puntuales que le dan sentido al relato.
Es un libro largo de 544 páginas que se lee con facilidad (y felicidad) desde una realidad en la que se viene declarando la muerte de la novela. Sólo desde su extensión y calidad el autor toma postura y dice que no sólo existe el amor a la literatura, sino también a pasar las páginas que con el tiempo se ponen amarillas, con olor a amarettis. De plus, demuestra empíricamente que todavía es posible involucrarse con un argumento –trama, nupcial o no- como en la juventud, cuando todo era nuevo, atrapante, y un misterio a descubrir sin Internet ni ayudas distractivas de por medio. 
Eugenides, como John Irving, Stephen King o Jonnathan Frazen, encuentra el modo de hacer que el lector vuelva atrás en el tiempo y devore su libro como un veinteañero sediento, que quiere más y más. Porque el amor existe aunque a veces se frustre, y todavía es posible enamorarse. De otros, de los libros, de la literatura. Como en una novela romántica del siglo XIX, pero hoy. 

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