viernes, 15 de marzo de 2013

Tinta Roja: El hombre que sabía demasiado*


Pier Paolo Pasolini fue asesinado en 1975. Retratista de mundos marginales, ahora se sabe que el poeta, cineasta y escritor fue víctima de un atentado por su ideología. El 5 de marzo hubiera cumplido 90 años. 

*Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en marzo de 2013

El final de la vida, y el inicio del misterio, sucedió en la madrugada del 2 de noviembre de 1975 en un descampado cerca de la popular playa de Ostia, a unos 30 minutos de Roma. Ahí nomás de la costa del mar Tirreno asesinaron a Pier Paolo Pasolini y, así, interrumpieron el proceso de la magnífica genialidad con la que el artista italiano estaba retorciendo el rumbo pacato y esquivo del siglo XX.
Las sombras aún oscurecen la resolución de un homicidio plagado de intrigas políticas y homofobia. Durante casi 40 años, los cabos sueltos fueron encubiertos por una investigación ineficiente que pareciera no haber querido ver los hechos. Aunque la causa ya se reabrió cuatro veces es imposible saber si un día se encontrará al culpable. Si la única verdad es la realidad, por el momento es que Pasolini decidió no callarse nunca nada y pagó con su vida por eso.
Al hablar de él se dice que fue poeta y cineasta. Cuando le preguntaron en una entrevista cuál era su calificación profesional preferida, respondió: “En mi pasaporte, yo escribo simplemente escritor”. Esa charla en la que anunció cómo quería ser recordado sucedió en la víspera de su asesinato, el 31 de octubre de 1975. Pero las casualidades no existen.
Genio, puto, comunista y pendenciero, Pasolini fue un juglar moderno y el motor de su existencia fue decir. Las prostitutas y los chicos de la calle fueron su inspiración, sus protagonistas, sus obsesiones. El lenguaje del arrabal italiano lo enamoró y con esa voz dijo poesía, cine, ensayos, narrativa. Habló todos los lenguajes  con el corazón y dejó una huella imborrable, preciosa, que incomodó a muchos.
“Soy un gatazo turbio que una noche será aplastado en una calle desconocida”, dijo poco antes de ser asesinado. Era un personaje polémico y siempre lo supo. Quizá lo buscó. Su talento más enorme, fuera de su sensibilidad artística, fue ser crítico y provocador en contra del poder corrupto y burgués. Pasolini desafiaba abiertamente y al mismo tiempo tanto al sistema capitalista que se estaba instaurando en Italia como a las incongruencias de los ideales marxistas por los que militaba. Eso fue lo que le costó la vida y no el encuentro sexual fortuito con un muchachito, como el establishment quiso hacer creer.
Lo más fácil fue hacer creer que Pino Pelosi, el chico de 17 años que se había levantado para un revolcón, fue el único responsable. Y el pibe, entonces, cerró la investigación cuando confesó el crimen. Dijo que había actuado en legítima defensa porque Pasolini lo quiso violar. Dijo eso y fue siete años a prisión. Pero había mucho más para contar.
Pelosi era un niño flacucho y Pasolini un experto en artes marciales. ¿A nadie se le ocurrió pensar que era imposible tal proeza física? La periodista Oriana Fallaci, además, había asegurado que al escritor lo habían matado dos personas y no el adolescente, pero nadie le hizo caso porque ella quiso respetar el secreto de su fuente. No son dignos de una buena trama tantos cabos sueltos y menos aún de una vida tan trascendente. Así que finalmente, 30 años después, en 2005, el asesino habló.
Fue en un programa de televisión nocturno de RAI 3, Sombras sobre el misterio, uno de esos que invitan a la confesión mientras los televidentes cenan. Pelosi, de entonces 46 años, reconoció que aunque había causado la muerte de Pasolini al pasarle por encima con el auto al huir, los asesinos fueron otros: tres hombres que amenazaron con matar a su familia si hablaba y dijo que por eso calló. “Ahora mis padres están muertos y ya no tengo miedo”, explicó. Contó que los que atacaron al escritor tenían acento siciliano y que mientras lo desfiguraban a bastonazos le gritaban: “Maricón, sucio, comunista”.
¿Qué hacía Pasolini esa noche en aquel paraje al lado de la playa de Ostia? Su amigo Sergio Citti afirma que había acudido a una cita porque era víctima de un chantaje por el robo de unos rollos de su controvertido film Saló o Los 120 días de Sodoma. Eso está entre los testimonios de la causa, que la familia de la víctima entonces exigió que se reabriera.
Los motivos políticos fueron finalmente aflorando. En 2009 se descubrió que Pasolini tenía intención de revelar en Petróleo (una novela que quedó evidentemente inconclusa y de publicación póstuma) el nombre del culpable del presunto homicidio en 1962 del industrial Enrico Mattei, presidente de la compañía petrolera Eni. Así fue que volvió a abrirse el sumario del caso, ya por cuarta vez. El año anterior lo habían exigido en un manifiesto 700 intelectuales de todo el mundo.
Aunque muerto, Pasolini sigue diciendo. Enterrado, aún está hablando. En 2010, la fiscalía de Roma solicitó un interrogatorio con el senador del partido de Silvio Berlusconi, Marcello DellŽUtri, condenado por asociación mafiosa en primer grado, porque había anunciado en los medios que poseía el capítulo dado por perdido de Petróleo, ahí donde el escritor había volcado muchos de los datos de su investigación y que podría ser la causa verdadera de su muerte.

Llorar un lago
Pasolini sabía, sabio, casi como un brujo lo que venía. Lo imaginaba, lo soñaba en pesadillas que tradujo en obras de arte. En Pajarracos y pajaritos (1966) no sólo anticipó el neorrealismo picaresco, sino que en la escena final de la película presagió más que escalofriantemente su propio final. Un hombre golpeado hasta la muerte, atropellado y destrozado, su cuerpo sin vida abandonado en un paraíso turístico.
El escritor italiano Alberto Moravia contó que reconoció de inmediato el sitio en el que fue asesinado su amigo: “Pasolini ya lo había descripto tanto en dos de sus novelas, Muchachos de vida y Una vida violenta, como en su primera película, Accattone”. Ese modo premonitorio de enredar su vida y su arte no tienen que ver con magia, sino con una inteligencia intuitiva que mostró y ejerció segundo a segundo a lo largo de su interrumpida existencia.
El comienzo de su intención de cambiar el mundo desde Roma llegó con su novela Chicos del arroyo en 1955. Al cine entró de la mano de Federico Fellini y desde entonces fue un director prolífico, obsesionado con retratar la realidad, que mostró con maestría la Italia profunda. Entró a la década del 60 rompiendo todos los moldes y alcanzó la fama internacional con films revolucionarios, tan repletos de realismo y sexo como de violencia y sadismo.
El Evangelio según Mateo (1964) es la patada definitiva en la cara de las apariencias porque ahí Pasolini logra, con su bestial sutileza y rotunda delicadeza, una obra de excepcional calidad y belleza. Ahí  conviven en perfecta armonía el marxismo y la espiritualidad cristiana, las dos ideologías que movieron y marcaron su vida y legado.
Sobre la muerte de su amigo, Moravia reflexionó: “Su fin ha sido al mismo tiempo parecido a su obra y disímil de él. Parecido porque ya había descripto, en su obra, sus modalidades escuálidas y atroces, disímil porque él no era uno de sus personajes, sino una figura central de nuestra cultura, un poeta que había marcado una época, un director genial, un ensayista inagotable”.

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jueves, 7 de febrero de 2013

Azul: Leyendas de una ciudad sin tiempo*

Elegida por la Unesco como el paraíso cervantino por excelencia, todos los años se organiza un festival donde se exhiben ediciones históricas del Quijote. La paz de un pueblo con el dinamismo de una arquitectura original y un refugio para historias y personajes que parecen escapados de relatos de aventuras.

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*Una versión de esta nota fue publicada en la revista El Guardián en diciembre de 2012.

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"En Las ciudades invisibles no se encuentran ciudades reconocibles. Son todas inventadas; he dado a cada una un nombre de mujer; el libro consta de capítulos breves, cada uno de los cuales debería servir de punto de partida de una reflexión válida para cualquier ciudad o para la ciudad en general”. Así comenzó a explicar Italo Calvino, en 1983, once años después de la publicación original y para una nueva edición en una nota preliminar, uno de sus libros de aventuras más hermosos y extraños.
La ciudad de Azul podría ser narrada por aquel Marco Polo que le contaba el mundo al Kublai Kan que Calvino imaginó emperador de los tártaros por capricho literario. Entre todas esas ciudades con nombre de mujer, como Cecilia, Dorotea, Cloe, Irene, Berenice, Anastasia o Tamara bien podría estar Azul. Hasta su nombre es bonito, incluso tierno. Y tiene, como las fabuladas por el escritor, componentes mágicos, pero reales, que sirven para la reflexión general.
Hay historia de fundación nacional, hay gauchesca, hay pasado heroico de la indiada, hay belleza apacible de pueblo, dinámica cultural de ciudad y hay, de postre, una de las panaderías más antiguas de Buenos Aires, un arroyo, la huella de un arquitecto demente, el paso descontrolado de un escultor que de los metales hace obras, un matadero con un cuchillo de hormigón armado que apunta al cielo, gente que se quiere ir, los que se quedan, los que no pueden evitar volver y los que adoptan el lugar, se van de vacaciones, migran, se instalan. Está, también, el comienzo del Sistema de Tandilia, conformado por una serie de sierras más allá del monasterio de los monjes trapenses y eso es apenas esbozo de todo lo que se podría narrar.
En Azul las calles tienen capturado el paso del tiempo. El reloj de la catedral Nuestra Señora del Rosario, ubicada en el centro y corazón de la ciudad, este año decidió acompañar el encanto y está detenido, clavado en una hora imprecisa que no avanza. El templo de estilo gótico de 1906 mira la Plaza San Martín, maniáticamente diseñada por el mítico y tenebroso Francisco Salamone.
El arquitecto que durante la década del treinta dejó su huella grandilocuente y futurista a lo largo del diseño de los municipios, mataderos y cementerios de pequeñas ciudades y pueblos de la provincia de Buenos Aires tuvo destino misterioso: después de tres años de erigir monumentales obras de 40 metros de alto en poblaciones de casitas bajas se perdió en el mapa y hoy sólo queda su rastro inquietante que salpica la pampa para gusto y morbo del paseante.
En Azul, muchas de las casas son antiguas, enormes, y las veredas finitas, zigzagueantes, están llenas de naranjos de frutas amargas dispuestas a irse con el que pasea, pasa y levanta apenas la mano. Muchos andan en bicicleta, los jóvenes se juntan con sus motos en los bares y por todos lados los vecinos se asoman, se saludan. Perdidas se pueden encontrar, como un bonus extravagante, algunas esculturas de Carlos Regazzoni, sus fierros retorcidos con forma de hormiga gigante, un malón de indios o una Dulcinea enorme que saluda prometedora, inalcanzable para el Quijote. Y más allá el ganado, las vacas, los caballos, la ruta.
En Azul hay un arroyo largo, arbolado, en donde desembocan las calles, que se deja perseguir. Si el transeúnte lo hace puede mirar correr el agua desde un puente y adentrarse en las 22 hectáreas del Parque Municipal “Domingo F. Sarmiento”, que tiene torres de castillos y una vegetación como la de un bosque en el que podría reinar Totoro.
Esta pequeña gran ciudad se mantiene clavada en el centro geográfico de la provincia de Buenos Aires desde 1895. Antes fue el antiguo fuerte de San Serapio Mártir del Arroyo Azul, construido en 1832 para contener el avance de los malones y previamente fue desierto. Siempre fue algo, nunca fue nada. Ahora es todo eso y también más. La costanera Cacique Catriel y el Teatro Español, como los dos puntos de la identidad del lugar, opuestos que se unen en un interés actual: compartir el no tiempo y celebrar su diversidad para encarnar el aleph de rarezas que lo hace único.

Festival cervantino
Había una vez un loco lindo que hizo de su obsesión personal la identidad de la ciudad en la que eligió morar. Que juntara obsesivamente todo lo publicado por José Hernández y Miguel de Cervantes, que optara por vivir en Azul, que su compulsión lo haya llevado a tener la colección de libros del Quijote más importante de Sudamérica, que muriera trágicamente su hija a una edad temprana y entonces él se dedicara a las obras culturales y benéficas, todo eso es la génesis de un capricho que conformó un destino. El de la actual ciudad con nombre de mujer, o de color, está signado por muchos dementes productivos que dejaron su huella, pero hubo uno puntual: Bartolomé José Ronco, que nació en 1881, falleció en 1952 y en el medio cambió todo. Ese fue el hombre que hizo la más profunda mella.
La Casa Ronco es uno de los patrimonios más valiosos de la comunidad azuleña. En este caserón antiguo de más de 14 habitaciones se exhibe, a lo largo de tres salas, un museo de la vida tanto doméstica como intelectual del bibliófilo y su esposa, María de las Nieves Clara Giménez, la responsable de haber donado a la Biblioteca Popular de Azul el lugar tras su muerte en 1985.
En el estudio hay más de cinco mil libros de diversas temáticas –filosofía, derecho poesía– encuadernados por la devota viuda. En el segundo salón está la biblioteca que parece pergeñada por M. C. Escher, pero que fue construida por Ronco, también carpintero, y ahí se alojan casi dos mil libros cervantinos y hernandianos provenientes de sus viajes por Europa, Montevideo y Buenos Aires. Entre los tesoros que el guía y coordinador ejecutivo Eduardo Agüero manipula con delicadeza y unos guantes blancos como de Tribilín, se encuentran unas 350 ediciones que equivalen a 1200 volúmenes del Don Quijote de la Mancha.
La más antigua de las ediciones cervantinas que poseía Ronco es un ejemplar en castellano de 1697 y hace pocos años el escritor británico Julian Barnes donó al Museo la primera traducción al inglés de Thomas Shelton, de 1675. En vida, el coleccionista acopió rarezas como el Quijote más chiquito del mundo editado en dos tomos, los más grandes de los siglos XIX y XX, la primera edición con grabados del artista de la corte inglesa en 1739 y otro perteneciente a la reina María Cristina de España, publicado circa 1840. Además, hay ejemplares ilustrados por artistas como Gustave Doré, Salvador Dalí, Walter Crane y hasta Walt Disney.
En 2007, a cuento del azar y la compulsión de Ronco, la Unesco distinguió a Azul como Ciudad Cervantina de Argentina y desde entonces cada año se realiza un Festival en el que la comunidad enclavada en la Pampa Deprimida –ahí donde hace casi 200 años se detenía a los malones– celebra al son de “Soy Quixote”.
El domingo 11 de noviembre finalizó el Festival Cervantino en la ciudad de Azul. En esta oportunidad el lema fue “Cultura por la paz”, así que entre sus visitas ilustres estuvo el Nobel Adolfo Pérez Esquivel, quien dio una charla en la primera Feria del Libro Argentino y Latinoamericano que se llevó adelante en estas seis ediciones. Entre otros, también participaron de conferencias y entrevistas el escritor Juan Sasturain y el dibujante Miguel Rep, que en 2011 realizó un mural quijotesco frente al arroyo Azul y hasta donó el logo que es marca del festejo.
Las diez jornadas de actividades estuvieron repletas. Una trasnoche transpirada tocó Palo Pandolfo en un bar y en el medio de su afiebrado show-ceremonia hizo una pausa, le mostró un colgante al público que sacó desde adentro de su remera empapada y contó que esa es su piedra azul, que lleva siempre colgada en homenaje al cacique Calfucurá, bravo guerrero que recorrió las tolderías de la pampa y arrasó a su paso con el invasor español. Después siguió cantando.
Otros días se podían ver obras de teatro, una gran murga en la que participaron todas las escuelas locales, se dieron talleres, hubo artes visuales, ferias de diseño y un cierre a cargo de La Bomba de Tiempo. Sin embargo, con todo esto, apenas se estaría describiendo una porción del Festival que, este año, además celebró el 180 aniversario de Azul.
Marco Polo podría narrarle cada aspecto de esta ciudad bonaerense al Gran Kan y hacerle creer que describe mil destinos diferentes. Como si lo hubiera imaginado Calvino, el embajador favorito del emperador relataría un lugar que posee un cementerio con una entrada enmarcada por un RIP alto como una montaña, que adelante tiene al arcángel vengador y atrás a todos los muertos. Pero eso no está en el libro, sino en Azul.
Cuando ya se aprendió cada minucia del lenguaje y las ciudades invisibles fueron también incontables, el Gran Kan propuso un juego, deseó cambiar el método y anunció que sería él quien pasaría a describir los lugares para que Marco Polo comprobara su existencia. Entonces, quizás, el temible emperador podría decir muchas cosas, imaginar infinitos escenarios y el viajero siempre terminaría en Azul.

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miércoles, 6 de febrero de 2013

Gustavo Santaolalla: “No fue hace tanto que estábamos tan mal”*

De Ushuaia a Palpalá. Así rebautizó el músico y productor a la gira oficial con la que hizo conciertos en simultáneo para todo el país. Charla y de viaje por Jujuy.

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*Una versión de esta nota fue publicada en la revista El Guardián en septiembre de 2012. 
Fotos Silvina Frydlewsky / Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación. 

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Camina hacia el cine teatro Altos Hornos Zapla, de Palpalá, en Jujuy, y sonríe levemente. Lo esperan casi 200 niños que están preparando los temas para el recital de la noche siguiente. Es lunes 27 de agosto y Gustavo Santaolalla está listo para ensayar. Entra, se sienta en una butaca como si fuera un vecino más y observa. Andrea Merenzon, directora artística del Festival Internacional Iguazú en Concierto y miembro de la Filarmónica del Teatro Colón, entre otros méritos, marca el ritmo para la Orquesta Infanto Juvenil de la provincia de Jujuy. Desde la entrada avanzan dos filas de jóvenes intérpretes de instrumentos autóctonos hasta el escenario y terminan todos juntos el tema.
Hay una sonrisa enorme en 170 caritas que buscan el sí de Santaolalla. Tocan más. El músico y polirrubro del éxito se acerca y, como quien no quiere la cosa, baila un poco. Sube al escenario para dirigir, pero aún no puede empezar porque los chicos lo aplauden, le zapatean, corean su nombre. Agradece y se para delante del atril. Entonces llega el silencio. Es un silencio expectante que se intensifica cuando Santaolalla levanta la batuta y se rompe en música cuando hace un gesto y todo comienza a sonar en armonía.
Los pequeños violinistas brillan, los mini celistas bailan en sus asientos, los jóvenes contrabajistas se balancean, los charangos suenan felices, la sección de vientos es un tornado de felicidad, la percusión suena como muchos corazones en sintonía y todos son una murga, un carnaval y música clásica; son un sonido que se forma en un caos organizado y el resultado es puro color.
“Santaolalla es el director más bueno que tuve porque baila, sonríe y nunca me reta”, dirá una niña integrante de la orquesta, antes del show oficial. Cuando alguien hace algo que le gusta de verdad, se nota en los pequeños detalles y en el resultado final. Ahora está pasando algo que les gusta a las personas involucradas y la felicidad baja del escenario como un río desbocado. Todos están listos para el recital.
Este ciclo de conciertos y charlas con Gustavo Santaolalla, presentado por el Plan Nacional Igualdad Cultural, es breve, pero enorme. Primero tocó en la sala del Auditorio Juan Victoria en San Juan junto a la Orquesta Juvenil de la Universidad Nacional de la provincia, después fue el turno de Palpalá, en Jujuy, y el final tiene como escenario el Espacio Joven de Tecnópolis junto a la Orquesta Sinfónica Juvenil de la Municipalidad de Hurlingham, dirigida por Roberto Flores.
 Esta propuesta, impulsada por el Ministerio de Planificación Federal, Inversión Pública y Servicios, y la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación, se lleva adelante con la intención de promover la actividad musical de las nuevas generaciones y, sobre todo, impulsar la inclusión cultural. Por eso es que, con el objetivo de acercar la cultura a todas las regiones del país, cada una de las funciones se pudieron disfrutar por el canal 360 TV de la TDA, como parte de un programa especial producido por Igualdad Cultural, y también a través de la página web del plan, www.igualdadcultural.gob.ar.
 El recital de Jujuy fue transmitido en vivo en el Espacio INCAA km 2290 de Comandante Luis Piedra Buena, Santa Cruz, donde se reunió más público para hacer de la experiencia, según Santaolalla, un remix de su exitoso De Ushuaia a La Quiaca y convertirlo en “De Ushuaia a Palpalá”.

Crónica de un Jujuy agitado
Hay que rebobinar hasta esa noche jujeña para entender un poco el fenómeno. El teatro está repleto y también el hall de entrada, en donde hay mucha más gente viendo todo a través de una pantalla. Los vecinos llevan sus mejores galas, que incluyen desde tapados de piel hasta camperas deportivas. Esto pasa en cada pueblo o ciudad en la que se presenta el espectáculo: los protagonistas son los lugareños. Las estrellas de la velada son las orquestas locales juveniles y el público son los padres, hermanos y amigos.
Eso le da marco a la presentación de Santaolalla que sabe mezclarse con la energía de cada lugar como un camaleón. “Adoro Jujuy, desde chico conozco esta provincia hermosa” es una de las primeras cosas que dice el músico al subir a escena y, sin esfuerzo, se gana el primero de muchos aplausos. Cuenta que a los cinco años tuvo la oportunidad de dirigir una banda rítmica en el jardín de infantes y que hasta ahora no había vuelto a hacer algo así. Dice que es un lujo volver al ruedo con ellos, que las orquestas juveniles de San Juan y de Jujuy son excelentes y que se siente honrado.
Arranca la ovación. “Me gusta la gente”, arroja con simpleza y confiesa que no sabe leer ni escribir música, pero compone desde los 10 años. Aquel primer tema, recuerda, fue una chacarera que todavía le parece buena y asegura: “Desde mis tiempos en Arco Iris lo que más me importa es mostrar quién soy y de donde vengo”. Es el momento de demostrarlo otra vez. Sentado en una banqueta y abrazado a su guitarra, Santaolalla canta sus temas para todos.
Ahora es otra vez el hombre serio y concentrado que lleva adelante mil proyectos a la vez y con los ojos cerrados canta No existe fuerza en el mundo, La noche ya es día, Un poquito de tu amor, Río de las penas, Ando rodando y, hit de hits para cerrar la primera parte del show, Mañanas campestres donde por fin se puede sumar el público. O parte del público.
Después llega el momento sobre el escenario de los 170 músicos, de entre cuatro y 18 años. Interpretaron la obertura de Guillermo Tell, de Gioachino Rossini, y al menos tres violines rompieron cuerdas. Eso es una verdadera explosión de talento. El Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles de Jujuy (SOJ) cuenta con 16 agrupaciones formadas por casi 700 niños, adolescentes y jóvenes de San Salvador de Jujuy, Maimará, Purmamarca y otras localidades de la zona. Su director, Sergio Jurado, explicaría más tarde el espíritu del proyecto que tiene a Santaolalla como protagonista: “Creemos en una formación musical basada en la experiencia. Desde el momento en que empiezan a tocar un instrumento, los niños integran las orquestas y comparten con sus pares un camino de aprendizaje. En principio, nuestro objetivo no es formar músicos concertistas. Simplemente buscamos que disfruten. De esa forma se logran los mejores resultados y aflora el talento”.
El gran cierre es con Santaolalla como parte de la orquesta, dirigidos todos por Merenzon, en temas como The Journey y, finalmente con el músico batuta en mano, todos juntos cerraron con alegría al ritmo del Can Can, de Jacques Offenbach, y el carnavalito El humahuaqueño. El resultado fue un show de tres horas que pasaron volando y que terminó con todo Jujuy aplaudiendo de pie, en medio de una emocionante ovación. En otros puntos del país, resonaban más palmas vía satélite.

El hombre orquesta
Aunque es difícil encontrar a Gustavo Santaolalla con tiempo libre, porque hace cosas todo el tiempo sin parar, en el medio de todo y con la calma de un maestro zen, finalmente se hace un momento para hablar con EG. Dice: “Yo ahora en este momento estoy charlando con vos y no hay nada más importante en el mundo que esto, así como va a ser importante en un rato el momento de la cena, lo fue el show, y lo es ir viviendo cada cosa”.

¿Cómo hacés tantas cosas a la vez? Ahora mismo estás llevando adelante como 40 proyectos… 
–No, ¡muchos más! Podríamos estar acá todo un día si te empiezo a decir cada cosa que hago, jajajá. La verdad es que no sé cómo hago todo, pero al final siempre puedo. Yo, en el caos que es llevar adelante tanto a la vez, siempre encuentro el modo de que se haga cada cosa. Y ahí están funcionando los álbumes que produzco de muchísimas bandas y solistas, la cerveza Grosa que fabrico, los vinos de mi viñedo, estos conciertos con los chicos, las tocadas con Bajofondo, los libros, la familia… Todo está. Confieso que duermo poco, la verdad.

¿Hacés todo a la vez o vas proyecto a proyecto?
–Hago todo al mismo tiempo y estoy involucrado en 18 mil cosas. En algunas más y en otras menos, muchas cosas ya están listas, otras en proceso, otras son para más adelante. Pero tengo planes que involucran, así ya, los próximos cuatro años.
¿Cómo manejás la ansiedad?
–No, aunque te parezca mentira no tengo ansiedad ni estrés. Pasé situaciones difíciles en mi vida, por distintas cosas, pero en un momento algo me hizo clic y me cambió la manera de aproximarme a los problemas. Aprendí a dejar que las cosas sean. Cuando algo está trabado es mejor saber esperar para ir avanzando por los caminos que sí están despejados. Saber esperar es algo que aprendí con los años. De joven nadie sabe esperar. No hay que dejarse abrumar por los problemas, porque la vida es una sucesión de problemas y soluciones. Cuando pensás que todo va bien, seguro que algo malo va a pasar. Así que al revés también es lo mismo. Cuando estés en medio de un quilombo, la solución siempre en algún momento llega.
¿Y ahora, además, que estás haciendo? 
–Ah, muchas cosas, por supuesto, jajajá. Terminamos el último disco de Café Tacvba donde soy productor, estamos mezclando el nuevo de la banda en la que toco que es Bajofondo, en solitario tengo que terminar la música para un videogame, también tengo en camino la banda sonora de una película francesa que se llama Siete años atrás y te podría contar más cosas, eh. Eso no es ni el inicio.
Dale, contá más.
–Estoy cerrando una película de animación que se llama Día de los muertos, por la festividad mexicana, que la produce Guillermo del Toro. Estoy con el musical basado en la obra de Bajofondo que se llama Arrabal y lo estamos montando ahora en Canadá, aparte tengo dos o tres proyectos más con mi viñedo, mi fábrica de cerveza que se llama Grosa y estamos armando la gira con Bajofondo.
La producción de Café de los Maestros te llevó a trabajar con gente muy mayor y ahora este ciclo del Plan Nacional Igualdad Cultural te hace trabajar con adolescentes y niños. ¿Qué te gusta más?
–Siempre me gustó trabajar con todas las generaciones. Café de los Maestros, que son grandes; esto, que son chicos; León Gieco, que es como mi hermano y somos lo mismo… Y de hecho Bajofondo, que es un grupo transgeneracional porque están todas las edades ahí. También me gusta cuando pasa eso de crecer con la gente que trabajo, todos juntos. Por ejemplo con Café Tacvba, este año hace 20 que sacamos el primer disco y trabajamos juntos desde que ellos eran unos nenes y yo, bueno, mucho más joven que ahora, jajajá.
¿Qué te decidió a participar de este Plan Nacional Igualdad Cultural?
–Me parece alucinante que haya un programa en donde se esté planteando una conexión entre lugares distintos del país, creando eventos culturales que apuntan a nutrir de contenido a esos lugares desde otro ángulo. Si no siempre todo pasa por Buenos Aires, que es el mismo lugar. Yo soy amante y creo en mi país desde la época en que tocaba con Arco Iris. Adoro y celebro la posibilidad de hacer cosas que tengan que ver con el interior y más en este caso, donde la tecnología realmente ayuda a estar conectados con otros lugares.
¿Te parece que eso tan ideal realmente funciona? 
–Sí, creo que sí. También me parece que es una cosa tan nueva que falta un poco de tiempo para ver cuán efectiva es, pero todo lo que sirva para comunicar y para que la gente pueda intercambiar sus expresiones es bueno. Y que se haga de una manera in- mediata, que es bastante importante en la época en que vivimos, tiene que ser bueno y producir resultados positivos. Por eso creo que sí, que está funcionando.
¿Es o podría ser una forma de encontrar lugares interesantes de difusión?
–Siempre vas a encontrar detractores en todas las cosas. La quiero mucho a Cristina y creo en la orientación hacia dónde va el país. Es el gobierno al que más le creo de todos los que vi desde que nací. Pero no soy peronista ni kirchnerista, soy solamente artista. Y me interesa aclararlo porque así es más útil mi apoyo. Realmente se han producido grandes cambios en el país. Seguro que no existe el gobierno perfecto y falta mucho por hacer. Pero yo tengo memoria y no fue hace tanto que estábamos tan mal. Los cambios son muy profundos en poco tiempo. Por eso yo doy mi apoyo del modo en que lo hace un artista. Si a alguien le parece que está mal, realmente no me importa.

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martes, 29 de enero de 2013

Lana Wachowski: La mujer que se hizo a sí misma*

La mitad del combo "los hermanos Wachowski", la persona que pensó Matrix y Could Atlas. Entiende todo y ese es uno de los motivos por los que ahora es nuestra nueva chica favorita del mundo mundial. 

* Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en enero de 2013



"Los hermanos Wachowski” así, como un ente indivisible y también invisible, son desde la creación de la trilogía Matrix que arrancó en 1999 dos de los directores, guionistas y productores de cine más famosos del mundo. También se convirtieron en los más reservados, porque decidieron que el anonimato era un bien demasiado preciado para perder a cambio de la fama. Pasaron los últimos diez años a las sombras de los reflectores y todo lo que tenían para decir lo hicieron a través de sus películas. Les fue bien y mal. Está su obra como testimonio de lo positivo y la curiosidad y el morbo general que casi llegó a distorsionar su mensaje como signo de lo negativo. Pero todo se acaba de balancear para el lado correcto, el del final feliz, que es un comienzo.
¿Cuántas personas realmente se ponen en los zapatos de otros? ¿Se piensa de verdad qué pasa o cómo resuena en el receptor cada emisión de nuestros discursos? ¿Cuánto de lo que hacemos y decimos está centrado en intereses personales que mayormente vienen de juicios preadquiridos? Alrededor de esas temáticas gira la obra de los Wachowski, incluso antes de ser famosos y supuestamente de exclusiva propiedad de los nerds o fanáticos de la ciencia ficción, los efectos especiales revolucionarios y la acción metafísica que hoy es su firma.
Lana, antes Larry y la mitad de la efectiva dupla Wachowski, es una mujer transgénero que no se avergüenza de su cambio, sino que siempre lo consideró una evolución. Cuando en 1996 los hermanos debutaron en el cine lo hicieron con Bound, una película paradójicamente sin género, que podría ubicarse entre el thriller y el neo-noir con elementos de comedia en el estilo de Billy Wilder y mucha acción. Cuenta una historia lésbico-bisexual dirigida a todo el público, no sólo al colectivo GLTB, y ganó varios premios y felicitaciones.
Mucho efecto especial-existencial después, recientemente el dúo hizo un enorme y radical cambio. Sumaron un director, aparecieron ante el público y decidieron dejar atrás su preciada invisibilidad. Cuando en septiembre de 2012 fue el estreno mundial de Cloud Atlas (en el país está en las salas con el título de La red invisible) en el Festival de Cine de Toronto, caminaron por la alfombra roja los tres directores: Tom Tykwerm junto a los hermanos Wachowski, Andy y Lana.  Andy, el mismo hombre silencioso de siempre pero ahora calvo, y Lana, que solía ser el delgado y tímido Larry, pero que hace un tiempo asumió, con felicidad, su identidad trans.
Lana es una bella mujer de 48 años bien llevados y pelo rosa como el de un anime que sonríe con toda la cara cuando habla de cualquier tema. Es inteligente, divertida, está muy informada de todo lo que pasa a su alrededor y, como la gran artista que es, es consecuente con su obra. O sea que hace lo que dice. Se hizo visible a cambio de su vida tranquila para acompañar una película que teje la idea de que todos somos uno, de que cada acto tiene una consecuencia y de que, como dice uno de los personajes principales de Cloud Atlas fundiéndose en una con su creadora, “si permanezco invisible, la verdad permanecería oculta y no podría permitirlo”.
Esto lo contó Lana durante su discurso en la gala anual del Comité de Derechos Humanos en San Francisco, el 20 de octubre de 2012, cuando le entregaron el premio a la visibilidad. Más divertida que enojada explicó que su identidad trans no fue nunca el motivo por el cual con su hermano decidieron mantenerse anónimos, sino que fue por un aprecio a la libertad de poder ir y venir a su gusto.
“Con Andy y Tom Tykwer hicimos Cloud Atlas sobre la responsabilidad que nosotros como seres humanos tenemos unos con otros, porque nuestra vida no nos pertenece plenamente”, dijo con una sonrisa algo tímida y aprovechó la situación para mencionar a Gwen Araujo, el joven transgénero asesinado en California en 2002: “La invisibilidad es indivisible de la visibilidad, porque para las personas trans no es simplemente un enigma filosófico; puede ser la diferencia entre la vida y la muerte”.
Cómo se sentirá ser una chica que nació en el cuerpo de un hombre. Cuánto complicaría aún más las cosas si esa chica, en cuerpo de varón, gusta de otras chicas. Cuán difícil puede ser para el afuera entender todas esas cosas y, peor aún, de qué tamaño puede llegar a ser el dolor del que las vive en primera persona. Sobre eso también habló Lana Wachowski y en su discurso usó la inteligencia de sus guiones, su enorme simpatía y mostró cómo su fragilidad la hizo invencible. Así, como un superhéroe que podría haber creado junto su hermano.
Cuando alguien hace la diferencia es como un poco de sombra protectora en un desierto. Así que todos aplauden, dicen que bueno y de pronto el “raro” pasa a ser “normal”: entonces todo es políticamente correcto y ya nadie discrimina. Esas comillas son inamovibles porque implican que lo raro y lo normal son citas, referencias siempre realizadas por otros. En situaciones que tienen que ver con lo que la mayoría no entiende suele haber dolor. El que se queda solo y sin defensa tiene que ser un héroe para sobrevivir. Y no importa la minoría en particular a la que pertenezca, puede incluso ser simplemente pelirrojo en una sociedad castaña. Por eso, cualquier acto realizado o no, una palabra dicha o silenciada, todo es una toma de postura y eso implica a todos. Lana salió al mundo a aclarar los tantos porque entiende todas estas cosas. Ella hace.
“Cuando yo era joven quería desesperadamente ser escritora y directora de cine, pero no pude encontrar a nadie como yo en el mundo y sentía como si mis sueños se anularan simplemente porque mi género era menos típico que otros. Si yo puedo ser esa persona para otra persona, entonces el sacrificio de mi vida cívica privada puede tener valor. Sé que estoy acá por la fuerza, el coraje y el amor que tengo la bendición de recibir de mi esposa, mi familia y mis amigos. Y así espero ofrecer mi amor en la forma de mi materialidad a un proyecto como éste, iniciado por el Comité de Derechos Humanos, para que este mundo que imaginamos en esta habitación pueda ser utilizado para obtener acceso a otras habitaciones, a otros mundos antes inimaginables”, declaró.
“Ningún hombre es una isla que vive por sus propias fuerzas, ningún ego es un continente, ni un planeta autosuficiente. Acaso es un pedazo de miedo rodeado de nada, un jirón de vida colgado de un traje viejo, un guijarro lavado por las desmemoriadas aguas del tiempo. La ciencia es poca cosa, es un promontorio resbaladizo donde las manos se aferran. Tu cuerpo es una envoltura vana, un pájaro descoyuntado con el pico roto aventado a los basureros de la muerte. Habitante de la Tierra, la muerte de toda criatura te disminuye. Por eso, cuando alguien muere, no preguntes por quién doblan las campanas de la extinción, doblan por vos”.
Empatía. A grandes rasgos todos deberían saber el significado de esta palabra que podría hacer girar mejor nuestros mundos. Al menos tener idea de una definición cercana y tratar de aplicarla. Eso hace Lana Wachowski. El poeta metafísico inglés John Donne tenía 52 años en 1623 cuando escribió su obra más trascendente, Meditaciones en tiempos de crisis. La Número XVII, citada en el párrafo anterior, tiende una red invisible a través de los tiempos y demuestra, empírica y hermosamente, su certeza.
En 1940, Ernest Hemingway publicó un libro que tituló en homenaje a la reflexión de Donne. Por quién doblan las campanas es una novela que habla de la Guerra Civil Española en primer término, pero en realidad cuenta la historia de un hombre que entiende que es mucho más que él mismo tratando de destruir un puente y se comprende como parte de la humanidad. El gran y viril autor hablaba, en esa magnífica obra, no sólo de empatía, sacrificio personal y amor, sino también de la multiplicidad del ser. Como hace Lana en sus guiones, películas, entrevistas y discursos.
En la trama de esta amalgama empática están enredados también desde Joan Baez, que interpretaba en los 70 una versión de esta meditación de Donne, hasta Jon Bon Jovi, que en su tema de 1990, Santa Fe canta: “Dicen que ningún hombre es una isla” para reflexionar después, entre solos de guitarra, que le echa la culpa a este mundo por hacer malvado a un hombre bueno.
Lana, junto a Andy, propone una reflexión, la misma que meditó en la Edad Media el genial Donne y que ahora los Wachowski elevan hasta la máxima potencia. En cada una de sus películas, pero sobre todo en Cloud Atlas, Lana y Andy ponen en duda el concepto de lo que se considera real. Se preguntan y le cuestionan a la platea la peligrosa subjetividad de los puntos de vista parcializados y ofrecen, pochoclera y entretenidamente, la posibilidad de entender la importancia de la amplitud de miradas. Desde acá: ¡bravo!

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miércoles, 23 de enero de 2013

Tinta Roja: Un crimen de novela*

En 2000, el cadáver de un publicista apareció en un río polaco. Tres años después, la policía descubrió que el asesino, Kristian Bala, había contado su obra en un libro. Ego, escritura y menjunje psicópata.

* Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en enero de 2013

Krystian Bala publicó su primera novela en 2003 y ahora cumple una condena de 25 años en prisión por el asesinato que cometió en el libro. El homicidio que llevó adelante en la vida real lo había dejado libre. La realidad y la ficción se retroalimentan y el juego macabro de la posmodernidad es borronear cada vez más la línea que las divide. La vida, el arte, la vidriera globalizada, la primera persona exaltada y la supremacía del yo. Éxito, ego y un menjunje psicópata que se corona con el caso de este joven escritor polaco que sigue proclamando su inocencia a pesar de haber arruinado su “crimen perfecto” por sus irrefrenables ganas de narrarlo.
El 10 de diciembre de 2000 apareció un cadáver flotando en el río Óder, junto a la ciudad polaca de Wroclaw. La soga que lo estrangulaba, además mantenía sus muñecas y pies atados a la espalda. Tenía la cabeza llena de cicatrices y sólo vestía una camiseta y calzoncillos. Fue identificado como Dariusz Janiszewski, un empresario dueño de una agencia de publicidad que había desaparecido hacía cuatro semanas. En la autopsia se confirmó que lo habían torturado brutalmente durante varios días, pero la investigación policial no encontró ni una pista que le indicara quién podía ser el culpable. La víctima llevaba una vida tranquila y no tenía enemigos aparentes. A los seis meses se archivó el caso.

Como en una novela negra, un policía obstinado no podía quedarse tranquilo con ese cierre inconcluso y se obsesionó. Es un detective de la vida real, se llama Jacek Wroblewski y se puso a investigar. Ya habían pasado tres años. Los casos sin resolver suelen tener algún dato que se pasó por alto, así que volvió a leer los viejos expedientes en busca de una pista perdida y, ni que fuera un capítulo de La ley y el orden, ¡Bingo!: encontró algo.
El detective Wroblewski notó que el día de la desaparición, la víctima había recibido una serie de llamadas. Algunas fueron realizadas desde una cabina telefónica en la misma calle de su oficina y otras desde un celular que nunca habían encontrado. Como un sabueso, el policía olió que ahí había un cabo suelto digno de seguir y rastreó, cual perro de presa, su ruta.

Lo encontró. El celular en cuestión había sido subastado en internet cuatro días después de la desaparición de Janiszewski. El vendedor era un treintatreintañero intelectual llamado Krystian Bala que había publicado recientemente una espeluznante y sádica novela en donde describía, en primera persona, un crimen igual al que el detective estaba investigando.


Un joven secuestra y tortura al amante de su mujer. Finalmente lo arroja al río Óder, junto a la ciudad polaca de Wroclaw. Antes, para asegurarse de su horrible muerte, le ata una soga que lo estrangula y mantiene sus muñecas y pies sujetos a la espalda. Escapa, nadie nunca lo relaciona con el asesinato. Ha
cometido el crimen perfecto. Se jacta sobre su siniestro final feliz. Esa es la novela. Se llama Amok, una palabra que en algunas lenguas centroeuropeas se usa para referirse a una furia homicida ciega.

El sabueso que sabía leer

Wroblewski leyó el libro. El asesinato era el mismo, igual. El protagonista y asesino se llama Chris, la versión sajona del nombre de Bala y, como un Columbo cualquiera, el detective se basó en la novela para investigar a su nuevo sospechoso así como quién no quiere la cosa. Las similitudes entre la ficción y la realidad son más que inquietantes y pronto todo lleva a una sóla, única conclusión.
Bala se ganaba la vida como escritor de turismo y también hacía fotos de fondos marinos. Le gustaba presentarse como filósofo y se interesaba en pensadores posmodernos como Jacques Derrida, Georges Bataille y Michel Foucault. Se divertía construyendo mitos sobre sí mismo para que sus amigos dudaran,
les costara cada vez más distinguir los inventos de la verdad. Un día escribió un libro que fue el punto cúlmine de su juego de confusiones. Recluido ya desde 2007, el escritor sigue asegurando que es inocente y que se basó en los artículos que leyó en el diario.

Bala se casó con su novia de la escuela secundaria, Stasia, en 1995 a los 21 años y tuvieron un hijo. Para mantener a la familia tuvo que dejar la universidad y puso una empresa de limpieza, pero quebró. Su matrimonio también se derrumbó. Era el año 2000 y se fue de viaje. En 2003 publicó su primera
novela, pero no se vendió bien. El libro habría quedado en el olvido de no ser por el obstinado detective que la usó de guía para llegar a la verdad. Esa que a Bala le gustaba borronear.
En 2003, Kristian Bala fue arrestado como posible culpable del asesinato de Janiszewski. Dijo que era inocente y tomó una prueba de polígrafo. Los resultados no fueron concluyentes. No había ninguna
evidencia concreta en su contra más que la inquietante casualidad y finalmente fue liberado.  Pero el detective ya tenía la verdad entre sus dientes y no la iba a dejar escapar. Siguió investigando. El acusado afirmó que fue golpeado violentamente durante el interrogatorio y Wroblewski lo niega.
El detective siguió su pista y logró comprobar que los llamados a Janiszewski el día de su desaparición se habían realizado desde una línea de teléfono de Bala, porque desde el mismo número ese día el escritor también se había comunicado con sus padres. Y un moño para tanto esfuerzo: la ex esposa, Stasia, era amiga de Janiszewski. Una noche el escritor los había enfrentado por celos.
Bala fue detenido de nuevo. Cada vez más pruebas salían a la luz. Bala había estado en Indonesia y China en la misma época en que desde esos destinos se enviaron mails a un programa de la televisión polaca con reflexiones filosóficas sobre “el crimen perfecto” en referencia al caso Janiszewski.
El abogado defensor aseguró que todas las pruebas eran circunstanciales y el acusado insistió en una conspiración policial en venganza por haber quedado en ridículo con la primera detención. El proceso judicial comenzó en 2006, terminó en 2007 y concluyó que Kristian Bala era culpable. El escritor fue condenado a veinticinco años de cárcel y, tras las rejas, sigue clamando por su inocencia mientras escribe su segunda novela, que se llama De Liryk.
Las consecuencias que puede acarrear la ficción sobre la realidad, el juego macabro que se volvió contra su creador, la maquinaria sádica versus la paranoica y la duda, la angustiante duda, de no poder diferenciar recuerdos de fantasías. Con todos esos elementos alguien como Roman Polanski podría hacer una maravillosa película. Su nombre tentativo quizás sea True Crime, como el del brillante artículo de David
Grann en The New Yorker sobre el que se basó el director polaco para escribir un thriller que quizás llegaría a realizar en 2015. Así, como para agregar por gusto una vuelta de tuerca más a tan intrincada historia
verdadera.

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viernes, 18 de enero de 2013

Eterno resplandor de un escritor luminoso*


Acaba de llegar a las librerías Caza de conejos, un extraño y exquisito libro ilustrado de Mario Levrero, mientras que la editorial Mondadori este año publica sus obras completas. El uruguayo inclasificable que no deja de seguir sorprendiendo.



A pesar de su vasta obra, Mario Levrero solía ser un secreto que algunos buscaban con esfuerzo en librerías de todo tipo. Si al ajedrez se lo considera un deporte, también podría decirse que lo es haber recorrido puestos de libros a la caza de viejas ediciones perdidas de este desconocido tan famoso de la literatura rioplatense. La destreza es la misma: pasión, inteligencia, estrategia, precisión y un poco de suerte.
Uruguayo con mucha vida porteña, Levrero desarrolló su carrera de ambos lados del Río de la Plata. Ser un autor de culto no da dinero, así que fue librero, fotógrafo, humorista, editor de una revista de ingenio, crucigramista y autor de un manual de parapsicología. Además, dio talleres y hacía cuentas estrafalarias para sobrevivir. Era como un linyera de clase media. El prestigio, las alabanzas y toda la pantomima a su alrededor nunca fueron escenarios que haya anhelado. Él sólo quería salir a hacer sus breves paseos por Montevideo, comprar novelas policiales baratas, disfrutar de la compañía de chicas lindas a las que les pedía que le llevaran tupperwares con milanesas y encontrar el orden perfecto que encajara en su desorden.
Mario Levrero se parece al amor porque es calmo pero emocionante, siempre está ahí aunque no se lo alcanza con facilidad, habla de todo lo que uno quiere escuchar de un modo bonito, sorprende en el momento en que uno piensa que se va a aburrir y se afianza, empatiza, acompaña. Cuando murió, en 2004, muchos sintieron que despedían a su mejor amigo y otros recién comenzaron a enterarse de quién era ese hombre.
Los artículos en los diarios uruguayos fueron sobrios, informativos: “Su nombre era Jorge Mario Varlota Levrero y ha usado otros como Alvar Tot y Lavalleja Bartleby. Su obra no se puede encontrar toda junta. La Ciudad (1970), su novela más conocida, fue editada por Plaza Janés. Tiene, además, infinidad de cuentos publicados, la mayoría en Buenos Aires”.
Qué tragedia saber que un día la obra se acaba y ya no hay más para leer de Levrero. Los fanáticos de siempre lloraron desconsolados y los nuevos comenzaron la alegría propia y luminosa de descubrirlo para llegar pronto a la nostalgia de saber que se iba a acabar. Pero él siempre, como el buen amor, sorprende cuando uno piensa que ya nada va a cambiar.

Muchos muchachos
Levrero, autor de culto en vida, nunca supo ni podría haberse imaginado todo lo que iba a pasar con él y su obra después de su muerte. El adorable viejo loco no organizó sus escritos para que sus herederos lo siguieran editando o sacaran cada tanto alguna joya escondida en su cajón. Él no ordenó sus apuntes, sólo dejó una carta, después de haber sufrido un problema cardiovascular, en la que pedía que la próxima vez no le hicieran ningún tratamiento. Y ese fue todo su plan.
Su último trabajo, lo que escribió como final de obra, fue lo primero que conocieron muchos: La novela luminosa, que publicó Alfaguara Uruguay un año después de su muerte y casi inmediatamente después la editorial Mondadori en Argentina. Es un libro en el que cuenta su imposibilidad, un proyecto que confiesa haber empezado 20 años atrás y en el que había fracasado incontables veces. Esa es la obra para la que solicitó la beca a la John Simon Guggenheim Foundation y en la que narra a lo largo de un prólogo de 450 páginas, el “Diario de la beca”, cómo se va gastando el dinero sin escribir una línea. Pero en realidad lo hace, la no novela es el corazón de su novela y esa es su hermosa y desesperante obra: lo que ve por la ventana, el devenir de unas palomas, lo que sufre por su insomnio, lo que hace en su computadora y las cosas que sueña mientras espera poder escribir.
Entonces todos cayeron rendidos a sus pies. Con apenas un segundo en las librerías y el autor muerto, este libro se convirtió no sólo en uno de los más perfectos artilugios levrerianos, sino también en una de las novelas más importantes de la literatura latinoamericana de los últimos años. Y comenzó el aluvión, la fiebre por conseguir más y más de él. La paradoja de los nuevos fanáticos, que lo leen desde el final hacia el inicio, no hace al caos porque su trabajo, ajeno a cualquier moda, es heterodoxo, inclasificable y cualquier pieza queda bien en el sitio que caiga.
Durante los últimos años, poco a poco, Mondadori fue dando a las librerías locales algunos títulos definitivos, como Dejen todo en mis manos (2007), la Trilogía involuntaria y Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo (2009), La banda del ciempiés y El Discurso vacío(2010) y El alma de Gardel y Fauna/ Desplazamientos (2012). Algunos mejores que otros, pero todos esperados. Igual, siempre se busca algo más. Así que la editorial decidió dejar el cuentagotas y anuncia que a lo largo de 2013 va a editar las obras completas de Mario Levrero.
Oh, la expectativa. Todas las novelas, cuentos y relatos como un chorro, que aún no tiene fecha de llegada, pero que puede incluso dar más sed sólo por el hecho de saber que viene. Así que mientras, y porque siempre se encuentra algo nuevo de Levrero, este mes llegó a las librerías Caza de conejos, de la editorial española El Zorro Rojo y distribuido en Argentina por Del Nuevo Extremo. Si cada libro del autor uruguayo es una rareza en sí misma, este tiene un plus de extrañamiento. El autor se mete en el género del micrrorelato a través de una surrealista caza de conejos como hilo conector de un montón de hermosas y poéticas experimentaciones narrativas que tienen su característico humor filoso, una forma lateral de erotismo, fantasía casi mística y su ensayo tradicional de realidades dentro de realidades. Como una inception rioplatense irrepetible. Dirigido a un público juvenil, pero apto para viejos descreídos también, la obra viene con ilustraciones de la catalana Sonia Pulido.

Corazón de jogging
Anteojos de marco negro, cuadrados y con vidrios de aumento amarillento coronados por un par de cejas peludas, despeinadas y una mirada que podría parecer cansada, descreída, pero en realidad era asombrada. Los últimos años el cuadro se completaba con una melena enredada y canosa que nunca se iba a cortar y una barba larga como de un Papá Noel que sólo puede dar regalos intangibles.
Levrero nació en Montevideo en 1940 y siempre fue, de algún modo, como un científico loco. Su aspecto desprolijo, un poco sucio quizás, y enteramente adorable era apenas un reflejo de su enorme mundo interior. Así fue construyendo su obra, a fuerza de experimentos narrativos y recuerdos reciclados. Como un ropavejero que recolectaba lo mejor del policial, la ciencia ficción, la contemplación zen y más para ir probando, casi sin errar, cualquier género. En su cumbre logró la unión de todos. Inclasificable casi hasta el chiste, se dio a conocer en la colección "Literatura diferente" de la editorial uruguaya Tierra Nueva.
Los encasilladores querrían poder decir que se parece a Felisberto Hernández y es cierto, pero también esa definición le queda corta. Los cuentos de La máquina de pensar en Gladys y la novela La ciudad, de 1970, lo podrían situar en una suerte de ciencia ficción kafkiana, mientras que París (1979) y El lugar (1982) hoy son parte de su Trilogía involuntaria. Nick Carter… es parodia y policial negro y El discurso vacío tanto como La novela luminosa son él mismo. que es un poco de todo lo anterior con una pizca de excentricidad y simpleza.
“La gente incluso suele decirme: ‘Ahí tiene un argumento para una de sus novelas’, como si yo anduviera a la pesca de argumentos para novelas y no a la pesca de mí mismo. Si escribo es para recordar, para despertar el alma dormida, avivar el seso y descubrir sus caminos secretos; mis narraciones son en su mayoría trozos de la memoria del alma, y no invenciones.” Eso dice en El discurso vacío.
Le interesaba mucho la autohipnosis y creía no sólo en los fenómenos telepáticos sino también en los fantasmas, a veces. Leía sobre zen, era adicto a las computadoras y odiaba que lo trataran de usted. Era un apasionado de las novelas policiales y sólo soportaba oír tango o música clásica. Ese ser místico, casi iluminado, también era un viejo loco en camiseta. Neurótico hasta el autoencierro y egoísta como un hijo único, logró empatizar con casi cualquiera que agarra un libro suyo y se deja llevar por su irrepetible realismo introspectivo. Así que si hay más, bienvenido sea. Como el amor.

Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en enero de 2013


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martes, 9 de octubre de 2012

Para los que extrañamos al Flaco: Homenaje en la Biblioteca Nacional

Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en octubre de 2012

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A Luis Alberto Spinetta le gustaba tocar gratis, al aire libre, y lo hacía bastante seguido. Era un regalo especial para su inmenso jardín de gente. En el Rosedal, en la Facultad de Ciencias Exactas, en Parque Chacabuco, en la Plaza Moreno de La Plata y en donde hubiera un cielo dispuesto a albergar a su público. Ahí fue el Flaco con su guitarra, su música, su filosofía y esa voz angulosa repleta de melodía. De Exactas queda registro en el disco en vivo de 1990 y de la experiencia mística de Parque Chacabuco, en 1996, está el recuerdo en más de 50 mil almas que fueron a ver ese tren. Hacía un tiempo que Spinetta no aparecía y la gente tenía un mono tremendo. “Esta noche toca el flaco”, se comentaban unos a otros y el boca a boca desesperado atravesó Buenos Aires con más rapidez que una nave espacial.
Ahí estuvo el bello marciano que hacía tanto no le regalaba su presencia a la Humanidad. Con su pelo rubio, tan moderno como un walkman, rockeó toda la noche junto a Los Socios del Desierto. Así fue que descendió a la Tierra un furioso y poético ser galáctico con su guitarra roja que apuntó al cielo para empezar el trance hipnótico con “Como el viento voy a ver”, ese viejo y poderoso blues de Pescado Rabioso.
¿Cómo se hace para no querer siempre un poco más de eso? Spinetta fue mucho más que un cantante, guitarrista, poeta y compositor argentino de rock. Era un artista, un amigo, un familiar. Cuando murió este verano, el miércoles 8 de febrero, todos nos quedamos un poco huérfanos. “Spinetta toca gratis esta noche” era un mantra, una fiesta que siempre, cada tanto, iba a pasar. Era un amor de primavera, un clásico urbano. ¿Y ahora? Ya es tiempo, los árboles están expidiendo sus frutos, el clima es propicio y la ciudad tiene marcado en su ADN la necesidad de un encuentro con el Flaco.
No es lo mismo, por supuesto, pero es lo que hay y como nada puede detener el abismo de su ausencia, esta opción es la que al público le va a alcanzar. La Biblioteca Nacional anfitriona y es el marco de la muestra y homenaje curada por el íntimo amigo del músico, el fotógrafo Eduardo “Dylan” Martí, en donde desde el miércoles 10 y hasta el 12 de diciembre los que lo extrañan podrán sumergirse en el universo spinettiano una vez más, porque anda dando vueltas.
“Los libros de la buena memoria” es el título de uno de los temas del disco El jardín de los presentes (1976), el tercer álbum de Invisible. Ahora también es el nombre de la muestra que incluye todo tipo de memorabilia, conciertos, charlas y proyecciones. Material inédito, clásicos de clásicos y la intención de homenajear el universo creativo del Flaco.
Podría ser un modo de volverlo a encontrar. “Recorrer la vida y obra de este ser humano único representa un reconocimiento póstumo a quien tanto ha aportado al imaginario popular”, dijo Martí y explicó que prefiere no adelantar mucho para que la exhibición hable por sí misma. A través de un meticuloso trabajo de investigación y con la participación de la familia, amigos y allegados de Spinetta, el curador asegura que lo que van a mostrar es una obra colectiva llevada adelante con el fin de recordar con alegría a este artista irrepetible.
Juan Carlos “Mono” Fontana fue parte de Spinetta Jade y también un socio del desierto. El tecladista Claudio Cardone acompañó al Flaco en casi todas sus formaciones desde 1990. En los tres conciertos que darán en la Biblioteca Nacional van a hacer temas de su amigo, pero sólo de modo instrumental. Es como guardar el lugar en la mesa familiar para el que se fue, dicen que es una forma de manifestar su ausencia.
Durante dos meses de cromo los visitantes podrán sumergirse una y otra vez en el mundo del Flaco. Según Martí, la muestra refleja el espíritu poético de Spinetta y abarca las distintas etapas de su vida y obra: “Su infancia, las primeras aproximaciones al mundo de la música y todo lo que desarrolló posteriormente”. El público va a poder ver los objetos que lo acompañaban, sus adorados libros y amados discos, esos que no sólo leía y escuchaba sino que recomendaba, instigaba a consumir.
Luisito, de corazón generoso y noble, alguien que hacía su arte para los árboles y amasaba sus discos como pan, fue una gran influencia para más de una generación. Gracias a él muchos leyeron a Artaud y otros tantos abrieron su mente a la poesía y el público en general aprendió a esperar algo más de la música. Padres, hijos, hermanos, sobrinos y hasta nietos entienden hoy que una canción puede ser un viaje sideral.
Parte de la historia del rock nacional y parte del aire, van a estar expuestos viejos volantes, manuscritos de poemas y canciones y habrá música constante. Las huellas, los retazos que quedan como testimonio de su paso luminoso por la vida de todos los que no paniquean por su ausencia, sino que simplemente lo extrañan.
Como si lo hubiera sabido, Luis el prolijo y prolífico se despidió en 2009 del público del modo más monumental posible. Nadie nunca podría haber soñado algo así, porque la idea de un recital de cinco horas y media en donde toquen todas las bandas de Spinetta podría parecer uno de esos deseos imposibles que se piden por capricho. Pero el Flaco comandaba una nave de sueños hermosos y siempre la llevaba a buen puerto. Era verano, terminaba 2009 y 40 mil personas fueron al estadio de Vélez Sarsfield a festejar los 40 años de trayectoria del Flaco. Spinetta y las Bandas Eternas fue declarado el recital de la década y el título le queda corto. Estaban todos, y lo más maravilloso es que estaban contentos. Cada persona congregada ahí sonreía. El anfitrión, por supuesto. El público, definitivamente. Y también cada invitado.
Con su magia intacta, esa noche interminable el Flaco comandó una fiesta junto a una legión de músicos amigos. ¿Quién hubiera creído que era posible ver a Almendra en el siglo XXI? Y sin embargo, ahí estaban los muchachos ojos de papel. Pescado Rabioso, Invisible, Spinetta Jade, Los Socios del Desierto y todas las míticas formaciones que lideró a lo largo de su historia, que es también la del rock nacional.
Sin egos, todos congregados para celebrar, pasaron por los escenarios David Lebón, Pomo, Machi Rufino, Rodolfo García, Emilio del Güercio, Edelmiro Molinari, Mono Fontana, Javier Malosetti, Bocón Frascino, Black Amaya y Marcelo Torres. Además, compañeros de ruta como Charly García, Fito Páez, Juanse, Gustavo Cerati y Ricardo Mollo. Nadie, ninguno dudó un segundo en formar parte y ser los gloriosos segundos de este grande.
Dos años después, también en diciembre pero de 2011, Spinetta les pidió a todos que “no paniqueen”. En su página todavía figura aquel último mensaje, en el que explicaba lo inexplicable con su amorosa paciencia y luminosidad. Fue la prensa bastarda la que lo amarilleó en unas fotos ingratas y se corrió el rumor de su enfermedad. Así que él calmó a los que se preocupaban.
Dijo: “Mi nombre es Luis Alberto Spinetta. Tengo 61 años y soy músico. Desde el mes de julio sé que tengo cáncer de pulmón. (…) Ante el aluvión de información inexacta, quiero aclarar públicamente las condiciones de mi estado de salud. Me encuentro muy bien, en pleno tratamiento hacia una curación definitiva. Quiero agradecer a todos por la buena onda que he recibido, y pedirles que no paniqueen, y no tomen en cuenta las noticias que han generado los buitres de turno. No tengo ninguna red social, ni Twitter, ni Facebook, etc, por lo tanto todo lo que lean al respecto es falso. Pertenezco a Conduciendo a Conciencia, y les recuerdo que ahora en las fiestas, si van a conducir no deben beber. Gracias. Los quiero mucho. Felices Fiestas. Luis”.

La muestra Spinetta. Los libros de la buena memoria y todas las actividades son de entrada libre y gratuita en la Biblioteca Nacional, que queda en Agüero 2502. Más información en www.bn.gov.ar

Actividades
–Miércoles 10 de octubre a las 19 en el Auditorio Jorge Luis Borges: Apertura de la exposición a cargo de Eduardo Martí y Horacio González. .Concierto de Claudio Cardone y Juan Carlos “Mono” Fontana.
–Viernes 12 de octubre a las 18 en el Auditorio David Viñas del Museo del libro y de la lengua: Proyección del documental Spinetta, el video de Pablo Perel y la proyección de videos inéditos. La actividad se repite los viernes 2 y 30 de noviembre a las 18.
–Martes 16 de octubre a las 19 en el Auditorio Jorge Luis Borges: Proyección del cortometraje Balada para un kaiser carabela, de Fernando Spiner, del making of de la película, realizado por Daniel Roiz, y de los videoclips dirigidos por Eduardo Martí. Una charla a cargo de los tres directores.
–Miércoles 17 de octubre a las 14 en el Auditorio Jorge Luis Borges: Proyección del recital Spinetta y las Bandas Eternas. La actividad se repite los viernes 26 de octubre, 9 y 23 de noviembre a las 11.
–Viernes 19 de octubre a las 18 en el Auditorio David Viñas del Museo del libro y de la lengua: Proyección del documental Pescado rabioso, una utopía incurable de Lidia Milani y videos inéditos. La actividad se repite los viernes 9 y 23 de noviembre a las 18.
–Viernes 26 de octubre a las 18 en el Auditorio David Viñas del Museo del libro y de la lengua: Proyección de videos inéditos. La actividad se repite el viernes 16 de noviembre a las 18.
–Sábado 10 de noviembre a las 17 en el Auditorio Jorge Luis Borges: Charla entre Rodolfo García, baterista de Almendra, y el periodista Juan Carlos Diez, autor del libro Martropía, conversaciones con Spinetta. Después, un concierto de Claudio Cardone y Juan Carlos “Mono” Fontana.
–Martes 13 de noviembre a las 19 en el Auditorio Jorge Luis Borges: Charla entre varios guitarristas de las distintas bandas y etapas solistas de Spinetta coordinada por Ricardo Mollo.
–Miércoles 12 de diciembre a las 19 en el Auditorio Jorge Luis Borges: Cierre de la exposición y un concierto de Claudio Cardone y Juan Carlos “Mono” Fontana.

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Los versos de un libro que es objeto de culto 
Guitarra Negra es el libro de poemas de Luis Alberto Spinetta, editado en principio en 1978 por Ediciones Tres Tiempos. En 1984 la editorial cerró y el libro no se consiguió más hasta 1995, cuando fue reeditado, y en estos días va por su quinta edición.
Hoy, como ayer, el poemario tiene una tapa negra con letras rojas y una foto de Spinetta de cabeza. Son 71 poemas divididos en siete partes con un apartado final titulado “escorias diferenciales del alma de la letra de la poética”. Además, hay numerosas versiones online que circulan libres por la web.
El Flaco comenzó su libro con una advertencia: “Como nadie tiene conciencia del ‘control’ de los manuscritos y, aun de existir dicha conciencia, ésta no intervendría en mi obra, sino como referencia simbólica a la licitud de la temática, propongo que se olvide cada palabra a medida que ella se lea”.
Acá unos versos, entonces, para dejar perder en la memoria:


IV

Los puentes de mi conciencia
están desplegados de sus extremos
y flotan en el aire tibio
como cosas dispersas.
Unas tremendas manos vacías
sobresaltan mi soledad
haciéndola aún más inexistente
pronunciando a tientas
las sucesivas muertes de mi alma,
mi alma de jarrón.
Hoy veo sólo la espuma
sobre la que retozan
los enternecidos desechos de mi esqueleto.



¡Vivan las antípodas! El documental que recorre el mundo a través de opuestos

Esta nota fue publicada en la revista El Guardián en octubre de 2012

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"Parece una metáfora, pero es así, nomás”, le dice Abel Pérez a su hermano Orlando mientras miran con relajada impotencia la inundación. Todo a su alrededor es agua y apenas queda afuera su choza, que está enclavada en un pequeño montículo de tierra en el solitario lugar en el mundo que ocupan: Villaguay, Entre Ríos, Argentina, antípoda terrestre de la enorme y ajetreada ciudad de Shangai, en China. Exactamente del otro lado, literal, del mundo.
Las antípodas, geográficamente hablando, son los dos sitios más alejados del planeta. Si se trazara una línea imaginaria para unir ambos puntos, sería recta y atravesaría el centro de la Tierra. Las antípodas, también, pueden ser dos situaciones con estas características. Por ejemplo lo enorme y lo pequeño, lo solitario y lo superpoblado. En el caso de Villaguay y Shangai, se puede decir que son antípodas por los dos motivos. A su vez, pasa algo interesante con estos opuestos y es que en su enorme diferencia encuentran puntos de igualdad.
Los hermanos Pérez pescan en un río y del otro lado del mundo, justo de cabeza a eso, un hombre vende pescado en una feria. Entre sí, los paisanos se llaman “chinos”. Es como el hielo, tan frío que quema. En esta paradoja puntual puso el ojo el ruso Victor Kossakovsky para llevar adelante su documental ¡Vivan las antípodas! Las vitorea, sí. A través de su mirada eso encuentra sentido.
“Son pocas las antípodas que tocan tierra en ambos puntos porque el planeta es mayormente agua. Así que no fue tan difícil elegir el resto de los lugares”, cuenta la productora argentina del proyecto, Gema Juárez Allen. Fue hace casi 10 años cuando hablaron por primera vez de esta idea, durante un paseo por la calle Florida, cuando el realizador estaba acá de visita por una retrospectiva que hacían de su obra en el San Martín, en el marco del DocBsAs.
Mucho tiempo, viajes y cambios tanto personales como mundiales después, la película estaba terminada. El recorrido son las antípodas de Villaguay con Shangai, el lago Baikal en Rusia con la cordillera de los Andes en la Patagonia chilena, Big Island en Hawaii con Botswana en el sur de África y Castle Point en Nueva Zelanda con el pueblo español de Miraflores. El film, que abrió la última edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, se estrenó en septiembre. Ahora se puede ver, durante todo octubre, en el San Martín.
“Estábamos charlando mientras paseábamos por el centro, relajadamente. Paramos en una librería. Su hijo había viajado a China y en un libro vimos que era antípoda de Argentina. Ahí nomas me dijo: ‘voy a hacer esta película y quiero que vos seas mi productora’. Me mandó eso, fue pura intuición, creo. Me agarró una alegría tremenda, pero también terror. En ese momento, 2003, yo no soñaba con ser productora y menos que menos me imaginaba que iba a terminar teniendo esta realidad”, explica Juárez Allen.
Ese fue el inicio no sólo de ¡Vivan las antípodas! sino también de Gema Films, la compañía de producción audiovisual con la que actualmente Juárez Allen lleva realizadas tres películas más y con la que tiene en marcha al menos cuatro nuevos proyectos. Así, como en las antípodas que narran, director y productora son, a su vez, opuestos complementarios.
El multipremiado director Victor Kossakovsky con la novel productora Gema Juárez Allen. Una de las antípodas de la Argentina es Rusia. Y así como los opuestos se hacen similares en la película, eso pasó con este enorme bebedor de vodka y la tímida antropóloga que soñaba con trabajar en cine. Juntos, lograron contar una travesía única alrededor del planeta con imágenes deslumbrantes y un montaje extraordinario.
¡Vivan las antípodas! recorre ocho países y es una coproducción entre Alemania, Argentina, Holanda y Chile, pero contó con un equipo de rodaje de apenas cuatro personas. Del frío extremo al calor brutal, de Norte a Sur, de desolado a superpoblado, por todo eso paseó el pequeño equipo, escueto, con más de 800 kilos de equipos. Siempre en los opuestos.
Los hermanos Pérez son los solitarios centinelas de la Balsa de San Justo, una de las últimas que quedan a tracción humana. Son la tercera generación de encargados de mantener este cruce del río Gualeguay. Cobran 25 centavos de peaje y todos los días le pelean a la naturaleza. Cada mañana reconstruyen el camino de arena que el agua devora por la noche para mantener libre el viejo puente de madera.
Ahí están estos dos personajes solitarios y arrojan sus reflexiones aisladas entre mate y mate. “Pensar que ese perro va a ver más mundo que nosotros”, dice uno cuando un viajero se lleva un cachorro que estaba dando vueltas. Poco a poco, la cámara va girando y entonces se puede ver el vértigo de las calles de Shangai, de cabeza, los autos a toda velocidad, la gente agolpada en el puerto.
Otra historia es la de la soledad en medio de la Patagonia chilena de un hombre y la de una mujer en la estepa siberiana. Ella corta leña y recibe una visita que la deja melancólica, él hornea mucho pan para nadie rodeado de una docena de gatos. En Big Island un hombre busca a su perro y el suelo fogoso de lava volcánica es igual, tiene la misma textura que el primerísimo primer plano de la piel del elefante que hace lío en la puerta de la casa de una familia en Botswana. En la playa de Nueva Zelanda un grupo de hombres intenta salvar a una ballena encallada, pero terminan siendo sus sepultureros, a metros del mar. Esa muerte parece replicarse a la inversa en Miraflores, España, donde en una roca con forma de ballena se puede ver el camino de una oruga hacia su primer vuelo como mariposa. Con toda la grandilocuencia posible, se narra la más pequeña y sutil de las historias: la de la delicadeza del mundo.

Info: Durante octubre en el Centro Cultural General San Martín, Sarmiento 1551. Viernes 5 a las 15 hs, sábados 6 y 13 a las 21 hs, jueves 11 a las 14 hs, y sábados 20 y 17 a las 17 hs.



viernes, 14 de septiembre de 2012

China Zorrilla: “Tengo una mentalidad de 15 años, soy un peligro”

El año pasado tuve la suerte de pasar una tarde con la bella, genial y asombrosa China. El resultado fue esta nota. El encuentro fue a propósito de una obra de teatro leído que estaba haciendo, pero en realidad con ella todo es sobre la risa y los buenos momentos.

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*Una versión de esta nota fue publicada en la revista El Guardián en mayo de 2011

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Flor, la yorkshire que la acompaña desde hace 20 años, le gruñe a cualquiera que se le acerque y ella, como haciéndole un contrapunto de dúo cómico, recibe a sus invitados con una sonrisa, la mirada amable, chistes al paso, anécdotas de todo tipo, disparates y, si hay suerte, hasta una serenata al piano. La pequeña perra tose y la dueña le dice con un tono afectuoso y guarramente paquete: “No te mandés la parte, prostituta”.
China Zorrilla está preocupada porque no sabe qué decirle a Mirtha Legrand sobre “el tema” de la infidelidad de Juana Viale a Gonzalo Valenzuela con Martín Lousteau. “¿Qué le digo si la llamo?”, pregunta en ese tono tan suyo, la voz grave al inicio de la frase que termina en un agudo histriónico y comprador que deja la duda. ¿Habla en serio? No, es un chiste. Bueno, un poco de las dos cosas.
En presencia de China todo parece un poco más maravilloso de lo que en realidad podría ser porque ella contagia su mirada divertida de las cosas. Por ejemplo, de pronto es realmente necesario saber el nombre de ese “galán tan buen mozo” que aparece en la novela de la tarde y cada tanto roba la atención de la actriz, que tiene de fondo la tele prendida en Canal 9.
“Hay que averiguar quién es, nena, no lo dejes escapar. Vos que sos joven, aprovechá. Mirá, yo tengo 89 años y hace tiempo que no veo un tipo que me impresione tanto. ¡Es más que un carilindo! ¡Es varonil! No, oíme: hacé algo”, dice, reclama, suma cómplices.

–¿Seguís esta novela, China?
–No, no sé ni lo que es, la verdad. Pero averiguá inmediatamente quién es ese hombre. Es buen mozo en serio, no es que estoy gagá, ¿no? Decime, decime.
–Es buen mozo, sí.
–¡Pero es inesperado que aparezca en una telenovela un hombre así! ¿O no? Decime.
–Es muy varonil…
–Estoy enamorada de ese actor. Parece un tipo de gran apellido, ¿no? Mirá, te digo una cosa: yo tengo una mentalidad de 15 años, soy un peligro. Si me llego a prender de una telenovela, suspendo todo y me quedo acá clavada para ver con quién se queda el galán. Dejo Las d’enfrente y todo.

China amenaza con lo imposible, porque es absurdo imaginarla privándose de ir al teatro a hacer lo que más le gusta: actuar, pisar las tablas, ser parte de un elenco. Esta aventura puntual que China calificará de “aburrida”, pero después dirá que es “divertida”, comenzó en 2010 cuando el director Santiago Doria le propuso hacer una versión semimontada de la comedia costumbrista del autor Federico Mertens. “El otro día hicimos dos funciones y en total metimos 1.600 personas: 800 y 800. Impresionante”, se entusiasma y habla del bordereau, del público que ríe a carcajadas y le brillan los ojos.

–Es raro tanto público en teatro semimontado, ¿no?
–Mirá, cuando me ofrecieron hacer Las d’enfrente me dijeron “teatro leído” y de sólo escucharlo ya me aburrió. Un amigo me contó que ya lo había hecho. Yo: “¿Cómo es?”. Él: “Y, salen todos con el libro en la mano, China”. Yo: “¡Pero qué aburrido!”. Cuánto más me explicaban, más me aburría.
–Y al final no era nada aburrido.
–No, la obra es muy divertida.
–Y la gente…
–…y la gente aúlla de risa. El relato es sobre una familia en 1900 que envidia a las vecinas de enfrente porque son más ricas y las copian hasta el absurdo. Yo estaba sin trabajar cuando me lo ofrecieron. “Teatro semimontado”. Dije: “Bueno, me aburre pero vamos a hacerlo igual”.
–¿Por qué?
–Porque quedarme en casa sin hacer nada… no sé lo que es eso.
–¿Cuándo te dejó de parecer aburrido?
–Al instante. Para la segunda función ya esperaba salir a escena como si estuviera haciendo Romeo y Julieta de tanto que me divertía.
–Es tu primera vez en el teatro leído…
–Sí, nunca había hecho algo así. Pero te juro que aunque suena muy aburrido, es todo lo contrario. Y al final hay una carcajada del público que es impresionante. Es todo tan distinto a lo que me imaginaba… De pensar que era un sopor, ahora estamos todos contentos.
–¿Se te fue un prejuicio?
–¡Pero no! ¿¡Qué prejuicio!? ¡Es aburrido de verdad! Si se dice “teatro semimontado” nadie piensa en algo divertido.
–¿Pero entonces por qué aceptaste hacerlo?
–Es trabajo. Y somos un grupo de actores que quería hacer algo juntos. Hay gente que me ha dicho, después de la función, que pensaban que no les interesaba el teatro leído porque, bueno, ya te dije, es aburrido. Pero me explicaban que habían ido porque estaba yo, y fulano de tal, y de tal. Me cuentan sorprendidos que la pasaron muy bien, me dicen que se rieron mucho. ¿Te das cuenta? Lo único que importa es lo que está pasando. Y que lo cuentes con gracia. Cuando tenés, como yo, más de 50 años de hacer teatro y los días que no hay función extrañás, es porque está pasando algo bueno. Voy porque me divierte.
–Eso te pasa en general con el teatro, ¿no?
–Yo he tenido compañías mías. Y he estado en el elenco oficial de Montevideo, donde había que hacer lo que te daban. No podías protestar, si no te gustaba: mala suerte. Así que yo, en teatro, hago todo. Lo que hay, lo hago. ¡Y me divierto tanto! Y llego a casa a la noche y cuento lo que hemos descubierto ese día y me sigo divirtiendo. Y el aplauso final es... Las carcajadas de la gente son…
–¿Te gusta sentir al público?
–¿Oíste alguna vez reír a un público desde el escenario? Hacer reír a alguien, aunque sea nada más a uno, un poquito, es muy difícil. Y Las d’enfrente, en particular, es genial porque te lo da servido. El texto y nada más ya te da risa. Che, ¿no querés una Coca-Cola o algo un poco más excitante?
–Bueno, gracias. Un vasito.
–Ay, yo soy tan fiel a la Coca-Cola... Mi primer y único vicio, mirá qué aburrido. Che, me impresiona el silencio que tiene esta casa. No oís ni un ruido.
–¿Pero no vivís acá hace mucho?
–Sí, 25 años.
–¿Y todavía te asombra el silencio?
–Me asombra, sí, porque en cualquier otro lugar al que voy hay puertas que suenan, canillas que suenan, teléfonos que suenan.
–¿Y acá no?
–No.
–¿El teléfono tampoco, China?
–Sí, suena, pero cuando yo estoy no suena.
–¿Te aburrís un poco a veces?
–No, yo nunca me aburro.
–¿Y qué hacés para entretenerte?
–Siempre me entretengo de alguna manera, a mí me divierte estar viva. Bueno, ahora que tengo 89 años me divierte menos porque ya está muy cerca aquello que te dije, ¿no? El que te cuente que no le tiene miedo a la muerte, te miente. Todo se disfruta: el amor, la vida, los hijos. ¿Pero a qué se le tiene miedo? A la muerte. ¿Y qué hago para entretenerme, querías saber? No sé, escribo algo en algún lado, por ejemplo. Y siempre encuentro la forma de no estar triste, mirá que horrible.
–¿Cómo horrible? ¡Eso está bueno!
–Es horrible porque no es normal. Mamá decía: “China sería macanuda si no fuera tan anormal”. Jajajajá. Nosotras éramos cinco hermanas y todos decían que la primera que se iba a casar y llenarse de hijos iba a ser yo. Única soltera al final.
–¿Te apena un poco eso?
–Mirá, yo creo que me faltó algo en la vida que es muy importante. He sabido lo que es estar enamorada y todo eso, pero tener un hijo, que de aquí dentro salga una cosa llorando y viva, eso me ha faltado. Un hijo. Pero te decía que para entretenerme escribo. Yo escribo todo el tiempo. Pero un día me di cuenta de que es sólo para mí, no para que lean los demás.
–Pero serían interesantes tus memorias…
–Yo querría que aparecieran en alguna película algunos momentos de mi niñez. Vivíamos en Montevideo en una casa enorme de dos pisos y siempre pasaban cosas divertidas, interesantes. Éramos como 30 personas en total: mi abuelo, mi abuela, un tío con la mujer y sus seis hijos varones, papá, mamá, nosotras cinco y más gente. Cuando nos marchamos, hubo que empacar toda la casa y nos dejaron ir a la parte de más arriba, donde había muebles y ropa de antes, antigua.
–¿Por qué se mudaron?
–Mi abuelo había tenido plata y de golpe se fundió. Con mis hermanas y los primos, a la noche, oíamos que había lío, pero no sabíamos bien qué pasaba. Y un día, no me olvidaré más porque esas cosas sólo pasan en las novelas, vinieron las mucamas, sus hijos, los maridos, todos “los pobres”, así les decíamos nosotros, Eulogia, Jesusa, el galleguito que era el hijo de la cocinera y fue mi amigo de la juventud, todos: vinieron a ver a mi abuelo. Y había que avisarles que nos mudábamos, que muchos se iban a quedar sin trabajo, pero antes de que él pudiera hablar, ¿sabés qué le dijeron? Que ya sabían que no tenía un mango, pero que él les había pagado muy buenos sueldos durante muchos años y que por eso habían podido ahorrar, porque además vivían y comían en la casa, y que estaban dispuestos a prestarle plata.

Como si fuera una película producida por Lita Stantic, todas las imágenes de ese pasado patricio que se vino abajo se funden en la China actual, que va hasta el piano y muestra las fotos que tiene apoyadas arriba. Ahí están las cinco hermanas Zorrilla con vestidos iguales, en fila y sonrientes, tipo los niños Von Trapp de La novicia rebelde. La actriz con su perra Flor, con su amigo Carlos Perciavale, con su admirado Alfredo Alcón y en el medio de todo, con
Néstor Kirchner.
China toma la foto con un cuidado casi ceremonial, de atrás del marco saca un sobre como si fuera el mapa de un tesoro y lee: “En un día tan especial no quería estar ausente para hacerle llegar mi más sincero reconocimiento y admiración por una trayectoria dedicada a reafirmar los valores de nuestra cultura rioplatense. Mi querida China, por su calidad artística, pero sobre todo por su calidad humana, usted es un ejemplo de vida para seguir trabajando por un mundo mejor con más solidaridad y más justicia. Feliz cumpleaños, un abrazo pingüino, Néstor”.
China, que no deja que la tristeza le gane ni un centímetro de terreno a su desfachatez, pregunta con la voz quebrada “¿Sabés el tesoro que es esto para mí?” y al segundo vuelve a brillar para decir: “Pero pará, mirá qué cómica la carta de ella, que no pierde tiempo y va a lo concreto: ‘Querida China, te quiero mucho y Néstor también. Cristina’. ¡Me encanta su forma de ser! Y quedé íntima de la pingüina. No paro de llamarla. Nos vemos bastante, eh”.
Entonces China saca una partitura de Chopin y mientras asegura que es “muy mala, pésima” se pone a tocar el piano con pericia. De pronto, frena para decir, con el asombro de una nena de cinco años: “Leer música es como saber otro idioma, pero más raro. Ves estos simbolitos y no
podés creer que haya algo escrito, pero está ahí”. Acaricia las teclas y comenta: “Este piano vino con la casa, que la alquilo, y nunca pregunté de quién era. Un día va a llamar alguien para buscarlo y yo me pego un tiro”.
Se ríe, sigue tocando, ahora habla fuerte. Con una sonrisa pícara dibujada en sus labios prolijamente maquillados de rojo, grita sobre la música: “Siempre me ha preocupado un poco eso de tener gente viviendo abajo y jorobarlos con el piano. O no, no me importa mucho. ¡Qué venga la gente que quiera a quejarse! ¡No voy a dejar de tocar!”