viernes, 29 de julio de 2011

La historia de cuatro amigas que se conocieron en el infierno: Un largo camino a casa*

Lograron lo que parecía imposible: hacer un tratamiento y salir del oscuro encierro de la tristemente célebre Colonia Montes de Oca. Alquilaron una vivienda iluminada en las afueras de Luján, donde viven y sueñan con un futuro mejor.

Suena romántico, y lo es. Después de mucho tiempo internadas, cuatro mujeres salen del neuropsiquiátrico y se alquilan una casa juntas. La pagan con sus propios ingresos. El lugar es chiquito, modesto, y lo mantienen pulcro, acogedor. Sus historias son muy diferentes, pero ellas tienen un lazo que las ata fuerte entre sí: se conocieron en el peor de sus momentos y se acompañaron en el proceso de recuperación. Son amigas, compañeras, cómplices. “Como una familia”, dicen.

Lo que hasta hace poco era, literalmente, una condena de por vida hoy puede ser la posibilidad de una mejora. Esa es la idea de algunos profesionales y entendidos en el tema en todo el mundo y, ahora, en la Argentina también. La Ley N° 26657 de Salud Mental que fue sancionada el 25 de noviembre de 2010 le pone marco a una situación que hace rato se venía palpitando desde sectores que ven la internación indefinida como un problema a sortear porque entienden que eso es el pasado. Entonces, buscan un cambio. Y lo hacen posible. Contra viento y marea.
La Colonia Nacional Dr. Manuel A. Montes de Oca es trágicamente célebre. Primero por haber sido el escenario de la desaparición y supuesta muerte de la doctora Cecilia Giubileo el 16 de junio de 1985 y también, a la vez y después, por la denuncia y sospecha de haber mantenido a sus pacientes viviendo en condiciones infrahumanas. Se dijo mucho. Que era un centro de tráfico de personas para la venta ilegal de órganos. Que el responsable de la macabra situación era el entonces director, el doctor Florencio Sánchez, quien murió poco después en prisión proclamando su inocencia.
Lo cierto, actualmente, es que nunca se supo verdaderamente qué sucedió durante esos años oscuros. Pasaron incontable cantidad de interventores desde entonces y ninguno hizo especialmente nada, ni bueno ni malo, que volviera a poner a la colonia en la lupa de la opinión pública. Hasta hoy. Teniendo en cuenta todo el historial, no sólo es noble, si no también heroico, el motivo por el cual Montes de Oca ahora llama la atención.
En 2004 tomó las riendas del lugar el licenciado Jorge Rossetto y comenzó un lento y efectivo proceso de mejoras desde todos los ángulos. Ante todo, la desmanicomialización, que implica no sólo la reinserción en la sociedad de muchos de los que estaban condenados a pasar la vida en una institución mental aunque estén aptos para salir, sino también la mejora de las condiciones para los que sí tienen que quedarse. De 961 camas ocupadas, en ese momento, llegaron a las 661 actuales. Y pronto van a ser 657 porque cuatro nuevas pacientes están por mudarse en estos días a una residencia externa de transición, antes del alta definitiva.

La vida no es una novela
Al decir “desmanicomialización”, lo primero que le puede llegar a venir a la cabeza al lector es aquella serie producida por Pol-ka, Locas de amor, que canal 13 trasmitió entre abril y diciembre de 2004 y que se inspiró en este proceso emprendido desde la colonia. Pacientes que controlan su patología y están aptos para reinsertarse en la sociedad, vuelven a sus casas familiares y, si no las tienen, la institución encuentra la forma de colaborar en el armado de su proyecto de vida independiente.
En la tele, Leticia Brédice, Julieta Díaz y Soledad Villamil eran Simona, Juana y Eva, tres chicas de distintos segmentos de la clase media que, acompañadas por su terapeuta, interpretado por Diego Peretti, intentaban vivir solas. Fuera del neuropsiquiátrico. Toda una aventura.
Les iba bien y mal. Sus familias estaban a favor y en contra. Las patologías que padecían se evidenciaban más en su forma de vestir, encantadoramente vintage, que en angustias o trabas reales a superar. Lindas, jóvenes, saludables, atravesaban las idas y vueltas del guión, que las mostraba como una simpática curiosidad. Finalmente encontraban la “cura” en el amor o el cariño de un otro. Final feliz, un par de premios Martín Fierro y a otra cosa mariposa.
La vida real es un poco más cruda. La psicosis se sobrelleva y mantiene controlada en los mejores casos, pero no se cura. Estar bien, ser productivo, es un trabajo diario que implica, entre muchas otras cosas, una medicación acertada y su correcta administración. Además, después de mucho de tiempo de vivir en una institución, hay que volver a aprender hábitos simples, sencillos. Como volver a hacer la cama, prepararse el plato de comida diario, hacer las compras, convivir con pocos.
La gente que está internada en Montes de Oca no suele ser de diversos segmentos de la clase media. En general son de pocos recursos económicos o ninguno y no suelen tener una familia que los acompañe. Están solos. Abandonados a su suerte. Presos en un manicomio de por vida. Una condena injusta y, hasta hace poco, aparentemente imposible de sortear.
Elsa tiene 72 años y pasó los últimos 22 en Montes de Oca. Griselda cumplió 52 y pasó 15 en la colonia, igual que Clarisa, que tiene 40. Visitación, de la misma edad, es la que menos tiempo estuvo internada, sólo tres inviernos que, en comparación, parecen poco pero no lo son: 36 meses también es mucho.
Ellas fueron dadas de alta en marzo y, desde entonces, alquilan una casa en las afueras de Lujan, a mitad de camino entre la ciudad y el pueblo de Torres, donde está Montes de Oca. Entre la colonia y el alta pasaron por la residencia Los Cerezos, una de las cinco casas con las que actualmente cuenta la institución.
Se abrieron en 2007, en el marco de reforma del modelo de atención, mediante el cual se da apertura a distintos centros de día (a donde van a trabajar) y estas unidades residenciales transitorias. “La idea es mejorar la calidad de vida de las personas internadas y propiciar la externación”, explica Carina Rebottaro, coordinadora de Los Cerezos a donde ahora llegarán otras cuatro mujeres en vistas de, también, lograr su alta y armar su propio proyecto de vida independiente.
“La reinserción laboral, en blanco, es difícil. En general es gente que tiene mucho tiempo de internación. Así que estamos armando y coordinando proyectos autogestivos. También los ayudamos a conseguir y tramitar todos los subsidios existentes. Y la medicación, que aprenden a administrarse solas en su paso por la residencia, Montes de Oca se las sigue dando de por vida”, explica Rebottaro.

Sin rejas
Para llegar a la casa de las chicas hay que andar por unos caminos de tierra que se embarran cuando llueve. Llueve, y detrás de todos los charcos está el hogar. El living-cocina tiene una tele prendida a la que nadie le presta atención y Elsa está ocupada en las hornallas. Prepara un fortalecedor mate dulce que Visitación y Clarisa le aceptan sin chistar. Griselda no toma, la cebadora insiste y al final reconoce: “Soy un poco mandona”. Sus tres compañeras asienten entre risas.
A Elsa le gusta cocinar y, en cierto modo, es como la mamá gallina. Al principio habla por todas, va y viene entra la mesa y la cocina, y cuenta que se organizan bien. “Dividimos las tareas. Yo hago las comidas con Griselda. Visitación y Clarisa se encargan de las compras”, dice y, otra vez, todas asienten entre risas.
Recibir visitas en su propia casa. Algo tan simple como eso para ellas aun es novedoso. Clarisa tiene unos enormes y expresivos ojos marrones. Se presta con alegría mostrarnos su cuarto, su cama, su patio de atrás. Visitación sonríe tímida, pero decidida, y se hace cómplice inmediatamente. Tira un guiño cuando descubre que ya no hay lugar en las vejigas para el mate que sigue ofreciendo Elsa y pide una pausa.
Griselda mira la escena con un gesto hurañamente infantil, pero no tarda en mostrar sus tejidos. Hace mantas de croché, que vende entre sus conocidos, y también decora con ellas la casa. Un colorido sombrerito para la pava y un mantel que hace juego con la carpetita que sirve para tapar el lavarropas.
Hace un rato llegó el pedido con las compras para la semana y Elsa mira la carne descongelarse sobre la pileta. Anuncia que van a comer pastel de papa. El doctor Omar Fernando Berro Curi, que fue su psiquiatra en Montes de Oca, dice que su patología es crónica pero hace años que la maneja. Seguía internada simplemente porque no tenía dónde ir.
Visitación fue monja. Lo cuenta y se ríe, porque sabe la sorpresa que genera en los demás. Dejó la congregación para ir a cuidar a su madre, que estaba gravemente deprimida por el suicidio de su otro hijo. Sola y lejos de todo lo que conocía, tuvo la crisis que la llevó a la colonia. “Lo mío es de familia, está en todos nosotros”, reflexiona y cuenta que sigue siendo creyente. “La ayudó un montón su respaldo espiritual”, explica el doctor Berro Curi.
Griselda es la más retraída de las tres que vivían en la Colonia bajo el cuidado de Berro Curi. El psiquiatra, que está ahí desde 1989, se encarga del Pabellón 3, de terapia a corto plazo para psicóticos, pero explica que recién ahora es posible pensar en plazos cortos de verdad. Hasta hace no tanto era un cuello de botella, porque los que ingresaban, como no tenían a donde ir después, se quedaban, no podían irse. “Bajamos de 60 a 25 pacientes en los últimos años y el 15 de julio se van otras cuatro a la residencia Los Cerezos, en camino de su alta”, cuenta.
En Montes de Oca, Elsa, Griselda y Visitación dormían en el mismo pabellón, que tiene un solo y gran salón con camas para todas las internas. Cuando llegaron a la unidad residencial transitoria de Los Cerezos, por primera vez tuvieron una habitación para ellas solas. Ahora, en su propia casa, duermen en dos cuartos.
Clarisa se sumó a la aventura en Los Cerezos, porque en Montes de Oca estaba en otro pabellón, el 11, que ahora es para adultos pero que antes era el lugar a donde vivían los niños y jóvenes, que ya no son admitidos para internación. Todavía hay elefantes y animalitos en las paredes.

Abrir camino
Sólo durante 2010, más de mil personas pudieron ser dadas de alta y abandonar, efectivamente y sin peligro de regreso, diferentes neuropsiquiátricos en todo el país. En el momento de la sanción de la Ley N° 26657, el sistema de salud mental sólo de Buenos Aires contaba con 2425 camas de internación ocupadas en su totalidad. Ante el colapso, la posibilidad del alta es la única opción viable y el proyecto impulsado por el Ministerio de Salud, el Inadi, la Secretaría de Derechos Humanos y la Defensoría General de la Nación es con miras a cambiar el modelo, no a cerrar manicomios indiscriminadamente como muchos dicen, o temen.
Los centros de salud tienen que pasar a ser lugares para el ingreso durante una crisis, en donde sólo se pase el primer tramo del tratamiento y no lugares de hacinamiento en donde se guarde y oculte lo que incomoda como si fuera mugre debajo de una alfombra. El proceso que está llevando adelante el actual director de la colonia Montes de Oca, el licenciado Jorge Rossetto, está en línea con este gran plan mayor. “Todavía falta, pero estoy contento con los resultados que hemos obtenido hasta ahora”, dice.
El camino que está recorriendo la colonia, y con la que cambió para siempre el mal sabor que le dejó el siniestro pasado, es de la institucionalización hacia la inclusión social. Antes, la policía encontraba en la calle a alguien en crisis o quizás simplemente en situación de mendicidad, lo llevaban a Montes de Oca, el juez daba la orden de ingreso y no salían nunca más. Ahora, con el nuevo servicio de admisión, que comenzó a funcionar en mayo de 2006, los números fueron cambiando, a favor de la libertad. De 104 ingresos en 2004, se redujo a 26 en lo que va de 2011 y de 333 que en ese entonces llegaban para quedarse, se pasó a sólo 12.
Así, al restringir los ingresos a mansalva y propiciar la externación, las condiciones dentro de la colonia también mejoran. Ahora, el personal médico tiene menos pacientes a cargo y se puede hacer un seguimiento mucho más personalizado. Además, la inteligente distribución del presupuesto que lleva adelante Rossetto, demostró que todo lo que se hace hacia afuera, como alquilar las unidades residenciales y abrir los centros de día, no impide mejorar el interior de la colonia. Los pabellones están en la mejor de sus condiciones posibles: hay frazadas, calefacción, placares nuevos, todos los básicos indispensables que hace 10 años no se podían ni soñar y más.
El plan, ya en marcha y avanzado, implica abrir la colonia al mundo, romper con el aislamiento. Se están urbanizando las 20 hectáreas que separan a Montes de Oca del pueblo de Torres, dos lugares ligados desde su creación conjunta hace más de un siglo. De ese modo, con la construcción de dos nuevos centros de día y cuatro unidades residenciales más, se siguen abriendo caminos. Es un progreso no sólo en el modo de ver y tratar los trastornos mentales, sino también en la economía del pueblo, que de este modo se amplía y ofrece más fuentes de trabajo.
“Para mí esto es un acto de reparación. La institución debe reparar aquello que inhabilitó, porque con el modelo de institucionalización innecesaria generó un tipo de daño, no sólo en los internos sino en el pueblo y en la comunidad. Ahora, ayudamos a la inclusión”, dice Rosetto mientras, a pocos kilómetros, cae el sol en la casa de Elsa, Griselda, Clarisa y Visitación que terminan su jornada. Cocinan un pastel de papa, cenan en familia y se preparan para un nuevo día.


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*Una versión de esta nota fue publicada en la revista El Guardián en junio de 2011.




miércoles, 29 de junio de 2011

Yo fui Bartender*

Nosotras, las chicas de clase media con padres intelectuales sin todos los recursos económicos que aparentan o desean tener, empezamos a trabajar temprano para poder pagarnos un viaje a Europa y los estudios académicos. A los 17 años las opciones laborales eran pocas, yo quería ser camarera y mi papá se opuso, así que terminé como promotor. Después de estar parada durante 12 meses en diversos supermercados ofreciendo degustar pavadas, finalmente cumplí 18 y, con el lema “ahora hago lo que quiero” tatuado en el alma, me fui corriendo a lo que creía mi paraíso: el entonces prometedor y mágico mundo de la gastronomía.
Bandeja en mano, fui la atenta mesera de diversos restaurantes lujosos, la cara bonita de empresas de catering y una abnegada servidora de café en sucuchos céntricos. Como además eran tiempos de recorrer los bares cuando salía a la noche con mis amigos los fines de semana, fue natural empezar a trabajar en uno. Como con el amor a promera vista, me enfrenté a una barra, me atrapó su funcionamiento y me dije: “Basta de comandas, lo mío es ser bartender”.
Entre mis 19 y 25 años atendí barras de todo tipo. Muy rockeras, re fashion, súper de moda y hasta casi olvidadas en un pueblito perdido de la isla española de Mallorca. Después me independicé de la gastronomía para, idealismos aparte, trabajar como periodista. Desde entonces sólo volví a los bares como clienta que sabe apreciar un Manhattan bien servido y valora que se cumplan los códigos de la buena gastronomía.
Este Yo fui bartender, para mí, es mucho más que un ejercicio periodístico de una vez, es mi pasado, parte de mi personalidad, y volver a pasarme del otro lado de la barra es tan aterrador como genial. Y acá estoy, en el coqueto Le Bar, lista para preparar los cocteles que me pidan y tratando de detener el aluvión de recuerdos laborales del pasado.
La última vez que hice esto, mi noche despedida de las barras, uno de esos clientes habituales con los que se charla con confianza, pero nunca lo viste ni lo verás fuera del bar, me llenó el propinero con poemas. Sus versos eran tan porno que no me dieron risa. “Reconoceme que no te miento con lo del amor y soy sincero. Dame tu teléfono”, me dijo después de que leí la saga de 16 postales gratis llenas de rimas en formato de soneto, aforismos breves y hasta canciones. Por ejemplo, una estrofa de un tango, decía (Sic): “Muy de blanco y de yaqué/ con Dani yo me casé/ y la sorpresa apareció/ cuando vi que no era un ángel/ al disc jockey se transó,/ en el baño le dio al mozo/ y al patova que era grosso”.
Acá, en Le Bar, a dónde vine por una noche como bartender invitada, el propinero está lleno de billetes de verdad y algunos hasta son dólares. Todavía es temprano y Leandro, mi anfitrión, me dice que es hora de preparar la barra. Chequeamos que las botellas estén llenas, que haya stock de todo, cargamos la hielera, limpiamos la cafetera, ponemos servilletas, ordenamos los vasos y copas.
Es una tarea detallista, obsesiva, casi como de serial killer. Todo tiene que estar pulcro, impecable, bien dispuesto y a mano para que después, en el fragor de la noche, no falte nada ni se pierda tiempo. La atención al cliente es igual de importante que la calidad de los tragos.
En mi primera barra yo no sabía todo eso, porque aprendí trabajando, sobre la marcha, y llegué a tener tanto caos que una noche que el bar estaba repleto y no paraban de salir tragos, sufrí algo bastante parecido a un mini brote psicótico. De verdad.
Era un verano intenso y la cercanía con la cocina mantenía mi lado de la barra bastante caldeado. Me pidieron un Tom Collins (gin, almíbar, jugo de limón y soda) y yo creí que se hacía en la coctelera. ¿Alguna vez sacudieron como locos un recipiente repleto de agua gasificada? Bueno, fue un cóctel explosivo. Literal. Después de servirlos empapada y pegoteada, chapoteé en mi puesto de trabajo hasta una camarera malhumorada que reclamaba su pedido mientras el cajero me reclamaba algo de una comanda.
Desde la cocina salía más calor y entonces, en medio de todo eso, mientras yo le rezaba a un dios imaginario para que me creciera un tercer brazo, una chica me pidió un café. Todo se detuvo por un segundo. Miré en cámara lenta la cafetera y su vapor amenazante. A mi alrededor, oía en distorsión la frase “un-cor-ta-do-por-fa-vor” y distintos nombres de tragos que la seguía arrojándome, todos querían todo “ya mismo” y entonces me quebré. Dije “si querés cafeína tomá coca cola”, dejé rodar una lata sobre la barra, intenté irme corriendo pero me enredé con los cordones de mis zapatillas, me caí al piso y me puse a llorar desconsoladamente.
Desde esa noche en adelante fui como un maestro zen. Nunca volví a encarar una jornada de trabajo con mi barra en desorden y aprendí con pericia la receta de todos los tragos de las cartas en donde trabajé. Ahora, como bartender invitada, sigo el método de organización de Leandro, que es diferente al mío, pero me adapto por cortesía. Empiezan a llegar algunos clientes. Son los que salen de trabajar en oficinas céntricas, extranjeros que paran en hostels de la zona y parejas con aire cosmopolita. Momento: me piden una cerveza. La tiro prolijita, con tres centímetros de espuma.
Ahora, un muchacho francés quiere un JB con hielo y sirvo los ocho tiempos sin medidor. Antes, en mis inicios, un jefe de barra que me crió en la buena atención me contó que un whisky son ocho mississippis. Se cuenta “un mississippi, dos mississippis…” hasta ocho et voilà: es como un medidor y la yapa incluida.
Acaba de entrar una pareja. Se acercan a la barra con aire decidido. Quieren un Lola (tequila, menta fresca y cranberry), que es una receta especial de Le Bar. Se lo piden Leandro. Lo conocen. Charlan. Le dicen: “Sos nuestro barman favorito”.
Yo no soy barman. Yo fui (soy) bartender. Tampoco soy barmaid (como se dice en Inglaterra) ni barwoman (término horrible que no existe) y menos aún la chica de la barra. Elijo el término “bartender” (un genérico para hombres y mujeres por igual) porque siempre me pareció el más acertado y ahora, hace ya un tiempo, es el que se usa en casi todos lados. Siempre me molestó ese masculino para una profesión que puede ser, hilando fino, bastante femenina. Piensen: La alquimia, la mezcla y la intuición a la hora de inventar un trago son más nuestras que de ellos. Y la paciencia que hay que tener a veces con los clientes es casi maternal. Yo he sacado llaves de autos a borrachos y llamado taxis incontables veces.
En Buenos Aires, de hecho, uno de los referentes a la hora de la coctelería es Inés de los Santos. Ella fue, durante mi carrera gastronómica, mi norte inalcanzable. Igual que yo, también comenzó como camarera hasta que tuvo la chance de meterse detrás de una barra. Tenemos la misma edad y aunque recorrimos un camino similar, en vez de colapsar una noche en llanto y seguir a los tumbos para terminar abandonando la profesión, ella hizo una gran carrera.
Miles de veces bebí sus cocteles y me senté en sus barras, pero nunca le dije que la admiraba ni me atreví a considerarme su colega. La seguí a lo largo de su paso por el Gran Bar Danzón, Radioset y Casa Cruz sin decir ni mú. Actualmente, se dedica a la consultoría de bares y restaurantes acá y en el exterior, se encarga de capacitaciones y asesoramientos para distintas marcas, suele ser jurado en concursos nacionales e internacionales y cada tanto dicta unos cursos que no me animo a tomar porque ya es tarde para mí. Lo que sí, hace dos años compré su libro, Barras / Bares de Buenos Aires (Planeta), y es mi biblia etílica desde entonces.
Pero bueno, controversias etimológicas aparte, quiero decir para terminar con el tema que a Inés también le gusta que le digan bartender, que es una de las más grossas de Latinoamérica y que ya mismo tengo que ir a buscar las frutillas porque Leandro se puso a pelar y cortar los ananás y todo tiene que estar listo antes de que se largue la noche.
Nunca me gustó exprimir naranjas porque suelen arderme los pellejitos de los dedos, así que esta vuelta, ya que soy invitada en la barra y puedo decir “eso no quiero hacerlo”, esquivo la tarea y me pongo a cortar duraznos, me como algún que otro pedazo y le rindo mi homenaje a las botellas, hermosas y coloridas. Les paso un trapo húmedo y las dejo ordenadas por tipo de bebida y con las etiquetas mirando al frente. Me siento orgullosa. Está todo precioso.
Uno de los bares más impecables que vi en mi vida es el Chabrés, paraíso de los que saben apreciar un buen trago y la ceremonia de la alta coctelería. Casi no tiene salón, porque la estrella es la barra, que ocupa casi todo el local ubicada en el centro y rodeada de banquetas de altura perfecta con ganchos a un costado para colgar el saco o el maletín.
Ahí, en el centro del centro, está otro de mis ídolos de la coctelería. Oscar Chabrés, el dueño, es un bartender como los de las películas de la época de oro, peinado a la gomina y siempre de smoking. Trata a cada cliente como si lo conociera desde siempre, pero con la esperable distancia de respeto por la intimidad. Prepara cada trago con una calidad nockeadora y, si uno tiene ganas de saber más, siempre está dispuesto compartir su conocimiento de un modo didáctico y entretenido.
Oscar es discípulo de uno de los grandes maestros de la coctelería argentina, Eugenio Gallo, estrella de concursos internaciones en la década del ’60. Trabajó en el Plaza, el Teatro Colón, varias embajadas y el Club Alemán hasta que llegó a la barra del Hotel Claridge, donde se hizo mito a lo largo de 20 años. Ahora, desde hace tres años tiene su propio bar y es mentor de gran parte de al menos dos generaciones de bartenders. Yo no pertenezco a esa elite, pero me permito sentirme una pariente lejana.
Cuando empecé a trabajar en barras, hace más o menos quince años, era el momento de auge de los chefs, que estaban de moda y eran la atracción central. Cuando dejé la gastronomía, los nuevos niños mimados de la escena eran los sommeliers. Ahora, desde hace ya un tiempo largo, es indiscutible que las estrellas del mundo gastronómico son los bartenders.
Igual, tanto antes como ahora, en la barra siempre se gana. Todos quieren algo de vos. El chico que ni te mira si se sienta en la banqueta de al lado tuyo cuando sos cliente, se convierte en tu fan número uno si sos la que prepara los tragos. Es así, pasa ocho de cada diez. Es un promedio prometedor.
Así que volver a estar de este lado de la barra es casi como ser una estrella de rock. Recuerdo la sensación y me siento más linda que de costumbre mientras paso un trapo rejilla por la cafetera y compruebo que mi pelo está más brillante que nunca en el reflejo de un balde de champán. Miro a los ojos a cada cliente con una seguridad de la que normalmente carezco cuando estoy “de civil” y me voy convenciendo de que hoy, ahora, por un par de horas mientras esté en Le Bar, soy una diva de los cocteles.
Igual, también sé, todos los colegas gastronómicos lo saben, que este es un poder divino y embriagador que hay que saber regular. Es importante andar con cuidado porque los fans se transforman fácilmente en acosadores y nadie quiere tener un Mark David Chapman acechando por ahí. A mi tercera barra, cuando ya sabía preparar de memoria cualquier trago y no lloraba por estrés, venía un personaje que puso a prueba toda mi amabilidad.
Michel siempre tenía puesto un poncho oloroso, llevaba colgando del cuello una bolsita de alcanfor y usaba antiparras adornadas con plumas arrancadas de un plumero. Debajo de toda esa apariencia se sospechaba un chico guapo y el rumor aseguraba que era un millonario excéntrico.
Él me idolatraba, se quedaba extasiado mirándome licuar daiquiris o papar moscas en los tiempos muertos y siempre me dejaba unas propinas astronómicas. Además, era muy amable y yo me sentía como obligada, de alguna forma, a devolverle la cortesía. Pero toda mi buena intención se rompía en pedazos al despedirnos, porque él insistía en saludarme con un beso. Cada día yo veía cómo se acercaba a mi cara con su barba larga hasta la mitad del pecho y repleta de miguitas y comida fosilizada desde tiempos inmemoriales. Yo intentaba poner la mejilla, pero siempre, a último momento, me ganaba la fobia y me escapaba. Era angustiante. Con él, a la fuerza, comencé a aprender la técnica de la cortés distancia.
Todavía no tengo que preocuparme por hablar mucho con nadie acá en Le Bar porque la noche no termina de empezar y hay poca gente. A esta hora temprana, además, nadie pide tragos y me está empezando a agarrar una pequeña ansiedad. Tengo ganas de ponerme a sacudir la coctelera.
Alto. No, no hago trucos como Tom Cruise en Cóctel ni bailo en mini short sobre la barra a lo Coyote Ugly. Yo soy una bartender clásica, en el sentido literal del término: me gusta beber, tengo un trago al que me apego, pero cuando le sirvo a otros me fijo que todo esté perfecto y no falte ni demore nada aunque haga cada tanto un impás para degustar mi whisky (preferentemente Jamesons, sin hielo, y con apenas un chorro de agua en vaso pequeño). Al final de la jornada y con el bar vacío, antes de irme a casa, me prometo un delicioso y perfecto Manhattan. O dos.

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*Una versión de esta nota fue publicada en la revista El Guardián en mayo de 2011.




martes, 31 de mayo de 2011

Hebe Uhart: "La vida de un escritor se convirtió en un show"*

A Hebe Uhart le gusta hablar de viajes. Eso queda claro porque siempre que puede desvía la charla para ese lado y se explaya, es una catarata de palabras que forman recuerdos, historias, paisajes, ontologías de lenguajes, cháchara. Acaba de salir Viajera crónica (Adriana Hidalgo), que reúne viajes que hizo a lo largo de 15 años y fue publicando, mayormente, en el suplemento de cultura del diario El País, de Montevideo. De eso y de sus anécdotas en los caminos es casi de lo único que tiene ganas de hablar. Todo lo otro la aburre, o no le parece, o no está de acuerdo. 
Cuando no habla de sus viajes es amable, pero escueta. Conversa como sus cuentos, sin mucha vuelta. Si algo no le interesa, con sencillez y gracia, dice “eso es una pavada” y después se ríe así: suelta una pequeña carcajada casi susurrada. Igual que en sus textos, para charlar busca la síntesis de un modo familiar y en diversas situaciones grandilocuentes elige refugiarse en la brevedad.
Por ejemplo, el miércoles 4 recibió el Premio de la Fundación El Libro al Mejor libro argentino de creación literaria 2010 por sus Relatos reunidos (Alfaguara) y sólo dijo: “Agradezco a todos mis familiares, amigos y alumnos. Porque no es para mí, es para todos”. Y nada más. Después se fue rápido a cenar a un restaurante ahí cerca de La Feria del Libro con todos los que la quisieran acompañar.
Eso sí le gusta hacer. El momento de después, el que implica tertulia. Por eso ella recolecta en su cuaderno teléfonos de gente que demuestre interés, los anota y promete avisarles cuando presente un libro. Y lo hace. En el living luminoso de su casa de Almagro, comenta que ahora está leyendo cuentos para dar en los talleres. Entonces surge otro tema que la apasiona y se levanta, busca el libro que quiere recomendar, lo muestra con alma docente: “He descubierto a una autora que es muy buena, norteamericana, Maya Angelou. Es de los 60, no está editada acá, pero buscala, conseguí algo de ella, vale la pena”.

–¿Te gusta dar taller?
–Por ahora me gusta todavía estar con los talleres. Es que son como visitas. Vienen, les doy café y galletitas, comemos, charlamos. Hay alumnos que están desde hace mucho y los jubilo. Después, de algunos, quedo amiga.

Así de cuidadosa es Hebe con las palabras. “Por ahora me gusta todavía”, dice con su voz modulada y, por momentos, casi monótona. Fuma un cigarrillo, suave, todo blanco, hasta el filtro, lo apaga en un cenicero coqueto y después prende otro. Espera las preguntas con los ojos bien abiertos, con un gesto como de curiosidad infantil y, es posible asegurarlo, con la esperanza de que el tema le interese. Entonces empieza el partido de pingpong, rebota la pregunta contra la respuesta escueta hasta que algo le llama la atención.

Dijiste que el premio te parecía desmedido.
–Sí.
¿Por qué?
–No sé si desmedido, diría no esperado. De verdad no lo esperaba, al contrario: hacía como diez años que me tenía medio ignorada la Feria, como de costado, no sé. Igual, como no tenía nada que hacer ahí, tampoco iba.
Cambiaste de desmedido a no esperado.
–Tiendo a considerar los premios como a una lotería, algo que te puede llegar o no. Son una cosa fortuita. Por ahí otra gente lo merece tanto como yo y no pasa nada con ellos.
¿Y qué habrá pasado que ahora la Feria te recordó, después de diez años?
–No, no, no. Yo antes en la Feria he tenido muchas intervenciones, incluso he presentado libros. Después pasó un tiempo y no sé, no tengo la menor idea ni me interesa saberlo.
Y con respecto al público y los lectores en general, también surgió un nuevo interés en vos últimamente, ¿no?
–Los primeros años hice el camino de los escritores jóvenes, tuve que correr editoriales cuando no había todas las que hay ahora. Entonces era un trabajo duro. Pero después, poco a poco, fui editando con tranquilidad. Críticas siempre tuve buenas y reconocimiento también, así que no sé.
Hasta hace unos años, cuando Interzona y Adriana Hidalgo comenzaron a rescatar tu producción, tu obra no era fácil de conseguir y ahora sí, sobre todo últimamente, con los Relatos reunidos.
–Es cierto que este premio es muy importante, pero yo he tenido un reconocimiento progresivo.
¿Y qué pensas cuándo muchos dicen que vos eras como “un secreto” o sólo leída por escritores?
–Esos son mitos que la prensa multiplica un poco para su propia comodidad. Dicen: “Es una escritora secreta”. No es tan así. Mi vida es larga, por lo tanto estuve mucho tiempo publicando libros y entonces es natural que pase algo en algún momento.
En los Relatos reunidos está casi toda tu obra y de alguna forma se puede rastrear ahí un poco tu vida.
–No es importante que se rastree la vida de un escritor. Un escritor está en sus personajes y cuanto más
disimulado, mejor. Pero la vida de un escritor no es importante, no es como lavida de un actor. Ahora la
vida de un escritor se ha convertido en una especie de show, o algo por el estilo, donde se da una entrevista
y qué sé yo. La vida de un escritor tiene que ver con el trabajo y la atención que les ponga a sus personajes. Todo lo otro es lindo, es halagador y estimulante, pero la verdad es que dispersa un poco de lo que se tiene que hacer.
¿Eso lo ves en los escritores actuales?
–No, es algo general, que se le puede dar a todo el mundo. Si tenés una alta exposición y hay que dar muchas entrevistas, te vas a repetir en todos lados. Entonces te empezás a preocupar por eso y es una cosa fuerte me parece. Yo tuve en octubre, por Relatos reunidos, muchas entrevistas. Y ahora ya es pronto para que haya otra, pero acá estamos, no sé por qué. Además, se vienen otras, porque sale el libro de viajes.
¿Estás conforme con cómo quedó?
–No me gusta mucho el título, prefería Crónicas de viaje, pero bueno. Ya está en la calle. Y lo voy a tener que presentar. Presentar me gusta porque ahí reúno a mis amigos y vamos a comer.
¿Qué viajes son?
–Ah, por fin. Viajes y esas cosas te cuento más. Hice de casi todo el Uruguay y también de Argentina, por ejemplo, ciudades grandes como Rosario, Córdoba, Bariloche,El Bolsón, Esquel, Formosa. También hay de Chile, Perú, Ecuador, Colombia, Cuba y en Italia, de Nápoles, porque con Roma no me atreví.
¿Por qué?
–Salvo que fueran impresiones muy particulares, es una ciudad muy densa, con muchas cosas, es un museo de la humanidad.
¿Estudiás mucho antes de viajar?
–Depende. Cuando es una ciudad pequeña trabajo por referencias. Por ejemplo en un lugar de mil habitantes, busco al más antiguo, que te cuenta la historia, vas a su casa, te invita mate. Cuando son ciudades más grandes, o medianas, ya miro un poco la historia del lugar.
¿Usás internet para eso?
–No, no. Busco en bibliotecas, siempre hay libros publicados. Por ejemplo en Paysandú hay uno de Mario Delgado Aparaín, que es un uruguayo que hizo una novela histórica muy buena sobre el lugar, No robarás
las botas de los muertos. Entonces ves la historia del lugar, vas al lugar y después atás cabos. Y aprendés
cosas.
Como lectora, ¿te gustan las crónicas de viajes?
–Si son buenas, sí. ¿Por qué no?
¿Qué estás escribiendo ahora?
–Estoy escribiendo poco. Algo estoy haciendo, pero voy muy lento porque estoy con muchos alumnos en los talleres. Son unas crónicas, pero de cuando era chica. Cómo procesa un chico de diez años lo que los adultos le cuentan. Sobre los vecinos, y la gente. Sobre todo haciendo hincapié en la mirada. Por ejemplo, la primera vez que vi una pareja que se separó, porque no se usaba en ese entonces que la gente se separara.
¿Te cuesta llegar al recuerdo de esa mirada infantil?
–Me acuerdo, no me cuesta. Sobre la pareja ésta, por ejemplo, tengo todo muy fresco. También me acuerdo de unas canciones que escuchaba, de Antonio Tormo, que era un cantante folclórico de aquel tiempo, que tenía una que decía: “Lo que tengo lo gasto o lo doy, no tengo norte, no tengo guía, para mí todo es igual”. A los diez años escuchás eso y te lo pensás mucho, porque se vuelve todo muy literal. Es como una especie de revisión, lo que yo pensaba en esa época. ¿Te gusta?
Sí, mucho.
–Qué bueno, qué bueno. Ya estamos, ¿no? Te di un montón de material.

(Recuadro)
Lo que ella quiere
Hebe Uhart es también una lectora atenta. Admirada por las nuevas generaciones de escritores, opina sobre ellos y la conclusión no es muy halagadora.

¿Qué autores jóvenes te gustan?
–Los jóvenes me gustan como totalidad, y de acá algunos, como Félix Bruzzone, pero más que nada me gusta lo que están haciendo los peruanos como Daniel Alarcón o Santiago Roncagliolo. Preguntame por qué
me gusta más cómo escriben ellos.
Claro, te pregunto eso. ¿Por qué?
–Los chicos jóvenes de acá, habiendo tanto talento y capacidad, no me gustan tanto. Noto que hay un enroscamiento con nuestro abismo y está muy presente la figura del que narra en los textos. Hay como una resistencia a decir las cosas como vienen, a buscar una síntesis. Eso lo quería pensar bien y no sabía por qué era así, pero se me aclaró justo esta mañana.
¿Qué te lo aclaró?
–Estaba escuchando en la radio a un instrumentista muy bueno, muy joven y talentoso, que tocaba un tango tradicional, hermoso. Pero no lo quería hacer igual, le daba una vuelta, hacía como un metatango, podríamos decir. Era como un capricho, casi, de no aceptar lo que venía y querer glosar.
¿Y algo así, decís, es lo que pasa con los autores jóvenes de acá?
–Claro, por ahí va la cosa. No es la temática lo que me pica, es la forma. Es como que buscan otra vuelta de tuerca y eso es lo que me hace un poco de ruido. El dar vueltas. El metatango en la narrativa. No se
conforman con lo que hay y aparece como una saturación. Si voy a inventar, tengo que
inventar algo nuevo, no puedo dar vueltas alrededor de lo que ya hay.
–¿Qué tienen los peruanos que te gusta tanto?
–Son más directos. Van al grano. Y van muy bien.


-º-
*Esta entrevista fue publicada en la revista El Guardián en mayo de 2011.









viernes, 20 de mayo de 2011

Yo fui... mucama de telo*

La idea es ser como un fantasma. Ves todo, percibís cada detalle, pero nadie se fija en vos. No existís, sos parte del decorado. Como un mueble del lugar. O no, mejor: sos transparente. Son las tres de la tarde de un martes caluroso y en el albergue transitorio Siroco, el más famoso de Lanús Oeste, ya van por el turno 981. “La gente garcha mucho en verano” comenta una de mis nuevas compañeras de trabajo, otra mucama, y comienza la jornada.
Sale una pareja de mediana edad de la habitación Sahara después de un turno completo (tres horas, 130 pesos) y entramos con Lili, Carmen y Celina a “rehacer”. O sea: se cambia la ropa blanca, se junta el tiradero y se pasa un poco el piso. Hay cinco minutos de tiempo y ya llegan los que siguen. No nos ven, nosotras nos vamos como fantasmas.
Invisibles, caminamos por los pasillos oscuros balde en mano. Hay olor a amarettis, pienso, pero no me recuerda a tecitos elegantes, sino que me da un poco de asco. “Es olor a telo, nena” me dicen las chicas, que –sospecho- se ríen más de mí que conmigo. “Típico desodorante de ambientes, jajá, ¿qué amaretis?, estás loca”, sentencian.
Entramos a la habitación para “rehacer” y los dedos de los pies se me encojen solos, como si estuviera caminando por una alfombra de cucarachas. Tengo miedo de que algo me toque, no sé: cualquier superficie que haya rozado el culo del viejo ese, no la quiero cerca. Hay que sacar esas sábanas. Usadas. Tienen encima dos toallas mojadas. Mojadas de secar los cuerpos de esa pareja. Se me paran los pelos del brazo, siento un cosquilleo en las manos. No sé dónde esconderme.
No tenemos puestos guantes y ni loca, ni loca toco esa sábana usada. Me estoy queriendo morir cuando Celina agarra a mano limpia la toalla, la hace un bollo, las sábanas, las enrolla, y sale, como si nada, con ese paquete de bacterias. Sudor de desconocidos, semen de señor gordo… todo apretado contra el delantal. A mi alarma capilar se suma el pelo de la nuca. Soy un erizo con uniforme de mucama.
Celina va hasta el cuarto de recambio, tira a lavar la ropa blanca usada, agarra un nuevo juego empaquetado de la estantería (dos toallones, dos toallas de mano, dos batas) y vuelve a la habitación. Se pone a hacer la cama. No puedo dejar de decir:

-Sos una bestia.
-¿Por qué?
- Yo no sé si puedo agarrar algo así. Tocar estas cosas.
-Ay, ¡nena! ¡Hasta forros te agarro con la mano! – dice con la simpleza del que no sabe, de verdad no sabe, que sanitariamente eso no da y me sale la moralina de adentro. La reto.

No da, Celina, que agarres forros sin guantes, le digo, y ella se ríe a carcajadas. Me mira como si yo fuese una marciana. Me escanea como un Terminator a una Sarah Connor. Sus ojos sobre mis sandalias desubicadas, mis dedos de los pies agarrotados, mi vestidito negro debajo del delantal rojo y así, va comprobando que la vida extraterrestre existe. Celina sacude la cabeza, sonríe y me amenaza con cariño: “Bueno, pero limpiá en serio, che: no te hagas la finoli”.
Quisiera de verdad trabajar a la par de Celina y que ella sienta que somos lo mismo, pero me muero si me toca algo. Me muero en serio, de muerte natural. Envejezco y muero en los cinco minutos que tenemos para rehacer la habitación. Pienso todo el tiempo memueromemueromemuero y, como cuando tomaba un remedio feo a los ocho años, contengo la respiración, frunzo la cara, y estiro un acolchado teniendo plena conciencia de las secreciones que debe tener, las que están ahí pero no se ven. Toda la mugre fantasma.
El primer turno de trabajo empieza a las siete de la mañana y termina a las tres de la tarde. Cada una de las mucamas se encarga de un piso, hace limpieza profunda de cada habitación y después llegan las que hacen sólo recambios, hasta las once de la noche. Hay un pequeño equipo que se ocupa de los cuartos de madrugada, aunque ahí hay bastante pernocte, y no hay tanto para hacer.
Acá estamos, el grupo de las fantasmas, con nuestros delantalcitos rojos tratando de que nadie nos note y apurándonos para terminar. Carmen, nuestra jefa, se encarga de que no perdamos el ritmo. Nos apuramos presintiendo sus pasos por el pasillo. Mientras doblamos toallas podemos charlar un poco, y los gemidos que salen del cuarto de al lado no nos distraen.
Fernanda, que es una desfachatada como pocas veces vi, se encuentra un aceite johnson y dice “bien ahí”. Me vuelve a sacudir un escalofrío. Mientras ella se lo guarda en el bolsillo, yo no puedo dejar de imaginarme para qué lo usaron los extraños que acaban de salir. Me pregunto si el envase tocó qué partes de esos cuerpos y digo puaj. Fer me hace qué me importa con los hombros, sonríe y me enlista cosas que se encontró en las habitaciones.

-Celulares, anillos, cosas lindas (“que tenemos que devolver a conserjería”).
-Calzones, bombachas, corpiños (“que a la final terminan en la basura porque nadie los busca”).
-Pepinos (“una vez, uno medio podrido. No sé si se pudrió del uso o ya lo trajeron así”).
-Zanahorias (“gigantes”).
-Una morcilla. (“no, nena, cocida no, jajá”).

Celina cuenta que una vez había manchas de sangre hasta en las ventanas, “con forma de mano”, y no puedo dejar de pensar en crímenes pasionales. Qué gran escenario, un telo, para un crimen, ¿no? Lo comento y entonces me cuentan. “Acá una vez, hace mucho, hubo uno”.
Corría la oscura década del setenta -nada paradójicamente, la época del auge de la hotelería trampa en Buenos Aires- y el conserje ve salir a un hombre solo de la habitación. Por norma, es ley, hay que dejar el cuarto de a dos, así que le pide al caballero, “el masculino”, que espere a su compañera. El tipo se va igual. Putea y se va. El conserje sigue los pasos estipulados ante un caso así: antes de llamar a la policía y montar un quilombo al pedo, manda a una mucama a que busque a la mujer.
“No se puede ocupar la habitación sola”. Golpea la puerta. No contesta nadie. Aquella predecesora nuestra, con su delantalcito rojo, entra repleta de inocencia a la habitación y no ve a nadie. La puerta del baño está semiabierta. “Le dije que salga, señorita”, dice la mujer que no es que sea valiente, sino que no se imagina, no espera el desenlace, y seguro piensa que es “una trabajadora drogada” o “una amante abandonada y borracha”. Incluso, la mucama hasta se enoja un poco por dentro, “estará vomitándonos el piso, la guacha”, y hace propio el afán de sacar a esa mujer de ahí. Empuja la puerta y algo le hace tope.
Adentro estaba el cuerpo de la mujer. Acuchillada. Mis compañeras no saben decirme nada más. Si atraparon al asesino, quién era la víctima, qué vinculo los unía, en qué habitación sucedió todo esto. Fue hace miles de años, me explican. El hotel era otra cosa, de otra gente. No saben. No quieren decirme, sospecho, y entonces insisto pero no logro nada. Mis compañeras prefieren contarme otras cosas, ponerme al tanto de lo cotidiano.

-Hay una regular, le decimos carita de ángel, que no sabés lo que grita, jajá- me cambia de tema Flavia.
-Sí, es una que tiene pinta de chica bien, que viene dos o tres veces por semana- me pone al tanto Griselda y agrega: -grita como si estuviera de parto.
-Parto de un cabezón- remata con una carcajada Fernanda y tengo que sumarme al cacareo de risas.
-¿Y entonces ese asesinato fue la única cosa macabra que pasó acá?- digo como quien no quiere la cosa, por obsesión temática.
-Y, hay muchas minas golpeadas- cuenta Griselda.
-Las cagan a palos- asegura Flavia.
-¿Y ustedes oyen?
-Sí, a morir, todo el tiempo.
-¿Y qué hacen?
-Le pedimos al conserje que haga algo.
-Pero depende el conserje, viste. Unos llaman a la habitación y pide que bajen la voz, a ver si la pausa ayuda, viste. Otros… Otros nada, dicen que no es cosa nuestra y que lo que pasa en las habitaciones es privado.
-Eso sí me da bronca- traga saliva Flavia y no le pasa por la garganta.
-Bajen la voz, trabajen- se asoma una mucama que es de otro turno, que no conozco, que no quiso hablarme y todas nos reímos bajito, cómplices, y le hacemos que hambre por la espalda. Seguimos hablando. Aprovecho para volver a los crímenes, que me interesan.
-¿Algo más, así… policial?
-No, nena. Basta- me reta Celina.
-Lo que sí hay es mucho policía de cliente, jajá. Posta- me suelta Fernanda.
-¡Ah!: ¿Y la mina que viene con la bolsa de la compra y pide que se la guardemos en la heladera? Tramposa- intenta distraerme Flavia, pero yo me encapriché con otra cosa.
-Para mí los telos son escenarios de crímenes. No puedo creer que no haya pasado más nada…
-Bueno, sí, pasa de todo, pero eso fue lo más impresionante.
-Qué morbosa la compañerita nueva-me gastan y al final pactamos en el medio. Una anécdota sin nada de sangre, pero con algo de acción.

Resulta que una vez vienen al hotel a robar. El conserje le explica al ladrón que acababan de llevarse la recaudación del día y que tenía poco y nada en la caja. Pero el tipo está ahí y no se va a ir con las manos vacías, así que le dice: “Vamos para las piezas”. Y fueron.
Llave maestra de por medio, abre cada habitación y saca a las parejas. Las mete en otra habitación. En menos de 20 minutos, están todos los clientes juntos, desnudos o semi vestidos, esperando que termine el atraco. Se crea como un vínculo, un clima de confianza obligatorio. Los nervios dan risa.
Mientras tanto, llega un cliente regular al hotel, un policía fuera de horario que, rápido, entiende lo que está pasando y, como en las películas, saca el arma y dice “alto, policía”. El ladrón se da a la fuga y el oficial lo sigue hasta las vías, donde logra capturarlo, incluido el botín. Después del final feliz hay un epílogo antológico en la comisaría, donde las parejas secuestradas se reencuentran con sus cosas. “Corpiño talle 90”, “mío”.
La realidad nos llama. Es el momento de recambio de turnos y hay, de pronto, varias habitaciones que rehacer. Tengo pocas ganas y me hago fantasma para mis fantasmas, me escabullo para no volver a estar cerca de las sábanas manchadas, los jacuzzis polucionados. Me quiero ir a mi casa. Ya.
Son las seis de la tarde y las chicas ven que me desvanezco y entonces me invitan a merendar. “Tenemos dulce de leche, mermelada, crema”… me dicen y ponen cara de turras. Aunque me doy cuenta de que me están gastando, tengo que preguntar, en terror: “…¿de los cuartos?...” y entonces sí, les arranco la mejor carcajada del día. Me esfumo por mi lado y ellas, por el suyo.

-º-
*Una versión de esta nota fue publicada en la revista El Guardián en febrero de 2011.
Fe de erratas. Las fotos son de Leándro Sánchez.




jueves, 28 de abril de 2011

Ahora, una novelita

Esta es la tapa con su solapa:
(la obra hermosa es de Cecilia Cambas)



Esta es la contratapa y el lomo: 
(muchas gracias, Spiri, por el texto hermoso)



Hernán Arias me invitó a formar parte de la colección Temporal-Narrativa del Bicentenario de la editorial Eduvim y ahora todo se hizo átomos. Los libros salen de a dos y mi dupla es Medianera, de Leandro Ávalos Blacha. 
Los presentamos el miércoles 4 a las 19 en la Feria del Libro en el stand 401, de la REUN (Red de Editoriales Universitarias), que queda en el pabellón azul entrando por calle Sarmiento. 
Será una reunión informal con brindis y sambuchitos.
Vengan tutti.

jueves, 7 de octubre de 2010

Poket

Hermosa edición de Tiramisú, tres libros en pequeño formato y reunidos en una cajita. De bolsillo literal. Contiene: átomos (mio), helado en vasito (Adriana Gómez) y amores coreografiados (Andrea Fernández).

Testimonios gráficos. La Dama de Bollini, sábado 2 de octubre. Buenos Aires, 2010.

La gente iba a llegando al baile

Tiramichicas: Flavia Costa y Adriana Gómez



Me hicieron leer primera
Andrea Fernández y las coreografías


Repleto de amigos


Una porción- Fotos de Bárbara Scotto

Público de peinados empáticos

MiamigaGladys

Muchos libritos

Así de hermosos son


domingo, 3 de octubre de 2010

Mi libro átomos ya es átomos

El sábado 2 de octubre, en La Dama de Bollini, Ediciones Tiramisú comenzó su vida editorial con tres libros de bolsillo en hermosa cajita: helado en vasito, de Adriana Gómez; amores coreografiados, de Andrea Fernández, y átomos, mío.

<><  Esa soy yo leyendo unos poemas del libro.

domingo, 4 de julio de 2010

En la revista Entrecasa, un fragmento del libro


































Muchas gracias a Natalia Iscaro por incluirme en su bonita selección de autores. 

(si por algún motivo demencial usted desea ver mejor la imagen, es sabido que hace clic y se pone grande en otra pestaña)

jueves, 17 de junio de 2010

En el programa Boca de urna, Radio Provincia, AM 1270

Mi amigo personal NC tiene un programa de radio súper interesante que, como es en La Plata, terminé escuchando online porque acá en C.A.B.A no lo capto.
Arranqué con el bloque en el que me entrevistaron y seguí poco a poco con casi todo lo demás.
Chicos inteligentes y divertidos con un micrfono. Fue un gusto. La pasé bomba. Gracias.



(hablamos de Hacerse, y mil cosas más, en el Bloque 4 del 11 de junio de 2010)