miércoles, 5 de septiembre de 2012

Yo fui burrera*

Entre Victoria Ocampo y Charles Bukowski. Como lectora ecléctica que terminé siendo, tuve mi momento de amor por cada uno de ellos. Fueron distintos los motivos y sucedió en períodos muy lejanos de mi vida. Hasta ahora no había encontrado nada que la aristocrática dama de las letras local pudiera tener en común con el adorable borracho que descontroló los barrios bajos de Los Ángeles.
Sin embargo hoy, un miércoles cualquiera de este verano caluroso en la ciudad, me vinieron los dos a la mente. Juntos. Llegaron a la vez como el angelito y el diablito que podrían acompañar a mi versión en cartoon. Ocampo y Bukowski pasearon conmigo toda la tarde. Resulta que me escapé a buscar un poco de oxígeno al Hipódromo de
San Isidro y me resultó imposible deshacerme de sus fantasmas. Incluso después, vinieron dos más.
“Fijate la belleza de este parque, vamos a pasear por los magníficos bulevares”, dice una a la derecha mientras que desde la izquierda me llega el susurro del otro: “Encará ya mismo para adentro, tengo un plan de juego, sacá la billetera y apostemos ya”. No sé a quién hacerle caso, así que me voy a la tribuna con el Programa Oficial y pospongo la decisión. Podría estudiar las carreras, pero también sentarme sólo a escuchar el viento que sopla entre los árboles.
Hago las dos cosas. La primera de hoy es a las cuatro de la tarde y todavía falta media hora. Tengo tiempo y lo disfruto. Desde lo alto de la tribuna, con todo el cielo despejado sobre mi cabeza y la pista aún vacía por delante, pienso que este lugar es ideal para pasar unas vacaciones.

-Una heladerita con cervezas, tabaco, un cuaderno, birome, algo de plata para apostar y olvídate del mundo–me dice Bukowski.
-Deberíamos pasarnos a la Tribuna Oficial, que tiene una confitería hermosa y una vista estupenda –me avisa Victoria del otro lado.

No sé qué hacer así que me quedo en “la perrera”, como le dicen los tangueros a la popular y se suman a mi corte imaginaria el señor Irineo Leguisamo y don Carlos Gardel. Ahora sí, esto es turf rioplatense de verdad. Tengo al borracho, a la dama, al Zorzal y al jockey uruguayo más importante de la hípica sudamericana del siglo XX. Me siento bien rodeada. Ya puedo empezar.

Por una cabeza de un noble potrillo
Los empleados del Hipódromo de San Isidro parecen salidos de cuentos. Me detengo especialmente en la señora que vende las revistas, una dama que transita la delgada línea que divide la elegancia del retro trash y le compro la Puros de carrera a seis pesos. “Apostar es fácil”, avisa un cartel ahí en el hall y otro advierte: “No se acerque a la ventanilla para evitar enfermedades”.
Le pregunto qué hacer a Bukowski, me pide “decime Hank” y se distrae con unas piernas que pasan llevando a una mujer. Busco a Victoria, pero no la encuentro. Gardel y Leguisamo se emperran con Lunático y no hay forma de hacerles entender que aquel caballo del cantor que montaba el Pulpo ya no está, así que me aventuro sola. Con el alma repleta de decadencia y glamour, le pido a un caballero de evidente peluquín que está detrás de la ventanilla:

-Honouring a ganador para la primera.
Lo que quiere decir que elegí el caballo porque me pareció divertido el nombre del stud, que es Chamuyo. Hice la apuesta mínima, una triple de canje-enganche y placé por dos pesos. Después, aferrada a mi esperanza, me fui a sentar a unas mesitas con sombrilla que hay en el césped, cerca de la pista, sin mucha idea de lo que había hecho, lo que estoy haciendo, pero extrañamente contenta.
Voy a la redonda principal a ver a los caballos participantes. Los jockeys los montan y dan la vuelta. Esos animales son tan hermosos como peligrosos, pasan a centímetros de mi cara y me doy cuenta de que hice una estupidez. Este es el momento de elegir al ganador, pero yo ya aposté por ansiosa, así que sólo miro el espectáculo sintiéndome bastante tonta. Ahora hay 15 minutos para que todos hagan lo que yo ya hice y las ventanillas antes vacías están repletas. Cuando se abran los partidores empieza la carrera y eso es ya.
Largan. Corren. Transpiramos todos. Los caballos, los apostadores, los jockeys, el relator. En el aire se puede oler la adrenalina. Es una energía que te levanta dos centímetros sobre el suelo casi literalmente. Hay gritos. La gente está gritando. Yo también grito. Las voces a tu alrededor te sacuden, todo el momento es como un shock eléctrico demencial que te deja temblando, con el corazón bombeando a mil latidos por segundo, y la respiración agitada. Aunque no estés en la arena, sos el caballo. A pesar de estar sentado en la platea, corrés como si te siguiera la muerte.
Honouring llega en tercer puesto. No gané nada pero no estuve tan mal para ser una novata. La tensión alrededor se calma. La vida acaba de pasar y duró menos de un minuto. Todo eso sucedió en apenas 55 segundos. Lo chequeo con el reloj una y otra vez porque me parece increíble. Es muchísimo lo que se pone en cada carrera, y no me refiero sólo a la plata, para que después se juegue tan rápido.
“Seamos más exactos”, me dice el Pulpo Leguisamo y aclara: “La de mil metros se corre en 55 segundos máximo, la de mil doscientos puede llegar hasta un minuto y diez segundos. Son más o menos doce segundos cada 200 metros”. Pienso que si la carrera fuera de verdad tan larga como la sentís habría más cantidad de infartos por día. Se podría llevar la estadística en un Excel lúdico- macabro. La energía de los caballos cuando pasan frente a vos te empapa como una lluvia torrencial. Se te puede ir tranquilamente la vida en ese instante.
Ganó Natural Killer, pero tengo otra oportunidad en la segunda, y faltan 25 minutos. “Apostemos”, me dice Bukowski al oído. “Dale, purreta”, lo avala Gardel, Leguisamo asiente con la cabeza y Victoria parece que se fue a pasear por los bucólicos bosques porque sigo sin encontrarla. Quedé a merced de estos burreros fantasmas que me llevan de las narices.
Esta vez me voy a tomar mi tiempo para analizar bien a los caballos en el paseo preliminar y leer con seriedad el Programa. Le voy a sacar jugo a las estadísticas que tengo a mano, voy a pensar en los entrenadores y los jockeys. Les prometo a Carlos, Hank y el Pulpo que lo de elegir por el nombre gracioso ya fue, que esta vez le voy a poner seriedad al asunto. Me sonríen con orgullo.
Entre carrera y carrera el hipódromo entra como en pausa. Hace un rato cuando nuestros caballos peinaban la pista todo era energía y ahora no pasa nada. O sí: hay familias con varios hijos que vinieron a pasar el día, están los habitués que dejan hasta la salud, los que se escapan del trabajo un rato, los que tienen mucha plata, los que no tienen casi nada, los que pierden, los que ganan, los que tienen un golpe de suerte, los que se salvan, los que se hunden. Todos.
Esta es la vida de muchos. Es muy importante, realmente es significativo el sonido de la campana de largada porque te pone el alma alerta y es cuando el movimiento remplaza a esa quietud parecida a la calma que precede las tormentas. Ya sé cuál va a ser mi apuesta, la hago sin dudar, y de pronto la extraño a Victoria, así que encaro para la platea más hermosa, a la que entrás si sos de la realeza hípica, y paso las vallas de seguridad como si tuviera anteojos exóticos y una capelina hermosa. La dueña de todo San Isidro soy.
Me trepo con gracia a las gradas impolutas y empieza la segunda. La magia es cada vez más fuerte. El señor que relata la carrera por los altorpalantes tiene más acento porteño que cualquier porteño y su trabajo me parece un arte comparable a la poesía, la música, la actuación. Es como un rap hípico. Cuando los caballos pasan frente a la platea sube el volumen, acompaña la emoción de los presentes y cuando anuncia “Ha ganado Chupino” lo hace con delicadeza y respira sobre el micrófono para terminar.
Ahora están colocando los números de los primeros seis puestos en el marcador. El ganador bien arriba, los demás en orden descendente, y hasta figuran las distancias que hubo entre ellos. Perdí otra vez. No gané nada, pero igual voy a chequear.
Todavía tengo varias carreras por delante. El hipódromo de San Isidro está abierto hasta las diez de la noche y me quedan doce oportunidades. La tercera se corre a las 16.50, faltan quince minutos y ya es obvio que vamos a apostar. Victoria, Hank, Carlitos, el Pulpo y yo queremos un premio. Estudiamos, esta vez juntos y más sesudamente, las oportunidades y los tipos de juego. Esto se parece a aprender matemática avanzada. Estadísticas, números, posibilidades. Es difícil. Tiene exactitud y azar por igual. Pasan las carreras, pasan las horas, todo dura menos de un minuto.
Una vez que entras al hipódromo ya no te querés ir. No te tenés ganas, para nada, de sacar tu humanidad de este lugar. Sólo te interesa que la tarde transcurra con esta brisa amable, que los caballos estén siempre con todo por prometer y que vos puedas gritar, quebrarte la garganta alentando a tu elegido y volver a sentir esa energía otra vez, “una vuelta más y ya está” te decís pero sabés que vas a seguir.
Lo que querés ahora que ya son las siete es quedarte viendo el cielo sin nubes y parar los relojes en este momento relajado repleto de acción. Lo que harías, si pudieras, sería derretir el tiempo. Ahora, en el Hipódromo de San Isidro, este miércoles cualquiera de un verano caluroso en la ciudad, todas las cosas están pasando todo el tiempo. Desde esta grada verde no hay motivos aparentes ni razones de peso suficientes como para querer salir de acá. De verdad, una carrerita más y ya está.

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*Una versión de esta nota fue publicada en la revista El Guardián en febrero de 2012.




jueves, 30 de agosto de 2012

Arte de contradicciones. Pop, realismos y política. Brasil–Argentina. Todo arte pop es político*

Sala 1
Una buena revolución actual, modesta pero justa, podría ser la de reclamar la soberanía porteña sobre el barrio de La Boca, cada vez más for export. Que vuelva a ser arrabalero, que sus calles y recovecos vibren accesiblemente otra vez con la efervescencia de la cultura local y que caminar por la rivera siga siendo nuestra idiosincrasia.
Al terminar de recorrer Caminito, ahí frente al río, está la paquetísima Fundación PROA y la muestra que inauguró el sábado 14 de julioconfirma el sentimiento de necesidad de recuperar el sur porteño que puede embargar al que pasea por la zona. Arte de contradicciones. Pop, realismos y política. Brasil–Argentina, curada por Paulo Herkenhoff y Rodrigo Alonso, revela el modo en que estos dos países, desde el sur del mundo, encontraron su propia forma de expresar este movimiento que en lo genérico se podría asociar con Estados Unidos, la frivolidad, los íconos del cine en pósters y la publicidad de las grandes marcas entrelazada con el arte.
“Es evidente que el sentido de lo popular implicado en la abreviación ‘pop’ resuena de diferentes maneras en el norte y el sur del planeta. Si en Inglaterra y los Estados Unidos se identifica casi sin conflicto con la imaginería de la pujante industria cultural de masas, en América del Sur el desfase entre la exaltación mediática del consumo y las realidades políticas y socioeconómicas de sus pobladores da lugar a fenómenos de dislocamiento que promueven desde desvíos paródicos a verdaderas resistencias críticas”, explica Alonso, licenciado en Artes y especializado en Arte contemporáneo y nuevos medios.
Pop podría ser una botella de Coca-Cola intervenida y lo es de un modo sudamericano cuando las tres botellas alineadas pasan a ser la imagen de la resistencia que propone Cildo Meireles al imprimirles en el vidrio nuestro arraigado “Go Home”, y también lo es el poema de Décio Pignatari que deforma al imperio en un cartel que va desde “Beba Coca Cola” hasta “Cloaca”, pasando por los estados de “Baba” y “Caco”. Estas dos obras, Inserções em Circuitos Ideológicos. Projeto Coca-Cola (1970) y Beba Coca-Cola (1957), situadas al principio del recorrido, dejan claro desde el inicio el espíritu que tiene la exhibición.
La sala uno es pequeña, toda blanca y las obras que se ven ahí resumen a modo de prólogo contundente lo que se va a ver en los otros tres sectores de la muestra. Un guerrillero no muere para que se lo cuelgue en la pared reclama desde el piso una serigrafía del Che de Roberto Jacoby (1968) y a pocos metros está colgado, en la pared, el Che Guevara (1968) de Claudio Tozzi, un cuadro de simétricos 175 x 175 centímetros realizado con los icónicos trazos esquemáticos, colores saturados y pintura plana que el público general puede reconocer de las marilyns perpetuadas por Andy Warhol.
Alberto Greco mira y muestra en tres actos, con técnica mixta y collage sobre papel, el Asesinato de J. F. Kennedy y ahí están los recortes de diarios reales de 1964 como si el artista hubiera sabido la resignificación que le daría a su obra el tiempo. Al fondo del salón, las cuatro letras que forman la palabra LUTE (“luche”, en portugués) son rojas, inmensas y se juntan como un reclamo o invitación realizada por Rubens Gerchman en 1967 en una escultura limpia, moderna y verdaderamente inquietante.
Sobrevolando todo esto está colgada del techo la famosa escultura La civilización occidental y cristiana de León Ferrari, que el gran artista realizó en 1965 durante la guerra de Vietnam y muestra a Jesús crucificado sobre un avión de combate estadounidense. Con esta magnífica introducción queda claro el espíritu de lo que se va a ver a continuación y cierta emoción expectante empuja a seguir urgente hacia la sala dos.

Sala 2
De pronto, con efervescencia, la muestra estalla en el esperable color y el compilado de texturas; ahí están los acrílicos, la basura reformulada, el flúo, lo cotidiano hecho arte. Hay un hombre desarmado en un grito, cuerpos seccionados a modo de historieta, un carro de compras del supermercado con restos de piernas enyesadas y así, artistas como el consagrado brasileño Antonio Dias y la diosa pop porteña Dalila Puzzovio dan inicio a la segunda sala.
Esto podría ser un atentado, algo explotado que desparrama color. Como la Página policial (1966) del iconoclasta Jorge de la Vega, un collage sobre tela de una perturbadora y deforme armonía. En estas paredes hay corazones expuestos, literal y simbólicamente. Las 21 Petites Sculptures en Cheveux (1974-1976) de Artur Barrio, una obra realizada con mechones reales de pelo en mota, cuerda y fotocopia adherida sobre cartón, llama la atención desde su pequeña inquietante sobriedad.
El árbol embarazador fue terminado, según la firma en pluma de León Ferrari, en “Castelar, 15/12/64”. Este collage y tinta china sobre papel pertenece a la serie Manuscritos del artista. Es un texto en forma de ojo que rodea una foto de los genitales del David de Miguel Ángel. En la obra el escultor redacta, usando una prolija y prolífica letra cursiva de antaño, un fragmento bíblico apócrifo: el “siniestro Noé” fue mandado al Infierno junto a su descendencia para que se acaben “los serviles” en esta “Tierra corrompida”. Casi sobre el final del papel se lee que fueron salvadas “las mil sabias pecadoras, las revolucionarias, las que no creyeron en Dios, las maravillosas ateas, las que supieron gobernar su cuerpo con libre albedrío”. Y con el pulso firme, Ferrari asegura hace casi 50 años como podría hacerlo hoy que finalmente “nada pudo hacer Dios contra la vida”.
En esta segunda sala además está Onganiato (1967), de Carlos Gorriarena, y un Objeto-ambientación en madera con colchones policromados a puro color que hizo Marta Minujín en 1964. Se llama Revuélquese y viva. Hay una obra sin título de 1963 que se desgarra en su tela literalmente rota. Es una mujer desnuda y su cuerpo perfecto está sin terminar de la cintura para abajo. Mira su boca podrida en un espejo que la refleja perfecta, hermosa. Este óleo atrapa desde su pared al que pasa y es algo que siempre logró con su obra el gran pintor y escultor tempranamente fallecido en 2006 Pablo Suárez, uno de los artistas más filosos y poderosos de la Argentina.
Los Enamorados en un taxi (1966), de Miguel De Lorenzi, retrata cierta formalidad de los 60 en la provincia de Córdoba y la subjetiva desde el punto de vista del conductor de Interior de colectivo (1965) de Nicolás García Uriburu muestra el amontonamiento de Buenos Aires ya en aquella época. Hay un Corazón destrozado (1964) de Delia Cancela con perturbadores y hermosos trozos colgando fuera de la tela y un mimo visual de Antonio Seguí con su óleo de 1966 El nubarrón. ¿Vamos al Pan de Azúcar?. Además, la brasileña María do Carmo Secco iconiza en una serie a blanco y negro a Roberto Carlos.
La serie Juanito Laguna de Antonio Berni es parte de la historia local y en una muestra que en su título lleva el concepto “realismos y política” no puede faltar y acá está Juanito pescando entre latas (1972), un collage impactante donde la basura es verdadera y se opone a ese cielo naranja, irreal, que lo acompaña siempre. Otro imprescindible que por supuesto forma parte es Luis Felipe Noé con su Introducción a la esperanza (1963) y entonces llega el fin del color.

Sala 3
La sala tres es negra y se puede ver el film de 16 mm (transferido a DVD) Marabunta, que realizaron en 1967 Marie Louise Alemann, Narcisa Hirsch y Walther Mejía. Se recorre todo con el audio de fondo de este documental y acá está la muerte sin muchos eufemismos, a través de Invasión (1963) de Kenneth Kemble, La balsa de cadáveres (1963) de Charlie Squirru, una secuencia sin título que muestra gelatina de plata, un matadero de vacas de Sameer Makarius, un trozo de pared de azulejos blanca con una mancha de Ivens Machado, la documentación fotográfica de Meireles Tiradentes Totem Monumento ao Preso Político (1970) y otras desgarradoras obras, instalaciones y miradas diversas de Minujín, Carlos Alonso y Claudia Andujar, entre otros.
Todo cierra, a modo de círculo perfecto, con otro pedido de Lute (1967-98), esta vez de Carlos Zilio, en una pequeña serigrafía sobre film, resina plástica y marmita de aluminio. Luche, pide la muestra. Dan ganas.

Recuadro: Sala 4-La moda que incomoda

En el primer piso de PRoA, detrás de la librería, hay un anexo de la exhibición. Ahí está la sala cuatro, que desafía el prejuicio sobre la frivolidad de la moda desde una propuesta que muestra el uso del cuerpo y cómo se fue mancillando de diversas y alegres formas. Se abre el sector con los 16 zapatos imposibles que las mujeres sin embargo usaron y siguen usando que Dalila Puzzovio exhibe con luces de colores en una estructura de acrílico y metal en Dalila doble plataforma (1967).
Y hay un registro de la performance divisor (1968) donde Lygia Pape muestra de qué modos la alegría y la pobreza son brasileñas. En una pared descansa la enorme Boca (1967) de acrílico sobre aglomerado que realizó Pablo Menicucci como parte de la instalación Hola Sophia! que perturba desde su perfección imperfecta, y en dos acrílicos sobre tela de 1968 Wanda Pimentel muestra cierta realidad femenina desde la subjetividad de una mujer que se maquilla y otra que se dispone a coser.
En el fondo de todo, ahora sí como rutilante final de este viaje, hay un apartado en el que se puede ver una serie de documentales y uno se va a su casa embebido, repleto de aquello que fue el Instituto Di Tella y sus artistas, con un video del famoso happening de Minujín La Meresunda en las retinas y un testimonio ferozmente informativo sobre la gestación y creación de Tucumán arde, la revolución artística que escandalizó la dictadura de Onganía.

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*Una versión de esta nota fue publicada en la revista El Guardián en julio de 2012














martes, 21 de agosto de 2012

Robin Wood: Nippur de Lagash al cine y el regreso de Dago*.

A mediados del siglo XXIV a.C.Nippur era un joven con el destino marcado, iba a ser el rey de la ciudad sumeria de Lagash y con sólo 11 años ya dirigía un ejército. Su bravura pronto fue tragedia y, traición mediante, terminó exiliado y sin nada. Así, con la promesa de volver a recuperar lo que es suyo, comenzó una vida de perseguido juntoa su amigo el gigante Ur-El de Elam. En los caminos, protagonizan las más increíbles aventuras mientras beben los mejores vinos y enamoran a las mujeres más bellas. Acción, historia, fantasía y humor heroico para todos los gustos.
Durante la primera mitad del siglo XVI, el noble veneciano César Renzi pierde todo en una trama de intrigas políticas.Masacran a su familia, es dado por muerto y lanzado al mar con una daga clavada en su espalda. Pero sobrevive y lo recoge un barco turco donde es tomado como esclavo. De este modo se convierte en Dago el cautivo y mientras sirve a distintos amos su sed de revancha lo mantiene vivo. Un príncipe vengador que demuestra su elegante fortaleza y se mete con todos, incluidas la monarquía europea y la institución de la Iglesia.
Esos son los argumentos de las dos historietas más famosas de Robin Wood, creador de alrededor de 100 personajes que pueblan unas 10 mil historias diferentes como las de Gilgamesh, Savarese y Pepe Sánchez, entre otras. El padre de las fantasías aventureras más intensas fue el compañero de infancia de varias generaciones argentinas desde la mítica editorial Columba a partir de 1967 hasta su cierre, en 1990. Aunque desde entonces no publica en el país, sino sólo en Europa, planea modos de regresar para alegría de su enorme público fiel.
Durante una extensa charla en el bar del hotel porteño en el que se hospedó unos días cuando vino de visita para participar como invitado de honor en la Feria del Libro Infantil y Juvenil el pasado mes de julio, habló de su enorme deseo de volver con sus tiras a Latinoamérica y, dato de datos, dijo que es probable que Nippur de Lagash llegue al cine. Aunque aún el proyecto está en una etapa muy inicial, parece que Enrique Piñeyro logró convencer a Robin Wood para que incluya entre sus mil actividades la noble tarea de guionar a su más famoso héroe para la pantalla grande.
Robin Wood no es un personaje inventado ni un seudónimo. Este hombre, igual que su nombre, es tangible. Tan palpable como la palmada en la cola que le da a esta cronista al paso, a modo de saludo final. “Si nos volvemos a ver te regalo un póster firmado de Nippur de Lagash o de la historieta que más te guste”, ofrece con una desubicada galantería.
Es como un permiso de ídolo que se regala a sí mismo, porque Robin Wood está realmente más allá del bien y del mal. Le encanta la polémica en todas sus formas y pone a prueba a sus interlocutores en cada charla. Dice cosas que sabe son políticamente incorrectas y cuando formula sus frases agudas, maliciosas y fuera de guión, mira al otro con los ojos brillantes de expectativa. Es como un filtro que lo sitúa para saber si habla con gente acartonada a la que hay que molestar o con almas afines con las que se puede reír del resto.
“Una vez una periodista francesa vino predispuesta a ofenderse por algo, se le notaba. Me preguntó si tenía novia y le dije que no. Entonces quiso saber si tenía una amante y le dije que sí, que tenía muchas, así no me aburría de desayunar siempre con la misma persona. Uh, sacó una nota sobre mí que era tremenda. Me acusó de misógino”, recuerda entre risas.
Despatarrado en un sillón, cuenta que antes de cada conferencia de prensa acostumbra aclarar que su nombre real es Robin Wood y que no tiene idea de dónde le viene la inspiración para sus historias. Lo comenta ahora con ánimos de complicidad porque, explica, así termina rápido con lo aburrido y pasa a las preguntas más interesantes. Es que al legendario guionista le gusta charlar y adora la autorreferencia. Se le permite con la misma alegría que una palmada en
la cola porque habla sin parar, con felicidad, mientras galantea un poco por deporte y
también trata de cazar al vuelo una mosca que hace círculos irrespetuosos demasiado
cerca de su cabeza.
Robin Wood cuenta la historia de su vida, que ya es parte de su mito, y repite como si fuera la primera vez lo que ya dijo millones de veces en cada entrevista que le hicieron en los últimos 40 años. Pero vuelve a asombrar porque sabe contar historias. Va mezclando en su parlamento un poco de castellano con otro de inglés, una pizca de italiano y hasta gaélico y danés. La mosca lo sigue toreando y en un breve aparte de cada anécdota aplaude el aire y después anuncia,
triunfal, “la atrapé”. La mosca siempre vuelve a aparecer, pero eso es una aventura más, algo que él podría narrar de un modo épico y genial.
“Desde que nací me llamaban el seannachie, que quiere decir en gaélico el que cuenta los relatos. Y yo le contaba historias a los otros chicos cuando yo era chico. Las iba inventando mientras las contaba. Yo era la televisión de los demás”, manotea a la mosca inalcanzable y dice: “ahora sí, la atrapé”, pero no, sigue volando. Robin Wood es paraguayo. Y a la vez no.
Nació el 25 de enero de 1944 en una colonia socialista que fundó un grupo de irlandeses y escoceses que venían de Australia. En ese lugar pseudoutópico pasó gran parte de su infancia sin electricidad ni agua corriente, entre leyendas galesas. Nunca conoció a su padre y le gusta provocar también con ese dato: “Una vez, a uno que se me presentó así con muchos títulos, ‘soy fulanito de tal, director de no sé qué, agregado cultural de no sé dónde’, yo le dije ‘encantado, y yo soy el hijo de mi madre con un señor que pasó cerca esa noche y no vimos nunca más’”.
Su infancia tiene que haber sido difícil, pero él la cuenta como una aventura: “Mi madre era también un poco como una gitana y se la pasaba yendo de acá para allá. Estuve con ella en la colonia hasta los cinco años, después viví con otras familias. Cuando tenía 8 o 9 vinimos a Buenos Aires, viví tres años en un orfanato porque ella no me podía cuidar y volví al Paraguay más o menos a los 12”.

¿Nunca pensaste en hacer un guión basado en tus propias aventuras?
–No, nunca. Y tampoco el libro autobiográfico que siempre me piden. Por un lado, es imposible para mí recordar qué pensaba antes. La vida era una lucha, pero yo no lo veía así. Era muy pobre y tuve trabajos muy duros, algunos realmente eran una pesadilla, pero ya no me acuerdo cómo era, lo que pasaba por mi cabeza. Además, tampoco puedo escribir sobre mí porque sería… una mentira. Yo soy como el resto de las personas, muchas versiones de mí mismo. Así que hay miles de robinwoods.

Uno de ellos es el que empezó a trabajar a los 11 años y recorrió todo Paraguay a través de la Ruta Transchaco. Otro es el que volvió a Buenos Aires con la intención de hacer una vida más normal a los 14 porque su madre se había casado. Después de un rápido divorcio maternal, el hijo volvió a encontrarse sin hogar y entonces tomó un micro de regreso a su país. Pasó varios años en la zona del Alto Paraná donde fue camionero en las selvas, lavacopas, camarero, descargador en el puerto y obrero.
Sobre todas las cosas, leía. Pero también quería dibujar las ideas que se aparecían en su mente como imágenes, así que finalmente volvió a Buenos Aires para ir a la Escuela de Bellas Artes. “Un día me decidí a hacer algo bueno por el arte y dejé de intentar dibujar”, dice y arroja entre risas: “Soy un sorete dibujando, la verdad”. Trabajaba en una fábrica, pasaba hambre y se dio cuenta de que no era bueno en lo que quería hacer, así que se terminó asociando con el
dibujante que podría poner en imágenes lo que él tenía en la mente. Con Lucho Olivera le dio vida a Nippur de Lagash y le redobló la apuesta a las aventuras imaginadas.
La historieta le permitió a Robin Wood ganarse la vida siendo lo que siempre en
realidad fue: el seannachie, el que cuenta los relatos. Así que publicó en la Argentina
para la Editorial Columba. Generaba tanto material que le pidieron que se inventara un
seudónimo y después otro y luego otro más para no copar los índices de las revistas. En
ese entonces entregaba, sin esfuerzo, entre 15 y 20 guiones semanales.

¿Cuántos seudónimos usaste?
–Muchísimos. Creo que usé como 12. Primero fui Mateo Fussari, que lo saqué de la sección de avisos fúnebres, pobre. Y después también fui Robert O’Neill, Noel Mc Leod, Roberto Monti, Joe Trigger, Rubén Amézaga, Cristina Rudlinger… Cada uno tenía su estilo, además, no te creas.

Casi todos suenan más verosímiles que tu nombre real…
–Sí, pero mi dulce venganza fue que, cuando los empecé a usar, comenzaron a bajar
las ventas porque la gente quería historias de Robin Wood, así que les terminé copando los índices de prepo.

¿Escribís algo más aparte de guiones?
–A mí nadie me enseñó a escribir historietas, aprendí solo. Es una virtud o un defecto que traigo de nacimiento, una falla anatómica mía. Cuando quiero descansar, escribo. Y cuando estoy aburrido, me junto con la humanidad. Me gusta la gente, lo que pasa es que no puedo vivir con ella. Además, he escrito muchos artículos cuando fui corresponsal en mi juventud del
diario El Territorio y escribo ensayos sobre cine, historia, análisis histórico... Pero sobre todo leo. Yo leo libros de todo tipo. Y si no tengo, leo la biblia. Y si no, leo la guía de teléfonos.

¿En qué idioma escribís?
–Yo hablo y escribo en muchos idiomas. Ahora que estoy publicando en Italia, escribo en italiano, pero puedo hacerlo en español, en danés, en inglés, francés…


Lo que escribe ahora es nada más ni nada menos que el regreso de Dago. Llamaron a Wood del teatro Regio di Parma, en Italia, para festejar las tres décadas de su héroe esclavo y le pidieron que hiciera una saga en la que también incluyera a Giuseppe Verdi. Los 500 años
que hay entre el personaje inventado por Wood y el compositor real no hicieron más que estimular al contador de cuentos. La historia va por la mitad de su trama y ya está publicada hasta la entrega 52: “Es la obra más hermosa que hice en mi vida. No simplemente porque esté
bien escrita, sino que es hermosa, toda bella.

Alberto Salinas, que ilustraba Dago, falleció en 2004. ¿Ahora quién lo dibuja?
–Ah, el dibujante de este proyecto es un demente, se llama Carlos Gómez. Es una cosa maravillosa lo que él hace. Sería injusto decir que es el más grande dibujante que he tenido, pero es un genio y trabajar con él es un placer.

¿Qué lo distingue de los otros?
–Yo no hago sólo el texto de mis historias, también me encargo de toda la guía de dibujo. Cuando ilustra Carlos Gómez me pasa algo extraordinario: el resultado es exacto a como estaba en mi mente. Él es el dibujante que yo hubiera querido ser.

º-
*Una versión de esta nota fue publicada en la revista El Guardián en agosto de 2012






jueves, 3 de mayo de 2012

Tarde pero seguro, presentamos el Temporal.

Es una novela breve, se llama Inicio y acá más datos.
La publicamos hace un año y la presentamos hace un mes.

Este es el volador del evento

Y acá las bellas palabras que dijo Natalia Moret sobre mis librito. 

Sobre “Inicio”, de Daniela Pasik

Quiero empezar con una anécdota:
Hace un año y medio fuimos con unos amigos a Pinamar, un fin de semana fuera de
temporada. El segundo día a la tarde el grupo se divide entre los que quieren ir a “filmar
un corto de cine arte” a la playa, y los que preferimos quedarnos haciendo huevo en la
casa, zapping entre sony, warner y espn, mate. Daniela y yo fuimos del segundo grupo.
Estamos sentadas en unas sillitas, en el porsche, y ahí me acuerdo de que le había
pedido a Dani que llevara sus cartas de tarot, “por si pintaba”. Dani, entre otros
múltiples saberes, maneja con una destreza increíble las cartas de tarot, es una maga.
Así que le digo: haceme una tiradita. Dani busca las cartas, pero antes de empezar me
dice: “te las tiro, pero prometeme que no te ponés pelotuda”. Yo puedo ser algo
hipocrondríaca, y a veces algunas cartas me asustan y me dejo violar por el pensamiento
mágico: el diablo, la torre prendida fuego… Pero esa tarde le juré que iba a mantenerme
racional y tranquila. Dani me tira las cartas. Y chan: sale la carta de La Muerte. No una,
sino tres veces. Tres. Ok, digo, no es nada, y Dani me repite: “Acordate de tu promesa.
Acordate que esta carta no significa muerte literal, goma, significa que algo termina
rotundamente”. Sí, la vida, por ejemplo, pienso, pero me controlo y no se lo digo. Pasa
la tarde, llega la noche, salimos en plan adolescente a los fichines. Pinamar era un
desierto. Cuando estaciono, veo que a mi auto le habían pegado el sticker de un
boliche: “Heaven, tu lugar en el cielo”. La puta madre, pienso, pero no lo digo. La miro
a Dani. Bueno, era suerte en la desgracia, ¿no?, porque si palmaba, si mi destino era la
muerte inminente (la triple muerte inminente), al menos me esperaba el paraíso. ¿No?
Esa noche nos subimos a la maquinita esa de bailar, una que vas pisando en el piso
siguiendo el ritmo de unas canciones medio ponjas, muy quemantes, y en un momento,
mientras estoy ahí bailando re compenetrada me miro desde afuera y me veo, bailando,
flogger… ¿Mirá si la muerte me agarra, ahora, así, en medio de esta actividad?, pienso.
No da, pienso. No da morirse así, no da morirse. La miro a Dani, pero no le digo nada.
Promesas son promesas. Nos vamos a dormir. Sueño: con la muerte, obvio. Y al día
siguiente nos volvíamos. Agarro la ruta, Dani sentada en el asiento del acompañante,
salimos. Mate. En eso se me pone un auto adelante, y delante de él se van juntando
camiones y camiones y más camiones, empieza a formarse una de esas filas impasables.
Nada, me relajo, pienso, y miro la patente del auto: D, I, E, o sea DIE, 236. DIE. La
puta madre, pienso, ¿para qué carajo me enseñaron inglés? DIE. Morir. 236. 23 de
Junio. Era abril, así que me quedaban 2 meses de vida. Tremendo. Me pongo histérica,
me pego al auto del infierno para intentar pasarlo, para dejar de verlo, pero venían autos
y autos... Igual, me mando, acelero, y como no llegamos a pasar me abro lugar entre dos
camiones que se apiadan de nosotras. Casi choco. Avergonzada, la miro a Dani y le
pido perdón. Ella me mira y me dice: “Sabía que te ibas a poner pelotuda, pero te quiero
igual”.

Cuando leía la novela de Dani me acordaba de esta anécdota pinamarense, porque en la
novela aparecen dos capítulos dedicados al tarot, y además en esos capítulos la tarotista
sin nombre (que yo creo que es la propia Dani Pasik) le dice “No te pongás pelotuda” a
D., la protagonista, cuando ella va y le cuenta todos los no-problemas (o problemas
imaginarios) que está teniendo con H., el chico que le gusta. De alguna forma el tarot
sobrevuela toda la novela; mejor dicho, lo hacen sus consejos, porque lo único que
complica las cosas entre D. y H. es su propia incapacidad para actuar, en un ambiente
que, como bien dicen las cartas, es propicio. En esta novela las cartas saben más que las
personas, y como las cartas están siendo leídas a su vez por una persona, la tarotista, lo

que parece estar diciéndonos Daniela es que cualquier situación vital siempre puede ser
mejor leída por un tercero; que cualquier problema, (imaginario o no, no importa),
siempre se complica cuando además de observador se es participante. El enemigo está
adentro, entendemos. Y lo que las cartas, o Daniela-escritora/Daniela-tarotista parecen
querer decir es que adentro de uno, y en ningún otro lugar, también está el mejor amigo,
el mejor consejo posible. Nosotros, los lectores (como el tarot, como las cartas),
también sabemos más que estos dos simpáticos neuróticos que protagonizan “Inicio”,
porque a pesar de estar escrita casi íntegramente en una falsa tercera persona, muy
pegada al personaje femenino D., la narración se aleja de a ratos de ella y nos lleva de
paseo a la cabeza de H. Y ahí, cuando vemos que en la cabeza de él también hay una
profusión de paranoias infundadas, teorías sin sustento empírico y lecturas erróneas de
la realidad propicia que los rodea, ahí dan ganas de pegarles a los dos y decirles:
Vamos, déjense de joder, que la tienen BASTANTE fácil. Pero uno los entiende, y los
perdona, porque uno también estuvo ahí (o levante la mano el que nunca se haya visto
inmerso en una pesadilla de ecuaciones, integradas y derivadas para calcular el mejor
momento posible para contestar un mail o mandar un sms). El tarot también se anuncia
en el título del primer capítulo: “Al final hay otro inicio”, dice, como me dijo Dani esa
tarde en Pinamar cuando yo casi me infarto con la triple carta de la muerte. “La carta de
la muerte marca el final de algo, y sin que algo termine no puede empezar nada nuevo”.
En “Inicio” tenemos la crónica de una muerte anunciada: empezamos presenciando los
coletazos finales de los miedos, las fobias y las paranoias que se interponen entre D. y
la felicidad. O, al menos, de la felicidad como escenario posible. “Al final hay otro
inicio” también pareciera remitir a esa regla inquebrantable de las comedias románticas,
en las que ya sabemos que, pase lo que pase, chico y chica van a terminar juntos, y que
el final de la película va a coincidir con el inicio de otra historia, la de amor, que queda
fuera de programa. La comedia romántica es un género en el que la novela de Daniela
se inscribe, pero lo hace de costado, como una outsider, casi irónicamente. De a ratos D.
parece una de las habitantes de Macondo, víctima de “la peste del olvido”: alguna vez,
sentimos, supo que “era una chica”, pero todo eso no es tan claro ahora y entonces se lo
recuerda cada vez que puede, como si quisiera darse valor para “ser chica”, o lograr de
cualquier manera funcionar de acuerdo a los roles que, supuestamente, se espera que
ocupen “las chicas”. Lo genial de D. es que de verdad querría protagonizar una comedia
romántica, de verdad querría protagonizar una chick-lit, pero no puede. Porque es rara.
Porque no termina de encajar. Entonces, de tanto en tanto, se sienta en una silla a
pintarse las uñas y se dice, en voz alta: “soy una chica”, “me pinto las uñas”, como si en
el mismo acto de nombrarlo estuviera dándole una entidad que ahora parece perdida.
Pero aunque hable del amor, como todos los libros que existen, el de Daniela, más que
de amor, es un libro sobre la incomunicación en todas sus formas posibles. D. cuenta
que tiene siempre 9 pestañas del firefox abiertas, está en todas las redes sociales
posibles, y presiona F5 para actualizar sus estados de twitter, de facebook y de blogger
con la misma obsesión con la que alimenta sus fantasmas. Y cuando tiene a H. enfrente
no sabe qué decir, ni cuándo decirlo, ni cómo decirlo. Lo mismo le pasa a H. Lo mismo
pasa en una escena en Farmacity, con la empleada de la caja. Lo mismo en la escena
con la tarotista, y lo mismo en una escena memorable en la peluquería, cuando D. se
junta con su madre y mantienen una conversación en la que D. le lanza un rosario de
reclamos y su madre va respondiéndole con distintos cortes de pelo que puede hacerse o
colores adecuados para ponerse en las uñas. El enemigo, parece decir Daniela
finalmente, es ese ruido de fondo que puede tomar cualquier forma: secador de pelo en
una peluquería, la tecla F5 de la notebook, la música fuerte en un bar que no nos deja
escuchar al otro, el real, que tenemos enfrente. Ese ruido de fondo que está adentro nuestro y que hay que callar, como dice el tarot, para que al final pueda haber otro
inicio.



miércoles, 21 de septiembre de 2011

Yo fui tatuadora*

Yo no le había clavado nunca la aguja a otra persona. Habíamos practicado con mi amigo Martín Colombo, cuando éramos chicos y buscábamos un destino, sobre naranjas, pollos y hasta una cabeza de chancho. Ahora él es un gran tatuador, dueño de Buffalo Tatoo, un exitoso local en Colonia, Uruguay, y yo… Bueno, claramente me dediqué a otra cosa.
La sensación de ilustrar un cuerpo es muy intensa y la adrenalina de las primeras veces que se clava la aguja, sea en una naranja o en tu propio tobillo, queda registrada para siempre en los músculos de la mano que sostiene la máquina y los del pie que apreta el pedal para prenderla. Ahora otra vez estoy -con mis tatuajes buenos, los arreglados y los todavía horribles- por meterme en la experiencia obsesiva, artística, un poco sádica y también perfeccionista de ilustrar cuerpos. De verdad no sé cómo agarrar la máquina, ya no tengo registro del modo en que se sostiene y me pongo nerviosa. Es tan bella, frágil y precisa, que tengo un poco de temor. No quiero romper nada.
Para tatuar a otros tenés que tatuarte vos. No existe la posibilidad de ilustrar permanentemente a alguien si no tenés tu propia herida de tinta cicatrizada en la piel. El mundo y la liturgia del tatuaje tiene un encanto particular y entrar ahí es un camino de ida. Abris la puerta con un dibujito pequeño que te hacés y es más fácil seguir que parar. Como con cualquier otro vicio.
“¿Este quién te lo hizo?”, me pregunta mirando el pez esqueleto de mi hombro Nacho Gonzalez, dueño de Tattoo or Die y también mi anfitrión en esta experiencia extrema de clavarle una aguja embebida de tinta a alguien que no sea yo. El local es limpio, luminoso, prolijo y tiene una ventana por la que se asoman los curiosos que pasan por la calle para espiar qué está pasando.
Mientras lo observo preparar el área de trabajo con la meticulosidad de un cirujano, le cuento que mi tatuaje lo hizo Lorenzo Luis Lorenzo y que es un diseño de Mariana García. Nacho los conoce. En realidad todos los tatuadores se conocen. Al menos de referencia. Y además son muy respetuosos con “la firma”. Se acerca a mirar mi pez con ojo profesional y pregunta con certeza: “¿Qué tenías abajo?”.
-¿Cómo sabés que es un cover up?
-No se nota en la calidad del tatuaje, está perfecto. Pero hay muchas minitas que se hicieron pelotudeces en el hombro y en general, si tienen un tatuaje ahí, es que se taparon algo. ¿Era un duende o una mariposa?- se atreve a adivinar y me molesta un poco, pero también me divierte, reconocer que tiene razón en todo.
-Un duende, horrible y mal hecho.
-¿Querés que te dibuje algo, ya que estamos armando?- me ofrece y estoy tentada de decir que sí, que necesito tapar, arreglar, otro error de juventud que aún tengo en el tobillo izquierdo pero hoy vine a tatuar a otros.
Con el mismo esfuerzo con el que le diría que no a una torta de chocolate para no engordar, me niego al tatuaje para no tener que seguir viendo después si me arrepiento o no. Además, aunque me encanta en los demás, no quiero ilustrarme una pierna completa. Tengo que quedarme del lado del detalle, me digo, me esfuerzo y logro negarme a la oferta.
Mi tobillo izquierdo tiene un pulpo espantoso que dibujé yo y que está tatuado con un trazo carcelario inexperto de Martín con un color que quiso ser negro y rápidamente se transformó en azul. Pienso en taparlo con algo como un pez oriental y flores, pero no sé. No sé. Realmente va a quedar grande y dilato el momento. Para tapar un trabajo con otro, hay que adaptar las posibilidades a la tonalidad que va a tener la piel en la superposición de dibujos.
Cuando planeamos cómo tapar el duende con mi pez, Mariana hizo un plano del tatuaje con un lápiz especial y con esa forma como base condicionante, realizó el nuevo diseño. Parece fácil, pero es un trabajo meticuloso y puntual. En general se trata de no agrandar mucho la superficie original y por eso lleva tiempo y estudio. “Cada caso es único”, me dijo Lorenzo cuando finalmente me acosté en su camilla para que me tatuara el pez esqueleto.

Mujeres ilustradas
Llega Luna, que es la verdadera aprendiz en Tattoo or Die, y la valiente muchacha que va a prestarme su piel para colorear. Tiene un look un poco pin-up, pero bien argenta. “Min-up, de minita”, dice Nacho y pide que le hagamos mate mientras termina de preparar el lugar para comenzar.
Pongo a calentar agua mientras ellos me explican que en la zona de trabajo es aséptica. Todo está desinfectado, nuevo, limpio. La máquina para hacer tatuajes es un instrumento eléctrico de mano parecido a una súper inyección o torno de dentista, pero con forma de pistola. En un extremo tiene una aguja esterilizada, conectada a los tubos en donde se carga la tinta. Para encenderla se usa un pedal que hace mover la aguja hacia adentro y afuera a toda velocidad. Me muero de ganas de agarrarla.
Buscamos los colores que vamos a necesitar, tonalidades de rosa y ocres. Mientras yo pongo la yerba en el mate, los verdaderos tatuadores llenan los mini recipientes de pintura. Luna se trepa a la camilla, extiende su pierna y Nacho decreta: “Ahora yo cebo y te vigilo, vos sentate y trabajá”.
Me lavo las manos meticulosamente y me pongo los guantes quirúrgicos. La pierna de Luna está limpia y desinfectada, tiene un dibujo japonés que hay que colorear. Voy a pintar una de las hojas de loto del lago en el que hay un sapo, piedras y una inscripción que llama a la armonía. Estoy sosteniendo la hermosa máquina infernal para tatuar y siento cómo la adrenalina me recorre el cuerpo. La aguja está dentro del pote de fucsia, tengo que apretar el pedal para recoger pintura, pero quedo congelada. Recostada en la camilla, mate en mano, Luna se ríe de mí: “Dale, carga la aguja, no tengas miedo, jajajá”.
Creo que sobreestimé mi experiencia pasada y en realidad, viendo a los profesionales de verdad, me doy cuenta que no tengo ni la más mínima idea de lo que voy a hacer. Es mucha responsabilidad. Un tatuaje es una herida punzante en las capas profundas de la piel que se llena con tinta. Hay que calar hondo, pasar la epidermis y llegar a la dermis, aproximadamente tres milímetros debajo de la piel. Hacerlo de verdad no es lo mismo que decir que uno lo va a hacer. Es el cuerpo de otro y se lo voy a marcar.
Los artistas que realizan tatuajes saben con precisión cuál es la profundidad exacta hasta donde se lleva la aguja. Si es muy superficial, el tatuaje queda borroso y si se llega muy hondo, el otro puede sangrar demás y sentir mucho dolor. No es moco de pavo y creo que no estoy lista para ser tatuadora de verdad.
Luna me arenga y Nacho me da dos o tres consejos prácticos, pero yo sigo inmóvil. Cuando tenía 17 años y empezamos a practicar con Martín, de verdad me creí la posibilidad de dedicarme a esto, pero nunca llegué ni a comprarme el kit de tatuadora propio y en realidad, hasta hoy, todo había sido más un recuerdo pintoresco de mi pasado que otra cosa. Confieso que me atrapa una suerte de fantasía cuando veo en la tele el programa de Kat Von D (la tatuadora celebrity del primer mundo) y me imagino las vidas posibles que podría tener, pero nunca había llegado tan lejos como hoy.
Mi problema es que tengo la data suficiente como para ser consciente de mi responsabilidad. ¿Y si tiro la pintura al piso o le escracho mal la pierna a esta chica? Los escenarios fatales son demasiados y no puedo moverme. Hay que dominar el pulso, planear la calidad de la línea y, sobre todo, lograr que la máquina no salga disparada para cualquier lado y termine haciéndole un mamarracho a Luna.
Eso lo sé con certeza porque con Martín practicamos un montón, pero fue hace mucho tiempo. Tatuamos naranjas durante miles de noches. Escuchábamos Sumo y les escribíamos “Hello Frank”. Después empezamos a hacerles caritas contentas, tristes, enojadas y terminamos teniendo un público cítrico estable de una docena por jornada.
Cuando nos sentimos listos para algo más, Martín averiguó que la piel de chancho era lo mejor, porque se parece bastante a la humana, y también por la dureza, que nos iba a ayudar a mantener el trazo. Supimos de unos mellizos que tenían un campo y practicaban en un cerdo vivo. El mito asegura que le hicieron unas medias sexys con portaligas en los jamones. Pero nosotros no íbamos a hacer semejante animalada, así que nos abocamos a recorrer carnicerías pidiendo cabezas.
Conseguimos una. Probamos todos los colores de tintas en una tarde y yo le hice un arco iris en la oreja. Parecía una versión zombie cerda de Mi Pequeño Pony. La guardamos en el congelador como recuerdo emotivo, pero la mamá de Martín dejó toda su modernidad atrás una madrugada cuando la encontró mientras buscaba hielo. Tuvimos que tirarla y costaba conseguir más. Estábamos en una encrucijada: ni locos queríamos volver a las naranjas y aun no nos sentíamos listos para empezar con nuestros cuerpos.
Martin, investigador paciente y tenaz, encontró la solución. Trajo dos pollos grandotes que dibujamos apasionadamente hasta dejarlos repletos de colores, inscripciones y hasta un intento de la cara de Maradona en una de las pechugas. Después los metimos al horno con papas y mientras cenábamos esa carne ilustrada ya nos sentimos un poco tatuadores. Entonces sí, empezamos a pensar en cuerpos vivos.
Martín comandaba la aventura y decidió tatuarse a sí mismo, pero sin tinta. No había resultado visual, pero daba práctica. Me sumé a eso y cuando nos cicatrizaban las heridas de las agujas, nos hacíamos otro tatuaje invisible. Después, un día, él puso tinta y se hizo un símbolo Maya en la pantorrilla. Yo no me animé, pero él seguía avanzando. Me dejaba atrás en la aventura y cuando me dijo que era hora de tatuar a otros, era fija que yo le tenía que prestar alguna parte de mi cuerpo. Todavía tengo de souvenir este pulpo que se suponía que íbamos a arreglar cuando fueramos grandes tatuadores. Martín se fue a vivir, con su talento y agujas, lejos de Buenos Aires y yo quedé con el testimonio desafortunado de nuestra juventud en el tobillo.
Luna, acostada en la camilla frente a mí, muestra el mismo arrojo que yo tuve cuando me hice cada una de las porquerías que después fui pidiendo que me arreglen. Soy plenamente consciente de que puedo arruinar todo, así que trato de hacer las cosas lo mejor posible. Les quiero contar que el ruido de la máquina cuando se prende es parecido al de una mosca que molesta en la siesta y vibra en la mano, pero no hace cosquillas.

-º-
*Una versión de esta nota fue publicada en la revista El Guardián en agosto de 2011.





lunes, 8 de agosto de 2011

En mi Revolution Love personal, hoy: Hypeando la poesía*

Actualmente hay más de 20 ciclos dedicados a leer poesía. Desde instituciones como el Centro Cultural España hasta el living de la casa de un escritor pueden ser los ámbitos donde se aglutina un público que escucha recitar.

Es una tertulia en un bar, un centro cultural, el living de una casa, un teatro. Suele haber una ley tácita de puntualidad atrasada exactamente una hora. La gente se encuentra, conversa, toma algo y se acomoda. El público, en silencio respetuoso por un lado y por otro los poetas, con sus hojas. Cada uno lee cerca de 15 minutos. Algunos son locuaces y otros muy tímidos. El público aplaude al final y toca una banda o hay organizada una charla, un debate. Si el lugar lo permite se come, se bebe. Es un evento social y cultural.
Sólo en Buenos Aires hay más de 20 grupos que organizan lecturas de poesía con autores jóvenes, inéditos, editados y/o consagrados. Se llenan. Hace frío, igual va gente. Llueve a cántaros, hay público. Se juega un partido importante, es noche de semana, todas las veces están los dispuestos a compartir la velada. Hay energía, hay ganas. Hay gente dispuesta.
Pensar en un ciclo de lecturas de poesía puede parecer cursi. O aburrido. O estirado. O demasiado académico. O todo eso junto. Pero no. La poesía es joven, más allá de la edad que termine teniendo el que la escriba. Y hoy vive con los códigos actuales. Con música, con ambiente, con estética, con Internet, con compromiso social. El circuito poético está vivo.
Mariano Blatt, uno de los más convocantes poetas jóvenes, dice: “Celebro que la poesía reúna gente. No conozco cosa más linda que el encuentro. Aunque pueda sonar un poco trivial, creo que juega una parte importante el hecho de que, en su gran mayoría, son gratis. No es chiste, más si tenemos en cuenta que es prácticamente imposible permanecer en cómodo en un lugar techado donde no te estén preguntando qué va a tomar”. Lucas Oliveira, dueño de la Funesiana, “la tercera editorial más chica de Latinoamérica” y arengador cultural, cuenta: “Escuchás poesía sin intermediarios, sin malas traducciones, de autores que están a un paso de distancia, a un ‘hola’ de explicarte por qué escribieron lo que escribieron”.
El “boom” estalló a mediados de los 90 por la aparición de revistas y colectivos que reinventaron la performance. La poesía dejó de ser un asunto puramente verbal para cruzarse con otras disciplinas. Marina Mariasch, poeta y es editora de la pionera Editorial Siesta, concuerda con el escritor Juan Diego Incardona, también organizador hace ya tres años del ciclo “Pueden venir cuantos quieran” en el Espacio Cultural Nuestros Hijos (ECuNHi), de las Madres de Plaza de Mayo (Libertador 8465), en que lo que ayuda es Internet.
Incardona asegura: “El circuito más under ha crecido mucho debido a Internet, porque permite la difusión masiva y rápida”. Mariasch, lo desglosa más detalladamente: “Con las redes sociales pasa que te enteras mucho y te sentís parte del fenómeno porque te llega el flyer o ves después las fotos. Y a la vez aparece más la necesidad de confrontar, poner el cuerpo y salir de la computadora. Hay como una efervescencia. En los 90 había un solo ciclo institucional, mensual, “La voz del erizo”, que se hacía el último viernes de cada mes en el Rojas. Era enorme y se combinaban consagrados con nuevos. Después apareció “Maldita ginebra”, de Héctor Urruspuru, que todavía sigue, “Yacaré cumbiao” y no mucho más. En 2000 de pronto aparecieron un montón y después se apagó bastante todo. Y ahora hay de nuevo gente con ganas de escuchar poesía”.
Cada vez más editoriales independientes sacan plaquetas y recientemente Mansalva reeditó Puctum, un libro de poesía de Martín Gambarotta que es uno de los puntos bisagra de los 90 y la base en donde se asienta o sobre la que discute la poesía más actual. Los ciclos que combinan poesía y música proliferan en todos los rincones de Buenos Aires.
Están los “Mártes de poesía y música”, que organiza el periodista Martín Pérez hace ya dos años en el Centro Cultural de España (Florida 943) los primeros martes de cada mes en donde se juntan un poeta y un músico a combinar géneros. Pasaron por ahí duplas como Leo García y Fernando Noy, Pablo Dacal y Fernanda Laguna, Rosario Bléfari y Beatriz Vignoli o Ariel Minimal y Fabián Casas, que no suele participar de nada, pero hizo la excepción y dice: “Creo que las lecturas fueron juntando un público emergente y original. Son como los potreros para el fútbol, de ahí salen los mejores jugadores”.
Entre los primeros ciclos de esta nueva era están las lecturas -en donde además de poesía se suele leer narrativa- organizadas por el Grupo Alejandría y las de “Carne Argentina” (en el Bar de La Tribu, Lambaré 873). Este último lo llevan adelante desde 2006 Julián López, Selva Almada y Alejandra Zina, que cuentan: “La seguimos pasando bien después de tantos años y a la gente parece gustarle el rito de ir cada tanto a conocer nuevos escritores y ver más de cerca a los que ya conoce”.
Otro ciclo de gran tamaño es “Más poesía menos policía”, que se hace cada dos meses en distintos lugares como el living de la casa de uno de los organizadores, centros culturales, bares y hasta se fue de viaje a Rosario. “El objetivo es darle fuerza a la voz poética, sin encasillamientos, de grupos o tradiciones, sin dejar de lado a nadie”, dice el joven Nicolás Castro, una de las patas de este proyecto que llegó a contar con un público de más de 100 personas la única vez que cobró entrada.
En la otra punta del arco, como directores técnicos de una nueva generación, Horacio Fiebelkorn y Juan Desiderio conformaron el año pasado “El Combo Belga”, un grupo junto a Mario Arteca y Rodolfo Edwards que va girando por diversos bares y centros culturales porteños, platenses y rosarinos con invitados rotativos más nóveles.
“Como no vamos a inventar una nueva revista o sello editorial, decidimos hacer lo que nos divierte, lo que siempre nos gustó, que es andar por ahí leyendo poemas”, dice Fiebelkorn, uno de los fundadores, junto a Edwards, Washington Cucurto y Martín Carmona, de la mítica revista La novia de Tyson a fines de los 90.
Todo el año pasado, Mariasch, junto a sus colegas Cecilia Pavón y Noe Vera abrían los domingos las puertas de sus casas para leer poemas a quien quiera oírlos en el ciclo de poesía domiciliaria “En qué estás pensando?” “¡Qué viva la poesía!” es un evento nuevo que se hace algunos jueves en el bar Rodney, frente al cementerio de la Chacarita. También está el “Festité”, unas coquetas meriendas domingueras en Casa Pavón (info por mail a festite@gmail.com). Un miércoles por mes se puede ir a “No lo Intenten en sus casas”, en el Club Cultural Matienzo (Tte. B. Matienzo 2424). Están “Los Domingos Suicidas”, en Casa Cilc (info por mail a arockearla@gmail.com) y el Pacha Mama, una casa cultural con ubicación secreta en donde suceden unas antológicas veladas de micrófono abierto. Y siguen las firmas.
Desde 2004 existe el Festival Latinoamericano de poesía “Salida al mar”, que comenzó de casualidad para aprovechar la presencia en Buenos Aires de un grupo poetas peruanas. Casi espontáneamente, se sumaron al evento brasileños, uruguayos y chilenos que viajaron por sus propios medios. Fue una idea que nació en una mesa de bar de la que terminaron haciéndose cargo Cucurto, Cristian De Nápoli, Timo Berger y Elizabeth Neira que alterna la autogestión con el apoyo de instituciones como el Goethe Institut, el Centro Parque España de la ciudad de Rosario o la Biblioteca Nacional.
En 2006, en el marco de la Feria del Libro, comenzó el “Festival Internacional de Poesía de Buenos Aires”, a donde se puede escuchar a distintas voces. Entre el 21 y el 26 de septiembre se va a llevar adelante el “XIX Festival Internacional de Poesía de Rosario”, organizado por el Ministerio de Innovación y Cultura de la Provincia de Santa Fe. Y también está la F.L.I.A. (feria del libro independiente autogestiva), que es un espacio alternativo, un encuentro sin sponsors, ni marcas que se replica en distintas ciudades de Buenos Aires, provincias del interior del país y llegó hasta Colombia.
Edwards forma parte desde hace tres años del comité de organización del “Festival de Poesía en el Centro” que se hace en el Centro Cultural de la Cooperación donde hay mesas de lectura y mesas de debate. Mientras prepara su sexto libro, The Real Poncho, sigue leyendo en vivo cada vez que puede: “Desde el primer día que me paré ante un público comprendí que la poesía es algo para decir en voz alta. Yo escribo para comunicarme, si no lo hiciese así, me quedaría en mi casa, mirándome en el monitor”.
Edwards recuerda un ciclo que armó con Urruspuru en un sótano de San Telmo en 1996: “Hubo perfos inolvidables. Un día Cucurto peleó unos rounds con una boxeadora profesional, la mina lo sopapeó de lo lindo y después todos leímos sobre el ring”. Porque la poesía sucede. Ahora, Incardona cuenta: “Siempre le pido a Ale Raymond, que hace lo suyo en el Pacha, su poema Galletita de agua, que es genial, porque hace toda la mímica de hablarle a una galletita. Y en el final, encantador, dice: ‘¿Dónde estás, agua de la galletita?’”. Porque la poesía no para de estar pasando.


Recuadro:
Existen varios lugares en donde el público puede saber, tácitamente, que es posible encontrar una lectura de poesía. Librerías como Eterna Cadencia (Honduras 5574) o la más pequeña y Otra Lluvia (Bulnes 640). También está Casa Brandon, un colectivo cultural con sede en Villa Crespo, y hay Centros culturales secretos, como el Pacha Mama o La Usina cultural del Sur en Almagro, que hace poco fue clausurada por el gobierno de la Ciudad. Florencia Minici, una de las dueñas, cuenta cómo lograr lo imposible.
-¿Qué es exactamente La Usina?
-Es un espacio amplio en el que participan artistas y vecinos. Concebimos la idea de un centro cultural como un lugar de encuentro barrial, de creación de lazos y completamente alejado de cualquier lógica mercantilista. Hay talleres de todo tipo, muestras, apoyo escolar, lecturas de poesía…
-¿Cuánto tiempo fue la clausura?
-Un mes entero, lo cual nos dejó en pésimas condiciones y con una multa impagable de 13.500 pesos. No tenemos la habilitación de centro cultural porque no existe.
-¿Y cómo se hace para tener entonces un Centro Cultural?
- Hay que tener mucha plata. O disfrazarlo y poner un bar, para habilitarlo así. O ser semi clandestino, poniendo en riesgo la visibilidad de lo que hacés.
-¿Y cómo hacen para seguir?
-No existe ningún tipo de fomento estatal ni de reconocimiento para los centros culturales por parte del estado. En este sentido, el año pasado confirmamos MECA (Movimiento de Espacios Culturales y Artísticos de la Ciudad) con muchos otros, para pelear por el reconocimiento y la concertación de los centros culturales y sociales. Fernanda Laguna, Roberto Jacoby, Lisa Kerner, y otros habían empezado a debatir un proyecto de ley de Centros Culturales en el 2005 porque vieron la misma problemática. No lo sabíamos y nos llena de aliento haberlo retomado.

-º-
*Una versión de esta nota fue publicada en la revista El Guardián en agosto de 2011.






viernes, 29 de julio de 2011

La historia de cuatro amigas que se conocieron en el infierno: Un largo camino a casa*

Lograron lo que parecía imposible: hacer un tratamiento y salir del oscuro encierro de la tristemente célebre Colonia Montes de Oca. Alquilaron una vivienda iluminada en las afueras de Luján, donde viven y sueñan con un futuro mejor.

Suena romántico, y lo es. Después de mucho tiempo internadas, cuatro mujeres salen del neuropsiquiátrico y se alquilan una casa juntas. La pagan con sus propios ingresos. El lugar es chiquito, modesto, y lo mantienen pulcro, acogedor. Sus historias son muy diferentes, pero ellas tienen un lazo que las ata fuerte entre sí: se conocieron en el peor de sus momentos y se acompañaron en el proceso de recuperación. Son amigas, compañeras, cómplices. “Como una familia”, dicen.

Lo que hasta hace poco era, literalmente, una condena de por vida hoy puede ser la posibilidad de una mejora. Esa es la idea de algunos profesionales y entendidos en el tema en todo el mundo y, ahora, en la Argentina también. La Ley N° 26657 de Salud Mental que fue sancionada el 25 de noviembre de 2010 le pone marco a una situación que hace rato se venía palpitando desde sectores que ven la internación indefinida como un problema a sortear porque entienden que eso es el pasado. Entonces, buscan un cambio. Y lo hacen posible. Contra viento y marea.
La Colonia Nacional Dr. Manuel A. Montes de Oca es trágicamente célebre. Primero por haber sido el escenario de la desaparición y supuesta muerte de la doctora Cecilia Giubileo el 16 de junio de 1985 y también, a la vez y después, por la denuncia y sospecha de haber mantenido a sus pacientes viviendo en condiciones infrahumanas. Se dijo mucho. Que era un centro de tráfico de personas para la venta ilegal de órganos. Que el responsable de la macabra situación era el entonces director, el doctor Florencio Sánchez, quien murió poco después en prisión proclamando su inocencia.
Lo cierto, actualmente, es que nunca se supo verdaderamente qué sucedió durante esos años oscuros. Pasaron incontable cantidad de interventores desde entonces y ninguno hizo especialmente nada, ni bueno ni malo, que volviera a poner a la colonia en la lupa de la opinión pública. Hasta hoy. Teniendo en cuenta todo el historial, no sólo es noble, si no también heroico, el motivo por el cual Montes de Oca ahora llama la atención.
En 2004 tomó las riendas del lugar el licenciado Jorge Rossetto y comenzó un lento y efectivo proceso de mejoras desde todos los ángulos. Ante todo, la desmanicomialización, que implica no sólo la reinserción en la sociedad de muchos de los que estaban condenados a pasar la vida en una institución mental aunque estén aptos para salir, sino también la mejora de las condiciones para los que sí tienen que quedarse. De 961 camas ocupadas, en ese momento, llegaron a las 661 actuales. Y pronto van a ser 657 porque cuatro nuevas pacientes están por mudarse en estos días a una residencia externa de transición, antes del alta definitiva.

La vida no es una novela
Al decir “desmanicomialización”, lo primero que le puede llegar a venir a la cabeza al lector es aquella serie producida por Pol-ka, Locas de amor, que canal 13 trasmitió entre abril y diciembre de 2004 y que se inspiró en este proceso emprendido desde la colonia. Pacientes que controlan su patología y están aptos para reinsertarse en la sociedad, vuelven a sus casas familiares y, si no las tienen, la institución encuentra la forma de colaborar en el armado de su proyecto de vida independiente.
En la tele, Leticia Brédice, Julieta Díaz y Soledad Villamil eran Simona, Juana y Eva, tres chicas de distintos segmentos de la clase media que, acompañadas por su terapeuta, interpretado por Diego Peretti, intentaban vivir solas. Fuera del neuropsiquiátrico. Toda una aventura.
Les iba bien y mal. Sus familias estaban a favor y en contra. Las patologías que padecían se evidenciaban más en su forma de vestir, encantadoramente vintage, que en angustias o trabas reales a superar. Lindas, jóvenes, saludables, atravesaban las idas y vueltas del guión, que las mostraba como una simpática curiosidad. Finalmente encontraban la “cura” en el amor o el cariño de un otro. Final feliz, un par de premios Martín Fierro y a otra cosa mariposa.
La vida real es un poco más cruda. La psicosis se sobrelleva y mantiene controlada en los mejores casos, pero no se cura. Estar bien, ser productivo, es un trabajo diario que implica, entre muchas otras cosas, una medicación acertada y su correcta administración. Además, después de mucho de tiempo de vivir en una institución, hay que volver a aprender hábitos simples, sencillos. Como volver a hacer la cama, prepararse el plato de comida diario, hacer las compras, convivir con pocos.
La gente que está internada en Montes de Oca no suele ser de diversos segmentos de la clase media. En general son de pocos recursos económicos o ninguno y no suelen tener una familia que los acompañe. Están solos. Abandonados a su suerte. Presos en un manicomio de por vida. Una condena injusta y, hasta hace poco, aparentemente imposible de sortear.
Elsa tiene 72 años y pasó los últimos 22 en Montes de Oca. Griselda cumplió 52 y pasó 15 en la colonia, igual que Clarisa, que tiene 40. Visitación, de la misma edad, es la que menos tiempo estuvo internada, sólo tres inviernos que, en comparación, parecen poco pero no lo son: 36 meses también es mucho.
Ellas fueron dadas de alta en marzo y, desde entonces, alquilan una casa en las afueras de Lujan, a mitad de camino entre la ciudad y el pueblo de Torres, donde está Montes de Oca. Entre la colonia y el alta pasaron por la residencia Los Cerezos, una de las cinco casas con las que actualmente cuenta la institución.
Se abrieron en 2007, en el marco de reforma del modelo de atención, mediante el cual se da apertura a distintos centros de día (a donde van a trabajar) y estas unidades residenciales transitorias. “La idea es mejorar la calidad de vida de las personas internadas y propiciar la externación”, explica Carina Rebottaro, coordinadora de Los Cerezos a donde ahora llegarán otras cuatro mujeres en vistas de, también, lograr su alta y armar su propio proyecto de vida independiente.
“La reinserción laboral, en blanco, es difícil. En general es gente que tiene mucho tiempo de internación. Así que estamos armando y coordinando proyectos autogestivos. También los ayudamos a conseguir y tramitar todos los subsidios existentes. Y la medicación, que aprenden a administrarse solas en su paso por la residencia, Montes de Oca se las sigue dando de por vida”, explica Rebottaro.

Sin rejas
Para llegar a la casa de las chicas hay que andar por unos caminos de tierra que se embarran cuando llueve. Llueve, y detrás de todos los charcos está el hogar. El living-cocina tiene una tele prendida a la que nadie le presta atención y Elsa está ocupada en las hornallas. Prepara un fortalecedor mate dulce que Visitación y Clarisa le aceptan sin chistar. Griselda no toma, la cebadora insiste y al final reconoce: “Soy un poco mandona”. Sus tres compañeras asienten entre risas.
A Elsa le gusta cocinar y, en cierto modo, es como la mamá gallina. Al principio habla por todas, va y viene entra la mesa y la cocina, y cuenta que se organizan bien. “Dividimos las tareas. Yo hago las comidas con Griselda. Visitación y Clarisa se encargan de las compras”, dice y, otra vez, todas asienten entre risas.
Recibir visitas en su propia casa. Algo tan simple como eso para ellas aun es novedoso. Clarisa tiene unos enormes y expresivos ojos marrones. Se presta con alegría mostrarnos su cuarto, su cama, su patio de atrás. Visitación sonríe tímida, pero decidida, y se hace cómplice inmediatamente. Tira un guiño cuando descubre que ya no hay lugar en las vejigas para el mate que sigue ofreciendo Elsa y pide una pausa.
Griselda mira la escena con un gesto hurañamente infantil, pero no tarda en mostrar sus tejidos. Hace mantas de croché, que vende entre sus conocidos, y también decora con ellas la casa. Un colorido sombrerito para la pava y un mantel que hace juego con la carpetita que sirve para tapar el lavarropas.
Hace un rato llegó el pedido con las compras para la semana y Elsa mira la carne descongelarse sobre la pileta. Anuncia que van a comer pastel de papa. El doctor Omar Fernando Berro Curi, que fue su psiquiatra en Montes de Oca, dice que su patología es crónica pero hace años que la maneja. Seguía internada simplemente porque no tenía dónde ir.
Visitación fue monja. Lo cuenta y se ríe, porque sabe la sorpresa que genera en los demás. Dejó la congregación para ir a cuidar a su madre, que estaba gravemente deprimida por el suicidio de su otro hijo. Sola y lejos de todo lo que conocía, tuvo la crisis que la llevó a la colonia. “Lo mío es de familia, está en todos nosotros”, reflexiona y cuenta que sigue siendo creyente. “La ayudó un montón su respaldo espiritual”, explica el doctor Berro Curi.
Griselda es la más retraída de las tres que vivían en la Colonia bajo el cuidado de Berro Curi. El psiquiatra, que está ahí desde 1989, se encarga del Pabellón 3, de terapia a corto plazo para psicóticos, pero explica que recién ahora es posible pensar en plazos cortos de verdad. Hasta hace no tanto era un cuello de botella, porque los que ingresaban, como no tenían a donde ir después, se quedaban, no podían irse. “Bajamos de 60 a 25 pacientes en los últimos años y el 15 de julio se van otras cuatro a la residencia Los Cerezos, en camino de su alta”, cuenta.
En Montes de Oca, Elsa, Griselda y Visitación dormían en el mismo pabellón, que tiene un solo y gran salón con camas para todas las internas. Cuando llegaron a la unidad residencial transitoria de Los Cerezos, por primera vez tuvieron una habitación para ellas solas. Ahora, en su propia casa, duermen en dos cuartos.
Clarisa se sumó a la aventura en Los Cerezos, porque en Montes de Oca estaba en otro pabellón, el 11, que ahora es para adultos pero que antes era el lugar a donde vivían los niños y jóvenes, que ya no son admitidos para internación. Todavía hay elefantes y animalitos en las paredes.

Abrir camino
Sólo durante 2010, más de mil personas pudieron ser dadas de alta y abandonar, efectivamente y sin peligro de regreso, diferentes neuropsiquiátricos en todo el país. En el momento de la sanción de la Ley N° 26657, el sistema de salud mental sólo de Buenos Aires contaba con 2425 camas de internación ocupadas en su totalidad. Ante el colapso, la posibilidad del alta es la única opción viable y el proyecto impulsado por el Ministerio de Salud, el Inadi, la Secretaría de Derechos Humanos y la Defensoría General de la Nación es con miras a cambiar el modelo, no a cerrar manicomios indiscriminadamente como muchos dicen, o temen.
Los centros de salud tienen que pasar a ser lugares para el ingreso durante una crisis, en donde sólo se pase el primer tramo del tratamiento y no lugares de hacinamiento en donde se guarde y oculte lo que incomoda como si fuera mugre debajo de una alfombra. El proceso que está llevando adelante el actual director de la colonia Montes de Oca, el licenciado Jorge Rossetto, está en línea con este gran plan mayor. “Todavía falta, pero estoy contento con los resultados que hemos obtenido hasta ahora”, dice.
El camino que está recorriendo la colonia, y con la que cambió para siempre el mal sabor que le dejó el siniestro pasado, es de la institucionalización hacia la inclusión social. Antes, la policía encontraba en la calle a alguien en crisis o quizás simplemente en situación de mendicidad, lo llevaban a Montes de Oca, el juez daba la orden de ingreso y no salían nunca más. Ahora, con el nuevo servicio de admisión, que comenzó a funcionar en mayo de 2006, los números fueron cambiando, a favor de la libertad. De 104 ingresos en 2004, se redujo a 26 en lo que va de 2011 y de 333 que en ese entonces llegaban para quedarse, se pasó a sólo 12.
Así, al restringir los ingresos a mansalva y propiciar la externación, las condiciones dentro de la colonia también mejoran. Ahora, el personal médico tiene menos pacientes a cargo y se puede hacer un seguimiento mucho más personalizado. Además, la inteligente distribución del presupuesto que lleva adelante Rossetto, demostró que todo lo que se hace hacia afuera, como alquilar las unidades residenciales y abrir los centros de día, no impide mejorar el interior de la colonia. Los pabellones están en la mejor de sus condiciones posibles: hay frazadas, calefacción, placares nuevos, todos los básicos indispensables que hace 10 años no se podían ni soñar y más.
El plan, ya en marcha y avanzado, implica abrir la colonia al mundo, romper con el aislamiento. Se están urbanizando las 20 hectáreas que separan a Montes de Oca del pueblo de Torres, dos lugares ligados desde su creación conjunta hace más de un siglo. De ese modo, con la construcción de dos nuevos centros de día y cuatro unidades residenciales más, se siguen abriendo caminos. Es un progreso no sólo en el modo de ver y tratar los trastornos mentales, sino también en la economía del pueblo, que de este modo se amplía y ofrece más fuentes de trabajo.
“Para mí esto es un acto de reparación. La institución debe reparar aquello que inhabilitó, porque con el modelo de institucionalización innecesaria generó un tipo de daño, no sólo en los internos sino en el pueblo y en la comunidad. Ahora, ayudamos a la inclusión”, dice Rosetto mientras, a pocos kilómetros, cae el sol en la casa de Elsa, Griselda, Clarisa y Visitación que terminan su jornada. Cocinan un pastel de papa, cenan en familia y se preparan para un nuevo día.


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*Una versión de esta nota fue publicada en la revista El Guardián en junio de 2011.




miércoles, 29 de junio de 2011

Yo fui Bartender*

Nosotras, las chicas de clase media con padres intelectuales sin todos los recursos económicos que aparentan o desean tener, empezamos a trabajar temprano para poder pagarnos un viaje a Europa y los estudios académicos. A los 17 años las opciones laborales eran pocas, yo quería ser camarera y mi papá se opuso, así que terminé como promotor. Después de estar parada durante 12 meses en diversos supermercados ofreciendo degustar pavadas, finalmente cumplí 18 y, con el lema “ahora hago lo que quiero” tatuado en el alma, me fui corriendo a lo que creía mi paraíso: el entonces prometedor y mágico mundo de la gastronomía.
Bandeja en mano, fui la atenta mesera de diversos restaurantes lujosos, la cara bonita de empresas de catering y una abnegada servidora de café en sucuchos céntricos. Como además eran tiempos de recorrer los bares cuando salía a la noche con mis amigos los fines de semana, fue natural empezar a trabajar en uno. Como con el amor a promera vista, me enfrenté a una barra, me atrapó su funcionamiento y me dije: “Basta de comandas, lo mío es ser bartender”.
Entre mis 19 y 25 años atendí barras de todo tipo. Muy rockeras, re fashion, súper de moda y hasta casi olvidadas en un pueblito perdido de la isla española de Mallorca. Después me independicé de la gastronomía para, idealismos aparte, trabajar como periodista. Desde entonces sólo volví a los bares como clienta que sabe apreciar un Manhattan bien servido y valora que se cumplan los códigos de la buena gastronomía.
Este Yo fui bartender, para mí, es mucho más que un ejercicio periodístico de una vez, es mi pasado, parte de mi personalidad, y volver a pasarme del otro lado de la barra es tan aterrador como genial. Y acá estoy, en el coqueto Le Bar, lista para preparar los cocteles que me pidan y tratando de detener el aluvión de recuerdos laborales del pasado.
La última vez que hice esto, mi noche despedida de las barras, uno de esos clientes habituales con los que se charla con confianza, pero nunca lo viste ni lo verás fuera del bar, me llenó el propinero con poemas. Sus versos eran tan porno que no me dieron risa. “Reconoceme que no te miento con lo del amor y soy sincero. Dame tu teléfono”, me dijo después de que leí la saga de 16 postales gratis llenas de rimas en formato de soneto, aforismos breves y hasta canciones. Por ejemplo, una estrofa de un tango, decía (Sic): “Muy de blanco y de yaqué/ con Dani yo me casé/ y la sorpresa apareció/ cuando vi que no era un ángel/ al disc jockey se transó,/ en el baño le dio al mozo/ y al patova que era grosso”.
Acá, en Le Bar, a dónde vine por una noche como bartender invitada, el propinero está lleno de billetes de verdad y algunos hasta son dólares. Todavía es temprano y Leandro, mi anfitrión, me dice que es hora de preparar la barra. Chequeamos que las botellas estén llenas, que haya stock de todo, cargamos la hielera, limpiamos la cafetera, ponemos servilletas, ordenamos los vasos y copas.
Es una tarea detallista, obsesiva, casi como de serial killer. Todo tiene que estar pulcro, impecable, bien dispuesto y a mano para que después, en el fragor de la noche, no falte nada ni se pierda tiempo. La atención al cliente es igual de importante que la calidad de los tragos.
En mi primera barra yo no sabía todo eso, porque aprendí trabajando, sobre la marcha, y llegué a tener tanto caos que una noche que el bar estaba repleto y no paraban de salir tragos, sufrí algo bastante parecido a un mini brote psicótico. De verdad.
Era un verano intenso y la cercanía con la cocina mantenía mi lado de la barra bastante caldeado. Me pidieron un Tom Collins (gin, almíbar, jugo de limón y soda) y yo creí que se hacía en la coctelera. ¿Alguna vez sacudieron como locos un recipiente repleto de agua gasificada? Bueno, fue un cóctel explosivo. Literal. Después de servirlos empapada y pegoteada, chapoteé en mi puesto de trabajo hasta una camarera malhumorada que reclamaba su pedido mientras el cajero me reclamaba algo de una comanda.
Desde la cocina salía más calor y entonces, en medio de todo eso, mientras yo le rezaba a un dios imaginario para que me creciera un tercer brazo, una chica me pidió un café. Todo se detuvo por un segundo. Miré en cámara lenta la cafetera y su vapor amenazante. A mi alrededor, oía en distorsión la frase “un-cor-ta-do-por-fa-vor” y distintos nombres de tragos que la seguía arrojándome, todos querían todo “ya mismo” y entonces me quebré. Dije “si querés cafeína tomá coca cola”, dejé rodar una lata sobre la barra, intenté irme corriendo pero me enredé con los cordones de mis zapatillas, me caí al piso y me puse a llorar desconsoladamente.
Desde esa noche en adelante fui como un maestro zen. Nunca volví a encarar una jornada de trabajo con mi barra en desorden y aprendí con pericia la receta de todos los tragos de las cartas en donde trabajé. Ahora, como bartender invitada, sigo el método de organización de Leandro, que es diferente al mío, pero me adapto por cortesía. Empiezan a llegar algunos clientes. Son los que salen de trabajar en oficinas céntricas, extranjeros que paran en hostels de la zona y parejas con aire cosmopolita. Momento: me piden una cerveza. La tiro prolijita, con tres centímetros de espuma.
Ahora, un muchacho francés quiere un JB con hielo y sirvo los ocho tiempos sin medidor. Antes, en mis inicios, un jefe de barra que me crió en la buena atención me contó que un whisky son ocho mississippis. Se cuenta “un mississippi, dos mississippis…” hasta ocho et voilà: es como un medidor y la yapa incluida.
Acaba de entrar una pareja. Se acercan a la barra con aire decidido. Quieren un Lola (tequila, menta fresca y cranberry), que es una receta especial de Le Bar. Se lo piden Leandro. Lo conocen. Charlan. Le dicen: “Sos nuestro barman favorito”.
Yo no soy barman. Yo fui (soy) bartender. Tampoco soy barmaid (como se dice en Inglaterra) ni barwoman (término horrible que no existe) y menos aún la chica de la barra. Elijo el término “bartender” (un genérico para hombres y mujeres por igual) porque siempre me pareció el más acertado y ahora, hace ya un tiempo, es el que se usa en casi todos lados. Siempre me molestó ese masculino para una profesión que puede ser, hilando fino, bastante femenina. Piensen: La alquimia, la mezcla y la intuición a la hora de inventar un trago son más nuestras que de ellos. Y la paciencia que hay que tener a veces con los clientes es casi maternal. Yo he sacado llaves de autos a borrachos y llamado taxis incontables veces.
En Buenos Aires, de hecho, uno de los referentes a la hora de la coctelería es Inés de los Santos. Ella fue, durante mi carrera gastronómica, mi norte inalcanzable. Igual que yo, también comenzó como camarera hasta que tuvo la chance de meterse detrás de una barra. Tenemos la misma edad y aunque recorrimos un camino similar, en vez de colapsar una noche en llanto y seguir a los tumbos para terminar abandonando la profesión, ella hizo una gran carrera.
Miles de veces bebí sus cocteles y me senté en sus barras, pero nunca le dije que la admiraba ni me atreví a considerarme su colega. La seguí a lo largo de su paso por el Gran Bar Danzón, Radioset y Casa Cruz sin decir ni mú. Actualmente, se dedica a la consultoría de bares y restaurantes acá y en el exterior, se encarga de capacitaciones y asesoramientos para distintas marcas, suele ser jurado en concursos nacionales e internacionales y cada tanto dicta unos cursos que no me animo a tomar porque ya es tarde para mí. Lo que sí, hace dos años compré su libro, Barras / Bares de Buenos Aires (Planeta), y es mi biblia etílica desde entonces.
Pero bueno, controversias etimológicas aparte, quiero decir para terminar con el tema que a Inés también le gusta que le digan bartender, que es una de las más grossas de Latinoamérica y que ya mismo tengo que ir a buscar las frutillas porque Leandro se puso a pelar y cortar los ananás y todo tiene que estar listo antes de que se largue la noche.
Nunca me gustó exprimir naranjas porque suelen arderme los pellejitos de los dedos, así que esta vuelta, ya que soy invitada en la barra y puedo decir “eso no quiero hacerlo”, esquivo la tarea y me pongo a cortar duraznos, me como algún que otro pedazo y le rindo mi homenaje a las botellas, hermosas y coloridas. Les paso un trapo húmedo y las dejo ordenadas por tipo de bebida y con las etiquetas mirando al frente. Me siento orgullosa. Está todo precioso.
Uno de los bares más impecables que vi en mi vida es el Chabrés, paraíso de los que saben apreciar un buen trago y la ceremonia de la alta coctelería. Casi no tiene salón, porque la estrella es la barra, que ocupa casi todo el local ubicada en el centro y rodeada de banquetas de altura perfecta con ganchos a un costado para colgar el saco o el maletín.
Ahí, en el centro del centro, está otro de mis ídolos de la coctelería. Oscar Chabrés, el dueño, es un bartender como los de las películas de la época de oro, peinado a la gomina y siempre de smoking. Trata a cada cliente como si lo conociera desde siempre, pero con la esperable distancia de respeto por la intimidad. Prepara cada trago con una calidad nockeadora y, si uno tiene ganas de saber más, siempre está dispuesto compartir su conocimiento de un modo didáctico y entretenido.
Oscar es discípulo de uno de los grandes maestros de la coctelería argentina, Eugenio Gallo, estrella de concursos internaciones en la década del ’60. Trabajó en el Plaza, el Teatro Colón, varias embajadas y el Club Alemán hasta que llegó a la barra del Hotel Claridge, donde se hizo mito a lo largo de 20 años. Ahora, desde hace tres años tiene su propio bar y es mentor de gran parte de al menos dos generaciones de bartenders. Yo no pertenezco a esa elite, pero me permito sentirme una pariente lejana.
Cuando empecé a trabajar en barras, hace más o menos quince años, era el momento de auge de los chefs, que estaban de moda y eran la atracción central. Cuando dejé la gastronomía, los nuevos niños mimados de la escena eran los sommeliers. Ahora, desde hace ya un tiempo largo, es indiscutible que las estrellas del mundo gastronómico son los bartenders.
Igual, tanto antes como ahora, en la barra siempre se gana. Todos quieren algo de vos. El chico que ni te mira si se sienta en la banqueta de al lado tuyo cuando sos cliente, se convierte en tu fan número uno si sos la que prepara los tragos. Es así, pasa ocho de cada diez. Es un promedio prometedor.
Así que volver a estar de este lado de la barra es casi como ser una estrella de rock. Recuerdo la sensación y me siento más linda que de costumbre mientras paso un trapo rejilla por la cafetera y compruebo que mi pelo está más brillante que nunca en el reflejo de un balde de champán. Miro a los ojos a cada cliente con una seguridad de la que normalmente carezco cuando estoy “de civil” y me voy convenciendo de que hoy, ahora, por un par de horas mientras esté en Le Bar, soy una diva de los cocteles.
Igual, también sé, todos los colegas gastronómicos lo saben, que este es un poder divino y embriagador que hay que saber regular. Es importante andar con cuidado porque los fans se transforman fácilmente en acosadores y nadie quiere tener un Mark David Chapman acechando por ahí. A mi tercera barra, cuando ya sabía preparar de memoria cualquier trago y no lloraba por estrés, venía un personaje que puso a prueba toda mi amabilidad.
Michel siempre tenía puesto un poncho oloroso, llevaba colgando del cuello una bolsita de alcanfor y usaba antiparras adornadas con plumas arrancadas de un plumero. Debajo de toda esa apariencia se sospechaba un chico guapo y el rumor aseguraba que era un millonario excéntrico.
Él me idolatraba, se quedaba extasiado mirándome licuar daiquiris o papar moscas en los tiempos muertos y siempre me dejaba unas propinas astronómicas. Además, era muy amable y yo me sentía como obligada, de alguna forma, a devolverle la cortesía. Pero toda mi buena intención se rompía en pedazos al despedirnos, porque él insistía en saludarme con un beso. Cada día yo veía cómo se acercaba a mi cara con su barba larga hasta la mitad del pecho y repleta de miguitas y comida fosilizada desde tiempos inmemoriales. Yo intentaba poner la mejilla, pero siempre, a último momento, me ganaba la fobia y me escapaba. Era angustiante. Con él, a la fuerza, comencé a aprender la técnica de la cortés distancia.
Todavía no tengo que preocuparme por hablar mucho con nadie acá en Le Bar porque la noche no termina de empezar y hay poca gente. A esta hora temprana, además, nadie pide tragos y me está empezando a agarrar una pequeña ansiedad. Tengo ganas de ponerme a sacudir la coctelera.
Alto. No, no hago trucos como Tom Cruise en Cóctel ni bailo en mini short sobre la barra a lo Coyote Ugly. Yo soy una bartender clásica, en el sentido literal del término: me gusta beber, tengo un trago al que me apego, pero cuando le sirvo a otros me fijo que todo esté perfecto y no falte ni demore nada aunque haga cada tanto un impás para degustar mi whisky (preferentemente Jamesons, sin hielo, y con apenas un chorro de agua en vaso pequeño). Al final de la jornada y con el bar vacío, antes de irme a casa, me prometo un delicioso y perfecto Manhattan. O dos.

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*Una versión de esta nota fue publicada en la revista El Guardián en mayo de 2011.