domingo, 4 de agosto de 2013

Una historia de amor de hoy con estilo victoriano*

La trama nupcial, de Jeffrey Eugenides, apareció en 2011, pero acaba de ser traducida al castellano. Un amor de hoy con características de otra época. Y también un diálogo con el lector y con la crítica.

*Esta nota fue publicada en el Suplemento de Cultura del diario Tiempo Argentino el 4 de agosto de 2013.

Cada paso en la carrera de Jeffrey Eugenides es contundente. Las vírgenes suicidas fue un debut impecable (1993) que Sofía Coppola llevó al cine (1999), con Middlesex (2002) ganó el Pulitzer y ahora vuelve con La trama nupcial (2011), recién publicada en castellano por Anagrama. Si primero exploró la decadencia humana a través de la fragilidad de las hermanas Lisbon y después recorrió 80 años de una saga familiar para contar su Gran Novela Americana en la voz de un hermafrodita, con su tercera novela da un salto evolutivo inesperado, y a la vez evidente. 
La trama nupcial es una historia de amor al estilo victoriano en la actualidad. Eugenides logra un traspaso en el tiempo perfecto, como si hubiera dejado que Jane Austen le lleve la pluma para hablar del conflicto sentimental, pero del modo en el que viene sucediendo desde fines del siglo XX. 
Madeleine Hanna, una enamorada de la idea del amor, reparte su corazón entre el maníaco depresivo Leonard Bankhead (muy parecido a David Foster Wallace) y el místico Mitchell Grammaticus (similar al autor). La protagonista trata de elegir al esposo adecuado como una Elizabeth Bennet, pero en escenarios ochentosos con Tainted Love como soundtrack, chicos que usan anteojos alla Elvis Costelo y muchachas de pelo rosa. 
Así es como Eugenides aborda su propio dilema al trabajar, deliberadamente, una trama de novela romántica clásica en una actualidad que ya no lo es. A lo largo de la historia, el autor dialoga con la crítica y cuestiona el rol del lector, al que sumerge en debates metafísicos y literarios tan atrapantes como las anécdotas puntuales que le dan sentido al relato.
Es un libro largo de 544 páginas que se lee con facilidad (y felicidad) desde una realidad en la que se viene declarando la muerte de la novela. Sólo desde su extensión y calidad el autor toma postura y dice que no sólo existe el amor a la literatura, sino también a pasar las páginas que con el tiempo se ponen amarillas, con olor a amarettis. De plus, demuestra empíricamente que todavía es posible involucrarse con un argumento –trama, nupcial o no- como en la juventud, cuando todo era nuevo, atrapante, y un misterio a descubrir sin Internet ni ayudas distractivas de por medio. 
Eugenides, como John Irving, Stephen King o Jonnathan Frazen, encuentra el modo de hacer que el lector vuelva atrás en el tiempo y devore su libro como un veinteañero sediento, que quiere más y más. Porque el amor existe aunque a veces se frustre, y todavía es posible enamorarse. De otros, de los libros, de la literatura. Como en una novela romántica del siglo XIX, pero hoy. 

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domingo, 28 de julio de 2013

Pornografas

"Desde afuera se ve un maniqueo que postula sordidez versus idealización. Hacemos este libro paradas en el medio, desde la genuina curiosidad que nos despierta un mundo en el que seres humanos tienen sexo frente a cámara y otros se calientan mirando".
Con Alejandra Cukar estamos concentradas en esto hace más de un año. Desde finales de 2012 Cristian Alarcón y Constanza Brunet nos ponen Norte. En el verano 2013 Marcelo Pisarro lanzó una Pista en Ñ y este invierno, en medio de un desenfrenado tipi tapa, ya nos sentimos pornografas. Pronto, más novedades.


lunes, 22 de julio de 2013

Formas de ganarle a la muerte*

Más cerca de la ciencia ficción y el thriller que del horror, la serie francesa “Les Revenants” sucede en un pueblo donde los muertos vuelven para ocupar su lugar.

*Esta nota fue publicada en REVISTA Ñ el 20 de julio de 2013.

Una mariposa clavada en un cuadro de pronto comienza a mover sus alas, se suelta del alfiler que la sujeta, explotan los vidrios que la contienen y escapa por la ventana. Así de simple y complicado es resucitar. Todo sucede en un pueblo alpino de la región de Annecy, en Francia, en donde la nieve y la soledad son la estética y el espíritu de este lugar que tiene como corazón una central eléctrica al límite del colapso. Hay un pantano inmenso que podría ser circular o interminable y una presa que abre su abismo sobre un lago azul. En el fondo está sumergida una aldea, ahogada. Ese es el origen y también hacia donde va el final de la historia.
Les Revenants es una serie producida por Canal+ Francia que está basada libremente en la película del mismo nombre dirigida por Robin Campillo en 2004. ¿Qué pasa si un día vuelven los seres queridos que murieron? ¿Cómo se los recibe? ¿Hay lugar para ellos? La versión para televisión de ocho capítulos de Fabrice Gobert y Frederic Mermoud va un poco más allá de esas preguntas y el apoyo como coguionista del laureado Emmanuel Carrère tiene algo que ver con eso. “La idea era tratar una situación poco realista de una forma realista”, dijo el autor de Limónov y El adversario , entre otras de sus festejadas novelas biográficas.
La historia hace una reflexión precisa acerca de nuestra cultura actual y su incapacidad de contener la pulsión de muerte. Es ciencia ficción, thriller y terror que ahorra en vísceras, sangre y matanzas gore para poner toda su fuerza en la estética y la trama. Desde el primer segundo se mezcla la fe con lo sobrenatural. No hay batalla entre vivos y muertos, sino una observación del dolor, su sentido, y el lugar que ocupa en el mundo. Les Revenants es la perfecta evolución del camino que emprendió David Lynch cuando creó Twin Peaks (1990-1991), una de las clásicas fundadoras de esta nueva forma de hacer y ver series.
La segunda temporada ya está confirmada para el inicio de 2014 y además la cadena ABC le encargó al productor británico Paul Abbott un piloto para hacer la versión norteamericana. Probablemente será buena, pero también pasteurizada. Promete más ritmo y efectos especiales: justo lo que esta historia no necesita. El tempo narrativo va de la mano de la trama, la música y los paisajes: el tiempo no pasa y todo lo que pasa, que es la vida entera, sucede en apenas una semana.
Les Revenants se palpita en la pausa y por eso se destaca del aluvión efectista. Es sobria, elegante, intimista y arroja tanta belleza como angustia. El soundtrack de los escoceses Mogwai, con su característico pulso instrumental helado, ayuda a tejer aún mejor la atmósfera tensa que propone esta historia de resucitados intactos, o fantasmas corpóreos.
Un micro lleno de adolescentes viaja por una ruta vacía y sigue de largo, sobre el abismo de la presa. Las montañas forman una barrera infranqueable. Una mano limpia el vidrio empañado de una ventana y revela mellizas imposibles, de diferente edad. Un traje de novia fatídico, un enamorado que muere el día de su boda. El niño mudo y fatal con su hada deprimida. Un asesino serial y su hermano. El policía que espía a su mujer, un viejo asustado, suicidios. ¿Se puede hablar con los fallecidos? ¿A dónde van cuando ya no están? Otro modo de contar la historia sin develarla podría ser: Había una vez, en un pueblo muy lejano, algo sobrenatural. Y entonces un día algunos muertos volvieron tal como fueron cuando vivían. No recordaban haber fallecido ni sabían que el mundo siguió andando sin ellos. Quisieron volver a ser los que eran y trataron de colarse, como polizontes, en sus antiguas existencias. Se abrió una grieta y el milagro se volvió amenazador.
De la tumba se regresa con hambre canino y en la realidad resucitada no se duerme. Nada es como era porque pasaron los años. Pocos o muchísimos. ¿Cómo es sentirse afuera de todas las cosas? Los que volvieron están solos y eso los lastima. Pueden contagiar muerte. Algunos lo hacen a propósito, otros sin darse cuenta. No es que trasmiten su peste con una mordida. Infectan con su presencia irreal y en la parsimonia de la convivencia. Cada charla y momento de felicidad por el regreso es también un silencio que constata el futuro inexorable. El duelo imposible de elaborar no es el que hay que hacerle a los fallecidos sino el que necesita la vida.
La serie se articula en torno a ocho historias y a través de flashbacks se va develando la relación entre los personajes. Son existencias sacadas de su contexto que desean recuperar su rutina. La imposibilidad de volver a ser lo que uno fue es un misterio suficiente para los vivos y cuando lo transitan los muertos se convierte en tensión. Y la intriga de la historia, entonces, podría ser: ¿qué intenciones tienen los resucitados?, ¿son las mismas personas que eran o los habita algo maligno?, ¿van a estar acá un tiempo, estancados en ese último momento y luego desaparecer o podrán envejecer?
La premisa es recurrente en el género fantástico y la humanización del monstruo parece ser una de las modas más en boga últimamente. Cada vez hay más ficciones sobrenaturales y ganarle a la muerte pareciera ser la temática favorita. Los que regresan de la tumba son los nuevos héroes que la televisión le devuelve a la sociedad actual, que en su infantilismo no puede procesar que todo concluye al fin. Las películas ponen “The End” y dejan sola a la audiencia, que necesita compromisos a largo plazo en un mundo abandónico. Por eso ahora la pasión tiene formato de serie, que siempre promete un poco más y juega con la posibilidad de la continuación.
Les Revenants transita esta paradoja, como todas las series, pero también habla de esto en su trama. El pueblo al que vuelven los resucitados está repleto de gente que no sabe cómo vivir. Necesitan alguien que los guíe en su laberinto de suicidios, alcoholismo, angustia. Entonces, los que volvieron de la tumba son, además de un constante recuerdo doloroso, un reflejo del desengaño actual, en donde incluso los creyentes parecen haber perdido la fe. El cura del pueblo asegura que eso de la resurrección de la carne es una interpretación demasiado literal y mágica de las escrituras. El director del refugio donde se acoge a los marginados, a los que sufren, tiene un pasado oscuro y su aparente fe se parece más a un autoengaño.
Les Revenants no es específicamente del género horror, se parece más a una distopía metafísica. Su thriller atrapa al espectador, pero las sensaciones que provoca por arriba y debajo de todo eso son otras. Cada uno de los resucitados son la presencia indiscutible de la pesadez de los días y el símbolo de la indiferencia natural del ser humano. Desasosiego, extrañeza, inquietud, incomprensión: he aquí una historia aterradora y frágil, como la fe, o el amor.

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lunes, 10 de junio de 2013

Apocalipsis zombi en las islas británicas*

Las series sobre muertos vivientes son el furor del momento. Ahora se suma “In The Flesh”, aproximación británica con excelentes actuaciones y un gran guión.

*Esta nota fue publicada en REVISTA Ñ el 8 de junio de 2013.

Está solo, aunque lo rodean muchos como él, y avanza por el pasillo aséptico de un hospital que podría ser un manicomio, o una cárcel. Es como la rama de un árbol seco. Se podría romper. Sufre del Síndrome de Muerte Parcial (SMP), el modo políticamente correcto de decir zombie en este mundo pos-pos apocalíptico en el que se desarrolla In the Flesh , la miniserie británica que logra correrse del vacío digerido con el que la moda viene matando a los no vivos.
El protagonista se llama Kieren Walker. Una obviedad, pero su historia se sale de cuadro así: después del despertar de los muertos y en medio de la lucha por su supervivencia, la Humanidad inventa una droga que rehabilita a los “podridos”, término que ahora es discriminatorio porque llegó el momento de reinsertarlos en la sociedad.
Kieren, que tiene 18 años de vida y tres de muerto, puede recordar cosas que hizo cuando estaba infectado. Su última víctima le duele y se siente perdido. Entonces le dan maquillaje y lentes de contacto para ocultar su no vida y le anuncian que está listo para volver a casa. “Casa” es, entre otras cosas, Roarton, un pueblo del norte de Inglaterra en el que comenzó el foco de resistencia civil contra los zombis y que volvió a ser el agujero de fanáticos religiosos racistas de siempre, pero militarizados y desocupados.
Entre la catarsis humorística de Zombieland (la película de 2009 y la nueva secuela en serie) o el culebrón de The Walking Dead , el costumbrismo norteamericano es como un perro que se corre la cola. Si los muertos vivientes en algún momento fueron un metadiscurso del salido del sistema, ahora valdría la pena preguntarse quién se sale de dónde, cómo y en qué lugar termina. El frágil adolescente de In the Flesh es el lugar común gracias al cual el novel guionista Dominic Mitchell encontró su Hilo de Ariadna para escapar triunfal del laberinto lobotomizador en el que se pierden los que intentan seguir dando vueltas alrededor del concepto zombi.
“Siempre me fascinó la mitología zombi y también la idea de lo que podría pasar en Gran Bretaña después de un Apocalipsis zombi. No como en una película, si no realmente. Y no lo que sucedería durante o inmediatamente después, si no años más tarde, cuando la población y las comunidades que lucharon en la guerra están tratando de retomar sus vidas. ¿Qué pasa cuando ya no se puede considerar enemigo al enemigo? ¿Y cómo sería la victoria viviente después de la victoria sobre los no-muertos?”, se pregunta Mitchell en su blog.
Ese fue el germen del acierto. Al desandar el exceso de vueltas de tuerca, In the Flesh pone en primer plano lo que el género zombi cuenta en su segunda lectura. Los malos de la película no son los resucitados, son los vivos. Con esa base, un solo ajuste: Kieren y sus congéneres no son parte del paisaje, acá el zombie es el héroe sentimental.
In the Flesh llega casi de la mano de Les Revenants , la serie de la televisión francesa que también se destaca por el tratamiento austero de una trama original con resucitados como protagonistas. La humanización del zombi ya se había explorado en 1993 en El regreso de los muertos vivientes 3 , una secuela muy diferente de sus dos predecesoras porque la protagonista es la torturada Julie Walker, que retrasa su hambre de carne humana en un gótico proceso de piercing y autoflagelo para seguir junto a su novio, vivo. Discutida por los puristas del mundo en el que George Romero es el rey, la película de Brian Yuzna es, de todos modos, la Romeo y Julieta del género.
Hubo un tiempo ya lejano en el que los muertos vivientes fueron un fetiche de culto, pero desde hace algunos años la temática zombi es parte del cotidiano. Hay zombie walks , películas edulcoradas basadas en novelitas adolescentes como Mi novio es un zombie (Jonathan Levine, 2013), un fenómeno literario que cruza el género Z con clásicos, nuevas versiones de historietas, remakes de todo tipo de calañas y un aterrador auge del mundo de los no vivos. Le están haciendo a los no muertos lo mismo que a los vampiros, esos inquietantes demonios oscuros que pasaron a ser, de Crepúsculo a esta parte, fenómenos de un mercado conservador, los novios de América.
En el intento de innovar se llega a rulos imposibles. La primera temporada de The Walking Dead , basada en un cómic independiente de 2003, fue explosiva, pero durante la segunda enterró varias esperanzas. El tercer año varió entre pocos capítulos brillantes perdidos en una aburrida telenovela con muertos vivos en un rol menos que secundario.
En medio de este apocalipsis zombi de la vida real siempre es bienvenido algo nuevo, bien hecho, novedoso. Cuando parecía imposible que algo así sucediera, la cadena inglesa BBC apostó y ganó con In the Flesh . Son apenas tres capítulos, pero ya tienen confirmada su continuación para una segunda temporada y quizá el canal de cable I-Sat la trasmita este año, aunque todavía no se sabe.
Los efectos especiales son los lentes de contacto para los ojos muertos y no mucho más. Es un proyecto que se basa en la potencia de la idea, el guión impecable y las excelentes actuaciones de un reparto de actores desconocidos (atención al pequeño papel de Ricky Tomlinson, célebremente de culto en Gran Bretaña).
In the Flesh da la vuelta de tuerca justa. Apenas una. Todo es evidente, por eso sorprende. Entre sus posibles y obvias lecturas está la de la inclusión de minorías a nuestro retrógrado proceso civilizatorio. Se trata de muchas más cosas, pero a la corta es sólo eso. Hay drama, familias disfuncionales y una mirada al revés que no se enreda para ser más de lo que es: un hermoso cliché.

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martes, 30 de abril de 2013

Entrevistas a J. G. Ballard: Pasaporte a la eternidad*

Máquinas, accidentes de tránsito, cirugías estéticas  suburbios y barrios cerrados, sociedades represivas, erotismo, autopsias, similitudes entre el discurso científico y la pornografía, drogas, alcohol, las ciudades, lo posible como aterrador y el pensamiento vivo de un genio en el libro de charlas con el escritor, Para una autopsia de la vida cotidiana. Conversaciones (Editorial Caja negra).

*Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en abril de 2013. El último número semanal, mi última nota ahí. Oh. 


Sostener una charla con J.G. Ballard podría ser el deseo más puro del más perfecto de los idealistas. Un sueño hermoso: viajar al pasado para encontrarlo en plena charla sobre su futuro inmediato, una descripción anticipada de este presente. Es 1982 y faltan décadas no sólo para la llegada de las redes sociales sino incluso de Internet. Desde su living, decorado con unas palmeras de aluminio que solía odiar y ahora le encantan, atisba que pronto nuestro día a día cotidiano va a ser como pasar la existencia en un estudio de televisión.
“Todos vamos a ser protagonistas de nuestras series, y serán series muy extrañas, como el interior de nuestras cabezas”, anticipa mientras prepara algo para tomar, ningún líquido que sea naranja o blanco, porque le desagrada beber esos colores, explica. Tampoco es hora de alcohol, anuncia, porque aún no son las siete y necesita un estímulo, una meta, para pasar la tarde. Para una autopsia de la vida cotidiana. Conversaciones son cuatro extensas charlas con Ballard que recientemente editó Caja Negra, con traducción de Walter Cassara.
“Las entrevistas que forman este libro aparecen por primera vez en español y están entre las mejores de todas las que han sido recopiladas en ediciones póstumas. Pertenecen a dos períodos distintos, antes y después del éxito de El imperio del, cuenta en el prólogo Pablo Capanna, uno de los pocos especialistas locales en el escritor británico y autor de Jim G. Ballard el tiempo desolado, una biografía y estudio de su obra que en 1993 publicó Almagesto.
La lectura de estas cuatro entrevistas, de algún modo, se parece un poco a la utopía de pasar una tarde (dos, incluso tres y un fin de semana entero también) charlando de todos los temas posibles, los imaginados y los improbables, con el maestro de la distopía. El libro, breve y contundente, es como un encuentro con Ballard fuera del tiempo, delimitado por el tiempo. Es algo que pasó en otro momento, pero vuelve a suceder cada vez que se lee: es un sueño hermoso.

Compañía de sueños ilimitada
La capacidad de mirar extrañado casi cualquier cosa y poder de ese modo vislumbrar lo que viene después no es un don para cualquiera. Debe ser tremendo tener la posibilidad de ver el futuro y saber que va a ser aburrido y vacío, que el exceso de comunicación va a incomunicar a las personas mientras las conecta. Y poder llegar a pensar en eso cuando aún el VHS es algo novedoso tiene que resultar intimidante. Quizás por eso se hace necesario mezclar esta certeza filosa con un exceso de humanidad.
Es lo que hacía Ballard, porque así era él, violento y tierno. En su obra y en su vida. Ya estaba viejo cuando el mundo aún era analógico y sin embargo pensaba adelantado. No iba un millón de inverosímiles pasos por delante, sino unos perturbadores y certeros cinco. Ahí nomás se lo podía ver, en el futuro inmediato narrando lo que vemos venir en breve.
En 1982, cuando sucedió la primera de estas conversaciones que dos años después publicó la revista contracultural Re/Search de San Francisco, Ballard tenía mucha de su obra ya escrita y 52 años cumplidos. Pronto se haría mainstream, las adaptaciones cinematográficas de sus novelas le traerían muchos nuevos lectores. Cuando el público fue a buscar al autor del libro que Steven Spielberg llevó a la pantalla grande en 1987 se encontró con las más cruda lateralidad o, bien podría decirse: con un giro ballardiano de la situación. Nada fue como lo esperado.
Sí, Ballard fue un niño inglés de familia adinerada nacido en China que pasó parte de su infancia encerrado en un campo de concentración japonés, como narró en su novela semiautobiográfica El imperio del sol. Pero el resto de su obra es un universo retorcido y feroz que no se parece en nada a eso. Los que fueron a por más historias épicas se encontraron con una visión única y solitaria del terror cotidiano, el miedo verosímil, el espanto de lo posible. Porque su pasado quedó en aquel libro y le dio lo más valioso, que no fue la fama sino su visión de futuro.
Un escritor de ciencia ficción era, en los 50 y 60, con suerte una figura de culto. Ballard era de culto incluso en ese pequeño nicho. Vivió los dos polos desde el inicio, así que cuando pasó a ser masivo siguió igual a sí mismo: quieto, demencial, amable, aislado, genial, viudo, padre, alcohólico, solitario, familiar. Un bicho raro con una inteligencia desmedida. Un freak amoroso. Una paradoja ambulante.
La visión deforme y sensual del futuro que tenía Ballard ya llegó. Ahora vivimos en esta realidad violenta y tierna que él decía iba a suceder. Somos la lejanía que fantaseaba desde su casa en los suburbios londinenses. Ser testigo de cómo iba sucediendo lo que predijo no lo hizo perder su luz y siguió anticipándose a más. Murió a los 78 años el 19 de abril de 2009 y en su última novela, Bienvenidos a Metro-Centre, publicada en 2006, siguió demostrando su filosa clarividencia.
Las ideas sobre las máquinas, los accidentes de tránsito, la cirugía estética, los suburbios y los barrios cerrados, las sociedades represivas, el erotismo, lo extremo, las autopsias, las similitudes entre el discurso científico y la pornografía, la contracultura, el punk, los asesinos seriales, la violencia, el sexo, el surrealismo, el poder de los medios, el destierro, la lucha de clases y el catálogo completo de sus obsesiones. Todo estaba ahí, en la cabeza de Ballard y en su máquina de escribir a lo largo del siglo XX.
Pensó y creó su obra con la nostalgia y la lucidez del que podía ver lo que venía porque entendió que no había nada más lejano para la imaginación que el futuro cercano. Adelantado apenas un paso y corrido un poco al costado de lo cotidiano, transformó para siempre el discurso de la ciencia ficción y torció el volante para cambiar el rumbo de la literatura contemporánea. Todo se vuelve a mirar de un modo diferente después de caer en las apasionantes garras de Ballard. La vida en un complejo de edificios de lujo no podría ser la misma antes y después de leer Rascacielos (1975). El terror a los accidentes de auto se puede retorcer como un gusano en sal después de Crash (1973).
Ballard nació en Shangai y nunca necesitó aprender a hablar chino. Fue un niño inglés que no conocía Gran Bretaña. Su padre dirigía una fábrica textil y su madre se dejaba llevar mientras jugaba al bridge y leía novelas. La Segunda Guerra Mundial lo arrancó a los 10 años de su microcosmos colonial y fue entonces un niño prisionero que miraba extrañado el doble filo de las espadas de sus captores hasta que aprendió a tomar distancia de las cosas.
El imperio del sol es su único libro que mira al pasado y su primer paso al mundo del cine. Mucho antes ya había escrito Crash y bastante después, en 1996, el canadiense David Cronenberg lo hizo película. Fue casi justicia divina. Como una suerte de puesta en valor real, el encuentro de estos dos maestros del horror contemporáneo terminó siendo un film que le avisa, le grita al mundo, que Ballard es mucho más que sus extrañas memorias infantiles.
El niño de Shangai quedó en Oriente y ya joven, en Inglaterra, pensó que sería médico. Estudió unos años, pero dejó todo para poner en papel sus distopías. Se casó, tuvo tres hijos y se asentó en Shepperton, un suburbio en las afueras de Londres en el que pasó el resto de su vida y fue escenario de muchas de sus oscuras fantasías. Enviudó joven y crió solo a sus hijos. Sobrellevó las presiones con un discreto alcoholismo y encontró siempre tiempo para escribir.
Apacible por fuera y turbulento por dentro: así era su barrio, él mismo y también su literatura. Todavía es posible escuchar su anuncio profético, desde ayer, de lo que pasa ahora. Esa radiografía que sacó a lo largo de su obra es nuestro día a día. Así que aquellas charlas recopiladas, aunque hayan sucedido en los 80 y 90, siguen haciendo eco. Acá está Ballard. Íntimo, lúcido, tierno, mordaz. Y nos habla. Esto es un sueño hermoso.

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jueves, 18 de abril de 2013

Tinta Roja: Festín desnudo*

El japonés Issei Sagawa fantaseaba con comerse altas mujeres rubias hasta que la holandesa Renée Hartevelt cayó en sus garras en 1981. El caníbal ahora es una celebridad en su país, donde escribe reseñas gastronómicas. Ya está satisfecho de occidentales y dice que ahora le gustan las orientales. No se supo, igual, que haya vuelto a comerse a nadie. Aún.

*Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en abril de 2013

Te comería. En su caso no es un decir: el tipo te puede almorzar. Empieza por tus muslos blancos, tiernos, y guarda el resto para después, en su heladera. Te va devorando poco a poco, a lo largo de los días. Se hace un banquete con tu cuerpo. La grasa humana es color maíz, dice. La carne es suave y sin olor, cuenta.
Se llama Issei Sagawa y es una celebridad. Él, cuchillo y tenedor en mano, es más que una foto. Es póster, es de culto. Es asesino con fans. Él, que se comió a una compañera de la universidad en 1981 en Francia, fue declarado culpable del crimen pero no pasó por la prisión. Después de un tiempo breve en un manicomio fue deportado y desde entonces vive en Japón. "El público me ha hecho el padrino de canibalismo y estoy contento, feliz con eso", declaró.
Issei Sagawa va a cumplir 64 años el próximo 11 de junio. Morbosamente uno podría preguntarse qué va a cenar esa noche el caníbal japonés, ya que para celebrar sus 32 se comió a Renée Hartevelt, con quien estudiaba en La Sorbona. Se llevaban bien, pero todo terminó mal. Hacía mucho que él anhelaba un bocadillo humano y ese fue el día que finalmente cruzó la línea.
Actualmente Sagawa saborea su popularidad. Vive solo y disfruta de la vida como un maltrecho bon vivant. Además de visitar habitualmente programas de televisión para hablar otros asesinos, es crítico literario y de cocina. En 1981, cuando aún hacía la digestión, la banda inglesa The Stranglers se inspiró en su historia para la canción La Folie, que además le da nombre a su sexto álbum. Dos años después los Rolling Stones, en su disco Undercover, incluyeron el tema Too Much Blood. Mick Jagger, en su momento, dijo que la letra le surgió a propósito del tratamiento del caso en los medios. Que a la hora de grabar tenía en la mente cómo se banaliza todo tan fácil, de qué forma se llenan de sangre, demasiada, las páginas de diarios y revistas. Y eso que aún no se habían gestado, entonces, los proyectos de cine. Ni el comic. Ni todo lo demás.
Mide un metro y medio. Es muy flaco, casi un sobrante de proyecto humano. Es rengo. Sus pies y manos son anormalmente pequeños. Tiene voz aflautada. Desde niño lo atormentaba una fantasía hasta casi hacerlo retorcerse de dolor: necesitaba comerse a una mujer. Día y noche se veía a sí mismo devorando un cuerpo femenino. No cualquier cuerpo. Tenía que ser el de una chica alta, blanca, suave.
Hijo de un multimillonario, Akira Sagawa, presidente de Kurita Water Industries en Tokio, creció con los privilegios del dinero a raudales y la idea de que los demás debían estar a su disposición. Pasaron los años. El pequeño gran monstruo soñaba y las imágenes le roían la mente. Demostró ser brillante. Coqueteó con la idea de comerse a una mujer blanca como la nieve, pero se concentró en sus estudios de literatura. Se acercó a potenciales víctimas. Falló o no terminó de animarse a nada más que el acecho silencioso. Incubó el deseo.
Mientras estudiaba Literatura Inglesa en la Universidad de Wako, en Tokio, conoció a una profesora alemana. "Cuando me encontré a esta mujer en la calle, me pregunté si podría comérmela", le dijo años más tarde, ya célebre, al periodista británico Peter McGill. Lo atrapó el impulso. Se dejó llevar como un tonto enamorado, su primer amor. Y avanzó sin plan. Una noche calurosa de verano se coló al departamento de la muchacha por la ventana y la miró dormir. Su camisón era un poco transparente.
El caníbal en potencia, ardiendo en deseo, necesitó matarla ahí mismo. Buscó con desesperación algo para apuñalarla, o golpearla, y sólo encontró un paraguas. Lo agarró. El palo enorme estaba en sus manos pequeñas. Todo lo que podía suceder estaba por pasar, pero la chica escuchó ruidos y despertó de golpe. Cuando entendió que había alguien en su habitación comenzó a gritar desesperada, así que Sagawa tuvo que escapar.
Pasaron los años y para cuando el japonés llegó a Europa era una bomba de tiempo. Tic, tac. En Francia era un chico solitario, tímido, tic tac. Recorría la ciudad con el mecanismo explosivo activado en la cabeza, tic tac. En La Sorbona conoció a muchas mujeres rubias, blancas, altas, suaves. Le estalló el sistema de contención cuando se cruzó con su tótem soñado hecho realidad. Era holandesa, dulce y confiada como una ballena franca. Y se dejó atrapar fácil. Un poco de empatía, dos paseos por las calles de París y una invitación a su casa. Boom.

Cadáver exquisito
Te comería. Se dice como expresión de amor. Es algo que se le dice a los niños hermosos de cachetes rellenos. Se le dice también a las parejas sexuales. Te comería porque me resultás apetecible. Así se puede explicar una atracción. Es simbólico. Tiene que ver con el deseo de incorporar al otro. Sagawa fue literal. Él creía que el amor era eso. Se enamoró hambrienta y vorazmente de Renée y entonces quiso tenerla en su estómago, saborearla con curiosidad. Para él era algo natural. Y como quien arma su estrategia de seducción, planeó el mejor modo de comérsela.
Renée tenía 25 años, estaba corta de fondos, hablaba tres idiomas y quería terminar su doctorado en literatura francesa, así que cuando el millonario Sagawa le pidió que le enseñara alemán aceptó creyendo que tenía buena suerte. Además, de plus, le gustó la inteligencia del extraño japonés y valoró su conocimiento sobre pintura. Disfrutó su compañía, aceptó pasear con él.
El 11 de junio de 1981 Renée había ido a cenar con Sagawa. Él le declaró su amor y ella le dijo que no, que sólo quería ser su amiga. Él le pidió que leyera un poema, al menos, y cuando ella se distrajo sacó su rifle y le disparó. Boom. La mujer cayó desde su silla y entonces el desecho humano le demostró su amor como él sabía. Primero mantuvo relaciones sexuales con el cadáver tibio y después la comió durante dos días hasta que tiró los restos en un lago, cuando lo atraparon.
“Yo corté su cadera”, dijo. “Al principio no sabía dónde morder primero”, contó. Paso a paso, muchas veces, rememoró su ritual. Cómo es que descubrió la consistencia de su amor. Que tuvo que escarbar hasta atravesar la grasa y llegar a la carne más profunda. Nostálgico, ya lejos en el tiempo, rememoró: “Su sabor es de un rico pescado crudo similar al sushi, no he comido nada más delicioso”.

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martes, 9 de abril de 2013

Grete Stern: Los sueños de una fotógrafa genial*

Se presenta en el Malba una colección de imágenes tomadas por la artista alemana radicada en la Argentina. Una experiencia fascinante por un mundo de imaginación y también de provocaciones.

*Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en abril de 2013.


El segundo gobierno de Perón está en su esplendor, ascienden las clases sociales más bajas y una Evita viva, saludable, logra que finalmente se sancione la ley que otorga el derecho al voto femenino.  Comienza entonces un cambio de roles en la sociedad argentina que, en cuanto a los derechos de la mujer, da pie a una paradoja que llega hasta el día de hoy.  Ante cada avance, vale preguntarse si se logró realmente conquistar un espacio y si además existe en el imaginario popular conciencia de eso.
Grete Stern, en aquel contexto, no sólo se lo preguntaba si no que lo cristalizaba en su trabajo. Nacida en Alemania en 1904 y discípula de la Escuela de la Bauhaus, dejó su país en 1933. Judía y simpatizante de la izquierda intelectual, no había lugar para ella en la Europa dominada por Hitler y en 1935 se instaló en Buenos Aires. Desde entonces se consideró a sí misma, hasta su muerte en 1999, una fotógrafa argentina.
Impecable y revolucionaria retratista, viajó por el país, documentó a los pobladores originarios, fue profesora de fotografía en la Universidad de Resistenciaen la Provincia del Chaco, y realizó reportajes urbanos. Entre 1948 y 1951 hizo un trabajo por encargo que sería lo más importante y llamativo de su obra.
Idilio era una revista de la Editorial Abril dirigida al público femenino de la nueva clase media: ahí había fotonovelas, chimentos de la farándula y, novedosamente, una página llamada “El psicoanálisis le ayudará” en donde Stern representaba con fotomontajes los sueños que mandaban las lectoras al correo. Además, el sociólogo Gino Germani -director de la publicación- los interpretaba bajo el seudónimo de Richard Rest.
El resultado fueron cerca de 150 piezas únicas, originales y modernísimas aún hoy en las que la fotógrafa utilizó una técnica hasta entonces poco conocida y le imprimió su absoluta y arrolladora subjetividad femenina. La del tipo de mujer que ella era: detallista, fina, irónica, inteligente y determinada. 
Durante el primer año, Grete Stern fotografió casi todos los fotomontajes antes de entregarlos. Luego, prácticamente abandonó esa rutina. Es por eso que hoy sólo se conservan 46 negativos. Hasta fin de junio se puede ver en el Malba Los sueños 1948 – 1951, donde está esta colección, que es uno de los cinco juegos firmados por la artista que existen en el mundo. 

La trama onírica
A pesar de publicarse semanalmente durante casi tres años, los fotomontajes de Stern fueron completamente ignorados en su momento. La serie se presentó por primera vez como una muestra en Buenos Aires en 1967. En 1982 fu exhibida en el FotoFest, de Houston, Estados Unidos, y recién entonces comenzó a gozar de su merecido prestigio. Aún en vida de la fotógrafa, se colgó en el IVAM de Valencia (1995), en Francia y en España (1996), en Portugal y en Holanda (1997) y en Alemania (1998/ 1999).
Las piezas que se exhiben ahora integran la colección privada de Eduardo F. Costantini y en 2011 ya se había realizado en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires la misma exposición con un gran éxito de público. Actualmente, la serie Sueños es reconocida en su original y verdadera dimensión.
“La serie de fotomontajes para Idilio fue la primera obra fotográfica –y la más importante hasta hoy- radicalmente crítica de la opresión y manipulación que sufría la mujer en la sociedad argentina de la época, y de la humillante consecuencia del sometimiento consentido”, afirma el investigador y editor fotográfico Luis Priamo en el catálogo de la exposición Grete Stern, Obra fotográfica en la Argentina, Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires, 1995. 
Los protagonistas de las fotos eran sus amigos, familiares y vecinos, la gente que tenía a mano, y a veces ella misma. Las imágenes complementarias, como los paisajes, fondos y objetos eran de su archivo personal. Como la entrega del trabajo era semanal, Stern no tenía tiempo para corregir o retocar las piezas, así que después de publicadas a veces las seguía modificando por obsesión y gusto personal. Por eso actualmente existen dos versiones de algunos sueños.
“La mujer de los sueños de Grete es un ser angustiado y oprimido. Sus placeres son patéticos, igual que sus frustraciones; y cuando se la ve activa y dominante, es tan cruel como el mundo que la agobia. Sus ambiciones reflejan las utopías de melodramas y radionovelas: éxito social, riqueza, guantes largos y lamé (…) La mirada zumbona y sarcástica de Grete no se detiene en la compasión por la víctima, sino que avanza también sobre los resultados alienantes de su resignación”, analiza Luis Priamo, especializado en fotos antiguas y dedicado a la preservación del patrimonio fotográfico nacional.

Sueño o pesadilla
Una mujer dentro de una botella arrojada al mar y otra que navega, vestida de fiesta, en un barquito de papel. La que se desconoce en un espejo y la que carga una roca cuesta arriba. Ella cuelga de un precipicio sin temor ni esfuerzo o está encerrada en una jaula y el público de su zoológico personal es un león. Es chiquita, diminuta, se queda afuera, perdió la cabeza.  
Un hombre pesca a esta muchacha como si fuera un atún. Ella descansa en su jaula de canario, toca el piano en una máquina de escribir o se ahoga en su propio living. Un jefe con cabeza de tortuga la amenaza en la oficina. Está encerrada dentro de la mente de un niño. Si se desnuda, queda recortada. La mujer está parada sola sobre el planeta, en el espacio. Ahora se encuentra abatida y con sus pies de elefantes carga su pesada belleza.
La obra de Stern muestra su crítica sobre la opresión y manipulación que la mujer sufría en aquellos dorados años de ascenso económico y primeros logros de reconocimientos de derechos. El obturador de esta cámara se fija en la paradoja y dispara con sarcasmo, sin compasión, para capturar una alienación resignadamente femenina.  Estas imágenes valen, realmente y fuera de todo lugar común, más que mil palabras.
A más de 60 años de realizados, estos fotomontajes aún guardan un sabor de inquietante actualidad que todavía funciona. Eso es un mérito de la visión de la artista, no sólo de la fotógrafa. Sobre la mirada de la mujer -la judía que escapó de la Segunda Guerra Mundial, la socia a la par de sus colegas hombres y la que se divorció de su marido cuando nadie lo hacía- que realizó este trabajo debería tenerse en cuenta el humor satírico, la ácida y empática ironía.
Un juego posible para el público de la muestra: recorra usted el tercer piso del Malba, mire estos fotomontajes y trate de imaginarlos en su contexto histórico: en una revista pasatista, idiotizante, Stern rompe el molde. Realizados por una mujer con una técnica hasta entonces poco utilizada, casi desconocida, cuando en el país apenas recién habían adquirido el derecho al voto, es decir que comenzaban a ser reconocidas como seres pensantes, al menos para el afuera. Entonces, la muestra no sólo es precisa, original y atemporal, si no también valiente, de avanzada. Como su autora.
Grete Stern es tan fina en su ironía que pudo, en su momento y por medio de entregas semanales en la más zonza de las revistas, ser tomada como literal. Así pasó el colado grueso, fue vista sin ser mirada y siguió adelante, cavando cada vez más hondo. El plus de su contemporaneidad fue que si alguna lectora la entendía se sentía acompañada en su modo de ver las cosas y, si no, comenzó a hacerse algunas buenas preguntas.
Actualmente, ya en el colado fino, al recorrer la muestra es posible seguir pensando gracias y a través de la mirada de Grete Stern. ¿Se logró realmente conquistar un espacio? ¿Existe en el imaginario popular conciencia de eso?

Info:
Los sueños 1948 – 1951, de Grete Stern. Todos los días menos los martes, de 12 a 21. Hasta el 1º de julio en el Malba (Av. Figueroa Alcorta 3415). Entrada: $32 

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viernes, 15 de marzo de 2013

Tinta Roja: El hombre que sabía demasiado*


Pier Paolo Pasolini fue asesinado en 1975. Retratista de mundos marginales, ahora se sabe que el poeta, cineasta y escritor fue víctima de un atentado por su ideología. El 5 de marzo hubiera cumplido 90 años. 

*Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en marzo de 2013

El final de la vida, y el inicio del misterio, sucedió en la madrugada del 2 de noviembre de 1975 en un descampado cerca de la popular playa de Ostia, a unos 30 minutos de Roma. Ahí nomás de la costa del mar Tirreno asesinaron a Pier Paolo Pasolini y, así, interrumpieron el proceso de la magnífica genialidad con la que el artista italiano estaba retorciendo el rumbo pacato y esquivo del siglo XX.
Las sombras aún oscurecen la resolución de un homicidio plagado de intrigas políticas y homofobia. Durante casi 40 años, los cabos sueltos fueron encubiertos por una investigación ineficiente que pareciera no haber querido ver los hechos. Aunque la causa ya se reabrió cuatro veces es imposible saber si un día se encontrará al culpable. Si la única verdad es la realidad, por el momento es que Pasolini decidió no callarse nunca nada y pagó con su vida por eso.
Al hablar de él se dice que fue poeta y cineasta. Cuando le preguntaron en una entrevista cuál era su calificación profesional preferida, respondió: “En mi pasaporte, yo escribo simplemente escritor”. Esa charla en la que anunció cómo quería ser recordado sucedió en la víspera de su asesinato, el 31 de octubre de 1975. Pero las casualidades no existen.
Genio, puto, comunista y pendenciero, Pasolini fue un juglar moderno y el motor de su existencia fue decir. Las prostitutas y los chicos de la calle fueron su inspiración, sus protagonistas, sus obsesiones. El lenguaje del arrabal italiano lo enamoró y con esa voz dijo poesía, cine, ensayos, narrativa. Habló todos los lenguajes  con el corazón y dejó una huella imborrable, preciosa, que incomodó a muchos.
“Soy un gatazo turbio que una noche será aplastado en una calle desconocida”, dijo poco antes de ser asesinado. Era un personaje polémico y siempre lo supo. Quizá lo buscó. Su talento más enorme, fuera de su sensibilidad artística, fue ser crítico y provocador en contra del poder corrupto y burgués. Pasolini desafiaba abiertamente y al mismo tiempo tanto al sistema capitalista que se estaba instaurando en Italia como a las incongruencias de los ideales marxistas por los que militaba. Eso fue lo que le costó la vida y no el encuentro sexual fortuito con un muchachito, como el establishment quiso hacer creer.
Lo más fácil fue hacer creer que Pino Pelosi, el chico de 17 años que se había levantado para un revolcón, fue el único responsable. Y el pibe, entonces, cerró la investigación cuando confesó el crimen. Dijo que había actuado en legítima defensa porque Pasolini lo quiso violar. Dijo eso y fue siete años a prisión. Pero había mucho más para contar.
Pelosi era un niño flacucho y Pasolini un experto en artes marciales. ¿A nadie se le ocurrió pensar que era imposible tal proeza física? La periodista Oriana Fallaci, además, había asegurado que al escritor lo habían matado dos personas y no el adolescente, pero nadie le hizo caso porque ella quiso respetar el secreto de su fuente. No son dignos de una buena trama tantos cabos sueltos y menos aún de una vida tan trascendente. Así que finalmente, 30 años después, en 2005, el asesino habló.
Fue en un programa de televisión nocturno de RAI 3, Sombras sobre el misterio, uno de esos que invitan a la confesión mientras los televidentes cenan. Pelosi, de entonces 46 años, reconoció que aunque había causado la muerte de Pasolini al pasarle por encima con el auto al huir, los asesinos fueron otros: tres hombres que amenazaron con matar a su familia si hablaba y dijo que por eso calló. “Ahora mis padres están muertos y ya no tengo miedo”, explicó. Contó que los que atacaron al escritor tenían acento siciliano y que mientras lo desfiguraban a bastonazos le gritaban: “Maricón, sucio, comunista”.
¿Qué hacía Pasolini esa noche en aquel paraje al lado de la playa de Ostia? Su amigo Sergio Citti afirma que había acudido a una cita porque era víctima de un chantaje por el robo de unos rollos de su controvertido film Saló o Los 120 días de Sodoma. Eso está entre los testimonios de la causa, que la familia de la víctima entonces exigió que se reabriera.
Los motivos políticos fueron finalmente aflorando. En 2009 se descubrió que Pasolini tenía intención de revelar en Petróleo (una novela que quedó evidentemente inconclusa y de publicación póstuma) el nombre del culpable del presunto homicidio en 1962 del industrial Enrico Mattei, presidente de la compañía petrolera Eni. Así fue que volvió a abrirse el sumario del caso, ya por cuarta vez. El año anterior lo habían exigido en un manifiesto 700 intelectuales de todo el mundo.
Aunque muerto, Pasolini sigue diciendo. Enterrado, aún está hablando. En 2010, la fiscalía de Roma solicitó un interrogatorio con el senador del partido de Silvio Berlusconi, Marcello DellŽUtri, condenado por asociación mafiosa en primer grado, porque había anunciado en los medios que poseía el capítulo dado por perdido de Petróleo, ahí donde el escritor había volcado muchos de los datos de su investigación y que podría ser la causa verdadera de su muerte.

Llorar un lago
Pasolini sabía, sabio, casi como un brujo lo que venía. Lo imaginaba, lo soñaba en pesadillas que tradujo en obras de arte. En Pajarracos y pajaritos (1966) no sólo anticipó el neorrealismo picaresco, sino que en la escena final de la película presagió más que escalofriantemente su propio final. Un hombre golpeado hasta la muerte, atropellado y destrozado, su cuerpo sin vida abandonado en un paraíso turístico.
El escritor italiano Alberto Moravia contó que reconoció de inmediato el sitio en el que fue asesinado su amigo: “Pasolini ya lo había descripto tanto en dos de sus novelas, Muchachos de vida y Una vida violenta, como en su primera película, Accattone”. Ese modo premonitorio de enredar su vida y su arte no tienen que ver con magia, sino con una inteligencia intuitiva que mostró y ejerció segundo a segundo a lo largo de su interrumpida existencia.
El comienzo de su intención de cambiar el mundo desde Roma llegó con su novela Chicos del arroyo en 1955. Al cine entró de la mano de Federico Fellini y desde entonces fue un director prolífico, obsesionado con retratar la realidad, que mostró con maestría la Italia profunda. Entró a la década del 60 rompiendo todos los moldes y alcanzó la fama internacional con films revolucionarios, tan repletos de realismo y sexo como de violencia y sadismo.
El Evangelio según Mateo (1964) es la patada definitiva en la cara de las apariencias porque ahí Pasolini logra, con su bestial sutileza y rotunda delicadeza, una obra de excepcional calidad y belleza. Ahí  conviven en perfecta armonía el marxismo y la espiritualidad cristiana, las dos ideologías que movieron y marcaron su vida y legado.
Sobre la muerte de su amigo, Moravia reflexionó: “Su fin ha sido al mismo tiempo parecido a su obra y disímil de él. Parecido porque ya había descripto, en su obra, sus modalidades escuálidas y atroces, disímil porque él no era uno de sus personajes, sino una figura central de nuestra cultura, un poeta que había marcado una época, un director genial, un ensayista inagotable”.

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jueves, 7 de febrero de 2013

Azul: Leyendas de una ciudad sin tiempo*

Elegida por la Unesco como el paraíso cervantino por excelencia, todos los años se organiza un festival donde se exhiben ediciones históricas del Quijote. La paz de un pueblo con el dinamismo de una arquitectura original y un refugio para historias y personajes que parecen escapados de relatos de aventuras.

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*Una versión de esta nota fue publicada en la revista El Guardián en diciembre de 2012.

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"En Las ciudades invisibles no se encuentran ciudades reconocibles. Son todas inventadas; he dado a cada una un nombre de mujer; el libro consta de capítulos breves, cada uno de los cuales debería servir de punto de partida de una reflexión válida para cualquier ciudad o para la ciudad en general”. Así comenzó a explicar Italo Calvino, en 1983, once años después de la publicación original y para una nueva edición en una nota preliminar, uno de sus libros de aventuras más hermosos y extraños.
La ciudad de Azul podría ser narrada por aquel Marco Polo que le contaba el mundo al Kublai Kan que Calvino imaginó emperador de los tártaros por capricho literario. Entre todas esas ciudades con nombre de mujer, como Cecilia, Dorotea, Cloe, Irene, Berenice, Anastasia o Tamara bien podría estar Azul. Hasta su nombre es bonito, incluso tierno. Y tiene, como las fabuladas por el escritor, componentes mágicos, pero reales, que sirven para la reflexión general.
Hay historia de fundación nacional, hay gauchesca, hay pasado heroico de la indiada, hay belleza apacible de pueblo, dinámica cultural de ciudad y hay, de postre, una de las panaderías más antiguas de Buenos Aires, un arroyo, la huella de un arquitecto demente, el paso descontrolado de un escultor que de los metales hace obras, un matadero con un cuchillo de hormigón armado que apunta al cielo, gente que se quiere ir, los que se quedan, los que no pueden evitar volver y los que adoptan el lugar, se van de vacaciones, migran, se instalan. Está, también, el comienzo del Sistema de Tandilia, conformado por una serie de sierras más allá del monasterio de los monjes trapenses y eso es apenas esbozo de todo lo que se podría narrar.
En Azul las calles tienen capturado el paso del tiempo. El reloj de la catedral Nuestra Señora del Rosario, ubicada en el centro y corazón de la ciudad, este año decidió acompañar el encanto y está detenido, clavado en una hora imprecisa que no avanza. El templo de estilo gótico de 1906 mira la Plaza San Martín, maniáticamente diseñada por el mítico y tenebroso Francisco Salamone.
El arquitecto que durante la década del treinta dejó su huella grandilocuente y futurista a lo largo del diseño de los municipios, mataderos y cementerios de pequeñas ciudades y pueblos de la provincia de Buenos Aires tuvo destino misterioso: después de tres años de erigir monumentales obras de 40 metros de alto en poblaciones de casitas bajas se perdió en el mapa y hoy sólo queda su rastro inquietante que salpica la pampa para gusto y morbo del paseante.
En Azul, muchas de las casas son antiguas, enormes, y las veredas finitas, zigzagueantes, están llenas de naranjos de frutas amargas dispuestas a irse con el que pasea, pasa y levanta apenas la mano. Muchos andan en bicicleta, los jóvenes se juntan con sus motos en los bares y por todos lados los vecinos se asoman, se saludan. Perdidas se pueden encontrar, como un bonus extravagante, algunas esculturas de Carlos Regazzoni, sus fierros retorcidos con forma de hormiga gigante, un malón de indios o una Dulcinea enorme que saluda prometedora, inalcanzable para el Quijote. Y más allá el ganado, las vacas, los caballos, la ruta.
En Azul hay un arroyo largo, arbolado, en donde desembocan las calles, que se deja perseguir. Si el transeúnte lo hace puede mirar correr el agua desde un puente y adentrarse en las 22 hectáreas del Parque Municipal “Domingo F. Sarmiento”, que tiene torres de castillos y una vegetación como la de un bosque en el que podría reinar Totoro.
Esta pequeña gran ciudad se mantiene clavada en el centro geográfico de la provincia de Buenos Aires desde 1895. Antes fue el antiguo fuerte de San Serapio Mártir del Arroyo Azul, construido en 1832 para contener el avance de los malones y previamente fue desierto. Siempre fue algo, nunca fue nada. Ahora es todo eso y también más. La costanera Cacique Catriel y el Teatro Español, como los dos puntos de la identidad del lugar, opuestos que se unen en un interés actual: compartir el no tiempo y celebrar su diversidad para encarnar el aleph de rarezas que lo hace único.

Festival cervantino
Había una vez un loco lindo que hizo de su obsesión personal la identidad de la ciudad en la que eligió morar. Que juntara obsesivamente todo lo publicado por José Hernández y Miguel de Cervantes, que optara por vivir en Azul, que su compulsión lo haya llevado a tener la colección de libros del Quijote más importante de Sudamérica, que muriera trágicamente su hija a una edad temprana y entonces él se dedicara a las obras culturales y benéficas, todo eso es la génesis de un capricho que conformó un destino. El de la actual ciudad con nombre de mujer, o de color, está signado por muchos dementes productivos que dejaron su huella, pero hubo uno puntual: Bartolomé José Ronco, que nació en 1881, falleció en 1952 y en el medio cambió todo. Ese fue el hombre que hizo la más profunda mella.
La Casa Ronco es uno de los patrimonios más valiosos de la comunidad azuleña. En este caserón antiguo de más de 14 habitaciones se exhibe, a lo largo de tres salas, un museo de la vida tanto doméstica como intelectual del bibliófilo y su esposa, María de las Nieves Clara Giménez, la responsable de haber donado a la Biblioteca Popular de Azul el lugar tras su muerte en 1985.
En el estudio hay más de cinco mil libros de diversas temáticas –filosofía, derecho poesía– encuadernados por la devota viuda. En el segundo salón está la biblioteca que parece pergeñada por M. C. Escher, pero que fue construida por Ronco, también carpintero, y ahí se alojan casi dos mil libros cervantinos y hernandianos provenientes de sus viajes por Europa, Montevideo y Buenos Aires. Entre los tesoros que el guía y coordinador ejecutivo Eduardo Agüero manipula con delicadeza y unos guantes blancos como de Tribilín, se encuentran unas 350 ediciones que equivalen a 1200 volúmenes del Don Quijote de la Mancha.
La más antigua de las ediciones cervantinas que poseía Ronco es un ejemplar en castellano de 1697 y hace pocos años el escritor británico Julian Barnes donó al Museo la primera traducción al inglés de Thomas Shelton, de 1675. En vida, el coleccionista acopió rarezas como el Quijote más chiquito del mundo editado en dos tomos, los más grandes de los siglos XIX y XX, la primera edición con grabados del artista de la corte inglesa en 1739 y otro perteneciente a la reina María Cristina de España, publicado circa 1840. Además, hay ejemplares ilustrados por artistas como Gustave Doré, Salvador Dalí, Walter Crane y hasta Walt Disney.
En 2007, a cuento del azar y la compulsión de Ronco, la Unesco distinguió a Azul como Ciudad Cervantina de Argentina y desde entonces cada año se realiza un Festival en el que la comunidad enclavada en la Pampa Deprimida –ahí donde hace casi 200 años se detenía a los malones– celebra al son de “Soy Quixote”.
El domingo 11 de noviembre finalizó el Festival Cervantino en la ciudad de Azul. En esta oportunidad el lema fue “Cultura por la paz”, así que entre sus visitas ilustres estuvo el Nobel Adolfo Pérez Esquivel, quien dio una charla en la primera Feria del Libro Argentino y Latinoamericano que se llevó adelante en estas seis ediciones. Entre otros, también participaron de conferencias y entrevistas el escritor Juan Sasturain y el dibujante Miguel Rep, que en 2011 realizó un mural quijotesco frente al arroyo Azul y hasta donó el logo que es marca del festejo.
Las diez jornadas de actividades estuvieron repletas. Una trasnoche transpirada tocó Palo Pandolfo en un bar y en el medio de su afiebrado show-ceremonia hizo una pausa, le mostró un colgante al público que sacó desde adentro de su remera empapada y contó que esa es su piedra azul, que lleva siempre colgada en homenaje al cacique Calfucurá, bravo guerrero que recorrió las tolderías de la pampa y arrasó a su paso con el invasor español. Después siguió cantando.
Otros días se podían ver obras de teatro, una gran murga en la que participaron todas las escuelas locales, se dieron talleres, hubo artes visuales, ferias de diseño y un cierre a cargo de La Bomba de Tiempo. Sin embargo, con todo esto, apenas se estaría describiendo una porción del Festival que, este año, además celebró el 180 aniversario de Azul.
Marco Polo podría narrarle cada aspecto de esta ciudad bonaerense al Gran Kan y hacerle creer que describe mil destinos diferentes. Como si lo hubiera imaginado Calvino, el embajador favorito del emperador relataría un lugar que posee un cementerio con una entrada enmarcada por un RIP alto como una montaña, que adelante tiene al arcángel vengador y atrás a todos los muertos. Pero eso no está en el libro, sino en Azul.
Cuando ya se aprendió cada minucia del lenguaje y las ciudades invisibles fueron también incontables, el Gran Kan propuso un juego, deseó cambiar el método y anunció que sería él quien pasaría a describir los lugares para que Marco Polo comprobara su existencia. Entonces, quizás, el temible emperador podría decir muchas cosas, imaginar infinitos escenarios y el viajero siempre terminaría en Azul.

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