miércoles, 30 de octubre de 2013

Me hicieron unas preguntas para Horas robadas a la noche, el escritor y su oficio. Acá. 

miércoles, 2 de octubre de 2013

Se hace real*

Cuando pienso en mis vidas posibles, una es la de crecer en la playa, ser de piel salada y tener un perro amigo con el pelo hecho rastas. El agua da sensación de bienestar y los que pasan sus días cerca del mar suelen saber encontrar la calma, aunque alrededor suceda algo grave y territorial que inunda todo con violencia.
De Israel tengo una foto mental adolescente, con kibutz, campos de naranjas y playas. Este pequeño país nuevo y viejo, fanático y a la vez soñado, está bendecido con tres mares: el Mediterráneo, el Muerto y el Rojo. Sin embargo es, por su trágica historia, un lugar sin mística previa. No es cool que la gente se mate en una franja y aunque quede lejos y sea raro, no resulta exótico lo indigno y lo resbaladizo.
Creo que los destinos son como paredes empapeladas. Si levantás la capa decadente que lo cubre todo aparece lo que hay abajo. Primera vista de asesinatos, muertes absurdas, prejuicios, injusticias y te va a costar rascar todo eso con las uñas. Quizás hasta te sangren los dedos.
Un pibe dijo que vio a una chica en bikini con una escopeta cruzada en la espalda siendo hermosa y peligrosa en un parador, otros aseguraron hace poco que cayó un objeto volador no identificado cerca del mar y en los diarios publicaron que sobre las blancas arenas de las playas de Tel Aviv se encontraron tres pequeños barriles bomba con entre 15 y 20 kilos de explosivos cada uno. Es todo igual de inverosímil, pero salvo lo de los extraterrestres, el resto es verdad. Lo peor te rodea todo el tiempo.  
Yo levanto el tapizado de guerra porque abajo está el sol de Israel, una tierra dulce y prometida de miel hecha de gente y no de gobiernos. Además busco debajo porque sé decir mariposas en hebreo, parparim (פרפרים), y siempre pensé que esa palabra simula un parpadeo de alas. Es una vida posible, yo en Tel Aviv, la ciudad playera con misiles teledirigidos como barriletes en el horizonte mientras abajo hay personas reales. Podría haber crecido allá, en lo incierto, sobre un suelo que se hace cielo porque ahí cerca está el mar. 

*Esta nota fue publicada en la revista Brando. Agosto 2012. Es un texto inspirado en una selección de fotos de las playas de Tel Aviv. 

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No tengo Link porque no está online y tampoco tengo PDF o JPG, porque me colgué en conseguirlo. Pero por ahí anda la versión publicada, en bares coquetos y peluquerías fashions. 

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domingo, 15 de septiembre de 2013

Planos*

Un plano es mucho más que un dibujo. También es palabras, inicios, historias potenciales. Los planos, en general, tienen la misma utilidad que las listas: ordenan la mente y la dejan funcionando como una pista de patinaje sobre hielo. Limpia, lisa. Por eso creo que los planos son nobles. A veces sirven para orientarse y otras para buscar cosas, pero hay que saber esto: los planos son potencialidades y nunca garantizan éxito. Parece malo, pero es bueno.
Un plano confía en la inteligencia del que lo mira. Eso es franco. Y justo. El plano que indica cómo armar una silla puede llevar a una silla terminada o a una frustración con un montón de partes imposibles de unir. Hay muchos tipos de planos y la palabra, polifónica, expresa diversos significados. Igual, todos los planos tienen algo en común: marcan el inicio de algo. Eso es estimulante.
Si es cartográfico, representa una pequeña región de superficie terrestre y ayuda a llegar a determinados lugares. Señala, indica o marca la ubicación de una ciudad. O de una casa. O de una casa en una ciudad. Es el principio de un recorrido. Sirve para la búsqueda y es una promesa de acción. Una anécdota con un plano cartográfico. Estuvimos mil horas en un rincón del delta para lograr darnos cuenta para qué lado había que poner el plano. Finalmente pudimos comenzar a perdernos por no entender lo que indicaba el plano. Íbamos en canoa y elegimos mal todos los rumbos. Llegamos a otros lugares. Ese plano fue aventura.
Son lindos los planos cuando mapean algo y a muchos les gusta encuadrarlos para colgarlos en las paredes de sus hábitats. Este es el plano de mi barrio, de mi sección de río, de mi isla, de mi casa, de mi jardín con huerto y lo considero una expresión de las bellas artes. Un viejo poeta inglés que conozco vive en la zona más arrabalera de Barracas y tiene un cuadro de la red de subtes de Londres en su living. Underground al lado de un Molina Campos.
Si representan vistas de objetos, los planos se dividen en varios tipos porque dejan al que los mira parado en distintas posiciones. Los de planta son hermosos, muestran todo desde arriba, son para soñar altura. De planta vería las cosas un gigante si cortara una casa a un metro del nivel del piso. Una anécdota con un plano de planta. Para hacer una reforma en mi patio hice el plano en mi mente y quedó muy bien. Cuando intenté traspasarlo a la realidad, modificar las cosas como las había planeado, nada era de la medida correcta. Un arquitecto me develó el problema: "Sos una idiota matemática", declaró.
Lejos de enojarme, lo miré tranquila. Me enfoqué en un primer plano de su cara para destruir todo efecto de realidad. Como hacía Bergman. En blanco y negro me acerqué al corazón del propósito y con un primerísimo primer plano busqué mostrar lo que se escondía en esa escena. Le dije, contenta: "Los planos siempre funcionan en la mente". Se lo dije contenta porque creo en eso.

*Esta nota fue publicada en Acido Surtido #25/ Plano. Diciembre 2012.

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viernes, 13 de septiembre de 2013

Composición Tema RÍOS*

El Luján es la obviedad que todos transitan con la heladera de telgopor portátil. En el momento de la duda, cuando hay que elegir por dónde bifurcarse, a mí me gusta hacerle ole al Carapachay. Navego el Sarmiento hasta el final y llego hasta donde comienza el Capitán. Ahí se cruza el San Antonio y ese lugar es un rincón natural de tres ríos con un solo horizonte. El delta del Tigre es igual a una pregunta que se está formulando en continuo movimiento. La isla es una sola aunque todos crean que son muchas. El continente empieza a ser una idea extraña; se lo deja atrás.  
Si sube o baja el agua, si viene o no la sudestada, si el pez con bigotes tipo Dalí es un bagre, si los murciélagos arrullan o aterran a los durmientes, si los muelles sirven para algo más que colgar las piernas, si ese pato sabe a dónde va.
¿Qué más podés querer si el único peligro es el acoso de la gatapeluda? Te metés al agua y se te limpia la cabeza por dentro y afuera hay barro, guerra de pelotas de barro, después prendés un fuego, mirás la luna y unos árboles que crecen en riveras enfrentadas se hacen amigos por arriba, se tocan las copas y cuando pasás con la canoa por ese túnel ¿qué más podés querer?
Avanzamos descalzos por pequeñas selvas para llegar a ningún lado y ayer nos persiguió una jauría de perros empáticos que no dejaban de hacerse amigos nuestros. Nos rodearon custodiándonos todo el camino a casa y se tiraron al agua para salvarnos de algo aunque no nos estábamos ahogando. Quisimos comernos las olas y se nos deshicieron entre los dientes.

Canta un pájaro en disonancia, muchas hojas mueven a sus troncos, la crecida trae ramas y un pedazo de rosal. El agua lame los muelles mientras nosotros mordemos los yuyos. Lejos de la tierra firme todo es tangible. Se va el día y se avecinan los insectos. Pasa una lancha, no nos subimos. Respiro. Me quedo en el río. 

*Esta nota fue publicada en la revista La Mujer de mi vida en junio de 2013.

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viernes, 6 de septiembre de 2013

Auto crírtica. Road rage: Ira al volante*

La más dulce de las almas calmas de pronto se transforma en un troglodita iracundo, un asesino en potencia, apenas enciende el motor. ¿Qué es lo que pasa al entrar a un auto que puede convertir a un conductor en la versión más aterradora de su Mister Hyde? He aquí algunas explicaciones.
*Esta nota fue publicada en la revista Móvil en agosto de 2013.
Es un juego de la PlayStation, un episodio de Los Simpson, pero también una patología que se llama Road Rage, “rabia del camino” en su traducción literal, y más conocida por estas pampas como furia al volante. ¿Qué es lo que pasa al entrar a un auto que puede convertir a un conductor en la versión más aterradora de su Mr. Hyde? La más dulce de las almas calmas de pronto se transforma en un troglodita iracundo, un asesino en potencia, mientras calienta el motor. ¿Por qué?
La versión online del videojuego Road Rage se presenta de la siguiente manera: “Conducción extrema. Maneja entre el tráfico a toda pastilla por la gran ciudad y sus alrededores. Causa mucho daño con tu coche. Chócate o utiliza el Potenciador Detonador para tener un final explosivo”. Sin eufemismos ni mucha vuelta. La propuesta es simple y directa. Y es un hit. Sin daños físicos aparentes.
El capítulo 15 de la décima temporada de Los Simpson, “Marge Simpson in Screaming Yellow Honkers” (en castellano se llama “El submarino amarillo”), es un clásico. Igual, vale la pena una pequeña reseña recordatoria: en busca de virilidad motorizada, Homero se compra un todoterreno, pero descubre que es un modelo-F, diseñado para mujeres, así que le saca su auto a Marge, que no tiene más alternativa que usar la 4×4.
Al principio, ella maneja con cuidado, casi con temor. Pero un día queda atorada en un embotellamiento, el helado que compró se derrite y, azuzada por Bart, toma un atajo a campo traviesa por fuera de la ruta. Entonces algo le hace clic. Se gatilla y descubre que con ese auto tiene poder. Puede ir por donde quiera. Nadie le dice nada, nada la detiene. Es como una droga. Quiere más. Marge empieza a perder la paciencia cuando los demás se meten en su camino y se transforma en una fiera, la madre amorosa es pura furia al volante.
¿Les suena? A todo el mundo le pasó, al menos una vez. Ese coche de adelante que va pisando huevos y nos tapa la posibilidad de deslizarnos hacia nuestro destino: las ganas de hacerlo desaparecer. Ese “dominguero” que nos arruina el ritmo y la posibilidad de chocarlo por la retaguardia. La sensación de saber que podríamos destrozarlos a todos y el clic a punto de gatillar.
Algunos se habrán aguantado, otros quizá comentaron en voz alta con su copiloto la ira que tienen. Están los que tocaron bocina y los que además se asomaron por la ventanilla para gritar. La mayoría aguanta, con la procesión por dentro, y la minoría se descontrola, puede llegar a matar. Pero todos sentimos esa furia.
Es como si el hipotálamo, amo y señor del dominio de la emoción, hubiera perdido el rumbo. El sistema límbico del cerebro es el de un cavernícola y el Neanderthal detrás del volante está listo para arrastrar de los pelos al oponente. Darle garrotazos. Comer carne cruda. Los que se autocontrolan son los que logran decirse a sí mismos algo así como “frená, bajá un cambio”. Los otros no, simplemente aceleran y chau: furia al volante, patología.

La garganta ardiente de gritos.
Todos tenemos dos personalidades en juego. Se puede ser una persona tranquila hasta que algo hace que veamos rojo, como un toro, y no haya control. Cuando la máquina de matar se activa, es muy difícil desandar el camino. Detrás del volante hay tantos potenciales monstruos como conductores. Cualquiera que haya puesto primera para después arrancar a andar por una gran ciudad lo sabe. Y, aunque usted no lo crea, el arma de destrucción masiva que lo podría arrollar con bestial virilidad es, según estadísticas, una dama.
De hecho, cuenta la trivia, la idea del episodio protagonizado por la iracunda y poderosa Marge sobre ruedas surgió a partir de un estudio sobre el tema, que arrojaba como resultado ese dato sorprendente. Matt Groening y equipo lo procesaron con su mirada Simpson de la vida y estrenaron el capítulo el 21 de febrero de 1999. Aunque ya pasaron 14 años, que las mujeres seamos las más rabiosas al volante sigue resultando novedoso.
¿Pero por qué sería novedoso? En realidad, es casi obvio que tengamos más ganas de matar que los hombres en cuanto nos motorizamos. ¿Acaso no soportamos todo tipo de prejuicios que rezan que no sabemos manejar? El “andá a lavar los platos” que aún se oye en calles y avenidas ¿no debería tener como respuesta un buen golpe de guardabarros? ¿A dónde es que nos mandan? ¿A lavar? ¿Platos? ¿Realmente alguien cree que ese es el rol femenino hoy? Es más, ¿no merece al menos un insulto, desde atrás del volante, alguien que piensa eso de nosotras? ¡Furia! ¡Rabia del camino! Aquella tendencia del siglo pasado por supuesto que siguió creciendo y somos cada vez más las que tenemos ira al volante. La revista Psychology Today, recientemente, publicó un artículo que cuenta que mientras sube el índice femenino de road rage baja el masculino. Y entre las explicaciones que encuentra, textual, dice: “Ahora las mujeres están logrando muchas cosas en altos niveles laborales y eso las hace menos tolerantes al resto de la gente. Van por el mundo pensando ‘¿qué? ¿No se dan cuenta de que estoy ocupada?’”
Pisemos un momento el freno. ¿Esa es la explicación psicológica? Parece más una versión políticamente correcta de decir “ahora están sobrecargadas de trabajo y quieren demostrar que no lavan más los platos”. ¿Quién hizo ese análisis? Sería maravilloso encontrarnos al autor parado en alguna vereda por la que justo pasemos con nuestro auto y… ¡cólera sobre ruedas!
Igual, más fríamente, cabe recordar otras estadísticas. En un estudio lanzado hace poco por Quality Planning, una compañía de análisis de Estados Unidos, se convalida la información de las pólizas de autos para las empresas aseguradoras: las damas aparecen como conductoras más precavidas que los caballeros. Se analizaron diversas infracciones de tránsito para comparar cuántas veces fueron multados hombres y mujeres, y la conclusión fue rotunda: ellos infringen mayor cantidad de leyes y manejan de una forma más peligrosa que nosotras.

Con las carretas no pasaba.
Para encontrar un poco de objetividad a todo este maniqueísmo, se podría hacer un mix de ambos estudios y concluir que todos, sin distinción de género, podemos volvernos locos al volante. Y entonces, en ese escenario, sí es posible encontrar la explicación psicológica: la vida moderna es estresante y a eso se suma pasar largas horas en el auto, porque el tránsito es fatal, cada vez hay más vehículos y todo el mundo está apurado, siempre. Y quien no se haya puesto furioso jamás que arroje la primera piedra. O toque bocina. 
Es la vida en la ciudad, y no otra cosa, lo que genera la furia de los caminos. ¿Acaso un baqueano en su tractor le grita a las ovejas, enloquecido, para que se corran cuando quiere pasar? No. ¿Había muchos casos de road rage cuando andábamos en carretas? Cero. El estrés provoca que nos salgamos de nuestras casillas y nos comportemos como fieras. Muchas veces eso sucede al manejar. 
En una entrevista, Guillermo Martínez, uno de los escritores nacionales más traducidos en el mundo, reflexionaba: “Estar al volante es administrar un pequeño poder, que pone a prueba la autolimitación. Y por la forma en que se maneja, es obvio que eso no ocurre”. Se podría decir al respecto, también, que por cómo conducimos nuestros autos es posible, entonces, definir el tipo de persona que somos. ¿Nos controlamos o no? ¿Somos el Dr. Jekyll o nos gana nuestro Mr. Hyde? 
La bestia que vive dentro de nosotros podría soltarse en un embotellamiento, también con un ciclista que nos demora o a propósito de un peatón que cruza mal la calle. Y, por qué no, la furia podría salir cuando otro auto intenta pasarnos en la ruta, como en la primera película de Steven Spielberg, Duelo (1971), basada en un relato corto y efectivo del genial Richard Matheson.
La historia, aterradoramente posible, narra la persecución de un camión a un Plymouth Valiant que lo rebasó en una carretera de doble vía en medio del desierto. Mann, el viajante de comercio y pobre diablo clasemediero tras el volante del auto, fue el gatillo en la mente de su misterioso atacante y ahora está metido en un angustiante combate a muerte. En un momento, entiende que, para sobrevivir, tiene que transformarse.
Entonces, la víctima pasa de manejar su coche con modesta naturalidad estándar a hacerlo como un iracundo más. Enardecido, estresado, enajenado y poderoso. La trama del relato es tan delirante como realista y ahí se enclava su pavorosa excelencia. Porque todos podemos ser ese automovilista y, también, el camionero asesino.

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domingo, 4 de agosto de 2013

Una historia de amor de hoy con estilo victoriano*

La trama nupcial, de Jeffrey Eugenides, apareció en 2011, pero acaba de ser traducida al castellano. Un amor de hoy con características de otra época. Y también un diálogo con el lector y con la crítica.

*Esta nota fue publicada en el Suplemento de Cultura del diario Tiempo Argentino el 4 de agosto de 2013.

Cada paso en la carrera de Jeffrey Eugenides es contundente. Las vírgenes suicidas fue un debut impecable (1993) que Sofía Coppola llevó al cine (1999), con Middlesex (2002) ganó el Pulitzer y ahora vuelve con La trama nupcial (2011), recién publicada en castellano por Anagrama. Si primero exploró la decadencia humana a través de la fragilidad de las hermanas Lisbon y después recorrió 80 años de una saga familiar para contar su Gran Novela Americana en la voz de un hermafrodita, con su tercera novela da un salto evolutivo inesperado, y a la vez evidente. 
La trama nupcial es una historia de amor al estilo victoriano en la actualidad. Eugenides logra un traspaso en el tiempo perfecto, como si hubiera dejado que Jane Austen le lleve la pluma para hablar del conflicto sentimental, pero del modo en el que viene sucediendo desde fines del siglo XX. 
Madeleine Hanna, una enamorada de la idea del amor, reparte su corazón entre el maníaco depresivo Leonard Bankhead (muy parecido a David Foster Wallace) y el místico Mitchell Grammaticus (similar al autor). La protagonista trata de elegir al esposo adecuado como una Elizabeth Bennet, pero en escenarios ochentosos con Tainted Love como soundtrack, chicos que usan anteojos alla Elvis Costelo y muchachas de pelo rosa. 
Así es como Eugenides aborda su propio dilema al trabajar, deliberadamente, una trama de novela romántica clásica en una actualidad que ya no lo es. A lo largo de la historia, el autor dialoga con la crítica y cuestiona el rol del lector, al que sumerge en debates metafísicos y literarios tan atrapantes como las anécdotas puntuales que le dan sentido al relato.
Es un libro largo de 544 páginas que se lee con facilidad (y felicidad) desde una realidad en la que se viene declarando la muerte de la novela. Sólo desde su extensión y calidad el autor toma postura y dice que no sólo existe el amor a la literatura, sino también a pasar las páginas que con el tiempo se ponen amarillas, con olor a amarettis. De plus, demuestra empíricamente que todavía es posible involucrarse con un argumento –trama, nupcial o no- como en la juventud, cuando todo era nuevo, atrapante, y un misterio a descubrir sin Internet ni ayudas distractivas de por medio. 
Eugenides, como John Irving, Stephen King o Jonnathan Frazen, encuentra el modo de hacer que el lector vuelva atrás en el tiempo y devore su libro como un veinteañero sediento, que quiere más y más. Porque el amor existe aunque a veces se frustre, y todavía es posible enamorarse. De otros, de los libros, de la literatura. Como en una novela romántica del siglo XIX, pero hoy. 

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domingo, 28 de julio de 2013

Pornografas

"Desde afuera se ve un maniqueo que postula sordidez versus idealización. Hacemos este libro paradas en el medio, desde la genuina curiosidad que nos despierta un mundo en el que seres humanos tienen sexo frente a cámara y otros se calientan mirando".
Con Alejandra Cukar estamos concentradas en esto hace más de un año. Desde finales de 2012 Cristian Alarcón y Constanza Brunet nos ponen Norte. En el verano 2013 Marcelo Pisarro lanzó una Pista en Ñ y este invierno, en medio de un desenfrenado tipi tapa, ya nos sentimos pornografas. Pronto, más novedades.


lunes, 22 de julio de 2013

Formas de ganarle a la muerte*

Más cerca de la ciencia ficción y el thriller que del horror, la serie francesa “Les Revenants” sucede en un pueblo donde los muertos vuelven para ocupar su lugar.

*Esta nota fue publicada en REVISTA Ñ el 20 de julio de 2013.

Una mariposa clavada en un cuadro de pronto comienza a mover sus alas, se suelta del alfiler que la sujeta, explotan los vidrios que la contienen y escapa por la ventana. Así de simple y complicado es resucitar. Todo sucede en un pueblo alpino de la región de Annecy, en Francia, en donde la nieve y la soledad son la estética y el espíritu de este lugar que tiene como corazón una central eléctrica al límite del colapso. Hay un pantano inmenso que podría ser circular o interminable y una presa que abre su abismo sobre un lago azul. En el fondo está sumergida una aldea, ahogada. Ese es el origen y también hacia donde va el final de la historia.
Les Revenants es una serie producida por Canal+ Francia que está basada libremente en la película del mismo nombre dirigida por Robin Campillo en 2004. ¿Qué pasa si un día vuelven los seres queridos que murieron? ¿Cómo se los recibe? ¿Hay lugar para ellos? La versión para televisión de ocho capítulos de Fabrice Gobert y Frederic Mermoud va un poco más allá de esas preguntas y el apoyo como coguionista del laureado Emmanuel Carrère tiene algo que ver con eso. “La idea era tratar una situación poco realista de una forma realista”, dijo el autor de Limónov y El adversario , entre otras de sus festejadas novelas biográficas.
La historia hace una reflexión precisa acerca de nuestra cultura actual y su incapacidad de contener la pulsión de muerte. Es ciencia ficción, thriller y terror que ahorra en vísceras, sangre y matanzas gore para poner toda su fuerza en la estética y la trama. Desde el primer segundo se mezcla la fe con lo sobrenatural. No hay batalla entre vivos y muertos, sino una observación del dolor, su sentido, y el lugar que ocupa en el mundo. Les Revenants es la perfecta evolución del camino que emprendió David Lynch cuando creó Twin Peaks (1990-1991), una de las clásicas fundadoras de esta nueva forma de hacer y ver series.
La segunda temporada ya está confirmada para el inicio de 2014 y además la cadena ABC le encargó al productor británico Paul Abbott un piloto para hacer la versión norteamericana. Probablemente será buena, pero también pasteurizada. Promete más ritmo y efectos especiales: justo lo que esta historia no necesita. El tempo narrativo va de la mano de la trama, la música y los paisajes: el tiempo no pasa y todo lo que pasa, que es la vida entera, sucede en apenas una semana.
Les Revenants se palpita en la pausa y por eso se destaca del aluvión efectista. Es sobria, elegante, intimista y arroja tanta belleza como angustia. El soundtrack de los escoceses Mogwai, con su característico pulso instrumental helado, ayuda a tejer aún mejor la atmósfera tensa que propone esta historia de resucitados intactos, o fantasmas corpóreos.
Un micro lleno de adolescentes viaja por una ruta vacía y sigue de largo, sobre el abismo de la presa. Las montañas forman una barrera infranqueable. Una mano limpia el vidrio empañado de una ventana y revela mellizas imposibles, de diferente edad. Un traje de novia fatídico, un enamorado que muere el día de su boda. El niño mudo y fatal con su hada deprimida. Un asesino serial y su hermano. El policía que espía a su mujer, un viejo asustado, suicidios. ¿Se puede hablar con los fallecidos? ¿A dónde van cuando ya no están? Otro modo de contar la historia sin develarla podría ser: Había una vez, en un pueblo muy lejano, algo sobrenatural. Y entonces un día algunos muertos volvieron tal como fueron cuando vivían. No recordaban haber fallecido ni sabían que el mundo siguió andando sin ellos. Quisieron volver a ser los que eran y trataron de colarse, como polizontes, en sus antiguas existencias. Se abrió una grieta y el milagro se volvió amenazador.
De la tumba se regresa con hambre canino y en la realidad resucitada no se duerme. Nada es como era porque pasaron los años. Pocos o muchísimos. ¿Cómo es sentirse afuera de todas las cosas? Los que volvieron están solos y eso los lastima. Pueden contagiar muerte. Algunos lo hacen a propósito, otros sin darse cuenta. No es que trasmiten su peste con una mordida. Infectan con su presencia irreal y en la parsimonia de la convivencia. Cada charla y momento de felicidad por el regreso es también un silencio que constata el futuro inexorable. El duelo imposible de elaborar no es el que hay que hacerle a los fallecidos sino el que necesita la vida.
La serie se articula en torno a ocho historias y a través de flashbacks se va develando la relación entre los personajes. Son existencias sacadas de su contexto que desean recuperar su rutina. La imposibilidad de volver a ser lo que uno fue es un misterio suficiente para los vivos y cuando lo transitan los muertos se convierte en tensión. Y la intriga de la historia, entonces, podría ser: ¿qué intenciones tienen los resucitados?, ¿son las mismas personas que eran o los habita algo maligno?, ¿van a estar acá un tiempo, estancados en ese último momento y luego desaparecer o podrán envejecer?
La premisa es recurrente en el género fantástico y la humanización del monstruo parece ser una de las modas más en boga últimamente. Cada vez hay más ficciones sobrenaturales y ganarle a la muerte pareciera ser la temática favorita. Los que regresan de la tumba son los nuevos héroes que la televisión le devuelve a la sociedad actual, que en su infantilismo no puede procesar que todo concluye al fin. Las películas ponen “The End” y dejan sola a la audiencia, que necesita compromisos a largo plazo en un mundo abandónico. Por eso ahora la pasión tiene formato de serie, que siempre promete un poco más y juega con la posibilidad de la continuación.
Les Revenants transita esta paradoja, como todas las series, pero también habla de esto en su trama. El pueblo al que vuelven los resucitados está repleto de gente que no sabe cómo vivir. Necesitan alguien que los guíe en su laberinto de suicidios, alcoholismo, angustia. Entonces, los que volvieron de la tumba son, además de un constante recuerdo doloroso, un reflejo del desengaño actual, en donde incluso los creyentes parecen haber perdido la fe. El cura del pueblo asegura que eso de la resurrección de la carne es una interpretación demasiado literal y mágica de las escrituras. El director del refugio donde se acoge a los marginados, a los que sufren, tiene un pasado oscuro y su aparente fe se parece más a un autoengaño.
Les Revenants no es específicamente del género horror, se parece más a una distopía metafísica. Su thriller atrapa al espectador, pero las sensaciones que provoca por arriba y debajo de todo eso son otras. Cada uno de los resucitados son la presencia indiscutible de la pesadez de los días y el símbolo de la indiferencia natural del ser humano. Desasosiego, extrañeza, inquietud, incomprensión: he aquí una historia aterradora y frágil, como la fe, o el amor.

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lunes, 10 de junio de 2013

Apocalipsis zombi en las islas británicas*

Las series sobre muertos vivientes son el furor del momento. Ahora se suma “In The Flesh”, aproximación británica con excelentes actuaciones y un gran guión.

*Esta nota fue publicada en REVISTA Ñ el 8 de junio de 2013.

Está solo, aunque lo rodean muchos como él, y avanza por el pasillo aséptico de un hospital que podría ser un manicomio, o una cárcel. Es como la rama de un árbol seco. Se podría romper. Sufre del Síndrome de Muerte Parcial (SMP), el modo políticamente correcto de decir zombie en este mundo pos-pos apocalíptico en el que se desarrolla In the Flesh , la miniserie británica que logra correrse del vacío digerido con el que la moda viene matando a los no vivos.
El protagonista se llama Kieren Walker. Una obviedad, pero su historia se sale de cuadro así: después del despertar de los muertos y en medio de la lucha por su supervivencia, la Humanidad inventa una droga que rehabilita a los “podridos”, término que ahora es discriminatorio porque llegó el momento de reinsertarlos en la sociedad.
Kieren, que tiene 18 años de vida y tres de muerto, puede recordar cosas que hizo cuando estaba infectado. Su última víctima le duele y se siente perdido. Entonces le dan maquillaje y lentes de contacto para ocultar su no vida y le anuncian que está listo para volver a casa. “Casa” es, entre otras cosas, Roarton, un pueblo del norte de Inglaterra en el que comenzó el foco de resistencia civil contra los zombis y que volvió a ser el agujero de fanáticos religiosos racistas de siempre, pero militarizados y desocupados.
Entre la catarsis humorística de Zombieland (la película de 2009 y la nueva secuela en serie) o el culebrón de The Walking Dead , el costumbrismo norteamericano es como un perro que se corre la cola. Si los muertos vivientes en algún momento fueron un metadiscurso del salido del sistema, ahora valdría la pena preguntarse quién se sale de dónde, cómo y en qué lugar termina. El frágil adolescente de In the Flesh es el lugar común gracias al cual el novel guionista Dominic Mitchell encontró su Hilo de Ariadna para escapar triunfal del laberinto lobotomizador en el que se pierden los que intentan seguir dando vueltas alrededor del concepto zombi.
“Siempre me fascinó la mitología zombi y también la idea de lo que podría pasar en Gran Bretaña después de un Apocalipsis zombi. No como en una película, si no realmente. Y no lo que sucedería durante o inmediatamente después, si no años más tarde, cuando la población y las comunidades que lucharon en la guerra están tratando de retomar sus vidas. ¿Qué pasa cuando ya no se puede considerar enemigo al enemigo? ¿Y cómo sería la victoria viviente después de la victoria sobre los no-muertos?”, se pregunta Mitchell en su blog.
Ese fue el germen del acierto. Al desandar el exceso de vueltas de tuerca, In the Flesh pone en primer plano lo que el género zombi cuenta en su segunda lectura. Los malos de la película no son los resucitados, son los vivos. Con esa base, un solo ajuste: Kieren y sus congéneres no son parte del paisaje, acá el zombie es el héroe sentimental.
In the Flesh llega casi de la mano de Les Revenants , la serie de la televisión francesa que también se destaca por el tratamiento austero de una trama original con resucitados como protagonistas. La humanización del zombi ya se había explorado en 1993 en El regreso de los muertos vivientes 3 , una secuela muy diferente de sus dos predecesoras porque la protagonista es la torturada Julie Walker, que retrasa su hambre de carne humana en un gótico proceso de piercing y autoflagelo para seguir junto a su novio, vivo. Discutida por los puristas del mundo en el que George Romero es el rey, la película de Brian Yuzna es, de todos modos, la Romeo y Julieta del género.
Hubo un tiempo ya lejano en el que los muertos vivientes fueron un fetiche de culto, pero desde hace algunos años la temática zombi es parte del cotidiano. Hay zombie walks , películas edulcoradas basadas en novelitas adolescentes como Mi novio es un zombie (Jonathan Levine, 2013), un fenómeno literario que cruza el género Z con clásicos, nuevas versiones de historietas, remakes de todo tipo de calañas y un aterrador auge del mundo de los no vivos. Le están haciendo a los no muertos lo mismo que a los vampiros, esos inquietantes demonios oscuros que pasaron a ser, de Crepúsculo a esta parte, fenómenos de un mercado conservador, los novios de América.
En el intento de innovar se llega a rulos imposibles. La primera temporada de The Walking Dead , basada en un cómic independiente de 2003, fue explosiva, pero durante la segunda enterró varias esperanzas. El tercer año varió entre pocos capítulos brillantes perdidos en una aburrida telenovela con muertos vivos en un rol menos que secundario.
En medio de este apocalipsis zombi de la vida real siempre es bienvenido algo nuevo, bien hecho, novedoso. Cuando parecía imposible que algo así sucediera, la cadena inglesa BBC apostó y ganó con In the Flesh . Son apenas tres capítulos, pero ya tienen confirmada su continuación para una segunda temporada y quizá el canal de cable I-Sat la trasmita este año, aunque todavía no se sabe.
Los efectos especiales son los lentes de contacto para los ojos muertos y no mucho más. Es un proyecto que se basa en la potencia de la idea, el guión impecable y las excelentes actuaciones de un reparto de actores desconocidos (atención al pequeño papel de Ricky Tomlinson, célebremente de culto en Gran Bretaña).
In the Flesh da la vuelta de tuerca justa. Apenas una. Todo es evidente, por eso sorprende. Entre sus posibles y obvias lecturas está la de la inclusión de minorías a nuestro retrógrado proceso civilizatorio. Se trata de muchas más cosas, pero a la corta es sólo eso. Hay drama, familias disfuncionales y una mirada al revés que no se enreda para ser más de lo que es: un hermoso cliché.

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