martes, 30 de abril de 2013

Entrevistas a J. G. Ballard: Pasaporte a la eternidad*

Máquinas, accidentes de tránsito, cirugías estéticas  suburbios y barrios cerrados, sociedades represivas, erotismo, autopsias, similitudes entre el discurso científico y la pornografía, drogas, alcohol, las ciudades, lo posible como aterrador y el pensamiento vivo de un genio en el libro de charlas con el escritor, Para una autopsia de la vida cotidiana. Conversaciones (Editorial Caja negra).

*Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en abril de 2013. El último número semanal, mi última nota ahí. Oh. 


Sostener una charla con J.G. Ballard podría ser el deseo más puro del más perfecto de los idealistas. Un sueño hermoso: viajar al pasado para encontrarlo en plena charla sobre su futuro inmediato, una descripción anticipada de este presente. Es 1982 y faltan décadas no sólo para la llegada de las redes sociales sino incluso de Internet. Desde su living, decorado con unas palmeras de aluminio que solía odiar y ahora le encantan, atisba que pronto nuestro día a día cotidiano va a ser como pasar la existencia en un estudio de televisión.
“Todos vamos a ser protagonistas de nuestras series, y serán series muy extrañas, como el interior de nuestras cabezas”, anticipa mientras prepara algo para tomar, ningún líquido que sea naranja o blanco, porque le desagrada beber esos colores, explica. Tampoco es hora de alcohol, anuncia, porque aún no son las siete y necesita un estímulo, una meta, para pasar la tarde. Para una autopsia de la vida cotidiana. Conversaciones son cuatro extensas charlas con Ballard que recientemente editó Caja Negra, con traducción de Walter Cassara.
“Las entrevistas que forman este libro aparecen por primera vez en español y están entre las mejores de todas las que han sido recopiladas en ediciones póstumas. Pertenecen a dos períodos distintos, antes y después del éxito de El imperio del, cuenta en el prólogo Pablo Capanna, uno de los pocos especialistas locales en el escritor británico y autor de Jim G. Ballard el tiempo desolado, una biografía y estudio de su obra que en 1993 publicó Almagesto.
La lectura de estas cuatro entrevistas, de algún modo, se parece un poco a la utopía de pasar una tarde (dos, incluso tres y un fin de semana entero también) charlando de todos los temas posibles, los imaginados y los improbables, con el maestro de la distopía. El libro, breve y contundente, es como un encuentro con Ballard fuera del tiempo, delimitado por el tiempo. Es algo que pasó en otro momento, pero vuelve a suceder cada vez que se lee: es un sueño hermoso.

Compañía de sueños ilimitada
La capacidad de mirar extrañado casi cualquier cosa y poder de ese modo vislumbrar lo que viene después no es un don para cualquiera. Debe ser tremendo tener la posibilidad de ver el futuro y saber que va a ser aburrido y vacío, que el exceso de comunicación va a incomunicar a las personas mientras las conecta. Y poder llegar a pensar en eso cuando aún el VHS es algo novedoso tiene que resultar intimidante. Quizás por eso se hace necesario mezclar esta certeza filosa con un exceso de humanidad.
Es lo que hacía Ballard, porque así era él, violento y tierno. En su obra y en su vida. Ya estaba viejo cuando el mundo aún era analógico y sin embargo pensaba adelantado. No iba un millón de inverosímiles pasos por delante, sino unos perturbadores y certeros cinco. Ahí nomás se lo podía ver, en el futuro inmediato narrando lo que vemos venir en breve.
En 1982, cuando sucedió la primera de estas conversaciones que dos años después publicó la revista contracultural Re/Search de San Francisco, Ballard tenía mucha de su obra ya escrita y 52 años cumplidos. Pronto se haría mainstream, las adaptaciones cinematográficas de sus novelas le traerían muchos nuevos lectores. Cuando el público fue a buscar al autor del libro que Steven Spielberg llevó a la pantalla grande en 1987 se encontró con las más cruda lateralidad o, bien podría decirse: con un giro ballardiano de la situación. Nada fue como lo esperado.
Sí, Ballard fue un niño inglés de familia adinerada nacido en China que pasó parte de su infancia encerrado en un campo de concentración japonés, como narró en su novela semiautobiográfica El imperio del sol. Pero el resto de su obra es un universo retorcido y feroz que no se parece en nada a eso. Los que fueron a por más historias épicas se encontraron con una visión única y solitaria del terror cotidiano, el miedo verosímil, el espanto de lo posible. Porque su pasado quedó en aquel libro y le dio lo más valioso, que no fue la fama sino su visión de futuro.
Un escritor de ciencia ficción era, en los 50 y 60, con suerte una figura de culto. Ballard era de culto incluso en ese pequeño nicho. Vivió los dos polos desde el inicio, así que cuando pasó a ser masivo siguió igual a sí mismo: quieto, demencial, amable, aislado, genial, viudo, padre, alcohólico, solitario, familiar. Un bicho raro con una inteligencia desmedida. Un freak amoroso. Una paradoja ambulante.
La visión deforme y sensual del futuro que tenía Ballard ya llegó. Ahora vivimos en esta realidad violenta y tierna que él decía iba a suceder. Somos la lejanía que fantaseaba desde su casa en los suburbios londinenses. Ser testigo de cómo iba sucediendo lo que predijo no lo hizo perder su luz y siguió anticipándose a más. Murió a los 78 años el 19 de abril de 2009 y en su última novela, Bienvenidos a Metro-Centre, publicada en 2006, siguió demostrando su filosa clarividencia.
Las ideas sobre las máquinas, los accidentes de tránsito, la cirugía estética, los suburbios y los barrios cerrados, las sociedades represivas, el erotismo, lo extremo, las autopsias, las similitudes entre el discurso científico y la pornografía, la contracultura, el punk, los asesinos seriales, la violencia, el sexo, el surrealismo, el poder de los medios, el destierro, la lucha de clases y el catálogo completo de sus obsesiones. Todo estaba ahí, en la cabeza de Ballard y en su máquina de escribir a lo largo del siglo XX.
Pensó y creó su obra con la nostalgia y la lucidez del que podía ver lo que venía porque entendió que no había nada más lejano para la imaginación que el futuro cercano. Adelantado apenas un paso y corrido un poco al costado de lo cotidiano, transformó para siempre el discurso de la ciencia ficción y torció el volante para cambiar el rumbo de la literatura contemporánea. Todo se vuelve a mirar de un modo diferente después de caer en las apasionantes garras de Ballard. La vida en un complejo de edificios de lujo no podría ser la misma antes y después de leer Rascacielos (1975). El terror a los accidentes de auto se puede retorcer como un gusano en sal después de Crash (1973).
Ballard nació en Shangai y nunca necesitó aprender a hablar chino. Fue un niño inglés que no conocía Gran Bretaña. Su padre dirigía una fábrica textil y su madre se dejaba llevar mientras jugaba al bridge y leía novelas. La Segunda Guerra Mundial lo arrancó a los 10 años de su microcosmos colonial y fue entonces un niño prisionero que miraba extrañado el doble filo de las espadas de sus captores hasta que aprendió a tomar distancia de las cosas.
El imperio del sol es su único libro que mira al pasado y su primer paso al mundo del cine. Mucho antes ya había escrito Crash y bastante después, en 1996, el canadiense David Cronenberg lo hizo película. Fue casi justicia divina. Como una suerte de puesta en valor real, el encuentro de estos dos maestros del horror contemporáneo terminó siendo un film que le avisa, le grita al mundo, que Ballard es mucho más que sus extrañas memorias infantiles.
El niño de Shangai quedó en Oriente y ya joven, en Inglaterra, pensó que sería médico. Estudió unos años, pero dejó todo para poner en papel sus distopías. Se casó, tuvo tres hijos y se asentó en Shepperton, un suburbio en las afueras de Londres en el que pasó el resto de su vida y fue escenario de muchas de sus oscuras fantasías. Enviudó joven y crió solo a sus hijos. Sobrellevó las presiones con un discreto alcoholismo y encontró siempre tiempo para escribir.
Apacible por fuera y turbulento por dentro: así era su barrio, él mismo y también su literatura. Todavía es posible escuchar su anuncio profético, desde ayer, de lo que pasa ahora. Esa radiografía que sacó a lo largo de su obra es nuestro día a día. Así que aquellas charlas recopiladas, aunque hayan sucedido en los 80 y 90, siguen haciendo eco. Acá está Ballard. Íntimo, lúcido, tierno, mordaz. Y nos habla. Esto es un sueño hermoso.

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jueves, 18 de abril de 2013

Tinta Roja: Festín desnudo*

El japonés Issei Sagawa fantaseaba con comerse altas mujeres rubias hasta que la holandesa Renée Hartevelt cayó en sus garras en 1981. El caníbal ahora es una celebridad en su país, donde escribe reseñas gastronómicas. Ya está satisfecho de occidentales y dice que ahora le gustan las orientales. No se supo, igual, que haya vuelto a comerse a nadie. Aún.

*Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en abril de 2013

Te comería. En su caso no es un decir: el tipo te puede almorzar. Empieza por tus muslos blancos, tiernos, y guarda el resto para después, en su heladera. Te va devorando poco a poco, a lo largo de los días. Se hace un banquete con tu cuerpo. La grasa humana es color maíz, dice. La carne es suave y sin olor, cuenta.
Se llama Issei Sagawa y es una celebridad. Él, cuchillo y tenedor en mano, es más que una foto. Es póster, es de culto. Es asesino con fans. Él, que se comió a una compañera de la universidad en 1981 en Francia, fue declarado culpable del crimen pero no pasó por la prisión. Después de un tiempo breve en un manicomio fue deportado y desde entonces vive en Japón. "El público me ha hecho el padrino de canibalismo y estoy contento, feliz con eso", declaró.
Issei Sagawa va a cumplir 64 años el próximo 11 de junio. Morbosamente uno podría preguntarse qué va a cenar esa noche el caníbal japonés, ya que para celebrar sus 32 se comió a Renée Hartevelt, con quien estudiaba en La Sorbona. Se llevaban bien, pero todo terminó mal. Hacía mucho que él anhelaba un bocadillo humano y ese fue el día que finalmente cruzó la línea.
Actualmente Sagawa saborea su popularidad. Vive solo y disfruta de la vida como un maltrecho bon vivant. Además de visitar habitualmente programas de televisión para hablar otros asesinos, es crítico literario y de cocina. En 1981, cuando aún hacía la digestión, la banda inglesa The Stranglers se inspiró en su historia para la canción La Folie, que además le da nombre a su sexto álbum. Dos años después los Rolling Stones, en su disco Undercover, incluyeron el tema Too Much Blood. Mick Jagger, en su momento, dijo que la letra le surgió a propósito del tratamiento del caso en los medios. Que a la hora de grabar tenía en la mente cómo se banaliza todo tan fácil, de qué forma se llenan de sangre, demasiada, las páginas de diarios y revistas. Y eso que aún no se habían gestado, entonces, los proyectos de cine. Ni el comic. Ni todo lo demás.
Mide un metro y medio. Es muy flaco, casi un sobrante de proyecto humano. Es rengo. Sus pies y manos son anormalmente pequeños. Tiene voz aflautada. Desde niño lo atormentaba una fantasía hasta casi hacerlo retorcerse de dolor: necesitaba comerse a una mujer. Día y noche se veía a sí mismo devorando un cuerpo femenino. No cualquier cuerpo. Tenía que ser el de una chica alta, blanca, suave.
Hijo de un multimillonario, Akira Sagawa, presidente de Kurita Water Industries en Tokio, creció con los privilegios del dinero a raudales y la idea de que los demás debían estar a su disposición. Pasaron los años. El pequeño gran monstruo soñaba y las imágenes le roían la mente. Demostró ser brillante. Coqueteó con la idea de comerse a una mujer blanca como la nieve, pero se concentró en sus estudios de literatura. Se acercó a potenciales víctimas. Falló o no terminó de animarse a nada más que el acecho silencioso. Incubó el deseo.
Mientras estudiaba Literatura Inglesa en la Universidad de Wako, en Tokio, conoció a una profesora alemana. "Cuando me encontré a esta mujer en la calle, me pregunté si podría comérmela", le dijo años más tarde, ya célebre, al periodista británico Peter McGill. Lo atrapó el impulso. Se dejó llevar como un tonto enamorado, su primer amor. Y avanzó sin plan. Una noche calurosa de verano se coló al departamento de la muchacha por la ventana y la miró dormir. Su camisón era un poco transparente.
El caníbal en potencia, ardiendo en deseo, necesitó matarla ahí mismo. Buscó con desesperación algo para apuñalarla, o golpearla, y sólo encontró un paraguas. Lo agarró. El palo enorme estaba en sus manos pequeñas. Todo lo que podía suceder estaba por pasar, pero la chica escuchó ruidos y despertó de golpe. Cuando entendió que había alguien en su habitación comenzó a gritar desesperada, así que Sagawa tuvo que escapar.
Pasaron los años y para cuando el japonés llegó a Europa era una bomba de tiempo. Tic, tac. En Francia era un chico solitario, tímido, tic tac. Recorría la ciudad con el mecanismo explosivo activado en la cabeza, tic tac. En La Sorbona conoció a muchas mujeres rubias, blancas, altas, suaves. Le estalló el sistema de contención cuando se cruzó con su tótem soñado hecho realidad. Era holandesa, dulce y confiada como una ballena franca. Y se dejó atrapar fácil. Un poco de empatía, dos paseos por las calles de París y una invitación a su casa. Boom.

Cadáver exquisito
Te comería. Se dice como expresión de amor. Es algo que se le dice a los niños hermosos de cachetes rellenos. Se le dice también a las parejas sexuales. Te comería porque me resultás apetecible. Así se puede explicar una atracción. Es simbólico. Tiene que ver con el deseo de incorporar al otro. Sagawa fue literal. Él creía que el amor era eso. Se enamoró hambrienta y vorazmente de Renée y entonces quiso tenerla en su estómago, saborearla con curiosidad. Para él era algo natural. Y como quien arma su estrategia de seducción, planeó el mejor modo de comérsela.
Renée tenía 25 años, estaba corta de fondos, hablaba tres idiomas y quería terminar su doctorado en literatura francesa, así que cuando el millonario Sagawa le pidió que le enseñara alemán aceptó creyendo que tenía buena suerte. Además, de plus, le gustó la inteligencia del extraño japonés y valoró su conocimiento sobre pintura. Disfrutó su compañía, aceptó pasear con él.
El 11 de junio de 1981 Renée había ido a cenar con Sagawa. Él le declaró su amor y ella le dijo que no, que sólo quería ser su amiga. Él le pidió que leyera un poema, al menos, y cuando ella se distrajo sacó su rifle y le disparó. Boom. La mujer cayó desde su silla y entonces el desecho humano le demostró su amor como él sabía. Primero mantuvo relaciones sexuales con el cadáver tibio y después la comió durante dos días hasta que tiró los restos en un lago, cuando lo atraparon.
“Yo corté su cadera”, dijo. “Al principio no sabía dónde morder primero”, contó. Paso a paso, muchas veces, rememoró su ritual. Cómo es que descubrió la consistencia de su amor. Que tuvo que escarbar hasta atravesar la grasa y llegar a la carne más profunda. Nostálgico, ya lejos en el tiempo, rememoró: “Su sabor es de un rico pescado crudo similar al sushi, no he comido nada más delicioso”.

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martes, 9 de abril de 2013

Grete Stern: Los sueños de una fotógrafa genial*

Se presenta en el Malba una colección de imágenes tomadas por la artista alemana radicada en la Argentina. Una experiencia fascinante por un mundo de imaginación y también de provocaciones.

*Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en abril de 2013.


El segundo gobierno de Perón está en su esplendor, ascienden las clases sociales más bajas y una Evita viva, saludable, logra que finalmente se sancione la ley que otorga el derecho al voto femenino.  Comienza entonces un cambio de roles en la sociedad argentina que, en cuanto a los derechos de la mujer, da pie a una paradoja que llega hasta el día de hoy.  Ante cada avance, vale preguntarse si se logró realmente conquistar un espacio y si además existe en el imaginario popular conciencia de eso.
Grete Stern, en aquel contexto, no sólo se lo preguntaba si no que lo cristalizaba en su trabajo. Nacida en Alemania en 1904 y discípula de la Escuela de la Bauhaus, dejó su país en 1933. Judía y simpatizante de la izquierda intelectual, no había lugar para ella en la Europa dominada por Hitler y en 1935 se instaló en Buenos Aires. Desde entonces se consideró a sí misma, hasta su muerte en 1999, una fotógrafa argentina.
Impecable y revolucionaria retratista, viajó por el país, documentó a los pobladores originarios, fue profesora de fotografía en la Universidad de Resistenciaen la Provincia del Chaco, y realizó reportajes urbanos. Entre 1948 y 1951 hizo un trabajo por encargo que sería lo más importante y llamativo de su obra.
Idilio era una revista de la Editorial Abril dirigida al público femenino de la nueva clase media: ahí había fotonovelas, chimentos de la farándula y, novedosamente, una página llamada “El psicoanálisis le ayudará” en donde Stern representaba con fotomontajes los sueños que mandaban las lectoras al correo. Además, el sociólogo Gino Germani -director de la publicación- los interpretaba bajo el seudónimo de Richard Rest.
El resultado fueron cerca de 150 piezas únicas, originales y modernísimas aún hoy en las que la fotógrafa utilizó una técnica hasta entonces poco conocida y le imprimió su absoluta y arrolladora subjetividad femenina. La del tipo de mujer que ella era: detallista, fina, irónica, inteligente y determinada. 
Durante el primer año, Grete Stern fotografió casi todos los fotomontajes antes de entregarlos. Luego, prácticamente abandonó esa rutina. Es por eso que hoy sólo se conservan 46 negativos. Hasta fin de junio se puede ver en el Malba Los sueños 1948 – 1951, donde está esta colección, que es uno de los cinco juegos firmados por la artista que existen en el mundo. 

La trama onírica
A pesar de publicarse semanalmente durante casi tres años, los fotomontajes de Stern fueron completamente ignorados en su momento. La serie se presentó por primera vez como una muestra en Buenos Aires en 1967. En 1982 fu exhibida en el FotoFest, de Houston, Estados Unidos, y recién entonces comenzó a gozar de su merecido prestigio. Aún en vida de la fotógrafa, se colgó en el IVAM de Valencia (1995), en Francia y en España (1996), en Portugal y en Holanda (1997) y en Alemania (1998/ 1999).
Las piezas que se exhiben ahora integran la colección privada de Eduardo F. Costantini y en 2011 ya se había realizado en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires la misma exposición con un gran éxito de público. Actualmente, la serie Sueños es reconocida en su original y verdadera dimensión.
“La serie de fotomontajes para Idilio fue la primera obra fotográfica –y la más importante hasta hoy- radicalmente crítica de la opresión y manipulación que sufría la mujer en la sociedad argentina de la época, y de la humillante consecuencia del sometimiento consentido”, afirma el investigador y editor fotográfico Luis Priamo en el catálogo de la exposición Grete Stern, Obra fotográfica en la Argentina, Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires, 1995. 
Los protagonistas de las fotos eran sus amigos, familiares y vecinos, la gente que tenía a mano, y a veces ella misma. Las imágenes complementarias, como los paisajes, fondos y objetos eran de su archivo personal. Como la entrega del trabajo era semanal, Stern no tenía tiempo para corregir o retocar las piezas, así que después de publicadas a veces las seguía modificando por obsesión y gusto personal. Por eso actualmente existen dos versiones de algunos sueños.
“La mujer de los sueños de Grete es un ser angustiado y oprimido. Sus placeres son patéticos, igual que sus frustraciones; y cuando se la ve activa y dominante, es tan cruel como el mundo que la agobia. Sus ambiciones reflejan las utopías de melodramas y radionovelas: éxito social, riqueza, guantes largos y lamé (…) La mirada zumbona y sarcástica de Grete no se detiene en la compasión por la víctima, sino que avanza también sobre los resultados alienantes de su resignación”, analiza Luis Priamo, especializado en fotos antiguas y dedicado a la preservación del patrimonio fotográfico nacional.

Sueño o pesadilla
Una mujer dentro de una botella arrojada al mar y otra que navega, vestida de fiesta, en un barquito de papel. La que se desconoce en un espejo y la que carga una roca cuesta arriba. Ella cuelga de un precipicio sin temor ni esfuerzo o está encerrada en una jaula y el público de su zoológico personal es un león. Es chiquita, diminuta, se queda afuera, perdió la cabeza.  
Un hombre pesca a esta muchacha como si fuera un atún. Ella descansa en su jaula de canario, toca el piano en una máquina de escribir o se ahoga en su propio living. Un jefe con cabeza de tortuga la amenaza en la oficina. Está encerrada dentro de la mente de un niño. Si se desnuda, queda recortada. La mujer está parada sola sobre el planeta, en el espacio. Ahora se encuentra abatida y con sus pies de elefantes carga su pesada belleza.
La obra de Stern muestra su crítica sobre la opresión y manipulación que la mujer sufría en aquellos dorados años de ascenso económico y primeros logros de reconocimientos de derechos. El obturador de esta cámara se fija en la paradoja y dispara con sarcasmo, sin compasión, para capturar una alienación resignadamente femenina.  Estas imágenes valen, realmente y fuera de todo lugar común, más que mil palabras.
A más de 60 años de realizados, estos fotomontajes aún guardan un sabor de inquietante actualidad que todavía funciona. Eso es un mérito de la visión de la artista, no sólo de la fotógrafa. Sobre la mirada de la mujer -la judía que escapó de la Segunda Guerra Mundial, la socia a la par de sus colegas hombres y la que se divorció de su marido cuando nadie lo hacía- que realizó este trabajo debería tenerse en cuenta el humor satírico, la ácida y empática ironía.
Un juego posible para el público de la muestra: recorra usted el tercer piso del Malba, mire estos fotomontajes y trate de imaginarlos en su contexto histórico: en una revista pasatista, idiotizante, Stern rompe el molde. Realizados por una mujer con una técnica hasta entonces poco utilizada, casi desconocida, cuando en el país apenas recién habían adquirido el derecho al voto, es decir que comenzaban a ser reconocidas como seres pensantes, al menos para el afuera. Entonces, la muestra no sólo es precisa, original y atemporal, si no también valiente, de avanzada. Como su autora.
Grete Stern es tan fina en su ironía que pudo, en su momento y por medio de entregas semanales en la más zonza de las revistas, ser tomada como literal. Así pasó el colado grueso, fue vista sin ser mirada y siguió adelante, cavando cada vez más hondo. El plus de su contemporaneidad fue que si alguna lectora la entendía se sentía acompañada en su modo de ver las cosas y, si no, comenzó a hacerse algunas buenas preguntas.
Actualmente, ya en el colado fino, al recorrer la muestra es posible seguir pensando gracias y a través de la mirada de Grete Stern. ¿Se logró realmente conquistar un espacio? ¿Existe en el imaginario popular conciencia de eso?

Info:
Los sueños 1948 – 1951, de Grete Stern. Todos los días menos los martes, de 12 a 21. Hasta el 1º de julio en el Malba (Av. Figueroa Alcorta 3415). Entrada: $32 

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viernes, 15 de marzo de 2013

Tinta Roja: El hombre que sabía demasiado*


Pier Paolo Pasolini fue asesinado en 1975. Retratista de mundos marginales, ahora se sabe que el poeta, cineasta y escritor fue víctima de un atentado por su ideología. El 5 de marzo hubiera cumplido 90 años. 

*Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en marzo de 2013

El final de la vida, y el inicio del misterio, sucedió en la madrugada del 2 de noviembre de 1975 en un descampado cerca de la popular playa de Ostia, a unos 30 minutos de Roma. Ahí nomás de la costa del mar Tirreno asesinaron a Pier Paolo Pasolini y, así, interrumpieron el proceso de la magnífica genialidad con la que el artista italiano estaba retorciendo el rumbo pacato y esquivo del siglo XX.
Las sombras aún oscurecen la resolución de un homicidio plagado de intrigas políticas y homofobia. Durante casi 40 años, los cabos sueltos fueron encubiertos por una investigación ineficiente que pareciera no haber querido ver los hechos. Aunque la causa ya se reabrió cuatro veces es imposible saber si un día se encontrará al culpable. Si la única verdad es la realidad, por el momento es que Pasolini decidió no callarse nunca nada y pagó con su vida por eso.
Al hablar de él se dice que fue poeta y cineasta. Cuando le preguntaron en una entrevista cuál era su calificación profesional preferida, respondió: “En mi pasaporte, yo escribo simplemente escritor”. Esa charla en la que anunció cómo quería ser recordado sucedió en la víspera de su asesinato, el 31 de octubre de 1975. Pero las casualidades no existen.
Genio, puto, comunista y pendenciero, Pasolini fue un juglar moderno y el motor de su existencia fue decir. Las prostitutas y los chicos de la calle fueron su inspiración, sus protagonistas, sus obsesiones. El lenguaje del arrabal italiano lo enamoró y con esa voz dijo poesía, cine, ensayos, narrativa. Habló todos los lenguajes  con el corazón y dejó una huella imborrable, preciosa, que incomodó a muchos.
“Soy un gatazo turbio que una noche será aplastado en una calle desconocida”, dijo poco antes de ser asesinado. Era un personaje polémico y siempre lo supo. Quizá lo buscó. Su talento más enorme, fuera de su sensibilidad artística, fue ser crítico y provocador en contra del poder corrupto y burgués. Pasolini desafiaba abiertamente y al mismo tiempo tanto al sistema capitalista que se estaba instaurando en Italia como a las incongruencias de los ideales marxistas por los que militaba. Eso fue lo que le costó la vida y no el encuentro sexual fortuito con un muchachito, como el establishment quiso hacer creer.
Lo más fácil fue hacer creer que Pino Pelosi, el chico de 17 años que se había levantado para un revolcón, fue el único responsable. Y el pibe, entonces, cerró la investigación cuando confesó el crimen. Dijo que había actuado en legítima defensa porque Pasolini lo quiso violar. Dijo eso y fue siete años a prisión. Pero había mucho más para contar.
Pelosi era un niño flacucho y Pasolini un experto en artes marciales. ¿A nadie se le ocurrió pensar que era imposible tal proeza física? La periodista Oriana Fallaci, además, había asegurado que al escritor lo habían matado dos personas y no el adolescente, pero nadie le hizo caso porque ella quiso respetar el secreto de su fuente. No son dignos de una buena trama tantos cabos sueltos y menos aún de una vida tan trascendente. Así que finalmente, 30 años después, en 2005, el asesino habló.
Fue en un programa de televisión nocturno de RAI 3, Sombras sobre el misterio, uno de esos que invitan a la confesión mientras los televidentes cenan. Pelosi, de entonces 46 años, reconoció que aunque había causado la muerte de Pasolini al pasarle por encima con el auto al huir, los asesinos fueron otros: tres hombres que amenazaron con matar a su familia si hablaba y dijo que por eso calló. “Ahora mis padres están muertos y ya no tengo miedo”, explicó. Contó que los que atacaron al escritor tenían acento siciliano y que mientras lo desfiguraban a bastonazos le gritaban: “Maricón, sucio, comunista”.
¿Qué hacía Pasolini esa noche en aquel paraje al lado de la playa de Ostia? Su amigo Sergio Citti afirma que había acudido a una cita porque era víctima de un chantaje por el robo de unos rollos de su controvertido film Saló o Los 120 días de Sodoma. Eso está entre los testimonios de la causa, que la familia de la víctima entonces exigió que se reabriera.
Los motivos políticos fueron finalmente aflorando. En 2009 se descubrió que Pasolini tenía intención de revelar en Petróleo (una novela que quedó evidentemente inconclusa y de publicación póstuma) el nombre del culpable del presunto homicidio en 1962 del industrial Enrico Mattei, presidente de la compañía petrolera Eni. Así fue que volvió a abrirse el sumario del caso, ya por cuarta vez. El año anterior lo habían exigido en un manifiesto 700 intelectuales de todo el mundo.
Aunque muerto, Pasolini sigue diciendo. Enterrado, aún está hablando. En 2010, la fiscalía de Roma solicitó un interrogatorio con el senador del partido de Silvio Berlusconi, Marcello DellŽUtri, condenado por asociación mafiosa en primer grado, porque había anunciado en los medios que poseía el capítulo dado por perdido de Petróleo, ahí donde el escritor había volcado muchos de los datos de su investigación y que podría ser la causa verdadera de su muerte.

Llorar un lago
Pasolini sabía, sabio, casi como un brujo lo que venía. Lo imaginaba, lo soñaba en pesadillas que tradujo en obras de arte. En Pajarracos y pajaritos (1966) no sólo anticipó el neorrealismo picaresco, sino que en la escena final de la película presagió más que escalofriantemente su propio final. Un hombre golpeado hasta la muerte, atropellado y destrozado, su cuerpo sin vida abandonado en un paraíso turístico.
El escritor italiano Alberto Moravia contó que reconoció de inmediato el sitio en el que fue asesinado su amigo: “Pasolini ya lo había descripto tanto en dos de sus novelas, Muchachos de vida y Una vida violenta, como en su primera película, Accattone”. Ese modo premonitorio de enredar su vida y su arte no tienen que ver con magia, sino con una inteligencia intuitiva que mostró y ejerció segundo a segundo a lo largo de su interrumpida existencia.
El comienzo de su intención de cambiar el mundo desde Roma llegó con su novela Chicos del arroyo en 1955. Al cine entró de la mano de Federico Fellini y desde entonces fue un director prolífico, obsesionado con retratar la realidad, que mostró con maestría la Italia profunda. Entró a la década del 60 rompiendo todos los moldes y alcanzó la fama internacional con films revolucionarios, tan repletos de realismo y sexo como de violencia y sadismo.
El Evangelio según Mateo (1964) es la patada definitiva en la cara de las apariencias porque ahí Pasolini logra, con su bestial sutileza y rotunda delicadeza, una obra de excepcional calidad y belleza. Ahí  conviven en perfecta armonía el marxismo y la espiritualidad cristiana, las dos ideologías que movieron y marcaron su vida y legado.
Sobre la muerte de su amigo, Moravia reflexionó: “Su fin ha sido al mismo tiempo parecido a su obra y disímil de él. Parecido porque ya había descripto, en su obra, sus modalidades escuálidas y atroces, disímil porque él no era uno de sus personajes, sino una figura central de nuestra cultura, un poeta que había marcado una época, un director genial, un ensayista inagotable”.

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jueves, 7 de febrero de 2013

Azul: Leyendas de una ciudad sin tiempo*

Elegida por la Unesco como el paraíso cervantino por excelencia, todos los años se organiza un festival donde se exhiben ediciones históricas del Quijote. La paz de un pueblo con el dinamismo de una arquitectura original y un refugio para historias y personajes que parecen escapados de relatos de aventuras.

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*Una versión de esta nota fue publicada en la revista El Guardián en diciembre de 2012.

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"En Las ciudades invisibles no se encuentran ciudades reconocibles. Son todas inventadas; he dado a cada una un nombre de mujer; el libro consta de capítulos breves, cada uno de los cuales debería servir de punto de partida de una reflexión válida para cualquier ciudad o para la ciudad en general”. Así comenzó a explicar Italo Calvino, en 1983, once años después de la publicación original y para una nueva edición en una nota preliminar, uno de sus libros de aventuras más hermosos y extraños.
La ciudad de Azul podría ser narrada por aquel Marco Polo que le contaba el mundo al Kublai Kan que Calvino imaginó emperador de los tártaros por capricho literario. Entre todas esas ciudades con nombre de mujer, como Cecilia, Dorotea, Cloe, Irene, Berenice, Anastasia o Tamara bien podría estar Azul. Hasta su nombre es bonito, incluso tierno. Y tiene, como las fabuladas por el escritor, componentes mágicos, pero reales, que sirven para la reflexión general.
Hay historia de fundación nacional, hay gauchesca, hay pasado heroico de la indiada, hay belleza apacible de pueblo, dinámica cultural de ciudad y hay, de postre, una de las panaderías más antiguas de Buenos Aires, un arroyo, la huella de un arquitecto demente, el paso descontrolado de un escultor que de los metales hace obras, un matadero con un cuchillo de hormigón armado que apunta al cielo, gente que se quiere ir, los que se quedan, los que no pueden evitar volver y los que adoptan el lugar, se van de vacaciones, migran, se instalan. Está, también, el comienzo del Sistema de Tandilia, conformado por una serie de sierras más allá del monasterio de los monjes trapenses y eso es apenas esbozo de todo lo que se podría narrar.
En Azul las calles tienen capturado el paso del tiempo. El reloj de la catedral Nuestra Señora del Rosario, ubicada en el centro y corazón de la ciudad, este año decidió acompañar el encanto y está detenido, clavado en una hora imprecisa que no avanza. El templo de estilo gótico de 1906 mira la Plaza San Martín, maniáticamente diseñada por el mítico y tenebroso Francisco Salamone.
El arquitecto que durante la década del treinta dejó su huella grandilocuente y futurista a lo largo del diseño de los municipios, mataderos y cementerios de pequeñas ciudades y pueblos de la provincia de Buenos Aires tuvo destino misterioso: después de tres años de erigir monumentales obras de 40 metros de alto en poblaciones de casitas bajas se perdió en el mapa y hoy sólo queda su rastro inquietante que salpica la pampa para gusto y morbo del paseante.
En Azul, muchas de las casas son antiguas, enormes, y las veredas finitas, zigzagueantes, están llenas de naranjos de frutas amargas dispuestas a irse con el que pasea, pasa y levanta apenas la mano. Muchos andan en bicicleta, los jóvenes se juntan con sus motos en los bares y por todos lados los vecinos se asoman, se saludan. Perdidas se pueden encontrar, como un bonus extravagante, algunas esculturas de Carlos Regazzoni, sus fierros retorcidos con forma de hormiga gigante, un malón de indios o una Dulcinea enorme que saluda prometedora, inalcanzable para el Quijote. Y más allá el ganado, las vacas, los caballos, la ruta.
En Azul hay un arroyo largo, arbolado, en donde desembocan las calles, que se deja perseguir. Si el transeúnte lo hace puede mirar correr el agua desde un puente y adentrarse en las 22 hectáreas del Parque Municipal “Domingo F. Sarmiento”, que tiene torres de castillos y una vegetación como la de un bosque en el que podría reinar Totoro.
Esta pequeña gran ciudad se mantiene clavada en el centro geográfico de la provincia de Buenos Aires desde 1895. Antes fue el antiguo fuerte de San Serapio Mártir del Arroyo Azul, construido en 1832 para contener el avance de los malones y previamente fue desierto. Siempre fue algo, nunca fue nada. Ahora es todo eso y también más. La costanera Cacique Catriel y el Teatro Español, como los dos puntos de la identidad del lugar, opuestos que se unen en un interés actual: compartir el no tiempo y celebrar su diversidad para encarnar el aleph de rarezas que lo hace único.

Festival cervantino
Había una vez un loco lindo que hizo de su obsesión personal la identidad de la ciudad en la que eligió morar. Que juntara obsesivamente todo lo publicado por José Hernández y Miguel de Cervantes, que optara por vivir en Azul, que su compulsión lo haya llevado a tener la colección de libros del Quijote más importante de Sudamérica, que muriera trágicamente su hija a una edad temprana y entonces él se dedicara a las obras culturales y benéficas, todo eso es la génesis de un capricho que conformó un destino. El de la actual ciudad con nombre de mujer, o de color, está signado por muchos dementes productivos que dejaron su huella, pero hubo uno puntual: Bartolomé José Ronco, que nació en 1881, falleció en 1952 y en el medio cambió todo. Ese fue el hombre que hizo la más profunda mella.
La Casa Ronco es uno de los patrimonios más valiosos de la comunidad azuleña. En este caserón antiguo de más de 14 habitaciones se exhibe, a lo largo de tres salas, un museo de la vida tanto doméstica como intelectual del bibliófilo y su esposa, María de las Nieves Clara Giménez, la responsable de haber donado a la Biblioteca Popular de Azul el lugar tras su muerte en 1985.
En el estudio hay más de cinco mil libros de diversas temáticas –filosofía, derecho poesía– encuadernados por la devota viuda. En el segundo salón está la biblioteca que parece pergeñada por M. C. Escher, pero que fue construida por Ronco, también carpintero, y ahí se alojan casi dos mil libros cervantinos y hernandianos provenientes de sus viajes por Europa, Montevideo y Buenos Aires. Entre los tesoros que el guía y coordinador ejecutivo Eduardo Agüero manipula con delicadeza y unos guantes blancos como de Tribilín, se encuentran unas 350 ediciones que equivalen a 1200 volúmenes del Don Quijote de la Mancha.
La más antigua de las ediciones cervantinas que poseía Ronco es un ejemplar en castellano de 1697 y hace pocos años el escritor británico Julian Barnes donó al Museo la primera traducción al inglés de Thomas Shelton, de 1675. En vida, el coleccionista acopió rarezas como el Quijote más chiquito del mundo editado en dos tomos, los más grandes de los siglos XIX y XX, la primera edición con grabados del artista de la corte inglesa en 1739 y otro perteneciente a la reina María Cristina de España, publicado circa 1840. Además, hay ejemplares ilustrados por artistas como Gustave Doré, Salvador Dalí, Walter Crane y hasta Walt Disney.
En 2007, a cuento del azar y la compulsión de Ronco, la Unesco distinguió a Azul como Ciudad Cervantina de Argentina y desde entonces cada año se realiza un Festival en el que la comunidad enclavada en la Pampa Deprimida –ahí donde hace casi 200 años se detenía a los malones– celebra al son de “Soy Quixote”.
El domingo 11 de noviembre finalizó el Festival Cervantino en la ciudad de Azul. En esta oportunidad el lema fue “Cultura por la paz”, así que entre sus visitas ilustres estuvo el Nobel Adolfo Pérez Esquivel, quien dio una charla en la primera Feria del Libro Argentino y Latinoamericano que se llevó adelante en estas seis ediciones. Entre otros, también participaron de conferencias y entrevistas el escritor Juan Sasturain y el dibujante Miguel Rep, que en 2011 realizó un mural quijotesco frente al arroyo Azul y hasta donó el logo que es marca del festejo.
Las diez jornadas de actividades estuvieron repletas. Una trasnoche transpirada tocó Palo Pandolfo en un bar y en el medio de su afiebrado show-ceremonia hizo una pausa, le mostró un colgante al público que sacó desde adentro de su remera empapada y contó que esa es su piedra azul, que lleva siempre colgada en homenaje al cacique Calfucurá, bravo guerrero que recorrió las tolderías de la pampa y arrasó a su paso con el invasor español. Después siguió cantando.
Otros días se podían ver obras de teatro, una gran murga en la que participaron todas las escuelas locales, se dieron talleres, hubo artes visuales, ferias de diseño y un cierre a cargo de La Bomba de Tiempo. Sin embargo, con todo esto, apenas se estaría describiendo una porción del Festival que, este año, además celebró el 180 aniversario de Azul.
Marco Polo podría narrarle cada aspecto de esta ciudad bonaerense al Gran Kan y hacerle creer que describe mil destinos diferentes. Como si lo hubiera imaginado Calvino, el embajador favorito del emperador relataría un lugar que posee un cementerio con una entrada enmarcada por un RIP alto como una montaña, que adelante tiene al arcángel vengador y atrás a todos los muertos. Pero eso no está en el libro, sino en Azul.
Cuando ya se aprendió cada minucia del lenguaje y las ciudades invisibles fueron también incontables, el Gran Kan propuso un juego, deseó cambiar el método y anunció que sería él quien pasaría a describir los lugares para que Marco Polo comprobara su existencia. Entonces, quizás, el temible emperador podría decir muchas cosas, imaginar infinitos escenarios y el viajero siempre terminaría en Azul.

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miércoles, 6 de febrero de 2013

Gustavo Santaolalla: “No fue hace tanto que estábamos tan mal”*

De Ushuaia a Palpalá. Así rebautizó el músico y productor a la gira oficial con la que hizo conciertos en simultáneo para todo el país. Charla y de viaje por Jujuy.

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*Una versión de esta nota fue publicada en la revista El Guardián en septiembre de 2012. 
Fotos Silvina Frydlewsky / Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación. 

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Camina hacia el cine teatro Altos Hornos Zapla, de Palpalá, en Jujuy, y sonríe levemente. Lo esperan casi 200 niños que están preparando los temas para el recital de la noche siguiente. Es lunes 27 de agosto y Gustavo Santaolalla está listo para ensayar. Entra, se sienta en una butaca como si fuera un vecino más y observa. Andrea Merenzon, directora artística del Festival Internacional Iguazú en Concierto y miembro de la Filarmónica del Teatro Colón, entre otros méritos, marca el ritmo para la Orquesta Infanto Juvenil de la provincia de Jujuy. Desde la entrada avanzan dos filas de jóvenes intérpretes de instrumentos autóctonos hasta el escenario y terminan todos juntos el tema.
Hay una sonrisa enorme en 170 caritas que buscan el sí de Santaolalla. Tocan más. El músico y polirrubro del éxito se acerca y, como quien no quiere la cosa, baila un poco. Sube al escenario para dirigir, pero aún no puede empezar porque los chicos lo aplauden, le zapatean, corean su nombre. Agradece y se para delante del atril. Entonces llega el silencio. Es un silencio expectante que se intensifica cuando Santaolalla levanta la batuta y se rompe en música cuando hace un gesto y todo comienza a sonar en armonía.
Los pequeños violinistas brillan, los mini celistas bailan en sus asientos, los jóvenes contrabajistas se balancean, los charangos suenan felices, la sección de vientos es un tornado de felicidad, la percusión suena como muchos corazones en sintonía y todos son una murga, un carnaval y música clásica; son un sonido que se forma en un caos organizado y el resultado es puro color.
“Santaolalla es el director más bueno que tuve porque baila, sonríe y nunca me reta”, dirá una niña integrante de la orquesta, antes del show oficial. Cuando alguien hace algo que le gusta de verdad, se nota en los pequeños detalles y en el resultado final. Ahora está pasando algo que les gusta a las personas involucradas y la felicidad baja del escenario como un río desbocado. Todos están listos para el recital.
Este ciclo de conciertos y charlas con Gustavo Santaolalla, presentado por el Plan Nacional Igualdad Cultural, es breve, pero enorme. Primero tocó en la sala del Auditorio Juan Victoria en San Juan junto a la Orquesta Juvenil de la Universidad Nacional de la provincia, después fue el turno de Palpalá, en Jujuy, y el final tiene como escenario el Espacio Joven de Tecnópolis junto a la Orquesta Sinfónica Juvenil de la Municipalidad de Hurlingham, dirigida por Roberto Flores.
 Esta propuesta, impulsada por el Ministerio de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios, y la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación, se lleva adelante con la intención de promover la actividad musical de las nuevas generaciones y, sobre todo, impulsar la inclusión cultural. Por eso es que, con el objetivo de acercar la cultura a todas las regiones del país, cada una de las funciones se pudieron disfrutar por el canal 360 TV de la TDA, como parte de un programa especial producido por Igualdad Cultural, y también a través de la página web del plan, www.igualdadcultural.gob.ar.
 El recital de Jujuy fue transmitido en vivo en el Espacio INCAA km 2290 de Comandante Luis Piedra Buena, Santa Cruz, donde se reunió más público para hacer de la experiencia, según Santaolalla, un remix de su exitoso De Ushuaia a La Quiaca y convertirlo en “De Ushuaia a Palpalá”.

Crónica de un Jujuy agitado
Hay que rebobinar hasta esa noche jujeña para entender un poco el fenómeno. El teatro está repleto y también el hall de entrada, en donde hay mucha más gente viendo todo a través de una pantalla. Los vecinos llevan sus mejores galas, que incluyen desde tapados de piel hasta camperas deportivas. Esto pasa en cada pueblo o ciudad en la que se presenta el espectáculo: los protagonistas son los lugareños. Las estrellas de la velada son las orquestas locales juveniles y el público son los padres, hermanos y amigos.
Eso le da marco a la presentación de Santaolalla que sabe mezclarse con la energía de cada lugar como un camaleón. “Adoro Jujuy, desde chico conozco esta provincia hermosa” es una de las primeras cosas que dice el músico al subir a escena y, sin esfuerzo, se gana el primero de muchos aplausos. Cuenta que a los cinco años tuvo la oportunidad de dirigir una banda rítmica en el jardín de infantes y que hasta ahora no había vuelto a hacer algo así. Dice que es un lujo volver al ruedo con ellos, que las orquestas juveniles de San Juan y de Jujuy son excelentes y que se siente honrado.
Arranca la ovación. “Me gusta la gente”, arroja con simpleza y confiesa que no sabe leer ni escribir música, pero compone desde los 10 años. Aquel primer tema, recuerda, fue una chacarera que todavía le parece buena y asegura: “Desde mis tiempos en Arco Iris lo que más me importa es mostrar quién soy y de donde vengo”. Es el momento de demostrarlo otra vez. Sentado en una banqueta y abrazado a su guitarra, Santaolalla canta sus temas para todos.
Ahora es otra vez el hombre serio y concentrado que lleva adelante mil proyectos a la vez y con los ojos cerrados canta No existe fuerza en el mundo, La noche ya es día, Un poquito de tu amor, Río de las penas, Ando rodando y, hit de hits para cerrar la primera parte del show, Mañanas campestres donde por fin se puede sumar el público. O parte del público.
Después llega el momento sobre el escenario de los 170 músicos, de entre cuatro y 18 años. Interpretaron la obertura de Guillermo Tell, de Gioachino Rossini, y al menos tres violines rompieron cuerdas. Eso es una verdadera explosión de talento. El Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles de Jujuy (SOJ) cuenta con 16 agrupaciones formadas por casi 700 niños, adolescentes y jóvenes de San Salvador de Jujuy, Maimará, Purmamarca y otras localidades de la zona. Su director, Sergio Jurado, explicaría más tarde el espíritu del proyecto que tiene a Santaolalla como protagonista: “Creemos en una formación musical basada en la experiencia. Desde el momento en que empiezan a tocar un instrumento, los niños integran las orquestas y comparten con sus pares un camino de aprendizaje. En principio, nuestro objetivo no es formar músicos concertistas. Simplemente buscamos que disfruten. De esa forma se logran los mejores resultados y aflora el talento”.
El gran cierre es con Santaolalla como parte de la orquesta, dirigidos todos por Merenzon, en temas como The Journey y, finalmente con el músico batuta en mano, todos juntos cerraron con alegría al ritmo del Can Can, de Jacques Offenbach, y el carnavalito El humahuaqueño. El resultado fue un show de tres horas que pasaron volando y que terminó con todo Jujuy aplaudiendo de pie, en medio de una emocionante ovación. En otros puntos del país, resonaban más palmas vía satélite.

El hombre orquesta
Aunque es difícil encontrar a Gustavo Santaolalla con tiempo libre, porque hace cosas todo el tiempo sin parar, en el medio de todo y con la calma de un maestro zen, finalmente se hace un momento para hablar con EG. Dice: “Yo ahora en este momento estoy charlando con vos y no hay nada más importante en el mundo que esto, así como va a ser importante en un rato el momento de la cena, lo fue el show, y lo es ir viviendo cada cosa”.

¿Cómo hacés tantas cosas a la vez? Ahora mismo estás llevando adelante como 40 proyectos… 
–No, ¡muchos más! Podríamos estar acá todo un día si te empiezo a decir cada cosa que hago, jajajá. La verdad es que no sé cómo hago todo, pero al final siempre puedo. Yo, en el caos que es llevar adelante tanto a la vez, siempre encuentro el modo de que se haga cada cosa. Y ahí están funcionando los álbumes que produzco de muchísimas bandas y solistas, la cerveza Grosa que fabrico, los vinos de mi viñedo, estos conciertos con los chicos, las tocadas con Bajofondo, los libros, la familia… Todo está. Confieso que duermo poco, la verdad.

¿Hacés todo a la vez o vas proyecto a proyecto?
–Hago todo al mismo tiempo y estoy involucrado en 18 mil cosas. En algunas más y en otras menos, muchas cosas ya están listas, otras en proceso, otras son para más adelante. Pero tengo planes que involucran, así ya, los próximos cuatro años.
¿Cómo manejás la ansiedad?
–No, aunque te parezca mentira no tengo ansiedad ni estrés. Pasé situaciones difíciles en mi vida, por distintas cosas, pero en un momento algo me hizo clic y me cambió la manera de aproximarme a los problemas. Aprendí a dejar que las cosas sean. Cuando algo está trabado es mejor saber esperar para ir avanzando por los caminos que sí están despejados. Saber esperar es algo que aprendí con los años. De joven nadie sabe esperar. No hay que dejarse abrumar por los problemas, porque la vida es una sucesión de problemas y soluciones. Cuando pensás que todo va bien, seguro que algo malo va a pasar. Así que al revés también es lo mismo. Cuando estés en medio de un quilombo, la solución siempre en algún momento llega.
¿Y ahora, además, que estás haciendo? 
–Ah, muchas cosas, por supuesto, jajajá. Terminamos el último disco de Café Tacvba donde soy productor, estamos mezclando el nuevo de la banda en la que toco que es Bajofondo, en solitario tengo que terminar la música para un videogame, también tengo en camino la banda sonora de una película francesa que se llama Siete años atrás y te podría contar más cosas, eh. Eso no es ni el inicio.
Dale, contá más.
–Estoy cerrando una película de animación que se llama Día de los muertos, por la festividad mexicana, que la produce Guillermo del Toro. Estoy con el musical basado en la obra de Bajofondo que se llama Arrabal y lo estamos montando ahora en Canadá, aparte tengo dos o tres proyectos más con mi viñedo, mi fábrica de cerveza que se llama Grosa y estamos armando la gira con Bajofondo.
La producción de Café de los Maestros te llevó a trabajar con gente muy mayor y ahora este ciclo del Plan Nacional Igualdad Cultural te hace trabajar con adolescentes y niños. ¿Qué te gusta más?
–Siempre me gustó trabajar con todas las generaciones. Café de los Maestros, que son grandes; esto, que son chicos; León Gieco, que es como mi hermano y somos lo mismo… Y de hecho Bajofondo, que es un grupo transgeneracional porque están todas las edades ahí. También me gusta cuando pasa eso de crecer con la gente que trabajo, todos juntos. Por ejemplo con Café Tacvba, este año hace 20 que sacamos el primer disco y trabajamos juntos desde que ellos eran unos nenes y yo, bueno, mucho más joven que ahora, jajajá.
¿Qué te decidió a participar de este Plan Nacional Igualdad Cultural?
–Me parece alucinante que haya un programa en donde se esté planteando una conexión entre lugares distintos del país, creando eventos culturales que apuntan a nutrir de contenido a esos lugares desde otro ángulo. Si no siempre todo pasa por Buenos Aires, que es el mismo lugar. Yo soy amante y creo en mi país desde la época en que tocaba con Arco Iris. Adoro y celebro la posibilidad de hacer cosas que tengan que ver con el interior y más en este caso, donde la tecnología realmente ayuda a estar conectados con otros lugares.
¿Te parece que eso tan ideal realmente funciona? 
–Sí, creo que sí. También me parece que es una cosa tan nueva que falta un poco de tiempo para ver cuán efectiva es, pero todo lo que sirva para comunicar y para que la gente pueda intercambiar sus expresiones es bueno. Y que se haga de una manera in- mediata, que es bastante importante en la época en que vivimos, tiene que ser bueno y producir resultados positivos. Por eso creo que sí, que está funcionando.
¿Es o podría ser una forma de encontrar lugares interesantes de difusión?
–Siempre vas a encontrar detractores en todas las cosas. La quiero mucho a Cristina y creo en la orientación hacia dónde va el país. Es el gobierno al que más le creo de todos los que vi desde que nací. Pero no soy peronista ni kirchnerista, soy solamente artista. Y me interesa aclararlo porque así es más útil mi apoyo. Realmente se han producido grandes cambios en el país. Seguro que no existe el gobierno perfecto y falta mucho por hacer. Pero yo tengo memoria y no fue hace tanto que estábamos tan mal. Los cambios son muy profundos en poco tiempo. Por eso yo doy mi apoyo del modo en que lo hace un artista. Si a alguien le parece que está mal, realmente no me importa.

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martes, 29 de enero de 2013

Lana Wachowski: La mujer que se hizo a sí misma*

La mitad del combo "los hermanos Wachowski", la persona que pensó Matrix y Could Atlas. Entiende todo y ese es uno de los motivos por los que ahora es nuestra nueva chica favorita del mundo mundial. 

* Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en enero de 2013



"Los hermanos Wachowski” así, como un ente indivisible y también invisible, son desde la creación de la trilogía Matrix que arrancó en 1999 dos de los directores, guionistas y productores de cine más famosos del mundo. También se convirtieron en los más reservados, porque decidieron que el anonimato era un bien demasiado preciado para perder a cambio de la fama. Pasaron los últimos diez años a las sombras de los reflectores y todo lo que tenían para decir lo hicieron a través de sus películas. Les fue bien y mal. Está su obra como testimonio de lo positivo y la curiosidad y el morbo general que casi llegó a distorsionar su mensaje como signo de lo negativo. Pero todo se acaba de balancear para el lado correcto, el del final feliz, que es un comienzo.
¿Cuántas personas realmente se ponen en los zapatos de otros? ¿Se piensa de verdad qué pasa o cómo resuena en el receptor cada emisión de nuestros discursos? ¿Cuánto de lo que hacemos y decimos está centrado en intereses personales que mayormente vienen de juicios preadquiridos? Alrededor de esas temáticas gira la obra de los Wachowski, incluso antes de ser famosos y supuestamente de exclusiva propiedad de los nerds o fanáticos de la ciencia ficción, los efectos especiales revolucionarios y la acción metafísica que hoy es su firma.
Lana, antes Larry y la mitad de la efectiva dupla Wachowski, es una mujer transgénero que no se avergüenza de su cambio, sino que siempre lo consideró una evolución. Cuando en 1996 los hermanos debutaron en el cine lo hicieron con Bound, una película paradójicamente sin género, que podría ubicarse entre el thriller y el neo-noir con elementos de comedia en el estilo de Billy Wilder y mucha acción. Cuenta una historia lésbico-bisexual dirigida a todo el público, no sólo al colectivo GLTB, y ganó varios premios y felicitaciones.
Mucho efecto especial-existencial después, recientemente el dúo hizo un enorme y radical cambio. Sumaron un director, aparecieron ante el público y decidieron dejar atrás su preciada invisibilidad. Cuando en septiembre de 2012 fue el estreno mundial de Cloud Atlas (en el país está en las salas con el título de La red invisible) en el Festival de Cine de Toronto, caminaron por la alfombra roja los tres directores: Tom Tykwerm junto a los hermanos Wachowski, Andy y Lana.  Andy, el mismo hombre silencioso de siempre pero ahora calvo, y Lana, que solía ser el delgado y tímido Larry, pero que hace un tiempo asumió, con felicidad, su identidad trans.
Lana es una bella mujer de 48 años bien llevados y pelo rosa como el de un anime que sonríe con toda la cara cuando habla de cualquier tema. Es inteligente, divertida, está muy informada de todo lo que pasa a su alrededor y, como la gran artista que es, es consecuente con su obra. O sea que hace lo que dice. Se hizo visible a cambio de su vida tranquila para acompañar una película que teje la idea de que todos somos uno, de que cada acto tiene una consecuencia y de que, como dice uno de los personajes principales de Cloud Atlas fundiéndose en una con su creadora, “si permanezco invisible, la verdad permanecería oculta y no podría permitirlo”.
Esto lo contó Lana durante su discurso en la gala anual del Comité de Derechos Humanos en San Francisco, el 20 de octubre de 2012, cuando le entregaron el premio a la visibilidad. Más divertida que enojada explicó que su identidad trans no fue nunca el motivo por el cual con su hermano decidieron mantenerse anónimos, sino que fue por un aprecio a la libertad de poder ir y venir a su gusto.
“Con Andy y Tom Tykwer hicimos Cloud Atlas sobre la responsabilidad que nosotros como seres humanos tenemos unos con otros, porque nuestra vida no nos pertenece plenamente”, dijo con una sonrisa algo tímida y aprovechó la situación para mencionar a Gwen Araujo, el joven transgénero asesinado en California en 2002: “La invisibilidad es indivisible de la visibilidad, porque para las personas trans no es simplemente un enigma filosófico; puede ser la diferencia entre la vida y la muerte”.
Cómo se sentirá ser una chica que nació en el cuerpo de un hombre. Cuánto complicaría aún más las cosas si esa chica, en cuerpo de varón, gusta de otras chicas. Cuán difícil puede ser para el afuera entender todas esas cosas y, peor aún, de qué tamaño puede llegar a ser el dolor del que las vive en primera persona. Sobre eso también habló Lana Wachowski y en su discurso usó la inteligencia de sus guiones, su enorme simpatía y mostró cómo su fragilidad la hizo invencible. Así, como un superhéroe que podría haber creado junto su hermano.
Cuando alguien hace la diferencia es como un poco de sombra protectora en un desierto. Así que todos aplauden, dicen que bueno y de pronto el “raro” pasa a ser “normal”: entonces todo es políticamente correcto y ya nadie discrimina. Esas comillas son inamovibles porque implican que lo raro y lo normal son citas, referencias siempre realizadas por otros. En situaciones que tienen que ver con lo que la mayoría no entiende suele haber dolor. El que se queda solo y sin defensa tiene que ser un héroe para sobrevivir. Y no importa la minoría en particular a la que pertenezca, puede incluso ser simplemente pelirrojo en una sociedad castaña. Por eso, cualquier acto realizado o no, una palabra dicha o silenciada, todo es una toma de postura y eso implica a todos. Lana salió al mundo a aclarar los tantos porque entiende todas estas cosas. Ella hace.
“Cuando yo era joven quería desesperadamente ser escritora y directora de cine, pero no pude encontrar a nadie como yo en el mundo y sentía como si mis sueños se anularan simplemente porque mi género era menos típico que otros. Si yo puedo ser esa persona para otra persona, entonces el sacrificio de mi vida cívica privada puede tener valor. Sé que estoy acá por la fuerza, el coraje y el amor que tengo la bendición de recibir de mi esposa, mi familia y mis amigos. Y así espero ofrecer mi amor en la forma de mi materialidad a un proyecto como éste, iniciado por el Comité de Derechos Humanos, para que este mundo que imaginamos en esta habitación pueda ser utilizado para obtener acceso a otras habitaciones, a otros mundos antes inimaginables”, declaró.
“Ningún hombre es una isla que vive por sus propias fuerzas, ningún ego es un continente, ni un planeta autosuficiente. Acaso es un pedazo de miedo rodeado de nada, un jirón de vida colgado de un traje viejo, un guijarro lavado por las desmemoriadas aguas del tiempo. La ciencia es poca cosa, es un promontorio resbaladizo donde las manos se aferran. Tu cuerpo es una envoltura vana, un pájaro descoyuntado con el pico roto aventado a los basureros de la muerte. Habitante de la Tierra, la muerte de toda criatura te disminuye. Por eso, cuando alguien muere, no preguntes por quién doblan las campanas de la extinción, doblan por vos”.
Empatía. A grandes rasgos todos deberían saber el significado de esta palabra que podría hacer girar mejor nuestros mundos. Al menos tener idea de una definición cercana y tratar de aplicarla. Eso hace Lana Wachowski. El poeta metafísico inglés John Donne tenía 52 años en 1623 cuando escribió su obra más trascendente, Meditaciones en tiempos de crisis. La Número XVII, citada en el párrafo anterior, tiende una red invisible a través de los tiempos y demuestra, empírica y hermosamente, su certeza.
En 1940, Ernest Hemingway publicó un libro que tituló en homenaje a la reflexión de Donne. Por quién doblan las campanas es una novela que habla de la Guerra Civil Española en primer término, pero en realidad cuenta la historia de un hombre que entiende que es mucho más que él mismo tratando de destruir un puente y se comprende como parte de la humanidad. El gran y viril autor hablaba, en esa magnífica obra, no sólo de empatía, sacrificio personal y amor, sino también de la multiplicidad del ser. Como hace Lana en sus guiones, películas, entrevistas y discursos.
En la trama de esta amalgama empática están enredados también desde Joan Baez, que interpretaba en los 70 una versión de esta meditación de Donne, hasta Jon Bon Jovi, que en su tema de 1990, Santa Fe canta: “Dicen que ningún hombre es una isla” para reflexionar después, entre solos de guitarra, que le echa la culpa a este mundo por hacer malvado a un hombre bueno.
Lana, junto a Andy, propone una reflexión, la misma que meditó en la Edad Media el genial Donne y que ahora los Wachowski elevan hasta la máxima potencia. En cada una de sus películas, pero sobre todo en Cloud Atlas, Lana y Andy ponen en duda el concepto de lo que se considera real. Se preguntan y le cuestionan a la platea la peligrosa subjetividad de los puntos de vista parcializados y ofrecen, pochoclera y entretenidamente, la posibilidad de entender la importancia de la amplitud de miradas. Desde acá: ¡bravo!

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miércoles, 23 de enero de 2013

Tinta Roja: Un crimen de novela*

En 2000, el cadáver de un publicista apareció en un río polaco. Tres años después, la policía descubrió que el asesino, Kristian Bala, había contado su obra en un libro. Ego, escritura y menjunje psicópata.

* Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en enero de 2013

Krystian Bala publicó su primera novela en 2003 y ahora cumple una condena de 25 años en prisión por el asesinato que cometió en el libro. El homicidio que llevó adelante en la vida real lo había dejado libre. La realidad y la ficción se retroalimentan y el juego macabro de la posmodernidad es borronear cada vez más la línea que las divide. La vida, el arte, la vidriera globalizada, la primera persona exaltada y la supremacía del yo. Éxito, ego y un menjunje psicópata que se corona con el caso de este joven escritor polaco que sigue proclamando su inocencia a pesar de haber arruinado su “crimen perfecto” por sus irrefrenables ganas de narrarlo.
El 10 de diciembre de 2000 apareció un cadáver flotando en el río Óder, junto a la ciudad polaca de Wroclaw. La soga que lo estrangulaba, además mantenía sus muñecas y pies atados a la espalda. Tenía la cabeza llena de cicatrices y sólo vestía una camiseta y calzoncillos. Fue identificado como Dariusz Janiszewski, un empresario dueño de una agencia de publicidad que había desaparecido hacía cuatro semanas. En la autopsia se confirmó que lo habían torturado brutalmente durante varios días, pero la investigación policial no encontró ni una pista que le indicara quién podía ser el culpable. La víctima llevaba una vida tranquila y no tenía enemigos aparentes. A los seis meses se archivó el caso.

Como en una novela negra, un policía obstinado no podía quedarse tranquilo con ese cierre inconcluso y se obsesionó. Es un detective de la vida real, se llama Jacek Wroblewski y se puso a investigar. Ya habían pasado tres años. Los casos sin resolver suelen tener algún dato que se pasó por alto, así que volvió a leer los viejos expedientes en busca de una pista perdida y, ni que fuera un capítulo de La ley y el orden, ¡Bingo!: encontró algo.
El detective Wroblewski notó que el día de la desaparición, la víctima había recibido una serie de llamadas. Algunas fueron realizadas desde una cabina telefónica en la misma calle de su oficina y otras desde un celular que nunca habían encontrado. Como un sabueso, el policía olió que ahí había un cabo suelto digno de seguir y rastreó, cual perro de presa, su ruta.

Lo encontró. El celular en cuestión había sido subastado en internet cuatro días después de la desaparición de Janiszewski. El vendedor era un treintatreintañero intelectual llamado Krystian Bala que había publicado recientemente una espeluznante y sádica novela en donde describía, en primera persona, un crimen igual al que el detective estaba investigando.


Un joven secuestra y tortura al amante de su mujer. Finalmente lo arroja al río Óder, junto a la ciudad polaca de Wroclaw. Antes, para asegurarse de su horrible muerte, le ata una soga que lo estrangula y mantiene sus muñecas y pies sujetos a la espalda. Escapa, nadie nunca lo relaciona con el asesinato. Ha
cometido el crimen perfecto. Se jacta sobre su siniestro final feliz. Esa es la novela. Se llama Amok, una palabra que en algunas lenguas centroeuropeas se usa para referirse a una furia homicida ciega.

El sabueso que sabía leer

Wroblewski leyó el libro. El asesinato era el mismo, igual. El protagonista y asesino se llama Chris, la versión sajona del nombre de Bala y, como un Columbo cualquiera, el detective se basó en la novela para investigar a su nuevo sospechoso así como quién no quiere la cosa. Las similitudes entre la ficción y la realidad son más que inquietantes y pronto todo lleva a una sóla, única conclusión.
Bala se ganaba la vida como escritor de turismo y también hacía fotos de fondos marinos. Le gustaba presentarse como filósofo y se interesaba en pensadores posmodernos como Jacques Derrida, Georges Bataille y Michel Foucault. Se divertía construyendo mitos sobre sí mismo para que sus amigos dudaran,
les costara cada vez más distinguir los inventos de la verdad. Un día escribió un libro que fue el punto cúlmine de su juego de confusiones. Recluido ya desde 2007, el escritor sigue asegurando que es inocente y que se basó en los artículos que leyó en el diario.

Bala se casó con su novia de la escuela secundaria, Stasia, en 1995 a los 21 años y tuvieron un hijo. Para mantener a la familia tuvo que dejar la universidad y puso una empresa de limpieza, pero quebró. Su matrimonio también se derrumbó. Era el año 2000 y se fue de viaje. En 2003 publicó su primera
novela, pero no se vendió bien. El libro habría quedado en el olvido de no ser por el obstinado detective que la usó de guía para llegar a la verdad. Esa que a Bala le gustaba borronear.
En 2003, Kristian Bala fue arrestado como posible culpable del asesinato de Janiszewski. Dijo que era inocente y tomó una prueba de polígrafo. Los resultados no fueron concluyentes. No había ninguna
evidencia concreta en su contra más que la inquietante casualidad y finalmente fue liberado.  Pero el detective ya tenía la verdad entre sus dientes y no la iba a dejar escapar. Siguió investigando. El acusado afirmó que fue golpeado violentamente durante el interrogatorio y Wroblewski lo niega.
El detective siguió su pista y logró comprobar que los llamados a Janiszewski el día de su desaparición se habían realizado desde una línea de teléfono de Bala, porque desde el mismo número ese día el escritor también se había comunicado con sus padres. Y un moño para tanto esfuerzo: la ex esposa, Stasia, era amiga de Janiszewski. Una noche el escritor los había enfrentado por celos.
Bala fue detenido de nuevo. Cada vez más pruebas salían a la luz. Bala había estado en Indonesia y China en la misma época en que desde esos destinos se enviaron mails a un programa de la televisión polaca con reflexiones filosóficas sobre “el crimen perfecto” en referencia al caso Janiszewski.
El abogado defensor aseguró que todas las pruebas eran circunstanciales y el acusado insistió en una conspiración policial en venganza por haber quedado en ridículo con la primera detención. El proceso judicial comenzó en 2006, terminó en 2007 y concluyó que Kristian Bala era culpable. El escritor fue condenado a veinticinco años de cárcel y, tras las rejas, sigue clamando por su inocencia mientras escribe su segunda novela, que se llama De Liryk.
Las consecuencias que puede acarrear la ficción sobre la realidad, el juego macabro que se volvió contra su creador, la maquinaria sádica versus la paranoica y la duda, la angustiante duda, de no poder diferenciar recuerdos de fantasías. Con todos esos elementos alguien como Roman Polanski podría hacer una maravillosa película. Su nombre tentativo quizás sea True Crime, como el del brillante artículo de David
Grann en The New Yorker sobre el que se basó el director polaco para escribir un thriller que quizás llegaría a realizar en 2015. Así, como para agregar por gusto una vuelta de tuerca más a tan intrincada historia
verdadera.

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viernes, 18 de enero de 2013

Eterno resplandor de un escritor luminoso*


Acaba de llegar a las librerías Caza de conejos, un extraño y exquisito libro ilustrado de Mario Levrero, mientras que la editorial Mondadori este año publica sus obras completas. El uruguayo inclasificable que no deja de seguir sorprendiendo.



A pesar de su vasta obra, Mario Levrero solía ser un secreto que algunos buscaban con esfuerzo en librerías de todo tipo. Si al ajedrez se lo considera un deporte, también podría decirse que lo es haber recorrido puestos de libros a la caza de viejas ediciones perdidas de este desconocido tan famoso de la literatura rioplatense. La destreza es la misma: pasión, inteligencia, estrategia, precisión y un poco de suerte.
Uruguayo con mucha vida porteña, Levrero desarrolló su carrera de ambos lados del Río de la Plata. Ser un autor de culto no da dinero, así que fue librero, fotógrafo, humorista, editor de una revista de ingenio, crucigramista y autor de un manual de parapsicología. Además, dio talleres y hacía cuentas estrafalarias para sobrevivir. Era como un linyera de clase media. El prestigio, las alabanzas y toda la pantomima a su alrededor nunca fueron escenarios que haya anhelado. Él sólo quería salir a hacer sus breves paseos por Montevideo, comprar novelas policiales baratas, disfrutar de la compañía de chicas lindas a las que les pedía que le llevaran tupperwares con milanesas y encontrar el orden perfecto que encajara en su desorden.
Mario Levrero se parece al amor porque es calmo pero emocionante, siempre está ahí aunque no se lo alcanza con facilidad, habla de todo lo que uno quiere escuchar de un modo bonito, sorprende en el momento en que uno piensa que se va a aburrir y se afianza, empatiza, acompaña. Cuando murió, en 2004, muchos sintieron que despedían a su mejor amigo y otros recién comenzaron a enterarse de quién era ese hombre.
Los artículos en los diarios uruguayos fueron sobrios, informativos: “Su nombre era Jorge Mario Varlota Levrero y ha usado otros como Alvar Tot y Lavalleja Bartleby. Su obra no se puede encontrar toda junta. La Ciudad (1970), su novela más conocida, fue editada por Plaza Janés. Tiene, además, infinidad de cuentos publicados, la mayoría en Buenos Aires”.
Qué tragedia saber que un día la obra se acaba y ya no hay más para leer de Levrero. Los fanáticos de siempre lloraron desconsolados y los nuevos comenzaron la alegría propia y luminosa de descubrirlo para llegar pronto a la nostalgia de saber que se iba a acabar. Pero él siempre, como el buen amor, sorprende cuando uno piensa que ya nada va a cambiar.

Muchos muchachos
Levrero, autor de culto en vida, nunca supo ni podría haberse imaginado todo lo que iba a pasar con él y su obra después de su muerte. El adorable viejo loco no organizó sus escritos para que sus herederos lo siguieran editando o sacaran cada tanto alguna joya escondida en su cajón. Él no ordenó sus apuntes, sólo dejó una carta, después de haber sufrido un problema cardiovascular, en la que pedía que la próxima vez no le hicieran ningún tratamiento. Y ese fue todo su plan.
Su último trabajo, lo que escribió como final de obra, fue lo primero que conocieron muchos: La novela luminosa, que publicó Alfaguara Uruguay un año después de su muerte y casi inmediatamente después la editorial Mondadori en Argentina. Es un libro en el que cuenta su imposibilidad, un proyecto que confiesa haber empezado 20 años atrás y en el que había fracasado incontables veces. Esa es la obra para la que solicitó la beca a la John Simon Guggenheim Foundation y en la que narra a lo largo de un prólogo de 450 páginas, el “Diario de la beca”, cómo se va gastando el dinero sin escribir una línea. Pero en realidad lo hace, la no novela es el corazón de su novela y esa es su hermosa y desesperante obra: lo que ve por la ventana, el devenir de unas palomas, lo que sufre por su insomnio, lo que hace en su computadora y las cosas que sueña mientras espera poder escribir.
Entonces todos cayeron rendidos a sus pies. Con apenas un segundo en las librerías y el autor muerto, este libro se convirtió no sólo en uno de los más perfectos artilugios levrerianos, sino también en una de las novelas más importantes de la literatura latinoamericana de los últimos años. Y comenzó el aluvión, la fiebre por conseguir más y más de él. La paradoja de los nuevos fanáticos, que lo leen desde el final hacia el inicio, no hace al caos porque su trabajo, ajeno a cualquier moda, es heterodoxo, inclasificable y cualquier pieza queda bien en el sitio que caiga.
Durante los últimos años, poco a poco, Mondadori fue dando a las librerías locales algunos títulos definitivos, como Dejen todo en mis manos (2007), la Trilogía involuntaria y Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo (2009), La banda del ciempiés y El Discurso vacío(2010) y El alma de Gardel y Fauna/ Desplazamientos (2012). Algunos mejores que otros, pero todos esperados. Igual, siempre se busca algo más. Así que la editorial decidió dejar el cuentagotas y anuncia que a lo largo de 2013 va a editar las obras completas de Mario Levrero.
Oh, la expectativa. Todas las novelas, cuentos y relatos como un chorro, que aún no tiene fecha de llegada, pero que puede incluso dar más sed sólo por el hecho de saber que viene. Así que mientras, y porque siempre se encuentra algo nuevo de Levrero, este mes llegó a las librerías Caza de conejos, de la editorial española El Zorro Rojo y distribuido en Argentina por Del Nuevo Extremo. Si cada libro del autor uruguayo es una rareza en sí misma, este tiene un plus de extrañamiento. El autor se mete en el género del micrrorelato a través de una surrealista caza de conejos como hilo conector de un montón de hermosas y poéticas experimentaciones narrativas que tienen su característico humor filoso, una forma lateral de erotismo, fantasía casi mística y su ensayo tradicional de realidades dentro de realidades. Como una inception rioplatense irrepetible. Dirigido a un público juvenil, pero apto para viejos descreídos también, la obra viene con ilustraciones de la catalana Sonia Pulido.

Corazón de jogging
Anteojos de marco negro, cuadrados y con vidrios de aumento amarillento coronados por un par de cejas peludas, despeinadas y una mirada que podría parecer cansada, descreída, pero en realidad era asombrada. Los últimos años el cuadro se completaba con una melena enredada y canosa que nunca se iba a cortar y una barba larga como de un Papá Noel que sólo puede dar regalos intangibles.
Levrero nació en Montevideo en 1940 y siempre fue, de algún modo, como un científico loco. Su aspecto desprolijo, un poco sucio quizás, y enteramente adorable era apenas un reflejo de su enorme mundo interior. Así fue construyendo su obra, a fuerza de experimentos narrativos y recuerdos reciclados. Como un ropavejero que recolectaba lo mejor del policial, la ciencia ficción, la contemplación zen y más para ir probando, casi sin errar, cualquier género. En su cumbre logró la unión de todos. Inclasificable casi hasta el chiste, se dio a conocer en la colección "Literatura diferente" de la editorial uruguaya Tierra Nueva.
Los encasilladores querrían poder decir que se parece a Felisberto Hernández y es cierto, pero también esa definición le queda corta. Los cuentos de La máquina de pensar en Gladys y la novela La ciudad, de 1970, lo podrían situar en una suerte de ciencia ficción kafkiana, mientras que París (1979) y El lugar (1982) hoy son parte de su Trilogía involuntaria. Nick Carter… es parodia y policial negro y El discurso vacío tanto como La novela luminosa son él mismo. que es un poco de todo lo anterior con una pizca de excentricidad y simpleza.
“La gente incluso suele decirme: ‘Ahí tiene un argumento para una de sus novelas’, como si yo anduviera a la pesca de argumentos para novelas y no a la pesca de mí mismo. Si escribo es para recordar, para despertar el alma dormida, avivar el seso y descubrir sus caminos secretos; mis narraciones son en su mayoría trozos de la memoria del alma, y no invenciones.” Eso dice en El discurso vacío.
Le interesaba mucho la autohipnosis y creía no sólo en los fenómenos telepáticos sino también en los fantasmas, a veces. Leía sobre zen, era adicto a las computadoras y odiaba que lo trataran de usted. Era un apasionado de las novelas policiales y sólo soportaba oír tango o música clásica. Ese ser místico, casi iluminado, también era un viejo loco en camiseta. Neurótico hasta el autoencierro y egoísta como un hijo único, logró empatizar con casi cualquiera que agarra un libro suyo y se deja llevar por su irrepetible realismo introspectivo. Así que si hay más, bienvenido sea. Como el amor.

Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en enero de 2013


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